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Re-pasar El Puente una y otra vez

María Matienzo Puerto, 03 de junio de 2011

Enmendar lo que el olvido ―deliberadamente o no― se ha encargado de devorar no es tarea fácil. Letras Cubanas hace el intento desde esta antología de teatro que, suponemos, pudo haber sido la que se pretendía publicar hace cuarenta y cinco años atrás, bajo el sello de ediciones El Puente. A Inés María Martiatu le debemos el esfuerzo mayor. 

En una tentativa de cohesionar esfuerzos, se retoma el espíritu que diera forma al dossier de La Gaceta de Cuba, ―que Roberto Zurbano, titulara «Re- pasar El Puente»―; y se enlaza con esta compilación prologada por la teatróloga y también protagonista de la época.

La memoria se hace imprescindible cuando de reconstruir se trata. Es a través de ese filtro que logramos ver lo que nos es permitido. Y el resultado lo tenemos delante: la obra que hubiese gustado que fuera, pero que no fue la primera; la obra corregida, retocada, mejorada por la mano del dramaturgo experimentado.

Aún así, la palabra «puente» adquiere una dimensión mayor cuando al cabo de cuarenta y cinco años se establece la conexión que es este documento histórico fraccionado por la política, las despedidas, los exilios e inxilios y los intereses extra textuales.

Muchos de los compilados tienen una obra en la que ya no se perciben las inquietudes pioneras, aunque en la mayoría de los casos el interés dramático persistió.

Hablar de El Puente supone restaurar un camino fracturado que comenzó, para muchos, con el Seminario de dramaturgia del Teatro Nacional (1961-1963); supone también, el reconocimiento de una generación de dramaturgos e intelectuales a los que, pese a que fueron juzgados con intransigencia por la pluralidad que representaban, el tiempo les demostró que solo él tiene la última palabra.

Entonces, repasemos El Puente…

De José Ramón Brene, aparece uno de los textos más publicados de las tablas cubanas “Santa Camila de la Habana Vieja”, donde se insinúa la ruptura histórica que fue la Revolución; de Reinaldo Hernández Savio, “Los cuchillos de 23”, con una visión edulcorada del solar cubano y de la camaradería entre sus vecinos, con un ligero aire farsezco; “Aquel verano”, de Gerardo Fulleda León, pudiera ser ¿una historia de amor?, al menos el revolucionario que conspira no es una caricatura almidonada; Maité Vera con “Las Ulloa”, habla de las distintas caras del racismo; “Isabel está dormida”, de Jesús Gregorio, en la etapa de la revolución floreciente, reúne a varias mujeres y las pone a dialogar con respecto al nuevo proceso.

“Los ángeles no son dogmáticos”, de Joaquín Cuartas, es quizás la que más cuestiona la posición rígida de la ideología marxista mal interpretada; de Nicolás Dorr, “La esquina de los concejales”, aún en pose de denuncia de los males en la República, satiriza la politiquería de antes del 59; “El sacrificio”, de Eugenio Hernández Espinosa, nos anuncia que el autor de esas páginas guarda la tragedia para sí y nos vaticina una “María Antonia”.

La versión de José Mario de “El rey desnudo” está entre las obras para niños, él poeta y generador de El Puente mismo, se apoya en un clásico de la literatura infantil para ir sobre el poder que tienen las mayorías; de René Fernández Santana, “Romance del papalote que quería llegar a la luna” donde fabula y personifica a cuanto personaje se encuentra el enamorado por el camino.

“Yago tiene feeling”, de Tomás González es otro grito de renuncia de otros tiempo por el futuro que se presenta útil, funcional, donde el arte por el arte y la bohemia, mueren o no tiene cabida. Por último, José Milián con “Vade Retro”, que aún cuando esta no sea su primera obra, escrita como resultante del Seminario de dramaturgia nos anuncia un dramaturgo perspicaz.

Todos con la ingenuidad y el entusiasmo que les tocó vivir.

El prólogo es tema aparte. Inés María Matiatu deja entrever, a través de los testimonios que recoge, la decepción y el miedo; la lucha de poderes y la derrota final de ambos lados contrincantes.

Al final, El Puente resultó disuelto, vituperado, desacreditado, afrentado; pero la victoria de El caimán barbudo (y su generación) fue pírrica: algunos traidores, silenciados, otros fugitivos. Lo que demuestra que ya no la generación de El Puente sino la época toda, merece un estudio menos fragmentado, menos parcializado o superficial, donde no resulte ocioso volver sobre lo supuesto. Ojalá y este volumen ofrezca lo suficiente para emprender el viaje justo de la memoria.

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