Narrativa de… Rafael de Águila
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Los cuentos de Rafael de Águila contienen una fluida imaginación que dinamiza el contenido de las acciones y posibilita la interiorización de personajes y escenarios, bajo la protección del asteroide Asimov.
Con su libro Del otro lado1 (Premio Alejo Carpentier 2010) se demuestra que la literatura como manifestación artística, no está a la vuelta del camino y menos allí, donde la reiteración y el racconto permean de curiosidad y extrañeza historias no frecuentes, casi oníricas.
El titulado "Ecarabajos en un terrario" es un ejemplo de la esbeltez del narrador al nombrar eso aparentemente común, que acontece en el hábitat del trópico y puede todavía llenarnos de asombro.
Osmán Avilés
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Escarabajos en un terrario
Miré el reloj, casi las tres de la madrugada, llevo horas intentando dormir, primero tomé un libro viejo, las páginas amarillas, una biografía de Isadora Duncan, Isadora fue una tipa que intentó bailar, en realidad nunca bailó, en realidad siempre fue algo puta. Después me senté afuera, en la terraza, a ver pasar autos. Pasaban de vez en vez y era increíble verlos pasar, ellos allí, en mitad de la noche, escarabajos en un terrario, uno se detuvo, el hombre salió y estuvo mirando bastante rato debajo, después se fue. Quizá atropelló a un perro. Un perro que no podía dormir y puede que leyera un libro viejo, un tomito de páginas amarillas sobre una perra sin pedigree, una perra que decía ladrar pero que en realidad no había pasado de ser una perra muy puta. Después me llamó un amigo. Dijo que era su cumpleaños. Quise saber si sabía algo acerca de Isadora Duncan. Dijo que creía se trataba de una bailarina. No, en realidad se trata de una puta. Bueno, me dijo, es igual. Claro que no es igual, le dije. Él que entonces no era igual, que era su cumpleaños, quería saber si podía ir. Miré el reloj, eran bien pasadas las tres. Se lo dije. Ah, se disculpó él, no sabía. Yo no podía dormir, los carros pasaban y pasaban y estuve de acuerdo en ir. La noche era húmeda y el cielo tenía reflejos extraños, como de aurora boreal, yo nunca había visto una aurora boreal pero imaginé que así sería. Mi amigo estaba solo: viniste. Vine. Me llenó un vaso de un líquido dorado. Ron, dijo, importado. El ron no era bueno y tuve deseos de preguntar desde dónde lo habían traído, si en barco o en avión. Debieron haberlo traído de un sitio lejano, un sitio en el que la gente tomara té verde. O de cualquier otro color. En un momento habrá aquí más gente. Se rió. Cuando uno cumple años siempre desea que a la casa llegue gente. Reunirlos a todos ahí como a escarabajos en un terrario. Esas son las costumbres. En el lugar desde el que se había importado el ron se tomaba té. Té verde. Esas eran las costumbres. Después llegó la gente. Llegó un tipo gordo y su mujer, el gordo vulgar, la mujer vulgar pero descendiente de asiáticos. Uno la miraba y por instantes podía votar a favor de si la consideraba bella. Al minuto podría uno votar en contra. O no votar. Abstenerse. Así se llama cuando uno decide no votar. Siempre es mejor abstenerse. También llegó un tipo alto, dijo ser cirujano plástico, y una chica pecosa de cabello muy corto que me fue presentada como músico, y dos lesbianas. Las lesbianas eran monísimas y se arrullaban de vez en vez sin embozo alguno. Mi amigo les acercó a cada uno un vaso del ron, a todos aclaró que se trataba de ron importado. Las lesbianas, monísimas, aplaudieron y se arrullaron. La chica pecosa preguntó dónde había dejado su chelo, al rato estaba tocando algo muy triste. Creo era de Liszt aunque nunca he sabido si Liszt compuso para chelo. En realidad no me importaba mucho que fuera de Liszt. Una de las lesbianas me brindó un pañuelo. Gracias, le dije. Después habló a la otra muy cerca, al oído, entonces se levantó y me tomó de la mano. Ven. Me llevó afuera, su mano era pequeña y cálida. En las novelas rusas un escritor ruso habría escrito que tenía manos de samovar ruso. Pero esto no era una novela rusa. ¿Has leído novelas rusas?, quise saber. ¿Rusas? Sí, del siglo XIX. No, no he leído novelas rusas, no he leído novelas desde hace mucho rato. ¿Por qué? No me gustan las novelas, menos las rusas ¿No te gusta Dostoievski? No sé quién es, respondió. El cielo seguía con aquella tonalidad de aurora boreal, un cielo del norte, alguien había estado tirando del cordel y le habían usurpado el cielo a algún sitio lejano. Un sitio más al norte. O al sur. Un sitio en el que seguramente tomaban té verde. O cualquier otra mierda. Habían corrido el cielo hasta traerlo aquí. Lo habían importado. Cielo que antes solían tener sobre las cabezas aquellos que tomaban té verde. Ibas a llorar, dijo la muchacha. ¿Cuándo? Allá arriba, cuando la pecosa comenzó a tocar la pieza de Liszt. La miré y no dije nada. Tuve deseos de preguntarle si sabía quién demonios había sido Isadora Duncan, en realidad pregunté si alguna vez había hecho el amor con un hombre. Se rió: claro, con muchos hombres. ¿Cuántos?, quise saber. Uffff, sostuvo, incontables. Desde la casa de mi amigo llegaba aquella música triste, música que también la muchacha creía compuesta por Liszt. Le pregunté si realmente Liszt había compuesto para chelo. No sé, dijo, pero eso es de Liszt, seguro. ¿Cómo podía saber de Liszt si ignoraba a Dostoievski? Era abate. ¿Quién? Liszt. Sé quién es, aseguró la muchacha. ¿Y realmente es de Liszt esa pieza? Ella movió la cabeza afirmativamente. ¿Quieres que te bese un rato? No, dije, tengo algo viral, puedes enfermarte. No importa. Nos besamos bastante rato, el cielo tenía aquella tonalidad y yo nunca había besado bajo un cielo así de raro. Después subimos. La chica pecosa tocaba algo, según dijo, de Schubert, esta vez no era triste. Pregunté al cirujano plástico qué se sentía al ser cirujano plástico. Tienes el poder de cambiar a la gente, dijo. Ah, eso es ser cirujano plástico, me dije. Las lesbianas volvían a arrullarse, se dijeron algo muy bajo y me miraron. Las dos rieron. Mi amigo trajo una fuente de carne, en trozos, una carne muy roja. ¿Qué es?, quiso saber el cirujano plástico. Conejo, aseguró mi amigo. Yo no lo toqué, aquello pudo haber maullado alguna vez. Busqué la botella del ron importado y me serví. No miré la etiqueta No quería saber desde dónde la habían traído, el país al que pertenecía el cielo que alguien hubo de arrastrar hasta acá. La chica de las pecas dejó el chelo y se puso a comer conejo. Comía con apetito y tomaba ron importado. Mi amigo anunció a todos que yo había leído algo acerca de Isadora Duncan, una tipa que decía bailar pero que en realidad había sido muy puta. Háblanos de ella, pidieron las lesbianas. Dije que había inventado la danza moderna, extrajo los movimientos de figuras grabadas en vasos órficos. ¿Qué significa órficos?, quiso saber el cirujano plástico. Dije que realmente me parecía que la tal Isadora había sido una gran puta. ¿Por qué?, quisieron saber las lesbianas. Expliqué que Isadora contrajo nupcias con Esenin, un poeta ruso. Entonces no era puta, sostuvo el cirujano. La chica pecosa aseguró que había leído algo sobre Isadora, bailaba desnuda, anunció. Las lesbianas se pusieron de pie y se quitaron toda la ropa. Comenzaron a bailar, lo hacían bien, pero la más alta tenía los senos bastante caídos y era algo muy triste verla tan joven, tan alegre y los senos de aquella manera. Alguien podría pensar en importarle unos. Del mismo sitio en el que la gente tomaba té verde, los tipos que se habían quedado sin cielo. La chica pecosa se levantó y tuve la impresión de que también se desnudaría pero tomó el chelo, dudó un instante antes de que la música se insertara muy bien en la cadencia del baile de las lesbianas. La de los senos caídos aplaudió. Mi amigo también lo hizo. Después aplaudió el cirujano plástico. Yo no tenía deseos de aplaudir pero lo hice. La otra lesbiana aulló, complacida. Me serví más del ron importado, afuera el cielo no había cambiado un ápice, aquella tonalidad como de aurora boreal, quien tirara del cordel que administraba el techo del mundo se había cansado de tirar y nos había dejado aquí este cielo. Un cielo importado. Del mismo sitio en que se tomaba hectolitros y hectolitros de té verde. O de un poco más allá. Eso nadie podía saberlo. Pensé en Esenin, el poeta ruso que se casara con Isadora. Un día se suicidó. Maiakovski también se suicidó pero dejó un poema, de la muerte de Esenin sabía yo muy poco. Solo que se había suicidado y que su mujer, Isadora, murió años después al enredarse el largo chal que llevaba al cuello en las ruedas del auto que manejaba. Creo era un Bugatti. Un auto muy caro. Isadora antes hubo de casarse con Singer, el dueño de la fábrica de máquinas de coser. Yo era niño y mi madre me cosía los pantalones en una Singer. Mis pantalones cosidos en un artilugio creado por uno de los maridos de Isadora Duncan. Del otro marido había leído yo los libros, y sabía que un día había decidido suicidarse. Y lo del chal de Isadora. Eso también. Dejé la ventana, las lesbianas se besaban otra vez, cada una tenía en las manos vasos del ron importado, uno casi vacío, el otro a la mitad, ambos con hielo. Yo no soportaba el ron con hielo. Se mezcla entonces con el agua y sabe mal. El ron siempre sabe mal pero al menos no estaba mezclado con agua. La chica de las pecas hablaba con mi amigo acerca del secreto de los luthiers, hablaban de Stradivarius, y de Cremona, decidí escuchar un rato, la madera debía ser cortada en un instante preciso, dejarse secar por años, era algo muy trabajoso y no presté más atención. El cirujano plástico dormía en su butaca y las lesbianas seguían besándose. Dejé el vaso con el ron importado sobre la mesa. Afuera el cielo era casi blanco y las tonalidades todavía más raras, eran casi las seis de la mañana y los autos pasaban veloces, era increíble verlos pasar, aparecer y quedarse ahí delante para después verlos huir sin importarles este cielo del norte, o la música de Liszt que volvía a escucharse desde la casa de mi amigo, o las lesbianas que ahora mismo salían afuera, miraban a un lado y otro y tomadas de las manos, como dos colegialas risueñas, me llamaban. Solo entonces me percaté de que el gordo vulgar y la asiática habían estado todo el tiempo ahí, sin decir palabra. Como dos estatuas. Decidí que la mujer no era bella, y después que mejor era abstenerse, era una mujer vulgar, una mujer descendiente de asiáticos. Miré al cielo, la mañana comenzaba a clarear y las lesbianas seguían allá atrás, tomadas de las manos. Escarabajos en un terrario. Ven, Esenin, gritaban risueñas, y seguían ahí, incansables, llamándome.
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Rafael de Águila (
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1 Rafael de Águila: Del otro lado. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2010.