Los demonios de Carlos Esquivel: la intensidad del vacío
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Un poeta conoce los misterios con solo trazar sobre el papel, sus versos. Carlos Esquivel Guerra (Elia, 1968) es una de las voces más polémicas de la poesía cubana contemporánea. Sus libros son manifiestos que abren senderos. La intensidad de su discurso llama la atención. No es experimento cada entrega. Escribe para dejarnos una sensación extraña.
Trabaja con mucho rigor, sin hacer concesiones, porque da testimonio del tiempo que le ha tocado vivir: la guerra, la incomunicación, el odio. Libros como Bala de cañón (una visión muy intensa de la guerra de independencia), El boulevard de los capuchinos (el cine que marcó su vida), Matando a los pieles rojas, donde el béisbol, en sus múltiples dimensiones es algo más que un deporte y en el que están los nombres que acompañan su historia. Para Carlos la escritura va en la sangre. Por eso sus poemas llevan consigo los límites entre la vida y la muerte, entre el silencio y el grito.
Sin embargo, la búsqueda de nuevas formas de transgredir hace que se adentre en aguas diversas. La décima le permite la contundencia, los finales difíciles de olvidar. Por eso, libros como Perros ladrándole a Dios (Premio Cucalambé, 1998; Premio Ópera Prima, 1999); Toque de queda (Premio Cucalambé, 2005) y El libro de los desterrados (Premio Cucalambé, 2010), este último en coautoría con Diusmel Machado, demuestran su madurez como poeta. Lástima que todavía la crítica no se detenga ante su obra. De todas formas, Carlos Esquivel tiene el raro don de atrapar la esencia de las cosas ¿quizás sin proponérselo?
FE DE ERRATAS
Una carta de Osip Mandelshtam:
«Me han salido tan mal las cosas que ni siquiera me arrepiento.
No he calculado, aún, la resolución de mi suplicio, la condena de mi fatalidad».
Donde dice: necesito
salvarme como cualquiera.
Debe decir: allá afuera
sopla un viento nunca escrito.
Donde dice: no hay un grito
de sumisión sin alarde.
Debe decir: es muy tarde
para encontrar otro puente.
Y donde dice: el valiente.
Debe decir: el cobarde.
Donde dice: mi cabeza
tiembla por la guillotina.
Debe decir: hay neblina
siempre sobre la tristeza.
Donde dice: ahora empieza
el dolor del inocente.
Debe decir: sólo miente,
y mentir a veces arde.
Y donde dice: el cobarde.
Debe decir: el valiente.
ÚLTIMOS DIAS DE UNA CASA
«Una casa es como un país».
La Loynaz. 9 de marzo de 1981.
Una carta a Julio Orlando Martínez Malo.
La casa es como un país
abarrotado de ausencia.
La casa me diferencia
de la nieve cuando es gris.
La casa es mi cicatriz
desde algún barco remoto.
La casa es el puente roto,
y es el vino, y es el pan.
Es los muertos que no están
pero viven en la foto.
La casa es como un cuchillo
que despedaza por dentro,
es mi madre sobre un centro
de pesadumbre, es el trillo
hacia el pobre molinillo
donde mi padre invisible
teje un himno, es la creíble
caída de toda nieve,
es la libertad tan breve,
es otro viaje imposible.
La madre, el padre, el arroz,
ellos son también la casa,
y humedecen una masa
para el invierno de Dios.
La casa tiene mi voz,
mi silencio y mi visaje
hasta un país sin paisaje.
Acaso queda en el rezo
carcomido como un hueso.
O en el pesebre del viaje.
El perro que no murió,
la nube por ese hermano
si no supo desde el piano
la casa que lo inventó.
Mi padre siempre partió
en busca de un acertijo.
Ya era casa, ya era el hijo
sobre la ausencia fingida.
Casa: dolor y partida,
todo en el mismo amasijo.
Casa: lugar de la ausencia
que fluye y jamás me nombra.
Siempre habitas una sombra
que el extravío sentencia.
Los nombres de mi existencia
ya no van a detenerte.
Existe una casa inerte,
una lámpara, una nube:
son cosas que siempre tuve
y las llevará la muerte.
Y qué dejé sin olvido
en el Dios que balbuceaba:
¿un mar? Pero el mar se acaba.
¿Acaso quedó el sonido
de una isla que ha dormido?
Todo es un viaje otra vez.
Todo es ser casa y después
ser casa para ese olvido.
Como el hombre que ha fingido
ser su casa en la vejez.
Casa: ante ti sólo queda
polvo del sueño lejano
y una foto sobre el piano
perdido entre la humareda.
Casa sin mí, qué nos queda:
una cruz, el cuerpo fijo,
un tiempo que nos maldijo,
y lo que di al universo:
mi única forma del verso,
la casa, un árbol, y el hijo.