La poesía de Thais Guillén Otero
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La poesía de Thais Guillén Otero germina de su circunstancia: aspira a dar testimonio, más que a esculpir una crónica. Es por ello que no describe, sino muestra actitudes. Al señalar a su ambiente, escoge la vivencia de mayor perennidad, lo que el ser humano teje en su silencio o en su inalienable condición. Mirando a su alrededor encuentra su propia alma, joven y bella, sintiente y agradecida, y el fragmento vital que plasma se le une de modo natural con todo lo espiritual humano, lleno de sensibilidad y cultura. Su manera de ver junta lo empírico y lo leído, lo circunscrito y lo liberado, lo personal y lo sociológico. Pero siempre su modo de encajar la imagen en el enunciado lleva el vuelo de la gracia, un levantamiento de ángeles que ríen donde no se ve, la espuma transparente con que mira el mundo un ser transido de bondad. Claro, hay que mirar bien, porque en poesía de alguna manera siempre lo que de verdad se dice está en la vuelta de la palabra, en la curva del lenguaje. Hay lectores que no saben ejecutar elípticas con el pensamiento, y no pueden leer poesía con gustazo genuino. Pero para el lector que disfruta cada giro invisible, cada manera especial de decir las cosas, la poesía de Thais Guillén Otero es una fiesta finísima, de las que se agradece, y uno espera que su mano repita la operación, que nos conduzca de nuevo, a través de otros textos, hacia la circunstancia que vive, hacia los seres que quiere, hacia su corazón que tiene una bondad pulsátil tan linda que parece una fruta fascinante del espíritu.
Roberto Manzano
LOS PECES Y LAS TARDES
Donde vivo, todas las tardes mueren de vejez
y las mujeres sujetan sus penachos
para que el viento no les perturbe los ijares,
tienden a adherirse al moho
y los hombres reptan entre capas de suelo
como arlequines que han perdido un zapato.
Donde vivo un zapato puede ahogarse de tiempo
y las calles transitar sobre él como si no tuvieran qué decir
de los miedos mordidos, de la sangre en sus clavos,
de esas nubes de humo asesinando el cielo...
Donde vivo el cielo ha hecho testamento,
nadie pregunta a quién legó sus sábanas.
Las ovejas se alían a Tartufos,
Romeos se visten de juglares, exhiben sus enaguas,
pintan un verso de payaso en cada verja
donde reciban Capuletos desnudos.
Hay un iceberg sentado a horcajadas
sobre los ojos de todos los ausentes.
Donde vivo, los ausentes son todos.
Lucifer pide limosnas con las piernas llagadas,
Indra es el centavo que le arrojan para hurtarle el San Lázaro
y a las puertas, como escarmiento a los desentendidos,
Galileo cuelga de un millón de pulgares.
A nadie se le ocurre ya negar la planicie del mundo.
LA MUCHACHA
Como si aún recordaras tus últimas muñecas.
José Ángel Buesa
¿Quién rescató tu sombra de la cama
donde virginalmente
te adheriste a sus cuerpos?
¿Alguien tomó tus huellas?
¿Cuándo fuiste más
que un dolor sordo,
seguro de su incongruencia,
recuerdo que rechaza
la vuelta a la ciudad
donde guardó el principio,
estrella que se apaga en una noche?
Muchacha,
nunca te escuda el olor de los hombres,
fuiste mañana vieja
de colgar frustraciones y tanques.
No te dejaron nada,
ni siquiera un disparo en las paredes,
la visa del escote,
un agujero tenaz entre la hierba
que guarde sus letrillas,
un versículo donde pulir tu empeño,
las figuras que mirabas de infante
cuando todo era gris,
tiernamente gris,
como las ilusiones que hoy te forjas.
Eran los pasajeros
y tú,
la vía,
atesoraste el polvo y
los espasmos,
amasaste el deber de los rincones...
y llegan otros.
Como Penélope te instalas sobre el bolso de piel
y abres las piernas...
Eres, serás solo una línea
en este insólito diario de campaña.
DIAGRAMA
Marila borra manos, pechos, boca, rasga boca, pechos, manos. Rueda sus deseos de tenerse, grita.
Marila llora una acritud de roca y su cuerpo se debate entre el Ser y No ser osadamente. Una lámpara, mordida por sombras, marca el tiempo perdido en mirarse una y otra vez al espejo, en rodar por paredes, techo, cama, con las muecas variables de la duda, la duda rutinaria y asfixiante de mirarse al espejo.
Busca un paraíso absurdo entre los hombres. Abre su columna vertebral en dos y extrae una guitarra, transita en sus acordes. Surca un pez de creyón sobre su vientre. Baila un tango gitano hundiéndose en la risa.
Marila funde el suelo con su cuerpo, siente pies que transitan su delgadez de espina, manos pisando sus palabras…Todos la han condenado a ser princesa de un lugar muerto, por eso se debate, rueda, grita, ríe, solloza quedamente en la penumbra. Ha encontrado la cura de sus males y sin que nadie sepa la consume, como un secreto suyo contra el mundo. Un río de luz sube por sus piernas, penetra sus miserias, la vuelve sílfide…
Marila bebe sueños en su alcoba y no sabe que en la puerta de su reino una mano huesuda abre una grieta.
DE MIS ESPACIOS
Verticalmente roto como el agua de un grifo.
Alexis Díaz Pimienta
Ha muerto la primera mitad de mi silencio.
Dobló el clásico rostro palatino y se ha lanzado al mar.
Ahora sé que estoy sola, por primera vez en tanta vida.
Poseo solo ¾ de mi ladrón diurno,
del riesgo de aburrirme exactamente a las 5:30.
Ahora podrán recorrerme los balcones sin saber lo que busco,
adónde voy,
de cuál paisaje vengo,
que fugaces parejas me han predicho.
Los niños gritarán en mi centro risas como cadáveres,
fibras que no he de recobrarme,
no he perdido, ni tuve.
Los médicos me auscultarán sin prisa,
moviendo los bigotes al compás
de internas parsimonias,
dirán que no es del pecho,
que quizá el estrés, acaso alguno hablará de cordura,
mientras yo, opaca,
genuinamente ida,
con una sola flor en la memoria,
guardaré bajo la tierra
una parte esencial de mis abismos.
EL TRILLO
Soy el trillo,
me andas,
amontonas el polvo, arremolinas
mis secas iniciales,
¿de qué universo vuelves
acuoso de preguntas?
Soy el trillo,
nadie espera a mi sombra,
pasan sin mirar ni sonreírse,
ofrendar un minuto de silencio;
hay tantas huellas muertas que me cruzan...
Ni tú, el esperado,
ni tú, el elegido.
Soy sólo el trillo,
patibulario sendero hacia lo ignoto.
CUADRO
Nunca sabrás quién fui,
Por qué me amaron otros…
Idea Vilariño
Ya no será,
tampoco,
ni siquiera la carne y sus preguntas,
tus aves golpeando mis ventanas-palabras…
Ya no será el espacio,
la presencia del tiempo que forje
una espiral entre nuestras canciones,
el final de esa sima solitaria de cada nacimiento…
Sólo yo misma, mil veces mis ojos, mi garganta
y la furia en los labios cuando no estoy de acuerdo con partir.
Sólo quien fui penetrando en mis venas otra vez
a gemido múltiple, a parodia mística de amarnos…
Sólo tú mismo, mil veces tú mismo,
desaparecido, vanamente roto en un pasado
que no logró crecer a puro beso,
desgarrado a recuerdos que no existirán en cierto día
de aquella época que nunca tuvo nombre.
Ya no serán las yemas
siguiendo nuestras líneas confundidas en colores de gloria,
esperando esa lágrima conjunta,
que no habrá de caer.
ABUELA
Tiene tantas plegarias en las piernas
que se le ha congelado la sonrisa,
a veces todos sus días son lunes
de Dios mío y de pan,
llévame, tómame,
de cigarra que no quiso ser más
que no supo
que fue demasiado.
Mi abuela es un Rincón
donde rezar todos los diecisiete.
Dios no supo hacerla virgen
y le llenó los ojos de frutales y patos,
pesebres de hojalata donde soñar corderos...
Dios no supo hacerla negra
y el Espíritu Santo
le penetró las vísceras
y fue reina africana sin palenque,
rogación,
paño blanco
y albedrío,
y una piedra en el cuello
para arrastrar rodilla tras rodilla.
Se ahonda el seno harto de cimitarras.
Changó danza en sus pezones,
a ver si así se quita
la picazón del vientre;
hay quien no sabe el vientre nunca olvida.
El padre aún sigue pegado a sus paredes,
su niño está roto,
se le hizo placenta entre los dedos,
no bastarán los años
para rascarle las imprecaciones.
Abuela, como misionero,
curando llagas purulentas,
porque la familia es todo;
pero la familia le sujetó los brazos
para que nunca impidiera los azotes
y le quitaron el hacha,
la cáscara de nuez,
le dejaron el pico sin mango
y una humedad demasiado profunda...
¿Cuánto de Jesús hay en mi abuela?
Gota cóncava de milenario iris.