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La poesía de Pedro López Cerviño

Tropos, 03 de agosto de 2011

La poesía de Pedro López Cerviño surge desde la entraña misma de lo humano: lo mueven los asuntos de la condición moral de nuestra especie, pero no con declaraciones altisonantes, sino con la gracia y el ingenio de sus imágenes, de una apasionada plasticidad, descarnada y fluida, que logra en la palabra su asunción mayor. Extrae de nuestra identidad colectiva, de la suya personal, de su complejo entorno, de la acumulación de lo vivido, proteicas materias primas, que elabora con precisión y desembarazo, y que dejan al lector gratamente impresionado y cavilando en las circunstancias y naturalezas de todos en los duros tiempos que corren. El sustrato de su poesía cuestiona profundamente nuestro destino, y testimonia nuestras grandezas y derribos interiores. El lector advierte que el sujeto lírico se incluye, que participa en el júbilo y el examen, y que se comporta fiel con nosotros, al no abandonarnos frente a las pérdidas. Tan atendible desde el punto de vista psicológico y moral es su poesía, para sabernos mejor, como fruitiva y depuradora desde el punto de vista estético, pues nos representa con mucha exactitud al pasear sus versos por su mundo interior y por el entorno vivido o leído, puesto que el poeta aglutina para el  mensaje desde cualquier reino. El deseo de que la poesía incorpore el costado luciente y sombrío, lo alto y lo bajo, lo exterior y lo íntimo, lo grave y lo riente, se percibe rápidamente en las actitudes expresivas del héroe lírico. Los textos de Pedro López Cerviño nos confirman un poeta dueño de sus instrumentos y con una generosa capacidad de introspección, operación psicológica básica del acto de la creación lírica.


ROBERTO MANZANO



PEDRO LÓPEZ CERVIÑO (Santiago de Cuba, 1955). Graduado de Historia. Ha obtenido Primer Premio Poesía Mangle Rojo Isla de la Juventud, 1984, 1985, 1988, 1989; Premio Décima Mangle Rojo Isla de la Juventud, 1986; Premio Testimonio Encuentro Debate Taller Municipal y Provincial 1982. Ha publicado Nueve sueños de abril, Santiago de Cuba, Colección Plegables, no. 51, 1978; Otra historia de abril, Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 1989 [con Oscar Ruiz Miyares]; No se puede matar al timonel, La Habana, Ediciones Extramuros, Colección La Ceiba, 2002.


ENTRE

Entre el sombrero y la suela de los zapatos habita el hombre. Entre los ojos y la nuca. Entre la diestra y la siniestra. Entre el primer llanto tan parecido a un alarido y el estertor final más parecido entonces a un suspiro. Entre lo que dice y lo que piensa. Entre el primer amor y el último rencor. Entre el pene de su padre y la vagina de su madre. Entre el fuego y su ceniza. Entre la cuna y el ataúd. Entre el olvido y la memoria. Entre nosotros, definitivamente, habita, incorregible, inmenso, el hombre.


OREJA DE CAMPESINO

La triste oreja de Van Gogh sangrando su rojo bermellón, dónde coño va a poner su girasol, oreja sublime campesina cortada de cuajo con un tajo. Oreja de locura aparecida después en un mercado vendida como aderezo de potajes. Oreja capitana de deseos, oidora magnífica de músicas oníricas y sustos y forcejeos del alma que son ruidos vergonzosos de las tripas. Sobre el lienzo, un hombre sin su oreja desgrana sus últimos abismos, hace una cruz desnuda sobre el paisaje, una protesta contra los gobiernos del aire lanzándose al vacío con una túnica blanquísima ya sin su oreja, repito. Qué va a ser de la labriega que le lavaba los pies al caminante, qué va a ser de la cascada que se anunciaba al sediento sempiterno, qué va a ser de los rezos por ese suicida que ha muerto sordo de todos los amores. Detrás del fuego la ceniza es una huella, tal vez una fugaz cicatriz de la luz: a ese hombre atormentado que le faltaba un poco de silencio para adentrarse en los finales de sí mismo no le quedó otro camino que cercenarse en pedazos y en su mano, palpitando aún de todos los sonidos, su dichosa oreja campesina le dio las campanadas de todos los secretos.
Y fue feliz.


MATRIMONIO PERFECTO

Yo le contaba historias de mujeres fatales. Ella no me pedía dinero. Yo le regalaba peces con alas tornasoles. Ella escondía mis espejuelos. Yo dibujaba sus senos en la brisa de la noche. Ella se montaba a horcajadas sobre mí. Yo le leía poemas de Virgilio Piñera. Ella caminaba descalza por las calles. Yo le compraba palomas verdiazules. Ellas las convertía en una buena sopa. Yo me aparecía de pronto como un susto en medio de sus sueños. Ella me echaba de pronto con un susto del medio de sus sueños. Yo le perturbaba la vida. Ella me buscaba para hacer el amor. Yo era un desastre, una agonía, un animal con sed. Ella era la cura, la dicha, el agua pura.


SUPONÍA UNA MANZANA

Cuando Guille afirmó que mi corazón parecía una rozagante manzana me asusté de veras y apreté el esternón hasta estrujar sus huesos. Ya sabes, hablo de Guille el de la ballesta, el que lanzó la flecha hacia una manzana sujeta por la cabeza de su hijo. Pero él insistía: qué hermosa manzana roja palpitante y palpaba sospechosamente las cuerdas tensas de su arco. Yo apenas discutía y me esforzaba porque una de mis costillas me pinchara alevosamente el corazón para que al derramar sus jugos pareciera no más un dátil una pasa seca una ciruela en conserva. Pero Guille sonreía mientras afinaba su puntería dirigiendo sugerentemente la flecha hacia donde suponía una manzana. A esas alturas yo teorizaba sobre la imposibilidad de que en las difíciles condiciones del trópico, en un país bloqueado, sin fertilizantes ni tecnología de punta en el cultivo de frutos invernales pudiese darse justamente una manzana de primera en el pecho de un hombre mal alimentado. Pero Guille era de los que no se amilanan y persistía tarareando una canción de Carlos Varela en su propósito siniestro. Suerte que apareciste tú en ese momento difícil de mi vida y me robaste el corazón ante los ojos del mismo Guille que puso cara de estúpido Cupido. Esa noche en tu casa oriné un dulce jugo de manzanas.


ESTA ES LA HISTORIA DE UNA BATALLA FEROZ...

Esta es la historia de una batalla feroz inacabable ya duraba meses de duro sitio de escaramuzas sin fin emboscadas enfrentamientos de las huestes armadas peligrosamente hasta los huesos agresiones arteras incursiones de pequeña patrulla en el terreno de operaciones a veces fallas en las comunicaciones bombardeos sin descanso golpes limitados bloqueos zapadores sembrando minas en las interminables laderas intercambios bacteriológicos ataques químicos sin par encaradas polémicas diplomáticas ardides ideológicos campañas políticas espionajes e infiltraciones secretas una batalla sin armisticio posible sin treguas sin más banderas blancas que las sábanas sobre las cuales tú y yo nos empeñábamos por hacer combatir nuestros cuerpos interminablemente.


NO HE VISTO NUNCA UNA BELLOTA...

No he visto nunca una bellota
pero tu sexo es eso
ni una flor de durazno
ni el tímpano de un sordo
pero tu sexo es eso.
No he probado el dulce
de champiñón y almendras
pero tu sexo es eso.
Jamás oí cantos de sirenas
pero tu sexo es eso.
No he muerto nunca aplastado por un sismo
pero tu sexo es eso
ni me quemaron en la hoguera
ni estuve tampoco bajo los cascos
de una caballería en estampida
pero tu sexo es eso.
No me estuve ahogando
en la profundidad del mar
pero tu sexo es eso.
Jamás vi al diablo y a dios
besándose en la boca
pero tu sexo es eso
ni sentí que en mi alma
habitaban ángeles
pero tu sexo es eso.
Nunca me vi dentro de un féretro
bajo tres metros de tierra
pero tu sexo es eso.
Jamás fui príncipe ni altar
ni bendecido por multitudes
ni líder ni oración ni talismán
ni insomnio ni dulce en almíbar
pero tu sexo es eso.


POSTALES DE LA CIUDAD

1

Piedra sobre piedra se hizo la ciudad. Un trozo de luz enrojece los tejados mientras una negra gorda con las tetas caídas echa una cuba de agua en la puerta de su casa para espantar los males. Los vendedores de ajos te acosan con sus ristras y por la zanja fluye una sustancia oscura que huele a sexo sucio. Los artistas liquidan al por menor unos óleos de orichas que los turistas compran al por mayor. Cerca de la plaza del mercado bullicioso los carniceros parten y reparten a un viejo cerdo, cadáver ya, y en las shoping brillan las etiquetas. Piedra sobre piedra se hizo la ciudad, de resquicios y reminiscencias, de antiguos espadones cruzados, de ángeles con trompetas encaramados en lo alto del campanario. Los viejísimos autos americanos remendados con piezas rusas hacen sonar estridentes sus claxons para llamar la atención de las prostitutas. Los cuarteles de antaño ahora museos llenos de fotografías cobran a peso la entrada. Hay locos en las esquinas que te piden con insistencia cigarros, monedas, alguna cuentecilla de cristal o un beso en la boca. La ciudad no se parece a la de antes, dicen los viejos del parque, ni nos podemos tomar un café en Casagranda, el hotel de la esquina, ni pedir un coche para almorzar en el Morro. Mientras los camiones le tiran el hollín de su petróleo encima, un joven triste que a lo mejor es poeta, espera en la Plaza de Marte a su amada que tarda en llegar. La ciudad es luminosa a lo lejos, Mangachupa es un brazo seco de mar. Barracones está lleno de carteles lumínicos. De las escuelas se escapan adolescentes cuando terminan las clases buscando la manera de probar el sexo por primera vez. La ciudad se hizo de piedra sobre piedra, subrepticiamente, como por gracia de un bando real. En las afueras se construyen edificios multifamiliares porque ha venido mucha gente de los montes a vivir en la ciudad.

Atardece.

2

Apenas clava una cruz en una suerte de promontorio y dice es bueno para el asentamiento de las carnes y las almas. Algunos aplauden arrodillados y besan los grumos de fango cerca de la cienaguilla de la costa donde ahora cabecea la nao muerto su velamen. Otros se han perdido en el monte en busca de frutillas para el mejor yantar. Un arria de indios carga sobre sus cabezas malolientes grandes fardos con los equipos de Dios. A caballo Diego sobre las laderas buscando un firme mejor donde levantar las casas de gobierno y Jesús. Hay una india que lo tiene loco con el movimiento de sus nalgas terracotas.

Esta noche de julio su vientre le servirá de almohada.

3

Y si vienen los piratas desde el Morro veremos su bandera negra y soltaremos el fuego desde los cañones y alistaremos sables y machetes y estacas y adoquines. Y haremos teas con las enaguas de nuestras mujeres y teñiremos todas las telas blancas para que no haya rendición y velaremos porque nadie se robe nuestros santos. Eso, si vienen los piratas.

4

Los franceses llegaron con sus sedas suaves y sombreros esplendorosos. Llegaron con sus organillos y sus copas de cristal fino para el vino. Arrastrando las erres montaron una carpa en la loma dicen que para el teatro. Trajeron sus negros finos vestidos de colorines y sus puticas de vez en cuando también trajeron. Los más jóvenes enseguida se lanzaron a buscar pardas para el ayuntamiento de las carnes y regalaban flores, dicen, los muy cabrones.

Probaron el prú y la cuerúa.

Y no se fueron más.

5

En la trastienda, sobre los sacos de garbanzo, a un breve costado del tonel de manteca de puerco, un gallego recién llegado se masturba casi con frenesí. Fueron muchos los días de travesía sobre la mar para llegar a la Isla. Está pensando en la novia que dejó en Galicia y en la promesa de volver pesados de oros los bolsillos. De las cajas de bacalao sale un olor que lo trastorna y el culantro, el comino y la pimienta picante lo matan de placer.

Por una hendija de las paredes de tabla uno de los ojos de la mulata Brígida le observa, le persigue cada movimiento frenético mientras él cambia de mano pues se cansa su derecha. Afuera un carretillero pregona sus mangos de bizcochuelo, un amolador de tijeras saca filos. Unos negritos bullangueros le tiran piedras al loco. Las campanas de la catedral a rebato anuncian misa. La gente se pone la ropa almidonada y lleva abanicos de yarey. Hay uno con una guitarra que canta coplas de amor incomprendido. Un temblor fuerte de tierra asusta al galleguito que sale despavorido de la trastienda sin terminar su faena.

Brígida se ríe componiéndose las faldas y en su risa se asoma algo que se parece al amor.

6

Caridad que estás en el cobre y en el oro de mi medalla. Caridad que estás en mi altar encima del armario con unos quilos prietos de regalo. Cuídame del fuego que llevo dentro y cuídame del fuego. Cuídame de los que no me quieren y cuídame a los que me quieren. Sé dueña de todas mis promesas y no te impacientes si me tardo en cumplirlas. Aparta de nosotros los terremotos y los ciclones, las guerras y las epidemias. Consigue todo el amor que puedas y suéltalo como un polvito cualquier tarde de estas por encima de la ciudad.

7

El arzobispo se rasca la entrepierna oculta benditamente por la púrpura sotana. La gente viene de muy lejos aquejada de escaras, manchas en la piel o piernas paralizadas. No doy abasto coño dice y hace en el aire la señal de la cruz. Que vayan con el espiritista del barrio de Los Hoyos y dejen por dios tranquilo a Dios.

En Martí y Moncada, Cunino tira los caracoles atisbando señales bajo el manto de Shangó. Un pollo descabezado se desangra y un chivato espera el turno. ¿Kukandoboi? Los tambores de fundamento dejan oír su largo quejido y la nganga cocina la vida en su caldero.

Afuera, la conga arranca con un grito de corneta china. El organista de la Catedral entona un villancico de Esteban Salas. La Banda de conciertos intenta un pasodoble con aire de danzón. Un pregonero inventa un himno para vender zapotes.

Mientras, una mulata nombrada Brígida por su madre mueve nalgas acompasadamente encima de un gallego.

No se sabe al ritmo de cuál música cabalga en su placer.

8

Desde lo alto de la loma de Los desamparados se lanza el Diablo Rojo. Mucha gente abunda en las esquinas para admirar su hazaña. Va a saltar sobre diez cajas de Hatuey y sus patines Unión 5 despiden chispas rojiazules.

Los patrocinadores le darán algunos pesos si todo sale bien. Si no, le pagarán el entierro.

Pero el Diablo es un patinador excepcional. Por algo es diablo.

9

Uno muy joven ha muerto. Su herida parece una rara rosa cardinal. Sus ojos están abiertos para mirarlo todo después de muerto. Tenía sueños y tres o cuatro novias. Pero ahora está muerto. Le han puesto un brazalete en el brazo muerto que si lo miras de lejos parece un remolino de palomas, vivas. Sus amigos han jurado vengarlo y no dejarlo morir pero está muerto. Lo llevan en andas como si fuera un caballero antiguo y la gente sale a su paso a besarlo o a lanzarle flores o sencillamente a morir.

Es cierto que está muerto. Pero, por Dios, nadie lo cree.

10

Por la calle estrecha sinuosa escalonada Berta vende pulpas de tamarindo. En su cabeza de negro pajonal va la cesta en perfecto equilibrio mientras sus manos se agarran la cintura o las nalgas según sea quien le compre. Viene de lejos su andar pausado y suda a mares pero nunca deja de subir la calle más empinada de Santiago. Allí le espera su mejor marchante el que le compra siempre todo lo que queda en su cesta. Dicen que hay amor entre ellos, mas no se sabe.

Al negro brilloso que hace camas de madera le gusta mucho la pulpa de tamarindo o Berta. Quién lo sabe.

11

Ruidosos, cascadas de cascabeles de barro, sinfonía de difícil viento, con las camisas abiertas por donde escapan dulces sus tiernos pechitos, como drogados con el dulce oxígeno de la tarde, los más jóvenes toman por asalto la ciudad cuando cierran los colegios.

Y no hay cosa más bella. Lo juro.