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El poeta de la lágrima infinita

Cira Romero, 23 de agosto de 2011

Breve apostilla a modo de justificación

Por razones profesionales, estamos obligados a consultar constantemente revistas y periódicos cubanos, historias de nuestra literatura, antologías, diccionarios, repertorios bibliográficos y catálogos en las bibliotecas, entre otras múltiples fuentes. De ellos brotan, como en manantial inagotable, nombres de autores desconocidos, o apenas recordados, vinculados a los más variados géneros literarios. Incluso, no pocas veces, un mismo nombre se repite en dichas fuentes, en otros casos forma parte  de  una  simple fila, quizás para «quedar bien con Dios y con el Diablo». Entonces nos preguntamos (me pregunto): ¿a dónde fueron a parar esos autores? ¿Por qué el olvido, si muchas veces tienen publicados varios libros bien acogidos por la crítica,  son visita acostumbrada en las publicaciones periódicas o gozaron de reconocida popularidad? Y así, las interrogantes pueden ir en aumento, incluso con autores extranjeros que, por diversas razones y en diferentes épocas, se asentaron en Cuba, definitivamente o no, pero su presencia tuvo significado para nuestra república de las letras. A ellos se encamina esta sección, no con el ánimo de hacer de estos los grandes escritores que nunca fueron, sino, al menos, para buscarles ese horizonte perdido a lo largo de los años y ¿por qué no?, contribuir quizás a reinsertarlos en el lugar antes ocupado. Esa es la intención,  en cierto modo un reto impuesto a nosotros mismos, con el propósito de favorecer un mayor conocimiento de los borrados de nuestra memoria literaria, de esos relegados de todos los tiempos —unos más, otros menos— pero definitivamente integrantes del mapa de la literatura de la mayor de Las Antillas. Nuestros comentarios no seguirán un estricto orden cronológico. De los siglos xviii, xix y xx irán surgiendo los nombres y el quehacer de los preteridos.

Entonces, empecemos con uno que fue muy popular.

El poeta de «La Lágrima infinita»

Si Cintio Vitier no tuvo reparos en incluirlo en su antología Cincuenta años de poesía cubana (1902-1952), y en el mismo año Raúl Roa le dedicó un acápite en su libro 15 años después (1952). Si a su muerte, ocurrida en La Habana en 1939, sus amigos, poetas como él, lo despidieron recitando a coro su composición «El peregrino absurdo», y poco después honraron su memoria, y también su quehacer, publicando ese propio año, mediante colecta,  sus libros hasta entonces inéditos, La caja de Pandora, Sed de infinitos y La sombra de Eros, algo que no se logra sí en la comunidad intelectual no existen reservas espirituales listas para entrar en juego, ¿por qué Hilarión Cabrisas, cuando escasamente se le recuerda, es evocado por su poema más divulgado, hasta parodiado y, hay que decirlo, cursi, «La lágrima infinita»?

Si en algo están de acuerdo los que, de un modo u otro lo mencionan, para bien o para mal, es el de considerarlo el poeta más popular de su generación, aquella que volcada en la vertiente amoroso-intimista de la etapa de 1899 a 1923, estuvo sostenida por voces de cierta significación, como Mercedes Matamoros, Enrique Hernández Miyares, Manuel Serafín Pichardo, los hermanos Francisco y Fernando Llés, Emilio Bobadilla, más conocido por su seudónimo Fray Candil, acompañados por los tres más relevantes: Bonifacio Byrne, Francisco Javier Pichardo y René López, sin olvidar que en Santiago de Cuba y en Guantánamo José Manuel Poveda y Regino E. Boti, respectivamente, iban colocando, piedra a piedra, vale decir, poema a poema, una nueva sensibilidad ante el arte de la poesía, y ya habían circulado  los Versos precursores (1917), único libro del primero, y el segundo, desde 1913, había echado a rodar, con no poco esfuerzo, sus Arabescos mentales.

Al parecer —es solo una suposición— ni Poveda ni Boti lograron penetrar en la sensibilidad de los  reunidos periódicamente, en la tertulia que dio en llamarse Areópago bohemio, cuyos encuentros tenían lugar en los bajos del Palacio Municipal de Matanzas, ciudad donde había nacido Cabrisas el 9 de septiembre de 1883. Allí las voces mayores eran las de Medardo Vitier y Byrne, en tanto el coro lo integraban Félix Campuzano, Mariano Albadalejo, Juan Daniel Byrne, Joaquín Cataneo y el propio Cabrisas, entre otros. Sin embargo, Cabrisas logró imponerse de un modo distinto a como lo logró, quizás impensadamente, Byrne, quien, por esa suerte de misterio habitante de la literatura, escribió en el momento preciso, cuando ondeaba en el Morro solo la bandera norteamericana, un poema patriótico  de indispensable lectura: «Mi bandera», hoy conocido por gran parte de los cubanos, aunque el resto de su obra es también valiosa por otros aportes a nuestra poesía.

Los mencionados  eran deudores literarios del intimismo romántico de finales del siglo xix y de la obra de poetas españoles de esa misma centuria, así como. de la influencia ejercida por los parnasianos y simbolistas franceses y, muy acusadamente en el caso de Cabrisas, del modernismo y su máximo representante: Rubén Darío. Este sustrato de presencias labró en Hilarión Cabrisas su modo personal de encarar la poesía. Como ha apuntado el dominicano Max Henríquez Ureña, cercano al poeta y más imbricado con nuestra literatura que con la de su país de nacimiento, tenía el autor de «La lágrima infinita» una capacidad natural para darle una sonoridad agradable al verso, con rasgos ocasionales de auténtica emoción, pero embriagado por el éxito de público proporcionado por la composición antes citada, no puso empeño en liberarse del demonio de la facilidad y escribió muchos versos, a veces empalagosos, a veces simplemente efectistas, que si bien aumentaron su popularidad, restaron calidad a su obra. Esa exuberancia exhibida estuvo acompañada de falta de rigor para seleccionar su propia obra, en buena medida agotada en el erotismo y en la retórica sentimental.

Se impone transcribir un fragmento del tan mencionado poema, dedicado a un novelista bayamés, Jesús Masdeu, que también tendrá un espacio en esta sección:

Esa!... La que en el alma llevo oculta;
la que no salta afuera ni se expande
en la pupila; la que a nadie insulta
en un alarde de dolor: la grande,
la infinita, la muda, la sombría,
la terca, la traidora, la doliente
lágrima del dolor, ¡lágrima mía!,
que está clavada en mí profundamente.
En sus versos finales dice:
esa... no la verás, porque en la calma
de mis angustias, se ha trocado en perla!
Para verla hace falta tener alma;
y tú, tú no tienes alma para verla!

El poeta dejó plasmada su personalidad, en el titulado «Ego sum», dedicado a otro vate de su generación,  cuyo nombre se pierde también en el olvido: Alfonso Hernández Roselló:

Este Hilarión Cabrisas, religioso y perverso,
que ha quemado su vida en la emoción del verso;
asceta y epicúreo, filósofo y poeta
que conoce el ritmo oculto del Musageta.

A un tiempo fauno, santo, devoto y libertino,
que reza reverente, y ama el oro y el vino;
que tiene una litúrgica devoción pura y franca,
por la Virgen María y por la Venus Manca.

¡Este Hilarión Cabrisas... ¡Si tú lo conocieras!
Si supieras sus dudas, su angustia, si supieras
cuánta es honda su pena y eterno su quebranto,

verías cómo es grande un dolor mudo, inmenso;
ese dolor tan suyo que, por ser más intenso,
ni se resuelve en risa, si se resuelve en llanto.

Fauno y santo, angélico y demoníaco, se miró bien por dentro en este soneto muy aplaudido por sus contertulios y repetido por muchos otros.
Fuera de las direcciones apuntadas en su arco poético, Vitier reconoce valores en poemas como «El viento», recogido en su citada antología:

Suelta la crin en un hirsuto alarde,
pleno el pulmón de su impalpable impulso,
desatado, frenético, convulso,
siembra a su paso un pánico cobarde.

Silba un lamento en los copudos troncos
y una amenaza entre las oquedades;
y sobre el mar, el campo y las ciudades
monologa, al cruzar, sus himnos roncos.

Coge la nube loca y la mutila;
rompe la piel del mar y la levanta
y en el picacho más enhiesto oscila;
extiende su ala negra y se agiganta.
Súbito cierra la pujante axila
y se hunde en el misterio de la Atlanta.

Hilarión Cabrisas compuso un libreto para ópera titulado Doreya, que en el 1918 fue premiado en el Concurso Bracale y, simultáneamente, llevado a escena con música de Eduardo Sánchez de Fuentes. Su estreno ocurrió en el Teatro Nacional de La Habana, el 7 de febrero de ese mismo año. Al publicarlo en 1919, con prólogo de Fernando Ortiz, lo subtituló «Leyenda ideológica en un acto y dos cuadros».

Fue asiduo colaborador de La Nueva Aurora, de Matanzas, de La Correspondencia, de Cienfuegos, ciudad donde se radicó por algún tiempo, y en la capital lo era de Diario de la Marina, Heraldo de Cuba y El Fígaro. Aceptado en 1937 como miembro de la Academia Nacional de Artes y Letras, su discurso de ingreso a esa corporación lo tituló «El sentido del dolor en el arte», publicado ese mismo año. También formó parte del Círculo de Bellas Artes, de cuya sección de Literatura era presidente al morir, de la Asociación de Escritores Americanos y de la Asociación de la Prensa.

Su fallecimiento, ocurrido en La Habana el 9 de abril de 1939, fue muy sentido por la intelectualidad cubana. Junto con su cadáver se sepultó su obra, convertida hoy en puro referente ocasional. Ya ni siquiera se recuerda, a no ser por los que peinamos canas, «La lágrima infinita».