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Benavente: historia de un Nobel en La Habana

Leonardo Depestre Catony, 22 de junio de 2011

Al dramaturgo español don Jacinto Benavente se le recibió en La Habana con bombo y platillo. Con decir que hasta las piruetas de un aeroplano y la presencia de cuatro remolcadores abarrotados de admiradores, que portaban letreros con la frase Viva Benavente, dieron la bienvenida al distinguido pasajero del vapor Essequibo en la tarde apenas invernal del 17 de diciembre de 1922.

“Con la llegada de Jacinto Benavente a La Habana, puede decirse que entra por nuestras puertas todo el prestigio y significación del teatro español contemporáneo” escribía un crítico literario del Diario de La Marina. Y cuando la prensa del siguiente día reflejaba en sus titulares que “el insigne literato fue objeto a su arribo a La Habana de un espontáneo y caluroso homenaje de admiración y simpa­tía”, ciertamente mostraba lo que en verdad había sucedido.
 
Entre mucho público, a pie, se dirigió Benavente desde el muelle hasta el Ayuntamiento, donde abundaron los brindis, y expresó: “Muy linda la ciudad. Me ha emocionado el recibimiento. Estoy agradecidí­simo a todos”.
 
Un cronista de la revista El Fígaro lo retrataba: "De escasa estatura, alta frente despejada, vivísimos ojillos moriscos, boca fina de inquietante sonrisa, bigotes retorcidos y afilada barbilla."
 
El escritor llegaba desde Argentina, donde recibió la nueva del Premio Nobel de Literatura correspondiente a 1922; y en Cuba se hallaba en viaje de negocios, junto a su compañía de actores.
 
El autor de Los intereses creados dictó conferencias en el teatro Nacional; y a partir del 24 de aquel mes de diciembre ya lejano, colaboró en el Diario de La Marina. No conforme con recorrer la capital, se trasladó a Cárdenas, en el litoral norte, y fue hasta Cienfuegos, al sur de la Isla. Pero dondequie­ra que estuvo, se le recibió con vítores y aplausos; los periódicos reprodujeron su fotografía y el visitante disfrutó momentos de euforia.

El 8 de enero del nuevo año estaba de vuelta en La Habana, donde se le declaró Huésped de Honor y recibió un obsequio para él muy estimable: 100 tabacos selectos que le entregó la directiva del Club Rotario.

El doctor Eduardo Robreño contó en uno de sus libros la siguiente anécdota de aquella estancia habanera: una comisión femenina vinculada a una orden religiosa visitó al dramaturgo en su hotel para rogarle les deleitara con su charla. Benavente se excusó como y cuanto pudo. Entonces una de las damas insistió en estos términos:
 
—Don Jacinto, si solo queremos que nos diga una de esas boberías que usted dice con tanta gracia.
 
El escritor sintió un alfilerazo en su amor propio.
 
—Estas cosas tengo que prepararlas, además, no me gusta hablar a tontas y a locas— ripostó muy agudo, dando por concluida la conversación.
 
Pese a los muchos epígonos que tuvo a lo largo de su carrera de alrededor de 60 años; pese a su técnica y espíritu renovadores que rompieron los moldes del teatro español de entonces, signado por la huella de José Echegaray; pese al prolongado tiempo que reinó en el gusto del público de habla hispana, hoy día no son frecuentes —al menos en Cuba— las representaciones del teatro benaventino, y su lugar ha pasado a ocuparlo, tanto en las tablas como en la preferencia de los espectadores, un teatro capaz de trasmitir conceptos e ideas más actuales.