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Alfredo Torroella, el poeta amigo de José Martí

Leonardo Depestre Catony, 03 de agosto de 2011

Con Alfredo Torroella llegó a la buena Mérida un hombre vigoroso. Creció en el mar, a solas con el destierro, el bardo joven. Aquellos campos vastos y elegantes, aquel hogar caliente, aquel lenguaje nuevo, aquella vida largo tiempo soñada, aquella atmósfera tanto tiempo apetecida, dieron súbito temple al peregrino: —y, empuñando el bordón del caminante, como acero flamígero moviólo a los ojos de los vehementes meridanos. Cantó a sus poetas y a sus palmas-poetas de las selvas.

Las palabras anteriores las pronunció José Martí el 28 de febrero de 1879, en el Liceo de Guanabacoa, en acto convocado para honrar la memoria de Alfredo Torroella, quien había fallecido en esa localidad el 21 de enero.

Torroella hoy dia no es un escritor muy conocido. Nacido en La Habana el 9 de agosto de 1845, hizo estudios en la Universidad capitalina e inició su vida literaria como traductor del francés en El Liceo, al tiempo que colaboraba en diversas publicaciones: Cuba Literaria, La Aurora, El Correo Habanero, Camafeos, La Revista del Pueblo y Liceo de La Habana, entre otras. Fue codirector de Ensayos Literarios, dirigió La Luz, que se editaba en el pueblo de Regla y ejerció la profesión de maestro.

Se le considera influido por la poesía de Rafael María Mendive, algo que se percibe en sus dos volúmenes de poesías, publicados en 1864 y 1866. Su poema Serenata conserva toda la musicalidad expresada en el título:

Salud, Cuba hermosa, salud, pueblo mío
            Que baña el rocío
            En noches de amor;
Salud, porque tienes las hijas más bellas,
Con rosas por labios, por ojos estrellas,
Con frentes bañadas de dulce candor.

En Torroella la inspiración es fecunda, también de una sencillez encantadora aun al cabo de los muchos años transcurridos y las modificaciones en los gustos estético literarios. «Era aquel un buen poeta y un poeta bueno. Rebelde esclavo de la grave forma —dijo Martí de él en el citado discurso— rompíala a menudo, y decía en un giro prosaico el comienzo de una idea valiente que completaba con un hermoso giro»

Pero no fue la poesía la única ocupación literaria de Alfredo Torroella. El teatro lo animó a escribir varias obras y el Tacón fue escenario del estreno de su pieza Careta sobre careta, en 1866; además se le tuvo entre los tertulianos asiduos de Nicolás Azcárate, en tanto frecuentaba y pertenecía a la sección literaria del Liceo de Guanabacoa, por lo que desarrollaba una vida intelectual activa.

De espíritu separatista y conocido este por las autoridades coloniales, en 1868 tuvo que embarcar hacia México, primero a Mérida, después a la capital. En aquel país conoció a José Martí y se incorporó al movimiento intelectual azteca, sin abandonar su apoyo a quienes en Cuba batallaban por la independencia.

No le fue mal en México. Allá, en 1870, estrenó su drama El mulato, «mejor que todos sus otros ensayos teatrales por el generoso espíritu que lo anima», según el autorizado criterio de Max Henríquez Ureña. También en México colaboró en la prensa de ese país y en la de Norteamérica.

Cuando Torroella enfermó, decidió llegado el momento del regreso a Cuba, y lo hizo en 1878, en circunstancias en que el Pacto del Zanjón sembraba de angustias a los espíritus más firmes de la independencia. Murió a los 33 años, y dejó inédita la obra de teatro El cajón de la sorpresa, sin desestimar que otros textos se le hayan quedado engavetados en algún lugar perdido, a la espera de que retomemos a Alfredo Torroella al cabo de más de 165 años de su nacimiento.