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Thais Margarita Ballenilla: para inventarme una bienvenida

Racso Morejón, 15 de julio de 2011

El ser humano no se resiste a partir, sin antes poner de mediador las despedidas, una manera de aquilatar su presencia y hacerla tangencialmente visible con el silencio, con la manía del Poeta de asirse al engaño de las sombras para cuestionar(se) el destino, ese existir y quedarse aunque Thais Margarita Ballenila apueste en uno de sus versos por caminar por siempre (…) sin ser y sin estar.
 
Inventaré una despedida, Premio Nacional Rafaela Chacón Nardi 2006, es de esos cuadernos de poemas que ejercen esta índole de sístole y diástole, tal vez una manera más de recordar al lector que es, sustancialmente, una poesía de cercanía y aljibe, donde la pericia sensorial encuentra felices adiciones.
 
En cualquier circunstancia lo asimilo como una experiencia válida, un diálogo, un guiño de veracidad y un desvelo existencial que trasiega con razones ontológicas, si se quiere, porque la comarca de la poesía, su recinto, su bosque genealógico y sus modales, reciben de la poesía escrita por Thais en el cuaderno Inventaré una despedida, un baño de luz sosegada y límpida, una fermosa vocación del verbo ante la ancestral obsesión del hombre por indagar sobre su presencia-ausencia y por cómo salvar a la una de la otra desde la empuñadura de la literatura.
 
Con desnuda prestancia, los poemas recogidos en el cuaderno confiscan el aliento; la voz femenil e interior del poemario gratifica la naturaleza de un ciclo vital que ennoblece la esbeltez de la autora; en esencia, savia y sucesos es lo que disparan sus versos, como esa verdad que alimenta virtudes inapresables y que escarban en su coloquio con la tradición, ese ir y venir en el tiempo inmensurable de la poesía que se prefija como sueño, realidades otras, para eslabonar los pensamientos, como si el sueño fuera letra / y la letra una ciudad de ideas.

Con Inventaré una despedida, Thais nos entrega un libro dinámico en el despliegue de sus poemas, versos que saben cuestionar pero que saben sentenciar, y este sea acaso su desiderátum, su vigilia atemperada en la sombra humana, pre-ocupación legítima, espíritu del poemario, simbiosis interior de un decir edificante, inclusivo y de vuelo noble que se nos encaja en los costados de la sien con el verso que nace entre las cosas habituales. Porque sobre cosas habituales versa Thais, donde cree que se imagina un adiós cuando en verdad lo que le nacen son reminiscencias verosímiles, puntos de congruencias soterradas en la nostalgia. Véamos cómo articula memoria, partida, tiempo y el siempre bendecido misterio de procurar lo que se ignora:

La fantasía
Será el lugar extrañamente transformado
Y yo fuera de mi, acepto la nostalgia.


En otro orden de códigos, su voz —a la voz, nos dice en su breve nota introductoria la autora— es también un énfasis coloquial, común o frecuente que sin llevarnos al ismo, justiprecia imágenes de sutil alevosía, atravesando cotas de sensibilidad desde el enunciado que nos propone la autora ¿sujeto?, hasta la actitud de un sutil intimismo en versos arropados con la intención por correr el velo de la desesperanza, y el presupuesto de un lenguaje que vibra por la intuición de su ser, de su ofrecimiento mientras la voz es un motivo para buscar la calma —aunque yo prefiera leer “el alma”— acaso impuesta desde su introversión y se hace acompañar por conjugadas expresiones de ese sentimiento surtido del que nos dice la maestra Camila Henríquez Ureña: La poesía esencial es la que habla, con una voz, del sentimiento múltiple. En esa multiplicidad asciende Thais, pues su verso y su esfuerzo busca esa elevada emoción que juega en diálogo febril con la página.
 
Se distancia y nos deja leer: voz estructurando mi voz con una ración de muerte acumulada, una manera viril de aprontarnos para un tema que también su fuero interior contempla desde el ánimo con que ensancha la percepción emotiva.
 
Veintidós poemas atravesados por la impronta imperecedera del tiempo y la persistencia del ser en sus meandros, en ese oleaje con que suele golpearnos la memoria sostenida.
 
Veintidós poemas que ensillan la realidad para cabalgar, con una voz de márgenes insospechadas, el retiro introspectivo que hace fértil la elipsis.
 
Veintidós poemas de una factura que invita a jugarnos el hechizo de correr por sus huellas, ir tras los motivos que confiesa mi (su) memoria en virtud de la edad del espejo de la poesía, donde aún se mira la poetisa y continúa viéndose joven.