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El pelícano de la Bahía de La Habana

Fernando Padilla González, 01 de junio de 2011

Quizás usted, amigo lector, se haya asombrado al ver en los estanquillos El pelícano de la Bahía de La Habana. Y si, no se extrañe, no solo acudimos a la feliz y bien recibida noticia del regreso de esas extrañas aves marinas a los predios de la rada, sino también al surgimiento de una nueva revista.

Surgida en 2004, El pelícano de la Bahía de La Habana se erige como la publicación especializada del Grupo de Trabajo Estatal de la Bahía de La Habana. En su más reciente entrega, la número 15 de manera consecutiva, se dedica a “el desvelo cotidiano por el agua”, slogan que desde portada presagia lo que serán sus próximas 48 páginas.
 
"Figúrense ustedes cuál sería mi estupor, ¡qué digo estupor!, mi entusiasmo, mi enajenación, cuando me vi cerca del Santísima Trinidad, el mayor barco del mundo, aquel alcázar de madera, que visto de lejos, se presentaba en mi imaginación como fábrica portentosa, sobrenatural, único monstruo digno de la majestad de los mares (…) 
  
“El inquieto entusiasmo de que estaba poseído me expuso a caer al agua, cuando contemplaba con arrobamiento un figurón de proa, objeto que más que otro alguno fascinaba mi atención. Por fin llegamos al Trinidad. A medida que nos acercábamos, las formas de aquel coloso iban aumentando, y cuando la lancha se puso al costado, confundida en el espacio de mar donde se proyectaba, cual en negro y horrible cristal, la sombra del navío; cuando vi cómo se sumergía el inmóvil casco en el agua sombría que azotaba suavemente los costados; cuando alcé la vista y vi las tres filas de cañones asomando sus bocas amenazadoras por las portas, mi entusiasmo se trocó en miedo, púseme pálido y quedé sin movimiento asido al brazo de mi amo.’’
 
Así describe sus impresiones sobre el mayor bajel de su tiempo, Gabriel, el protagonista de la novela Trafalgar, perteneciente a los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós. Y así también se inicia el artículo “A bordo del Escorial de los Mares” que ocupa los cromos centrales de la revista.
 
En su carta editorial, el equipo de redacción comunica: “Hemos escogido el Día Mundial del Agua, el cual se celebra cada 22 de marzo. Muchos autores ambientalistas asumen con entera responsabilidad que al actual milenio corresponde la recuperación de los ecosistemas acuáticos y que dependerá de ello la propia existencia humana del planeta.
 
“Nosotros ya comenzamos, y nos honra convocar a todas y todos lo que residimos y nos vinculamos a esta cuenca hidrográfica capitalina a pensar en qué nos corresponde hacer y cómo concretar nuestra acción”.   
 
En lo adelante se reconstruye el episodio lejano del primer acueducto construido en Cuba que llevó el preciado líquido a los habitantes de la incipiente villa de San Cristóbal de La Habana. “La Zanja Real”, artículo que a la luz de las evidencias arqueológicas y al riguroso escrutinio de la Actas Capitulares de la ciudad ofrece un ameno repaso histórico por la evolución de la primera joya de nuestra ingeniería colonial, vital en el desarrollo de la urbe y en la traza marinera del Sistema de Flotas, que cada año carenaba en la rada habanera.
 
A vuelo de pájaro se transita por el trabajo “Amigos de la Bahía” que desde las primeras líneas resalta la importancia de la puesta en marcha, durante más de un quinquenio de creado, del programa educativo dirigido fundamentalmente a fomentar una cultura ambiental en los niños y jóvenes residentes en la cuenca tributaria de la rada citadina, así como a la promoción de acciones para el saneamiento y conservación del entorno.
 
Un breve ensayo titulado “El regreso del pelícano” aborda desde la perspectiva del ave marina y la trayectoria degenerativa de su hábitat. La sobreexplotación de los recursos de la bahía, el acelerado incremento poblacional de los pueblos aledaños al puerto y el vertimiento indiscriminado de hidrocarburos y otros nocivos contaminantes, son los principales responsables de la ausencia del pelícano en el cielo habanero, quien en su afán de vuelo apacible ha regresado para recordarnos nuestro deber para con el medio que nos circunda y que es parte de nosotros mismos.
 
Cierra las páginas de la revista un interesante acercamiento a la figura de Cargapatache, olvidado marino portugués que navegó las aguas del litoral cubano y legó a la posteridad algunas impresiones escritas de sus experiencias en la Isla.
 
A él también se debe la representación gráfica más antigua que se conoce de la bahía habanera y su entorno, matizado por la mítica ceiba, la desaparecida Parroquial Mayor y el eterno guardián de la ciudad, el Castillo de La Real Fuerza, que al amparo de sus baluartes sostiene a la más cubana de las mujeres, la Giraldilla.