Del Fauno al sexting, un largo, promiscuo y húmedo viaje (I)
El porno no muestra, demuestra y nos libera de la interpretación. No esperamos nada de él. O, más bien, esperamos nada y la obtenemos.
Patrick Baudry
La violencia de la sexualidad humana, animal no obstante, nos deja desarmados; nuestros ojos nunca la observan sin turbación.
Georges Bataille
I
Después de ofrecer una conferencia el pasado año sobre el tema de la pornografía en la Maestría del CENESEX consideré, dado el interés mostrado por los maestrantes, la posibilidad de publicar las cuestiones más importantes allí abordadas. La oportuna invitación de la redacción de la revista viabilizó la cuestión.
El axiomático «Todo lo que existe, vale» puede entrañar un endeble relativismo, pero no deja de pertenecer a los enfoques de pertinencia para analizar los fenómenos de nuestras sociedades actuales. La pornografía no es la excepción. Existe fuera e independientemente de nuestras conciencias, como diría un filósofo materialista; pertenece —guste o no— al convulso paisaje moderno y posmoderno, y supongo que lo más atinado ante la pornografía es tener la inteligencia o el sentido común de reconocerla primero y estudiarla después como corresponde. Es absurdo, pues, aplicar la denominada táctica del avestruz con relación a su visible y obstinada presencia. En el caso particular de nuestro país, al hacer referencia a ella se ha vuelto usual apelar al título de aquella excelente película de Eliseo Subiela, «de eso no se habla», tal ha sido el silencio que sobre lo porno se ha acumulado por años, como si este fenómeno no existiera en nuestra realidad, vinculada e interdependiente, como es obvio, al mundo globalizado del que formamos parte. Lo primero que deseo anotar es precisamente tal condición, se trata de un asunto cuasi virgen en los estudios académicos en Cuba, salvo algún que otro artículo en alguna revista cultural acerca del erotismo en las artes, pero no como una referencia directa a lo porno.
Es necesario, por tanto, comenzar a pensar el tema desde la academia; este texto caminará obligatoriamente por los terrenos de lo panorámico y lo introductorio, futuros trabajos podrán dirigirse hacia una mayor especialización. Al adoptar un enfoque historiográfico para adentrarnos en lo que más adelante llamaré «la experiencia pornográfica», es preciso rastrear en la antigüedad grecolatina puesto que el término porno deriva de porné (prostituto/a) y en sus inicios se refirió a los escritos que narraban prácticas de prostitución.
El pintor griego de temas eróticos Parrasios1 recibió ese adjetivo para sus cuadros pues sus modelos eran prostitutas. Poco después, el escritor griego de origen sirio Luciano (125 después de Cristo.) escribió el que se considera el texto pornográfico más antiguo, Diálogo de las cortesanas, —Lisístrata, de Aristófanes, es mucho más antigua (411 antes de Cristo), pero se le considera sólo como una obra erótica— y gradualmente se fue estableciendo el calificativo de pornográfico para todo aquello que describiese las relaciones sexuales sin amor o relativo a los genitales en acción. A Ovidio pudiera considerársele uno de los primeros erotólogos de Occidente por su libro El arte de amar (43 antes de Cristo), el que resultó una suerte de manual de consejos de ars amatoria muy leído por los jóvenes de su tiempo.
Desde el punto de vista de la representación a través de las artes visuales bastaría con examinar lo que el Museo Arqueológico de Nápoles atesora en su denominado Gabinete Secreto para llevarnos una idea de lo que la tradición occidental gestó desde sus inicios en materia de erotismo y sexualidad, que hoy calificaríamos rápidamente, en su mayoría, como porno. El que escribe, que tuvo la fortuna de visitar dicha institución, no pudo menos que disfrutar lo delicioso y desenfadado que aquella civilización produjo en cuanto a recrear el cuerpo y sus apetitos. Allí las imágenes de Faunos, falos dionisíacos y otras intensas escenas amorosas cargan el espacio de lujuria y erotismo.
Aclaro ahora una confusión habitual. No fue el cristianismo el enemigo exclusivo o primero de la literatura y las representaciones eróticas, pues esta animadversión comenzó desde el paganismo: los filósofos estoicos, como Séneca, comenzaron a llamar «partes vergonzosas» o «pudendas» a los órganos genitales (los aidoia para los griegos). En realidad, en todas las sociedades y civilizaciones que han existido se planteó el tema de la decencia porque ninguna deseó que sus ciudadanos o miembros se comportasen con la incontinencia de las bestias. Digo esto pues lo moral está indisolublemente ligado a las consideraciones sobre estos temas, y lo decente, lo obsceno, lo escatológico y otras ponderaciones similares gravitarán sobre lo que digamos en lo adelante.
Algunos especialistas consideran que entre los siglos XVII y XVIII surgieron las condiciones culturales que dieron paso a lo que hoy conocemos como pornografía. Foucault, Walter Kendrick, Alexandrian, entre otros, coinciden en que los espacios intelectuales abiertos por los discursos materialistas en la filosofía propiciaron los debates y divulgaciones que hicieron de simientes de la pornografía. Las teorías de Freud no fueron menos importantes para recolocar lo sexual de manera prominente en el panorama sociocultural de Occidente. Una cuestión de interés en este universo temático es lo relativo a las causas del surgimiento de lo que hoy entendemos como pornografía.
Para Francesco Alberoni, la pornografía es una figura de la imaginación masculina. Es la satisfacción alucinante de deseos, necesidades, aspiraciones, miedos propios de este sexo. Exigencias y miedos históricos, antiguos, pero que aún hoy existen y están activos".2
Mucho antes y refiriéndose a la recién surgida fotografía (el daguerrotipo para ser más preciso) Charles Baudelaire, expresó que el amor por la pornografía estaba no menos arraigado en el corazón del hombre que su amor por sí mismo, con lo que alzaba hasta un grado superior la necesidad del ser humano (masculino quiero decir) de tal oportunidad de autosatisfacción. Walter Benjamin, por su parte, a mediados del siglo XX, afirmó: «La humanidad, que en los tiempos de Homero era un objeto de contemplación para los dioses olímpicos, ahora es un objeto de contemplación para sí misma. Su autoalienación ha alcanzado tal grado que puede experimentar su propia autodestrucción como un placer estético de primer orden».3
Pienso que esta idea tuvo, con el pasar de los años del pasado siglo, una suerte de complementación en las afirmaciones de Susan Sontag4 acerca de que el hombre había creado con la violencia y las guerras, en el transcurso de la historia moderna, una nueva forma de escatología autodestructiva, algo así como el porno de la violencia.
Parece no haber disentimientos mayores en atribuirle al sexo masculino la necesidad del surgimiento de la experiencia pornográfica, basadas las argumentaciones en sus ancestrales roles de cazador y buscador del alimento para la familia los que conllevaron al desarrollo, de manera especial, de sus facultades visuales, depositarias en lo delante de una gran sensibilidad. Estos mismos estudios afirman que, en el caso del sexo femenino, fueron (son) los sentidos táctiles y la piel los receptores de las sensaciones erógenas más importantes y que más se desarrollaron, una diferencia radical como puede advertirse. Para Alberoni5, la pornografía (es decir, el punto de vista masculino) imagina a las mujeres dotadas de los mismos impulsos eróticos de los hombres, les atribuye los mismos deseos y fantasías y da por sentado que el encuentro entre ambos sexos se produce desde los mismos presupuestos imaginativos. Este especialista afirma que la imaginación erótica masculina se desembaraza de todo lo que la entorpece.
Notas
1 Alexandrian: Historia de la literatura erótica, ed. Planeta, Barcelona, 1989.
2 Francesco Alberoni: El erotismo, ed. Gedisa, Barcelona, 1994.
3 Walter Benjamín: «Iluminaciones», en Ensayos escogidos, ed. Coyoacán, México D.F., 2006.
4 Susan Sontag: Ante el dolor de los demás, Santillana ediciones, España, 2003.
5 Alberoni: ob cit.
(Continuará)
Tomado de Sexología y Sociedad