Voz y humanidad de Fina II.
Tener una poética, es para Fina asunto de exclusiones.«En la poética personal debieran entrar todas las otras poéticas posibles».Este sentido ecuménico no niega lo natural ni premeditadamente artístico, que siempre encuentra su explicación última en la propia naturaleza:«La naturaleza crea el ala para el vuelo, pero después, la decora». Se ha de aspirar a una más cabal noción de la realidad, ecuménica también ella: «El realismo verdadero debiera abarcar el sueño y el no-sueño, lo que tiene un fin y lo que no tiene ninguno, el cacharro doméstico y la Vía Láctea. Ningún otro realismo que el de la misericordia».8 La poesía es, por tanto, religiosidad. Lo explica desde ese traspasarse a sí mismo de lo exterior. Y también, creo, por este sentido total de la vida y sus minucias.
El gusto por los pequeños es también el gozo por lo pequeño, por lo que aparenta no tener su razón. Por eso de lo grande, elige lo pequeño, el detalle nimio. No niega cuanto he dicho de su gusto por el interior su bello poema, acaso el más hermoso, el menos elegíaco, dedicado al Che. Un poema valiente, una oración que es también responso por nuestra alma. Comienza con lo factual y verificable, parte primera a la que le sigue el responso, quebrada y temblorosa oración, suerte de ajuste de cuentas con la historia y consigo misma, suerte de ajuste de cuentas con nosotros mismos. Poema incómodo si se quiere que logra fundir, sin dogmatismos ni simplificaciones, la fe cristiana con lo mejor del hombre carnal.
Del amor, por ejemplo, elige no el momento del frenesí, sino la nimiedad del día a día. «Retrato de una virgen», es en tal sentido una poesía ejemplar:
Ella no sabe bien lo que ha pasado.
Él era su amigo, y ahora
le ha dicho adiós.
¡Ella que lo veía
como al padre, al esposo
que iba a ser!
Ahora pasea con otra,
van riendo.
Ella no entiende
pero se ha quedado
quieta, como quien espera
una orden, o como el agua
antes de recoger la imagen
del rostro amado.
No se ha entregado al llanto.
No tiene una alborotada
imaginación. Sigue
yendo a sus clases. Cuida
cosas pequeñas: las libretas,
la raya en orden, igual
que el pelo, al levantarse.
Hace lo mismo que antes,
solo un poco más triste.
La luz que la abandona
la dibuja un momento.
No sabe que está sola.
Ese ignorar la guarda. 9
Es un texto sobre la inocencia, la inocencia incluso en la pérdida. Parece una de esas muchas historias de amores adolescentes. La virginidad de la adolescente, estado crepuscular por excelencia, es, más que un asunto físico, un no saber, un no entender. La tan llevada y traída dicotomía entre el cuerpo y el espíritu, uno de los asuntos esenciales para la naturaleza humana y comprensión de sí misma, es resuelta en este poema de una forma simple, sin alardes ni explicaciones vanas. También, sin alardes resuelve otra gran contradicción del pensamiento occidental. O bueno, algo donde solemos ver una contradicción insalvable: la de esencia y superficie, o contenido y forma, acompañados de un verso de Píndaro: «Sé el que eres».
Ama la superficie casta y triste.
Lo profundo es lo que se manifiesta.
La playa lila, el traje aquel, la fiesta
pobre y dichosa de lo que ahora existe.
Sé el que eres, que es ser el que tú eras,
al ayer, no al mañana, el tiempo insiste,
sé sabiendo que cuando nada seas
de ti se ha de quedar lo que quisiste.
No mira Dios al que tú sabes que eres
—la luz es ilusión, también locura—
sino la imagen tuya que prefieres,
que lo que amas torna valedera,
y puesto que es así, sólo procura
que tu máscara sea verdadera.10
Esta asunción de la superficie entraña una forma muy particular de la noción de lo exterior. Por tal, nos advierte en ese ensayo medular que es “Lo exterior en la poesía”, habremos de entender no lo externo. «La poesía está buscando una exterioridad mucho más profunda. Pues las cosas que nos rodean habitan en relación con nosotros, ligadas indisolublemente a nuestra vida o muerte, pero no podemos siquiera imaginar algo que esté fuera de su relación con nosotros, fuera de nuestra vida y nuestra muerte, del mismo modo que no podemos imaginar a nuestro Ángel o a Dios.11 Acto seguido repara en que «sólo hay dos realidades absolutamente exteriores a la imagen que de ellas tenemos o nos hacemos: nosotros mismos y Dios».12 Mirarse no implica, como se cree, un simple entrar en sí mismo: se trata, más bien, de un alejarse para verse mejor. Como cuando buscamos un espejo en el que podamos vernos en nuestra relación con el cuarto, súbitamente duplicado. Y las mujeres, y entre nosotras las costureras, sabemos muy bien estos asuntos: ellas nos demandan cierta distancia para apreciar el acabado de aquello que habrá de incorporarse a nuestra piel.
Tal línea de pensamiento la acerca a Berkeley y al solipsismo mas, al mismo tiempo, la aleja de tales callejones sin salida: Fina no niega la realidad de las cosas, antes bien, reconoce la existencia de una distancia mágica, «que no puede traspasarse sin que el equilibrio interior y exterior quede roto para siempre». 13Entronca entonces, con ese grande del pensamiento y su expresión en castellano que es Ortega y Gasset al apreciar, por ejemplo, cómo la evolución de la literatura, dígase por ejemplo de la narrativa, está signada por la reflexión en torno a la mirada: “Y es que ahora un cuento no tiene por objeto desplegar una aventura, sino que la aventura viene a desplegar lo que el autor estima que es un cuento, es decir, que la anécdota viene, con cierta ironía involuntaria, a expresar al novelista y no al revés”. 14 Es un tanto expresión de la bella metáfora de la que Ortega se sirviera para explicar la naturaleza de la novelística contemporánea en su relación con la del siglo XIX: atención a lo que transcurre más allá de la ventana en la una, atención al vidrio mismo, al acto de mirar, en la otra. Igual, según Fina, ocurre en la poesía: “La poesía no tiene hoy otro tema que el del ojo mismo, está obsesionada por su propia pupila fija. De aquí que se esté devorando a sí y que busque desesperada una nueva objetividad”. 15 Nótese la suave manera de resolver la pretendida contradicción entre objeto y sujeto, entre el objeto de la contemplación, no ya estética sino asumida como asunto vital, y el sujeto “mirador”. Uso mirador en un sentido que no es el usual de la palabra pues cognoscente, el término que en verdad mejor convendría, obligaría, referido a Fina, a precisiones que van más allá de las intenciones de este trabajo. Afirmemos por ahora, la magistral manera en que Fina muestra el sentido profundamente dialéctico, la imprescindible relación entre sujeto y objeto que es siempre la vida, forma también de definir la belleza y tomar partido en la, cualquiera diría que eterna, polémica a propósito de su sitio de “residencia”:
Nunca he sentido la belleza como una cualidad que puedan tener o no tener las cosas sino como su esencia constante sosteniéndolas, que puede revelársenos o no. Por esto la poesía y «lo poético» me parecen en realidad cosas antiestéticas. Lo que encuentro “poético” está ya limitado por mi particular elección o propósito embellecedor. Es algo demasiado excluyente, caprichoso, temperamental. La belleza, o lo es todo, o sería la misma cosa que la injusticia.16
También nos revela su particular asunción de la conflictiva correspondencia entre forma y contenido. ¿Qué es no su afirmación en «Lo exterior en la poesía”», a propósito del mal sonido de un poema como «error en el pensamiento mismo que él encubre»? ¿Qué es si no su tajante afirmación de que “un poema se ve mal” es generalmente malo?
Así también sucede en ella con las nociones de felicidad, de la que parece tener un elemento muy similar a la que ya vimos respecto a la belleza. El poema en prosa “La bienaventurada”, con una lógica diferente a “Retrato de una virgen”, describe la triste plenitud del amor maternal en una casa que alberga a la desgracia, dice en algún momento. La poetisa confiesa su propia incomprensión del asunto: ella solo puede dar fe del arrobo con que los dos seres se asisten mutuamente. Más, ¿qué es comprender para Fina? Una definición cabal del asunto hubiera exigido de mí un esfuerzo imposible en tan poco espacio. Sirvámonos, de pasada, de su mirada a Juana Borrero y permítaseme que para ello traiga a colación a Manuel Pedro González. ¡Qué distintas maneras las del uno y la otra! Manuel Pedro, en un texto desconcertante, nos da de Juana, nuestra Juana, un manojo de términos clínicos; con gesto demasiado positivista habla de normalidad y anormalidad, de neurosis y otras lindezas. No ya, claro, en el sentido que el término neurosis tenía para la sensibilidad decimonónica. (No olvidemos que un bello poema de Casal lleva esa afección por nombre, justo el que habla de “Noemí, la pálida pecadora...”) Manuel, en sus «Escolios al epistolario de Juana Borrero», actúa un entomólogo que, para estudiarlas, debe clavar mariposas con alfileres. Fina nos devuelve, en su prólogo a la poesía de Juana, la vitalidad de la mariposa, el aliento de sus alas, tanto que podemos sentir el ruedo del vestido de la amiga de Casal, el gesto altivo, la naturaleza vehemente. Nada de etiquetas, de esas manidas etiquetas que tanto preocuparan a Pascal; nada del afán reduccionista de cierto proceder que pretende ser científico. En un gesto, por encima de todo, estético, Fina nos da en sus ensayos una verdad que no es la de la ciencia, más no es por ello menos “verdad”. Acaso en pocos textos nos es explicado tan bien, el Romanticismo como en ese prólogo a la poesía de una de las hijas de Esteban Borrero, o en el dedicado a Bécquer, imprescindible, como no lo es casi ningún tratado de Literatura, para apreciar el gesto romántico.
Es grande nuestra deuda con Fina. Lo dice en algún momento Manuel Pedro González, al elogiar el sigilo del matrimonio que nos permitió leer el epistolario y la poesía de Juana Borrero, a quienes debemos una antología sobre la literatura en el Papel Periódico de la Havana, los cuentos de Tristán de Jesús Medina, entre tantas otras cosas. Es grande nuestra deuda con Fina para la comprensión de Martí. Pienso en ese libro capital que es El amor como energía revolucionaria en José Martí, esencial para comprender la aparentemente paradójica fórmula de la guerra sin odios preconizada por Martí. Pienso en las páginas finales, donde su comprensión de la grandeza martiana hace que su estilo sea una suerte de catarata, donde cada cita es asumida como voz propia. Identificamos a Martí, pues no cae en la impostura de no atestiguar que ciertas palabras no son las suyas, más se sienten tan cercanos ambos, tan auténtica su voz, que podemos imaginar cuánto de ella hay en esa comprensión del asunto. Toda experiencia estética es, siempre y en última instancia, un mirarse a sí mismo. Puede por tanto hacernos inteligible la fórmula martiana de la guerra sin odios, asunto que ya fuera esbozado en el mencionado poema al Che, donde habla del sermón nuestro de la montaña, magnífica forma de llamar al Manifiesto de Montecristi. Lo invocó entonces para, una vez más, resolver una contradicción: la del guerrero que, a pesar de sí mismo —frase que usé al principio—, o quizás fiel a la parte más recóndita de sí —lo oculto es lo que se manifiesta, recordémoslo una vez más—:
De nuevo es la criatura.
Aguarda bajo el polvo
de Dios.
No opinar lo esclarece.
Es ahora semejante
a los niños, las flores.17
Porque el amor no es nunca amor fácil. La dualidad existe —lo supo Martí mejor que nadie— no para ser ignorada, sino asumida como resorte y germen de nuevas contradicciones. Así es la vida, así el arte: donde el sinsonte y el divino doctor no tienen por qué recelar uno del otro, donde caben la más perfecta ópera y el sinsonte, salvo un detalle: solo el sinsonte puede ser escuchado sin cansancio cada mañana .18 De hecho, la poesía es una impostura: no se trata de crear un mundo, sino de permitir la manifestación del mundo, ya creado. Un mundo donde las contradicciones parecen tener su solución en el amor que es, a su vez, contradicción. El amor, hijo de un dios y una mortal —recordemos a Platón— tenía una doble naturaleza: la certeza de lo terreno y el ansia de lo alto. Puede, por tanto, mantener en concierto todas las cosas del Universo, uno y diverso, como también nos enseñara Martí. Recordemos, por demás, que fue una mujer, Diótima, quien así habló y aleccionó a Sócrates.
Notas:
8. “Hablar de la poesía”, en Hablar de la poesía. Ed.cit., p..435
9. En Antología poética. Ed.cit., p.82
10 Ama la superficie casta y triste, en Antología poética. Ed.cit., p.22.
11 Fina García-Marruz: “Lo exterior en la poesía”, en Ensayos. La Habana. Editorial Letras Cubanas, 2003, p.75.
12 Ibid.
13 Ibid., p.78.
14 Ibid.
15. Ibid.
16. “Hablar de la poesía”, en Hablar de la poesía. La Habana, Letras Cubanas, 1986, p.434.
17 En la muerte de Ernesto Che Guevara, en Antología poética, Ed.cit., pp.143-144.
18 Cfr. “Hablar de la poesía”. Ed.cit.