Voz y humanidad de Fina ( I )
Una imagen de Fina García Marruz, publicada hace años en la revista Opus Habana, me resulta particularmente atractiva. Se trata de una instantánea en que, inclinada, contempla a uno de sus hijos. No mira a la cámara. Hay en los ojos de la joven mujer cierto alborozo, esa fascinación con que sólo la maternidad o la paternidad puede mirar. Hay también mucho de susto, de ese escurridizo susto por la inevitable caída en la inevitable bicicleta, acaso un regalo de cumpleaños comprado a regañadientes por una madre solícita que, a pesar de sí misma, sabe que los hijos deben crecer y andar. Es esa la imagen que mejor define, a mi modo, a la persona que es Fina García-Marruz.
Hablo de la persona y no solo de la escritora, porque muchas veces olvidamos que antes de ser escritor se ha de ser persona. Parece un juego de palabras, una obviedad, mas pocas cosas son tan poco obvias como lo aparentemente obvio. Ya Pascal sintió la necesidad de hablar del asunto: “Que no se diga de él: es matemático, es predicador, es elocuente; sino: es un hombre honrado; esta cualidad universal, es la única que me gusta. Cuando, al ver a un hombre, se acuerda uno enseguida de su libro, mala señal: yo quisiera que de un hombre no se advirtiesen, al encontrarle, sino aquellas cualidades utilizables de momento. Ne quid nimis, por miedo a que una cualidad prevalezca y haga clasificar al hombre”.1
En sus palabras sobre elocuencia y estilo, Pascal nos advierte otra razón para el arrobo. Dice el sabio que un estilo natural nos deja asombrados y encantados porque esperábamos encontrar a un autor y encontramos, en su lugar, a un hombre. 2 Tal es la sensación también, cuando se lee a Fina: la sencillez y naturalidad de su estilo, tanto en la prosa como en el verso, lo que es igual a decir la humanidad de su voz. Fina lo dirá, a su modo, respecto a otro tema. A propósito de las interpretaciones simplistas y falseadas sobre Martí, elogia cierta expresión de Mella, esa en la que el fundador del primer partido marxista cubano confiesa sentir frente al Maestro, lo mismo que frente a lo sobrenatural. Y para elogiarlo, usa Fina palabras que muy bien le van a ella: la sencillez con que los grandes dicen aquello que los pequeños no quieren o temen escuchar.
Los pequeños son incapaces de entender, por ejemplo, a una mujer de ideas, incapaces incluso de concebirla posible y menos aún de lidiar con ella. Como también otros, mujeres incluso, posiblemente le reprochan a Fina ese lado, familiar si se quiere, que es cara y envés de su poesía. Unos y otros olvidan que el ser es uno e indivisiblea; que lo doméstico, el lar, sitio del fuego sagrado, es no ya la célula fundamental, tal como repetíamos sin mucha convicción en otros tiempos —ya ni siquiera nos tomamos el trabajo de decirlo—, sino una suerte de microcosmos que, a su modo, remeda y hasta perfecciona las leyes del cosmos. Que es en lo íntimo doméstico donde el ser, ajeno a las etiquetas que tanto molestaran a Pascal, puede mostrarse en su raigal esencia. No es simple lo doméstico, acaso de una complejidad tremenda, aunque Fina lo asume con la naturalidad con que debe ser asumida la vida. Así, por ejemplo, su evocación de Lezama es, ante todo, evocación del hogar y de ciertos espacios de La Habana:
Toco a su casa y me parece
que va a salir del fondo, como de un estanque,
a darme su habitual beso en la frente.
Que se sienta calmosamente en su sillón
abanicándose el pecho fatigado
en la salita pequeña de muebles enormes,
que le pide a María Luisa que nos traiga
”el mejor té de la Habana Vieja”,
y ella nos trae el solo —té, el té ya sin sus palabras
rodeándolo como un humo lujoso, inacabable.3
Tremendo adverbio ese de calmosamente. Es el que mejor conviene a la humanidad de Lezama, a su ritmo y su huella. Elección, casi creación propia, que dice tanto en muy poco. En otro momento delicioso, María Luisa juega a los yaquis en el patio ajedrezado. Es fácil imaginar la escena en el exiguo patio de la casa de Trocadero, ya para siempre la calle de Lezama. Es fácil imaginar la escena, como fácil es evocar a la vieja Baldomera al cerrar los postigos “para que no entren los soplos del Maligno”, a la Madre, quien muestra todas las preguntas como si fueran todas las respuestas.
En “Hablar de la poesía” nos revela parte de su personal poética —palabra sumamente conflictiva en ella, según veremos más adelante—, lo que es casi igual a decir su personal forma de asumir la vida:
El hoy humilde me parece el verdadero alimento. Pan nuestro de cada día, no lo excepcional, sino lo diario que no se cansa, ni estraga, y que sustenta. Vivir en esa especie de disparadero del proyecto incesante, menudo o magno, escamotea muchas veces su maná precioso sosteniéndonos. Que ningún acto que realicemos en el día, ni aún el más modesto, sea mecánico. Que podamos tender la cama con la misma inspiración con que antes se iba a ver la caída del crepúsculo. La mujer que cose un roto, la que enciende el fuego, la que barre el polvo, contribuye también al orden del mundo, a la caridad más misteriosa: sirve a la luz. Esto no excluye otros órdenes y otras órdenes de más vasto alcance. Se trata de rescatarlo todo, no solo lo que poseemos aún sino lo que poseíamos sin darnos cuenta. Se trata también del servicio misterioso.4
Más, no confundamos su afán de recuperación con una vuelta “a lo pasado”. El poema a Lezama es el poema de la incredulidad y de la amarga certeza, como siempre nos habrá de suceder con la muerte. “Temor de hacer este poema”, es el verso primero. Le siguen palabras de Lezama, coloquiales, íntimas, comunes, las que se amplifican en la gracia de este. Mantiene el tono sobrio y ya al final puede advertir que es la misa el sitio para la ansiada recuperación: “todos éramos uno, los presentes y los ausentes, / los vivos y los muertos, / una leve frontera atravesando / la sonrisa de las madres y nuestra última orfandad.” 5 Pero no es la sola nostalgia por el tiempo ido. Envejecer es sinónimo de cierta calma, no tanto el reconocimiento en los que alguna vez fueron sus mayores, o la certeza de que de la seriedad con que leía a Plotino en su adolescencia nada queda, salvo lo que entonces desestimó:
ay, sillitas para la Navidad, ahora, sin aquel
sol, rompiéndoles los bordes
mal pintados de crema,
sin aquel sol!6
Aquel aparece en cursivas, remarcando la importancia de la palabra y de su posición, la del sol, respecto al presente de la autora. Le sigue al poema uno, precisamente sobre la puesta de sol. Cuenta que de pequeña corría con otros niños a ver “la puesta espléndida del sol”. Tarde tras tarde se repetía la escena. “Yo creo que el sol nos quería por entonces, / a nosotros, a los pequeños”. No es, reitero, la sola nostalgia por el tiempo ido. No se aspira a mantener la figura de antaño “Que no para que / el rostro / luzca lozano y terso se ha vivido. / No para atraer por siempre con el fuego / de la mirada.” Envejecer, lo que es igual a vivir, a haber vivido, acerca un renacimiento:
Costó dolor, muerte costó, la vid
Y al tiempo, breve o largo, siempre corto,
como el relámpago del amor, se le mira
ya sin recelo ni amargura
como a las heridas de la mano, en el arduo
aprender de su oficio,
contempla el aprendiz.
Bella es toda partida.7
Notas:
1.Blas Pascal: Sobre la elocuencia y el estilo, en Elocuencia y estilo. Buenos Aires. Editorial Tor, [s.a]., p.17-18.
2. Cfr. Ob.cit., p.8.
3. A nuestro Lezama, en Antología poética. Selección y prólogo Jorge Luis Arcos. La Habana, Ed., Letras Cubanas, 1997.
p.169.
4. Hablar de la poesía, en Hablar de la poesía. La Habana. Letras Cubanas, 1986, p.435.
5. A nuestro Lezama, Ed.cit., p.171.
6. En la confusa adolescencia en Antología poética. Ed.cit., p.159
7. Del tiempo largo, en Antología poética. Ed.cit., p.163.