Azúcar, agentes subimperiales y el fénix cubano del imperio (Segunda parte)
Ingenieros migratorios y el desarrollo transnacional
Esta nueva maquinaria requería una mano de obra especializada para su instalación, operación y mantenimiento, y Cuba faltaba los obreros con las habilidades necesarias. Como un resultado, “con las máquinas de vapor venían mecánicos, la mayoría de los cuales extranjeros”1. Como decía Francisco de Paula Serrano a la Sociedad Económica de la Habana en 1840, cada ingenio, cada barco de vapor, cada locomotora necesitaba tener un “extranjero inteligente” para controlar e inspeccionar la máquina2. Generalmente se buscaban estos obreros habilitados en los mismos países que producían la maquinaria. Muchas veces las pedidas incluían una condición de que se mandaran técnicos apropiados al mismo tiempo “para construir esa maquinaria y seguir al mando de ella”3. Por ejemplo, cuando dos barcos de vapor, destinados al uso en la bahía de Matanzas, se compraron en Nueva York del Novelty Iron Works, se estipuló que la fábrica debiera brindar dos ingenieros de confianza, habilitados en su manejo. Así mismo, cuando se adquirieron locomotoras en Filadelfia para la línea de Cárdenas a Bemba en 1839, se pedía que fueran acompañadas por “un hombre que sabe dirigirlas”4.
Hasta cuando habían ingenieros disponibles localmente, muchas veces los dueños de los ingenios mostraban una preferencia por contratar a los que venían recomendados por los fabricantes, y que tenían una experiencia mostrable con las máquinas específicas que estaban instalando. También se reclutaban para los azucareros a través de agentes en países como Gran Bretaña y los Estados Unidos. En 1838, el ingeniero principal de la línea de La Habana a Güines pidió cuatro locomotoras de Gran Bretaña. Deseaba que Alexander Robertson, quien actuaba como el inversionista principal además del agente británico de la compañía ferrocarrilera, también encontrara, junto “con duplicados de la maquinaría”, cuatro ingenieros “y la misma cantidad de maquinistas uhombres que entienden la reparación y construcción de locomotoras”5.
El número de trabajadores de ingeniería en estos países se aumentó bastante durante el siglo XIX; y aunque tales obreros estuvieran entre los mejores pagados, vivieran en condiciones menos apretadas y tuvieran menos recurso al asilo de pobres, para muchos la pobreza y la inseguridad de trabajo seguían siendo una presencia amenazadora. Con la exportación de maquinaria por el globo venía la extensión de las tendencias bien establecidas del ‘tramping’ de los ingenieros, en que viajaban de pueblo a pueblo en búsqueda de posiciones. Mientras que habían algunos que viajaban intencionalmente a Cuba, muchas veces con trabajos ya arreglados, otros llegaban casi por azar, mientras que perseguían viajes de un trabajo y lugar a otro. Por ejemplo, William Bisby había pasado por una amplia selección de trabajos en los Estados Unidos antes de aceptar una posición en un barco de vapor. Esto le abrió la posibilidad de viajar al extranjero en búsqueda, movido por la perspectiva inestable que había experimentado en su país, y le llevó eventualmente a ser empleado en Cuba.
Un vivo mercado interno de trabajo para ingenieros rápidamente se desarrolló en Cuba, mientras que el aumento en las ventas de máquinas de vapor y otra maquinaria traía un crecimiento rápido en su necesidad – desde los más habilitados, capaces de construir la maquinaria y hasta contribuir a su desarrollo, a través de los que la operaban y la mantenían, hasta aquellos con habilidades menos especializadas empleados en los talleres y fundiciones urbanos. Los que ya se encontraran establecidos en la Isla ofrecían una ruta para otros que quisieran trabajar allí, muchas veces obteniéndoles oportunidades. Fue así que William Whitehorn dejó Gran Bretaña “para instalar maquinaria en Cuba”, contratado por un ingeniero veterano, Edward Beanes. Joel Watts viajó a Cuba después de que Henry Elkins – quien ya estaba establecido en un ingenio – le aseguraba de que también tendría empleo seguro. Cuando llegó resultaba que el trabajo en realidad no existía, pero no obstante encontró trabajo en la fundición de La Habana. Entre 1843 y 1852, se registraron la domiciliación en la Isla de 622 ingenieros migratorios – 22% de todos los inmigrantes así aplicando – y es probable que su número se aumentara hasta cierto punto con los que viajaban estacionalmente. Con por lo menos 943 ingenios utilizando el vapor en 1860 – además de la extensión de la red de ferrocarriles, las minas y las fundiciones y talleres urbanos – a pesar de que había un número creciente de ingenieros cubanos y españoles empleados, es probable que el número de ingenieros inmigrantes aumentara también.
Ya en los 1860, este mercado de trabajo estaba bien establecido, con ingenieros migratorios pasando de un trabajo a otro según las recomendaciones orales, poniendo avisos en la prensa local, o acercándose directamente a posibles patrones. Con cada vez más logrando experiencia en Cuba, su presencia hizo menos necesario que los fabricantes mandaran artesanos con sus máquinas. Ya en 1838, Pedro Diago le dijo a William Kemble de la West Point Foundry, que no le haría falta que le mandara a nadie con su nueva maquinaria, porque había llegado a un acuerdo con el hombre que había montado la maquinaria en un ingenio vecino, “y que este tiene la ventaja para mí en que habla el castellano, y tiene experiencia de este país”6. Aunque Baring Brothers tenían la intención de mandar a un ingeniero preferido para estar al cargo de la instalación de la nueva máquina de vapor y trapiche en el ingenio ‘Arroyo’, él mismo rechazó la posición, recomendando que sería preferible que emplearan al ingeniero que ya trabajaba allí, “diciendo que sabía que era tan competente como cualquier hombre que pudiéramos encontrar”. Además, él mismo no tenía ninguna necesidad de aceptar porque tenía más que suficiente trabajo en que ocuparse.
Lejos de que fueran todos miembros de un oficio bien definido, los ingenieros migratorios de mediados del siglo XIX venían de un ambiente industrial en que se juntaban “Engineers, Machinists, Millwrights, Smiths, and Pattern Makers”, las distinciones entre los cuales era poco evidente. Desafortunadamente, los documentos cubanos y españoles de la época solían de utilizar, bastante indiscriminadamente, los términos ‘maquinista’, ‘ingeniero’ y ‘mecánico’ para describirles a los artesanos extranjeros que pudieran haber variado bastante en su nivel de habilidad. Sin embargo, es probable que la mayoría de los que trabajaban en los ingenios necesariamente demostraran suficiente habilidad, no solamente para estar a cargo solitario de la maquinaria cara y asegurar su buena operación, sino también para mantenerla y tener la inteligencia de realizar, o de otra manera garantizar, las reparaciones necesarias.
Siempre que la maquinaria estuviera funcionando sin problemas, el trabajo de un maquinista de un ingenio era relativamente relajado. Hasta durante la zafra, cuando supuestamente tenía poco tiempo libre porque toda su atención era requerida (y mucho más durante los otros seis meses del año cuando había relativamente poco trabajo para hacer en el ingenio, más allá del mantenimiento rutinario), estos trabajadores tenían mucha oportunidad para poner su atención en otras cosas que simplemente mantener las máquinas ya en operación. Manuel Moreno Fraginals decía que “el esclavo no tuvo contacto con la máquina”7. Sin embargo, hasta cuando era el único ingeniero empleado por un ingenio, no se esperaba que los ingenieros extranjeros hicieran todo el trabajo relacionado con la máquina. A pesar de que la mayoría de los esclavos estaban empleados en la labor manual de campo e ingenio, había una élite importante de esclavos adiestrados en oficios artesanos. Por ejemplo, en el ingenio Palma, de los 75 hombres esclavos, 11 tenían algún oficio, y 2 de ellos estaban ocupados en deberes de ingeniería. Tales esclavos eran considerados a tener un valor en el mercado bastante más alto que los demás. En 1844, cuando las tropas mataron a siete esclavos y llevaron presos a tres otros de la plantación de Theodore Phinney, acusados de estar involucrados en una conspiración para un levantamiento, uno de ellos estaba descrito como un maquinista/herrero, con un valor de $5000 – veinte veces más que el promedio para un esclavo adulto. En el ingenio Flor de Cuba, todo el mundo conocía al esclavo Juan como ‘el maquinista’, y tenía una estrecha relación de trabajo con el ingeniero extranjero. Tanto como los ingenieros migratorios eran privilegiados entre los obreros libres, también lo eran los maquinistas esclavos entre los otros esclavos, con los ingenieros extranjeros muchas veces mostrándoles un nivel de confianza poco normal en las plantaciones esclavistas. Por ejemplo, cuando Henry Elkins dejaba el ingenio donde trabajaba, siempre confiaba en que podía dejar la máquina a cargo del esclavo Juan Lucumí; había muchos casos en que los ingenieros alentaban a los esclavos que trabajaban bajo su mando a aprender bien el oficio, para que algún día pudieran ejercerlo ellos mismos.
Esta situación significaba que muchos de los ingenieros migratorios en las plantaciones azucareras pudieran acumular no solamente su propio capital gracias a su buen salario, sino también el tiempo para ocuparse en otras actividades. La experiencia que adquirían en Cuba les proporcionaba el conocimiento y habilidades necesarias para hacer contribuciones al desarrollo tecnológico. Por ejemplo, Ezra Dod inventó, mientras trabajaba en los ingenios cubanos, un “calentador tubular de jugo”, que “funcionaba con el vapor de escape de la máquina del trapiche porque en el ingenio faltaba un efecto múltiple”, un “tacho de vacío tubular vertical”, y un nuevo montaje para el trapiche, exitosamente mostrando las ventajas que se ganaban si se reemplazara el cargador de la caña de tal manera que la caña entrara perpendicular al trapiche.
El empleo estacional también les permitía a dividir su tiempo entre el trabajo en Cuba, y el ocio en los Estados Unidos y Europa. Era común que los azucareros aprovecharan tales viajes para utilizarlos como agentes encargados en poner pedidos con fabricantes para nueva maquinaria y piezas. Aunque la mayoría de los dueños del ingenio tenía agentes comerciales representándoles, se sentía que estos trabajadores habilitados eran los más efectivos para tal papel, porque podían dar especificaciones muy precisas a los fabricantes. Así que cuando Henry Elkins regresó a Inglaterra en 1843 para pasar el verano, hizo pedidos directamente a la compañía principal de maquinaria para el azúcar en Liverpool, Fawcett Preston. En junio de 1840, Frederick Shuck, quien trabajaba en el ingenio Caunabaco de Francisco Diago, se fue a los Estados Unidos llevando una carta de introducción de su patrón al representante de este en Nueva York, a quien pidió que hiciera una pedida en la West Point Foundry según las especificaciones dadas por Shuck, que iba a regresar a Cuba en septiembre.
La estimulación inicial para la participación de Cuba en la globalización impulsada por la tecnología que ya estaba en desarrollo en el siglo XIX puede haber venido del deseo de la sacarocracia cubana a desarrollar la producción azucarera, y así aumentar sus propias fortunas. Sin embargo, los ingenieros migratorios se convirtieron en agentes a través de quienes tales redes se reesforzaron y extendieron, motivados primariamente por consideraciones de la ventaja tecnológica y comercial, más que del adelanto de los intereses económicos imperialistas. Ayudaban a que los empresarios cubanos rompieran con el monopolio español, para que pudieran seleccionar libremente donde mejor llevar sus negocios, aparentemente liberados del compromiso de cualquier especifico interés nacional o imperialista.
Mercantes transnacionales y redes comerciales
Un papel importante fue jugado en la importación de la maquinaria, además de la contratación de los trabajadores necesarios, por las casas comerciales basadas en la Isla, generalmente fundadas por comerciantes nacidos en el extranjero, quienes hicieron bastante para mejorar el lugar de Cuba dentro de las redes internacionales del comercio. Mientras que la mayoría de comerciantes operando en Cuba eran de España, habían un núcleo importante de mercaderes no-españoles que dominaban mucho del negocio cubano de importación y exportación (aunque la ley española les requería a operar en sociedad formal por lo menos con un comerciante español), y tenían mucha influencia en el desarrollo de las conexiones con Europa y América del Norte. Estos comerciantes no-españoles no parecen de haber sido especialmente comprometidos con los intereses nacionales/imperiales de los países de donde venían. Aunque fue fundado por James Drake, quien emigró a Cuba de Gran Bretaña en los 1790, Drake Hermanos y Cía comerciaba más con España, Francia, Rusia y Alemania que con Gran Bretaña; y entre sus socios llegó a incluir, además de los hijos de Drake, a un español, un norte americano y un suizo.
En el siglo XIX, los españoles que dominaban el comercio cubano carecían de especulación necesaria para empujar la Isla hacia las redes comerciales transnacionales a través de las cuales el comercio se globalizaba. Por el otro lado, los comerciantes no-españoles podían tomar ventaja de su relación con los comerciantes y fabricantes europeos y norteamericanos, para “ejecutar pedidas con más ventaja”8; o utilizar su conocimiento superior de los métodos comerciales modernos. Así que a pesar de que Adot, Spalding y Cía no tenía “propiedades fuera de su capital empresarial que se supone no ser muy grande”, eran muy buscados y tenían un nivel de crédito muy bueno tanto en Cuba como en los Estados Unidos, donde tenían “muchos buenos amigos”. Así fue que a través de ellos que las redes comerciales transnacionales entraron en Cuba; y muchas veces se formaban sociedades que incluían un comerciante en Cuba, y otro en otro país. Por ejemplo, el negocio de mercancías de Tennant y Clark era formado por Tennant en La Habana y Clark en Inglaterra; y el comerciante basado en Matanzas, Florentio Huertas, se juntó con James Baring (nacido en Gran Bretaña) en Wiesbaden (Alemania). Aunque no tuvieran un socio formal, muchas veces formarían alianzas estrechas con agentes en el exterior, como Henry Coit en los Estados Unidos, quien representaba los intereses europeos y norteamericanos de muchos de los comerciantes y azucareros basados en Cuba, funcionando como un enlace con los banqueros mercantiles metropolitanos como Moses Taylor en Nueva York o Baring Brothers de Londres, a través de recomendaciones de la consignación de cargamentos de azúcar, así ayudaban a asegurar la penetración de los productos cubanos en mercados más distantes.
Una cantidad considerable de recursos llegó a ser gastada por los azucareros cubanos en su intento de mantenerse en la vanguardia tecnológica, y estos gastos seguían creciendo con el progreso del siglo mientras que más adelantos se hicieron. Ya en 1873, el Consul Británico en La Habana reportaba:
La maquinaria y máquinas de las plantaciones cubanas generalmente son de un carácter caro y superior... [I]menso capital se invierte solamente en la ‘fabricación’; y azúcar, muy superior en calidad al ‘muscavado’ de Jamaica y Demerara, se hace aquí en los propios ingenios.... [T]odo se ha hecho,con grandes gastos, para superar o suplementar la mano de obra manual.9
Esto necesitaba financiamiento, y ya que inicialmente no habían bancos operando directamente en la Isla, y ningún sistema de seguridades gubernamental. Los azucareros, y la economía cubana en general, rápidamente llegaron a depender mucho de las redes comerciales dirigidas en el extranjero, endeudados a los bancos metropolitanos. El sistema financiero cubano gradualmente se desarrolló durante el siglo XIX, para que en 1857 existiera un banco principal con facilidades de depósito y descuento, autorizado a emitir billetes de banco, además de algunos otros bancos operando; estos de todas formas estaban generalmente asegurados por extranjeros.
Susan Fernández ha demostrado cuan ‘gravado’ la economía de finales del siglo XIX estaba con deudas y dependencia financiera, y hasta qué punto los cimientos de la dominación neocolonial de la Isla por los Estados Unidos en el siglo XX se habían hecho durante las últimas décadas del dominio español. Sin embargo, su análisis, que comienza al final de la Guerra de los Diez Años en 1878, no llega a comprender completamente las orígenes del endeudamiento y dependencia cubanos – no exclusivamente con relación al capital norteamericano, sino un rango transnacional de inversores – que se puede trazar hasta la primera mitad del siglo XIX, y que se relacionaba estrechamente con el desarrollo de la industria azucarera cubana y la infraestructura relacionada. Los banqueros metropolitanos aumentaban su aseguramiento del comercio y la economía cubanos, y la puerta fue abierta por la comunidad de comerciantes no-españoles (aunque sean en sociedad con comerciantes españoles). En 1832, George Knight propuso que Baring Brothers se convirtieran en su socio comanditario. Aunque quería que le dejaran manejar sus propios negocios, los banqueros mercantiles ganaron un pie en Cuba, que paulatinamente se convertiría en un dominio completo. Cuando Knight cayó en dificultades financieras algunos años después, Barings le forzó a quebrarse, y luego extendieron las facilidades de crédito al sucesor de Knight, a punto de endeudarse más.
Tales créditos pronto se ofrecieron a los dueños de ingenios. Sin préstamos, habrá sido imposible tanto la comercialización del azúcar, como las mejoras en producción de que dependía – además de las necesidades cotidianas de mantener a los esclavos, cultivar nueva tierra, y vivir la vida de lujo que habían llegado a esperar. Los mismos comerciantes que inicialmente fueron el conducto para las inversiones externas, llegaron a actuar como los representantes del control que los banqueros metropolitanos aplicaban. Hipotecas se hicieron cada vez más comunes, “muchas veces en forma de préstamos asegurados en las ganancias de cosechas futuras”10. Las crisis económicas, o simplemente una mala cosecha, conducían al no pago de la deuda, como resultado de que la propiedad sobre las plantaciones cubanas empezó a caer en manos de los banqueros extranjeros. Dos tercios de la industria azucarera cubana se había hipotecado así en los 1860, con alrededor del 95% de los ingenios por lo menos parcialmente. Como comentaba Gaspar Betancourt Cisneros, tenían una política de la usura, prestando dinero poco a poco a gente que no veía las consecuencias, hasta al fin pudieran embargar sus bienes. Los plantacionistas, especialmente con fincas pequeñas o medianas, perdían el control sobre sus plantaciones, la administración de las cuales fue entregada por los bancos a compañías mercantiles residentes en Cuba, en una manera algo parecida a la que afectaba a otros sectores de la economía cubana, como los ferrocarriles, la mayoría de los cuales ya a finales del siglo XIX había “perdido casi todo su carácter nacional”, con el capital extranjero cambiando el papel del acreedor al control directo.
Anton Allahar ha argumentado que ya a mediados del XIX, los comerciantes en Cuba habían desplazado a la vieja clase criolla terrateniente “de la cima de la prosperidad cubana”. Sin embargo, hasta los comerciantes extranjeros, que habían tomado una parte tan importante en la apertura de Cuba a las amplias redes comerciales, también se habían caído bajo el control de los cada vez más poderosos banqueros mercantiles metropolitanos. Como con los plantacionistas, dependían del éxito de la zafra, y su venta, para su propia supervivencia. De haber empezado como innovadores, rápidamente se convirtieron en cobradores de deudas. Esto aseguraba que no solamente el comercio cubano, sino crecientemente la tenencia de la tierra y la producción cayera bajo el control extranjero. Esto llegó a exacerbarse después de 1868, cuando las guerras cubanas para la independencia condujeron a un aumento en el debilitamiento de los terratenientes cubanos, y una extensión en la penetración del capital y propiedad extranjeros.
Citas:
1- Fé Iglesias García, ‘The Development of Capitalism in Cuban Sugar Production, 1860-1900’, en Manuel Moreno Fraginals, Frank Moya Pons & Stanley L. Engerman (eds), Between Slavery and Free Labor: the Spanish-speaking Caribbean in the Nineteenth Century, Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1985, p.58.
2-Francisco de Paula Serrano, in Memorias de la Sociedad Económica de la Habana, Tomo IX (1840), p.240.
3- British Parliamentary Papers 1841 (I) vii, pp.88-9.
5-ANC, Real Consulado y Junta de Fomento (RCJF), 131/6412.
6-BNJM, Lobo 111, Vol.3.
7-Amalgamated Society of Engineers (ASE), Quaterly reports (September 1853), and Annual branch reports (1853) (Modern Records Centre, Warwick (MRC), MSS 259/2/1/1).
8-BA, HC 4.6.12, No.141.
9-Greenock Sugar Trade Review, 2 abril 1873.
10-Louis A. Pérez Jr., Winds of Change: Hurricanes and the Transformation of Nineteenth-Century Cuba, Chapel Hill & London: University of North Carolina Press, 2001, p.96.