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De las dos Américas

María Antonia Borroto, 08 de agosto de 2011

Me he propuesto escribir del libro de un amigo entrañable, y la tarea, que en principio me pareció fácil, ha resultado de una complejidad tremenda. Mi posición no deja de resultarme rara y solo me luce digna si, como pretendo, la asumo desde esa relación tan entrañable que es, aún hoy, el vínculo con los maestros, no profesores, palabra esta de otro matiz, más formal, más rígida, más académica. Porque la imagen que tengo de Pedro Pablo Rodríguez anda por allí, y si como en un juego puedo decir lo que no es para que mis lectores identifiquen los términos exactos y más convenientes, prefiero pronunciar con todas sus letras la palabra que creo conviene a su carácter y mi trato con él: la cordialidad.

Algunos quizás esperaban algo más grandilocuente, olvidados de que lo cordial es, en primera instancia, lo nacido del corazón, animado por ese élan, sutilísima esencia, que anima la vida y nos la hace querida y deseable. Cordial es este libro, no ya por su autor sino por una peculiar manera de asumir a Martí: también desde la entraña y raíz.

En tanto lectora y aprendiz de ensayista, agradezco en primerísimo lugar su inteligente estructura, sus dos partes dialogantes, complementarias, tal como lo son en la obra y vida martiana la reflexión a propósito de nuestra América y la reflexión sobre la que no es nuestra.

Se suele aceptar más o menos tácitamente el ideario y proyección latinomericanista de Martí, sin embargo, varias cuestiones debían ser aclaradas. En primer lugar, ¿respecto a qué América reconoció Martí su relación filial? No olvidemos que a la denominación de América Latina, de evidente cariz colonialista e imperialista en su génesis, Martí prefirió Nuestra América. La evolución de tal certidumbre, las distintas escalas en ese peregrinaje que fue su vida, escalas en el viaje a propósito de la redondez de tales concepciones y de su conversión en una fuerza actuante, forman parte de la aventura de este libro.

Y digo aventura con plena conciencia: a ratos así me pareció. Tal es el despliegue, debidamente ordenado, de los sucesos de la vida del Apóstol en su imbricación profunda con su obra, tal la galería de personalidades que pude ver desfilar, comentadas con delicadeza y sin afanes culteranos ni notas farragosas, tal la selección y habilísimo manejo de las citas martianas, que a ratos no creí estar frente a un ensayo sino frente a una obra de género indeterminado, pero capaz de reunir las virtudes de la ensayística, la biografía y la narrativa. O perdón, debo rectificarme: todo se explica desde una asunción del ensayo muy apegada a la mejor tradición hispana y cubana del género, lejos de academicismos y enfáticas demostraciones de sapiencia: el ensayo, a diferencia de la monografía científica, no se hace para convencer a nadie de lo mucho que se sabe o se ha leído, sino por la necesidad de comunicación con los lectores.

Pero este libro, que muestra cómo la revelación de nuestra América deviene fundación de nuestra América, también se detiene en un asunto inestimable: la misión que en opinión de Martí debe asumir el intelectual latinoamericano. No la sola observación y toma de notas, sino el sacudimiento de América, parte de la labor fundacional a la que se consagró. De allí, de tal certeza se nos ilumina el poder genésico de la prensa para Martí, la proyección de publicaciones, la realización de algunas y también el sentido último de sus textos nacidos en Estados Unidos, mas con circulación en América.

Aprecio sobremanera las páginas sobre La América, primera publicación asumida por Martí y que no suele justipreciarse como otras zonas del periodismo martiano. Pedro Pablo demuestra la línea de continuidad entre ésta y la Revista Guatemalteca, que nunca llagara a imprimirse, y la Venezolana, de la que solo aparecieron dos números, al tiempo que describe las conexiones entre el proyecto continental del Maestro y la dinámica de sus textos y preocupaciones periodísticas. No es este un libro estrictamente sobre el periodismo martiano, sin embargo, la propia coherencia de la obra martiana, la organicidad entre su vida, su obra política y su escritura es tal, que el examen de cualquiera de estos aspectos obliga a estimar los restantes. Nunca, por demás, el periodismo podrá ser visto en una suerte de vacío metafísico, desligado de la historia de la literatura y del pensamiento, de la praxis política y de las aspiraciones sociales. Hoy en día ni siquiera estas actividades de las que el periodismo no debe ser desligado, pueden ser vistas al margen de la dinámica de los medios de comunicación. Tal pensamiento, esencialmente dialéctico, signa este volumen.

En De las dos Américas, Pedro Pablo dialoga con otros investigadores, y hasta polemiza con ellos en notas menudas, o como simple referencia en el texto, sin estridencias ni alardes. Es respetuoso el tono, incluso amigable, pues a fin de cuentas cualquier diferencia de criterios siempre será menor que la palmaria evidencia de la importancia y necesidad del estudio de la obra martiana.

Porque, reitero, es asunto del corazón. Parece frase manida, pero Martí es también para nosotros parte de nuestros afectos más entrañables. La lección nos llega de su propia obra y de su comprensión del lugar de América en el concierto mundial: «Si Europa fuera el cerebro, Nuestra América sería el corazón», según escribiera en 1875, la primera vez que usó la expresión.

Y de ese centro cordial emana esta obra razonada y muy bien documentada, que Martí, como todo cuanto es verdaderamente grande, nos enseña la armonía donde cabría esperar predominio de alguna de sus partes.

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