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Narrativa de… Lázaro Zamora Jo

Lauros, 29 de julio de 2011

La obra de Lázaro Zamora Jo recrea, entre juegos intertextuales, una atmósfera misteriosa y de suspenso; sus personajes se adensan en la incógnita y se desconocen dentro de lo aparentemente irremisible.

Su libro Luna Poo y el Paraíso1 (Premio Alejo Carpentier 2004) contiene ocho cuentos que mantienen la expectación del lector, piezas donde el temor, la locura, la finitud, revelan un destino no siempre ominoso.

Ofrecemos una de esas historias en que la búsqueda de los sueños, el temor a la verdad y la preservación del yo íntimo que se trifulca con el colectivo, termina por develarnos un inconsciente deseo.

                                                                                                     Osmán Avilés

***

El otro

…entonces surgió el otro. Al principio fue solo la sensación de que alguien lo miraba desde alguna ventana, de que lo seguía en la calle, lo espiaba en el trabajo, pero luego el otro fue tomando posesión del territorio privado. Un ruido raro en la línea telefónica en medio de la conversación era señal de su presencia, o un rasguño en el sobre de la carta que acababa de recibir; o la visita de un extraño al apartamento vecino, o la pregunta inusual de un amigo, hasta que el otro se deslizó en el único espacio íntimo que no había sido invadido: la casa. A partir de ese momento ya no hubo paz. A veces se detenía en medio del apartamento con la certeza de tener clavada en la nuca la mirada del otro o dejaba de escribir, convencido de que también el intruso tenía la vista en la pantalla…

Vivian se va a la cocina a prepararnos un poco de café y Rey prosigue con su inventario de terrores. Sin embargo, no escucho ya sus palabras, ocupado en buscar la manera de ayudarlo. La paranoia es fatal si no se ataja a tiempo. Por desgracia, o por suerte —no soportaría pasarme la vida entre locos—, no soy siquiatra. Si pudiera sugerirle que vaya a ver a uno, tendría la mitad de la pelea ganada, pero conozco a Rey: nunca pondría un pie en la consulta de un loquero. Comenzaría a mirarme, además, con desconfianza. Él está seguro de que me dice la verdad —no podría ser de otra manera, ¿no?— y si ha venido hasta aquí a confesármelo todo es porque confía en mí. Rey me mira con esos ojos algo pequeños y llenos de miedo y me habla bajito, casi en un susurro, insuflándoles a sus frases el aire esquivo de quien teme delatarse al pronunciar ciertas palabras —a su fantasma prefiere llamarlo «el otro»—. Su lenguaje está lleno de vacíos, de silencios que intenta ocupar con gestos, como si el otro estuviera también allí, tras la pared, escuchándolo. Me cuesta trabajo reconocer al jaranero de Rey en el que ahora me habla, ¿me estará tomando el pelo?

Desde la cocina comienza a llegar el olor del café. Huele bien, pero tengo miedo de que Vivian lo convierta en uno de esos mejunjes empalagosos que ofrece bajo el sospechoso rótulo de café para levantar a un muerto, y voy a echarle yo mismo el azúcar: cucharada y media, ni una pizca más. Mientras lo endulzo, Vivian me advierte entre dientes que no puedo llegar tarde a casa de su jefa, a las nueve en punto, con puntualidad inglesa, óyelo bien. La miro de reojo. Si las miradas mataran, ahora mismo quedaría fulminada. No soporto esa guataquería barata con Asunción ni con nadie, ese servilismo constante que la obliga a repetir su nombre cuarenta veces al día como si fuera la mismísima reina Isabel. ¿Qué será lo que lleva a la gente a ese ridículo culto a la personalidad, eh? Vuelvo a la sala con las tazas de café. Rey prueba el suyo y entorna los ojos en un gesto teatral. Delicioso te quedó, Vivian, deliciooooso, dice.

...el otro no tiene rostro, y eso es lo peor. Es una presencia que se intuye, pero que no puede verse. Ver el rostro del adversario atenúa el miedo, lo despoja de la cualidad sobrehumana que le atribuimos. Por el contrario, cuando nos acecha en la oscuridad o se oculta tras la máscara de un rostro cualquiera, cuando puede moverse sin que nos demos cuenta por el laberinto de líneas telefónicas, circuitos de Internet y oficinas postales o, incluso, deslizarse en tu apartamento mientras estás fuera, entonces el otro se convierte en el Otro, en una especie de divinidad terrible, omnipotente y ubicua que nos causa pavor. La primera vez que descubrió sus huellas en el apartamento —los papeles que había dejado sobre el librero estaban detrás del mueble, colgando entre unos libros—, le echó la culpa al gato. Pero cuando las señales volvieron a aparecer meses después, ya no tuvo dudas de que el animalito nada tenía que ver en el asunto: la ceniza de cigarro en el piso del baño era la prueba inequívoca, a no ser que el gato hubiera aprendido a fumar...

Este grandísimo mitómano y fabulador, amigo de tomarle el pelo a cuanto ser se le plante delante, ¿no estará bromeando conmigo? ¿No estará inventando una de sus alucinantes historias? Nunca Rey ha hablado en serio, ni muriéndose. ¿No me dijo un día, con un cólico nefrítico del diablo, que había desflorado —fue esa la palabrita utilizada— a una multitud de reclutas imberbes en una sola noche? ¡Qué clase de tipo! Todo eso es mentira, por supuesto. Todavía me sorprendo al pensar cómo hemos podido llegar a ser tan buenos amigos siendo tan diferentes, tanto como el Diego y el David del célebre cuento, aunque en realidad yo no tengo nada en común con este último: soy alérgico a las ortodoxias. Tampoco Rey con el otro: es sacrílego, blasfemo y escéptico a más no poder. En fin, como en el cuento de marras, nuestra amistad existe más allá de las diferencias de cualquier índole. Él ha respetado mi condición de heterosexual irreductible y yo la suya de pájara empedernida —así es como le encanta decirse—; Rey alaba mi apacible existencia de monógamo y homo domesticus a pesar de que por nada del mundo viviría él de esa manera, y a mí me parecen bien su vida ingrávida y su hedonismo, si así se siente a gusto. Tenemos ideas diferentes sobre todo, pero nos las arreglamos a tiempo para no caernos a trompadas. ¿Por qué esta amistad, entonces? No lo sé. Algo hay de genuina nobleza en el fondo de Rey, aunque él pretenda cada día echarle dos metros de tierra encima y se incomode cuando alguien alude a ella en su presencia: se pone rojo, afila su lengua y empieza a desparramar sarcasmos a diestra y siniestra. Y ¡ay! de quien caiga en su mirilla.

Por eso ahora lo miro y no lo creo. ¿No se estará divirtiendo a mi costa el muy socarrón? Observo su rostro, esos rasgos que en conjunto delatan vagamente su cara de guajiro renegado. Pero no encuentro en sus pupilas la picardía explosiva de siempre, sino una mirada turbia y opaca donde palpita el temor. No, Rey no está fingiendo: tiene miedo, miedo de verdad, miedo a los fantasmas de su mente. Vivian llega junto a Rey y para molestarlo le revuelve el pelo —cosa que él no soporta— y le quita la taza vacía de las manos. Él no ha soltado la palabrota de otras veces; se ha limitado a torcer la boca con disgusto mal simulado para luego desplegar a medias una sonrisa, más bien un conato de sonrisa, fugaz y poco convincente. Parada detrás de Rey, Vivian arma una mueca de interrogación. Luego desaparece en la puerta del cuarto anunciando que va a bañarse, se hace tarde, así que si Asunción llama, dile que ya salgo, en cinco minutos, ¿okey? Miro el reloj: las seis de la tarde. No sé por qué tanto apuro, le digo: tres horas es más que suficiente para preparar los bocaditos, la ensalada fría, y hasta para hacer tortilla si es que te da por eso. Vivian no me ha oído, de lo contrario ya me hubiera contestado. Rey ha soltado una carcajada y yo bromeo atizando más su hilaridad: oye, ¿mi mujer y su jefa no estarán en algo? No me la imagino, dice ahogado de la risa; ¡ella, que no puede ver a una lesbiana ni de lejos! Rey estira la voz parodiando ciertos melindres de Vivian. Al sentir el barullo, mi mujer abre la puerta del baño y asoma la cabeza con expresión de mala de la película. ¿Qué están diciendo de mí, degenerados?, pregunta. Nada, contesto yo reprimiendo la risa, que Asunción está fea como diablo: no hay quien le meta el diente. Vivian arruga el ceño. ¿Acaso te interesa? A su marido es al que le debe interesar, ¿no? Pero no era eso lo que estaban hablando, yo sé que no era eso, dice y cierra la puerta.

Imagino el cuerpo desnudo de Asunción —no es difícil: la he visto en trusa varias veces—, ese cuerpo que recuerda a las damas de Rubens. ¡Si Asunción se entera nos manda a matar!, digo a Rey y me río con ganas, contento de que por unos minutos él haya olvidado a sus fantasmas, sus miedos, y trato de seguir bromeando. Sin embargo, Rey está hablando nuevamente del otro.

...estuvo toda una semana en el apartamento de una tía malgeniosa y algo chiflada que lo sometía cada minuto a un interrogatorio peor que el de ciertos profesionales de la tortura sicológica. Comenzó a vivir entonces con un amigo, uno de esos seres nocturnos que no conocen la luz del día —afortunada circunstancia para Rey—, pero pronto sintió que el otro también estaba allí o, al menos, andaba cerca: el chasquido de una persiana, pasos extraños en el pasillo, un vendedor de periódico empeñado en no salir de la puerta del edificio...

Otra vez en sus ojos está instalado el miedo. Tu enemigo interior, quiero decirle a Rey, pero no sé cómo decírselo. Algunas mentes demasiado imaginativas terminan siendo presas de obsesiones semejantes. Neurosis bien peligrosa esta que a más de una personalidad ilustre y lúcida ha enviado al suicidio —a Hemingway, por ejemplo—. Pero ¿quién iba a pensar que tal cosa podría sucederle a Rey, tan burlón y poco propenso a las depresiones y las fobias? Me quito los espejuelos, los limpio en la camisa mientras ordeno las ideas. Por fin comienzo a hablarle. Le insinúo que él podría estar bajo un estrés muy fuerte, no es que no crea en lo que has dicho, claro que te creo; sin embargo, a veces las cosas que suceden en la realidad... Mal comienzo, demasiado torpe. ¿Qué diablos le estoy diciendo? Rey ha clavado en mí unos ojos punzantes y los mantiene fijos como si quisiera horadarme el cerebro para ver qué se está tramando ahí. No has creído nada de lo que te he contado, dice con reproche. Tú, que eras la única persona en la que yo confiaba, continúa él. Me llevo las manos a la cabeza sin saber qué decirle. Palabras mayores, demoledoras. Knock out en el primer round. Así son las criaturas de esta naturaleza: irascibles, neuróticas, por la mayor nimiedad pueden odiarte para toda la vida. Preparo la respuesta. En situaciones como esta lo mejor es no echarse atrás, aunque hay que hacerlo con mucho tacto, dando un amplio rodeo, mintiendo un poco. Sí, vicios hay legítimos, como dijera Montaigne —mentiritas piadosas, decimos hoy—. Le repito que sí le creo, claro que sí, un sujeto real lo vigila, ronda su apartamento, incluso logra entrar en él, revisa sus cosas y no le roba nada, no intenta asesinarlo, y lo más curioso: se deja ver, deja huellas con toda intención. ¿No habla eso por sí mismo? Me doy cuenta de que las primeras palabras empiezan a ablandar la dureza de su mirada, aún fija en mí, y me animo a continuar con mis especulaciones, a pesar de que en realidad no tengo ni idea de cómo seguir. Esto se parece cada vez más a la intriga de una novela policial.

Vivian ha terminado de bañarse y me llama desde el cuarto. Llamada muy oportuna, pues no acabo de organizar bien las ideas, aunque si es lo que pienso, mucho menos ahora lograré ponerlas en orden. Y así es: en una pose de modelo de revista, como quien toma el sol de la playa, apoyada en los antebrazos, una pierna flexionada hacia arriba, el pelo húmedo cayéndole sobre los hombros mientras dirige al imaginario cielo tropical su sonrisa, Vivian despliega toda su morena desnudez sobre la cama. Bueno, no toda: una mínima parte —recalco lo de «mínima»— ha quedado resguardado bajo el blúmer rosado, mi regalo por el aniversario de bodas. Hellooo, me dice ella con voz de putica barata y desliza la lengua por el labio superior. ¡Ah!, la maja desnuda, exclamo desde la puerta, pero no muevo un dedo. Me quedo ahí, recelando como el animal que se huele la trampa: con ella nunca se sabe. Siempre desde mi sitio, para no traspasar la zona de peligro, le advierto que si me sigue provocando me le voy a lanzar encima, sí, te voy pa’rriba y me va a importar un bledo la fiesta de la lechuza esa, los bocaditos, la ensalada fría y los frijolitos chinos. Sin embargo, Vivian persiste en sus provocaciones y ahora se toma los senos para ensayar una pose más impúdica y agresiva mientras distiende los labios en una sonrisa a lo Marilyn Monroe. Amago con desabrocharme la camisa, libero el primer botón, pero ella me detiene con un no, qué va, mocito, así no: primero págame. ¿Ah, sí? ¿Y cuánto cuesta? Se lleva un dedo a la boca y mira al techo como si pensara. Bueno, por ser tú, poco: digamos veinte pesos, ¿está bien? Siguiendo el juego, saco de mi bolsillo un billete de a veinte y lo lanzo sobre su pubis. Entonces, con el dinero en la mano, Vivian salta de la cama y corre a encerrarse en el baño, no sin antes recibir una sonora nalgada. Cuando volvamos de la fiesta, susurra ella y vuelve a reír. ¡So cabrona!, le espeto a través de la hendija de la puerta y vuelvo a la sala.

Al regresar no tengo claro aún cómo voy a continuar la conversación con Rey. Comienzo a decirle lo primero que se me ocurre. Le explico que el tipo quiere dejarle señales de sus movimientos, y ¿por qué lo hace, eh?, ¿por torpeza? No, por supuesto que no. Un tipo que se conecta al teléfono de otro, que entra en su apartamento cuando quiere, que se las arregla para revisar sus cartas, no es un diletante sino un verdadero profesional, ¿no es así? Y, si no ha intentado robarle ni hacerle daño, solo queda pensar que su único propósito es desestabilizarlo emocionalmente y, al parecer, lo está consiguiendo. Enciendo un cigarro y miro a Rey a través de la madeja de humo para comprobar el efecto de mis palabras. Creo que sí, está asimilando el discursito. Se pasa la mano por la boca y pregunta para qué haría alguien eso y a quién puede hacerle falta ese peligroso jueguito. Desde el cuarto comienza a llegar el zumbido de la secadora de pelo y pronto también empezará a llegar un alud de fragancias, aromas de cuanto cosmético existe o existirá sobre la Tierra —todo el dinero que Vivian recibe de su hermana va a parar ahí—. El ritual durará aún media hora y luego Vivian nos dejará solos. Quiero preguntarle algunas cosas a Rey sobre sus relaciones sin tener que estar bajando constantemente la voz como si se tratara de una conspiración: no me gusta que mi mujer me vea en un territorio que solo ha sido compartido por ella y Rey. Mientras tanto prosigo con mi maniobra, esta vez con un matiz intelectual —Rey deplora el término— que me permite tocar el tema disfrazando las palabras. Pues sí, le digo, desestabilizar emocionalmente a otra persona no es difícil si se conoce bien al otro que llevamos dentro, al extraño, que es nuestro doble —¡estoy apretando!—. Nuestra soledad parte de esa separación, radica en que siempre somos dos —ni que fuera yo Octavio Paz—. Y continúo en ese estilo, perdiéndome en divagaciones que no me acercan ni un centímetro a lo que quiero decirle: sencillamente que nadie lo persigue, nadie lo vigila, su enemigo es el que lleva dentro.

Vivian se despide después de apuntarme con el dedo y dejar bien claro que tengo que llegar puntual, pues todo el mundo va a estar ahí temprano, ¿okey? La acompaño hasta la puerta y espero a que baje la escalera. Comienza a anochecer. Hay un levísimo resplandor adosado aún a la fachada del edificio de enfrente. En uno de sus balcones, una anciana peina a su perrito; en otro, un hombre aprovecha la última claridad para leer un periódico. Sí, los días son aquí apacibles, me digo y vuelvo junto a Rey, que no parece muy apacible que digamos. Le pregunto si tiene enemigos —la clásica preguntica de los detectives—, si sospecha de alguien que pueda hacerle daño. Sonríe con malicia mientras confiesa que no ha hecho otra cosa en su vida que cosechar enemigos, los colecciona casi por hobby, pero no cree que ellos estén detrás del asunto. Sus adversarios son gentuza de poca monta, concluye Rey: poetastros, maricones reprimidos, amanuenses con ínfulas de periodistas, aplaudidores a sueldo fijo; tristes personajillos de la comedia cubana a los que él ha fustigado alguna que otra vez en sus escritos. Ellos no se atreverían, no, de ninguna manera, enfatiza Rey sin soltar la sonrisa. Son tipos —y tipas— que no irían más allá de los pasquines y las calumnias.

...estuvo diez días en casa de otro amigo —en realidad una habitación for rent, un cuarto aséptico donde todo olía al más allá—. Escribía por las noches escuchando los ruidos que llegaban de la habitación contigua —gemidos, griticos, risas apagadas, sonidos siempre leves— hasta que su inquilina se fue y en su lugar se instaló una negrita que no hacía más que chillar. Entonces toda la escritura se fue al diablo, y el sueño también.

Dormía a retazos y cuando despertaba en plena madrugada pasaba largo rato en la ventana esperando a que terminaran de matar a la negra. Fue en una de esas noches que vio la sombra en la habitación. Estaba acostado, con los ojos abiertos. La negrita había empezado a chillar, pero él quería seguir en la cama, empecinado en dormirse de nuevo. De pronto oyó un chasquido. La puerta se fue abriendo y en la oscuridad, menos densa ahora, apareció la sombra. La sombra estuvo unos segundos sin moverse, hasta que decidió acercarse al rincón donde estaba la mesa con los papeles. Luego se fue. Solo entonces él reaccionó: salió de un par de zancadas al pasillo un instante antes de que la sombra desapareciera. Sí, no cabía duda: era su amigo. Volvió al cuarto y encendió la luz. Sobre la mesa estaban todos sus papeles, menos el sobre con la carta...

No sé de qué manera atajarlo. Rey habla como si hablara consigo mismo. ¿Será otro síntoma de la paranoia? Si es así, la Isla está llena de paranoicos —el monólogo, al parecer, es altamente contagioso—, solo basta ver a esos tipos discutiendo de pelota en el Parque Central. Oye, Rey, ¿me escuchas?, pregunto. La casa está en penumbras. También la ciudad comienza a sumergirse en la oscuridad. Charlando, no nos habíamos dado cuenta del apagón, el séptimo en una semana que no tiene más de siete días como la de Manzanero. Voy hasta la cocina y enciendo el farol mientras pienso en Rey con pena. Por ese camino terminará en un manicomio, el pobre, y no lo salvará ni el médico chino. Al levantar el farol, he reparado con alarma en la hora. ¡Mi madre! Se me está haciendo tarde y no sé cómo terminar con Rey. ¡No voy a dejarlo en semejante situación, no! Regreso a la sala. Bajo la luz primigenia de la llama, la casa adquiere aspecto de gruta, de cueva del Pleistoceno. Hemos regresado a la prehistoria. ¡Bienvenido a la Edad de Piedra!, le digo a Rey y observo su sombra y la mía petrificadas en la pared. Como aquel hombre de la caverna de Platón, comenzamos a percibir el mundo únicamente por las sombras que proyecta la luz. El tipo del periódico, por ejemplo, sé que todavía está ahí, gracias a la sombra incrustada en la fachada del edificio.

Oye, ¿y no será uno de esos tipos con los que has estado?, le pregunto al fin y me siento torpe al entrar seriamente en un tema que solo se ha tocado en broma, en chistes fugaces entre Vivian y Rey. No sé si es el terror o la ausencia de Vivian lo que más le ha impedido soltar una de las suyas. Mueve la cabeza y chasquea la lengua para negar, para descartar también a sus furtivos compañeros de cama. No, nada de eso, responde sin mirarme, no tengo deudas con ellos ni con nadie. Aunque Rey últimamente ha podido saldar sus cuentas —le debía a las veinte mil vírgenes, por cierto—, tenía otras deudas no menos importantes con algún que otro hombre, según me ha contado Vivian: infidelidades y pequeñas fechorías que en su momento hubieran podido desatar un crimen pasional, traiciones seguramente ya olvidadas. Sin embargo, prefiero no insistir en ello. Al fin y al cabo, toda esta incómoda interrogación es solo un pretexto para hacerle comprender que nadie tiene razones para asediarlo, que nadie lo persigue, que nadie lo vigila, que el otro es él mismo, y se lo digo casi sin pensarlo, en un tono que intenta ser desenfadado pero que suena solemne.

...no, el otro es tan real como ellos dos, el otro existe, tiene vida propia aunque a veces parezca pura invención de mentes exaltadas, chismorreo de viejas ociosas, o simples rumores echados a rodar con toda la mala intención del mundo, ya se sabe de dónde. El otro nos ronda, nos observa, nos escucha, nos huele; sabe lo que comemos, lo que pensamos, lo que sentimos; el otro hurga en los desperdicios, tiene ojos para ver ocultas relaciones allí donde un ojo vulgar solo vería una insignificante lata vacía de refresco o el papel de un jabón de tocador; y puede estar en cualquier sitio, puede tomar el rostro del bodeguero, del cobrador del agua, el de un amigo. Así lo vio un día: en el semblante de un colega que decía ser su socio, que lo llamaba brother, ¿cómo van esos escritos, brother?, ¿cuándo sacas tu próximo libro, brother?, en lo que pueda ayudarte, ya sabes, brother. Y el socio, el brother, el amigo de la infancia...

Parado frente a la puerta, de espaldas a mí, Rey habla como un alucinado y mira a la noche. Hombre mirando a la noche, así titularía esta historia si un día tuviera que escribirla. O mejor: El otro. Sí, es una manera de aludir a sus fobias desde el mismo título. Oye, Rey, ven acá, siéntate. Rey se acerca y en la luz del farol sus ojos despiden un brillo de reproche. ¡Así que crees que estoy loco, eh!, dice mientras se acomoda en la butaca.

Entrecruzo las manos tras la nuca y me dejo caer sobre el espaldar. No, te creo, miento yo. Te creo, y precisamente por eso pienso que deberías ver a un sicólogo antes de que te hagan más daño. Alguien quiere destruirte y lo está logrando. Rey exhibe una sonrisita burlona, la misma que le he visto esgrimir frente a sus enemigos. Me vas a creer, ya lo verás, me advierte. Me vas a creer cuando el otro venga por ti, si es que no está espiándote ya. Me inclino hacia él. Rey, no estás bien: empiezas a desconfiar hasta de tus amigos, ya ves fantasmas por todas parte, le digo en un final intento por convencerlo. Vas a creerlo todo, ya lo verás, repite él y sonríe. Me siento sin recursos. He dicho mis últimas palabras sin disimular casi, hasta con torpeza. Derrota total: nada puedo hacer por él y Rey parece comprenderlo, porque observa su reloj y advierte que ya es tarde. Voy a acompañarte hasta la parada, le digo y los dos nos incorporamos. De pronto se queda mirándome con una fijeza incómoda. Sé que duda por un momento, que busca al otro en mis ojos. Pero es solo un momento. Su mirada vuelve a ser cálida y confiada cuando deja caer su mano sobre mi hombro. Vamos, me dice y salimos a la calle.

Afuera todo está a oscuras. El hombre del balcón es el único ser visible. Caminamos en total oscuridad. Es una noche anterior al universo, la noche de las noches. Ni una estrella, ni un destello en el cielo. Solo el resplandor de tenues faroles, solo sombras que se mueven con extraña lentitud como si pertenecieran a un mundo irreal, alucinante. La calle comienza a ascender por una pendiente rodeada de árboles. Rey ya no habla. ¿Se habrá calmado ya? Oigo su respiración, aún tensa, luchando con la subida. Quisiera preguntarle adónde irá, pero temo despertar sus fantasmas en plena oscuridad, ¡ahí sí que estaríamos bien! Volvería otra vez con lo mismo ¡y eso sí que no! ¡Aquí no, por mi madre! Si ahora Vivian no me bota, no lo hará ya nunca, aunque no guardo muchas esperanzas a estas alturas de la noche. ¿Por qué Rey tuvo que venir precisamente hoy? ¿No podía haber esperado hasta mañana? En la oscuridad el ascenso me ha parecido más corto que otras veces. La calle desciende ahora con suavidad y la respiración de Rey comienza a sosegarse. Seguimos avanzando en silencio como si no tuviéramos ya nada más que decirnos. Quisiera ponerme a silbar, romper un poco el silencio, pero termino apretando los labios: no sé por qué tengo la sensación de que alguien nos mira.
 

***

Lázaro Zamora Jo (Ciego de Ávila, 1959). Licenciado en Historia. Narrador y poeta. Es autor de la novela El breve sepulcro de la noche (2004) y del poemario La otra orilla (2001), entre otros títulos. Obtuvo mención en la segunda edición del Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar por “Un laberinto, una cuerda”. Publicaciones suyas aparecen en diversas antologías, incluso, en México y España.

1 Lázaro Zamora Jo: Luna Poo y el Paraíso. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2004.