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Reynaldo Duret Sotomayor

Alejandro Álvarez Bernal, 15 de mayo de 2011

Debido a ciertas mecánicas más o menos discernibles, en este país (y a pesar de todo) cada año aparecen nuevos escritores —o por lo menos gente que publica un libro de su autoría. Como suele ocurrir, no muchos alcanzan cotas apreciables o ni siquiera persisten en el empeño, así que Reynaldo Duret Sotomayor llama doblemente la atención: por la persistencia y porque, en verdad, se ha revelado como un escritor bastante más que “interesante”.

Duret se inició en la literatura con buen pie, a juzgar por la decena de premios que cosecharan sus narraciones aisladas. Pero en algún momento tendría que ofrecer todo un libro, fuera compendio o fuera de nuevos pergeños. En 2008 apareció Nunca te enamores los días de lluvia, su primer cuaderno de cuentos, con el mismo tino pues obtuvo el Premio al Autor Novel que otorgan Ediciones Santiago y el Centro Promoción Literaria José Soler Puig.

El segundo y recién aparecido libro de Duret, La noche de los miedos (Ediciones Santiago, 2011), no defrauda a quienes vimos virtudes y promesas en el anterior; antes bien, eleva la vara. Esta vez, Duret saca buen partido de su profesión de siquiatra para explorar y resolver los conflictos más íntimos de sus personajes, apenas perturbados unos, realmente enfermos otros, todos asechados por su propia fauna interna de temores, fobias y empecinamientos. Con todo, no vaya a pensarse en este título como catastro de sicopatologías. La profesión ―como la papa―, ayuda, pero que Duret sea siquiatra no es más que un elemento colorido, un dato válido solo para indicar que, a pesar de la “deformación” profesional, esta no le lastra en la consecución de lo verdaderamente importante: escribir bien, que es lo que hace. La noche de los miedos logra sortear con éxito ese existencialismo retorcido de uso tan frecuente, toda vez que el elemento de opresión sicológica no proviene de un contexto físico, sino mayormente del propio interior de los personajes.

Por supuesto, casi ningún libro es perfecto, y a La noche de los miedos se le puede señalar más de una mancha. No obstante, el balance es favorable; y en general, Duret cumple con el viejo reclamo del “…ben trovatto” que debiera presidir toda página escrita, de suerte que puede llevarnos, sin que sintamos el esfuerzo, por los conturbados parajes interiores de sus personajes para finalmente —como dice la nota de contraportada—,“desembarcar en el puerto reflexivo al que toda lectura conduce”.

Erótica penal

A Mayté Moncada, Rosita Pagé y Yusmary Felizola

Noche. Después del recuento, Julieta salta de lo alto de la litera y camina en puntillas hacia la reja. Acaricia el candado, y este se abre como por arte de magia.

Sin ser vista por la militar, baja hasta el primer piso y llega a un pasillo. Allí se queda quieta, observa tras los pétalos las penumbras del exterior penal. Escucha pasos lentos, marcados por la prisa con la que siente latir sus deseos. Es una paradoja sensorial que la desnuda. Siente un olor que camina, adorna el pasillo, se hace hombre. Cierra los ojos y suspira mientras unas manos desorganizan su cuerpo. El hombre manosea sus zonas de placer. Con los ojos cerrados aún, busca la portañuela. Desabotona. Adapta su miedo al gozo ofreciéndose toda al golpe de la carne.

El hombre la goza hasta dejarla rota sobre el primer peldaño. Siente los pasos alejarse, apresurados. Solo entonces abre los ojos. Sube las escaleras, y ejercitando el mismo ritual: llave-candado-reja, alcanza su litera. Solloza feliz, aunque la asfixia el calor del encierro. Abre los muslos e introduce la llave en su vagina, hasta la próxima noche.