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Platero y yo

Jesús Dueñas Becerra, 18 de agosto de 2011

El amor a los animales humaniza al hombre.
Proverbio oriental

El laureado poeta y escritor español Juan Ramón Jiménez (1881-1958), premio nobel de literatura de 1956, es el autor del libro Platero y yo, publicado por Gente Nueva —y avalado por la excelente labor editorial del maestro Esteban Llorach Ramos, premio nacional de edición— y dedicado a quienes, según José Martí, «son la esperanza del mundo, porque son los que saben querer».

Dicha obra, valorada por la crítica como uno de los mejores aportes al desarrollo de la literatura universal, evoca en mi memoria sensible la época en que ejercía el magisterio en escuelas primarias rurales del Departamento Municipal de Educación de Cruces,1 provincia de Cienfuegos, donde Platero… era el texto por excelencia para mostrarles a los y las escolares cuánta poesía y ternura en prosa poética alimentan el intelecto y acarician el espíritu de quienes aprendían a amar al felpudo burrito, creado por la fecunda imaginación de don Juan Ramón Jiménez, para que fuera fiel amigo de niños y niñas, y ellos y ellas de él.

En una nueva lectura que he hecho de esa joya de la literatura infanto-juvenil de todas las épocas y de todos los tiempos, el comportamiento de Platero confirma, por una parte, los hallazgos de las investigaciones científicas desarrolladas con perros y gatos por el doctor Diego González Martín,2 subdirector del ya desaparcido Instituto de Investigaciones Fundamentales del Cerebro, perteneciente a la Academia de Ciencias de Cuba. El también profesor titular de la Facultad de Psicología de la Universidad de La Habana sustentaba el criterio de que en los animales de laboratorio estudiados por él había un psiquismo rudimentario; planteamiento con el que estoy totalmente de acuerdo.

Por otra parte, la lectura de Platero… desmitifica los tabúes y prejuicios que se ciernen sobre ese noble animal, al cual se califica, sin justificación alguna, de bruto, violento y agresivo, cuando en realidad no es más que un ser vivo que se gana el afecto y el cariño de los pequeños y las pequeñas de casa, así como de adolescentes, jóvenes y menos jóvenes, quienes, al igual que el autor, opinan que: «[…] Por esa edad de oro [como el genio martiano califica a la infancia], que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca».

El caro anhelo del narrador hispano de no despedirse jamás de esa edad privilegiada del ciclo vital humano se hizo realidad, porque, en la práctica, Platero —diseñado por el yo-niño de Juan Ramón Jiménez— no va a morir y siempre caminará al lado de él…, por la gracia y la hondura con que lo concibiera quien le diera vida eterna en ese texto, cuyos sencillos y, a la vez, profundos relatos deben ser interiorizados e incorporados al estilo de afrontamiento de los lectores y las lectoras de todas las edades; relatos devenidos fuente nutricia de ética, humanismo y espiritualidad, así como cordial invitación a amar a los animales que, junto a la flora y el entorno, comparten con el hombre y la mujer el planeta donde viven, aman, crean y sueñan.

Notas:
1- Alpízar Álvarez, Elizabeth y cols.: Cruces. Síntesis histórica municipal, Editora Historia, La Habana, 2011 (Colección Memorias).
2- González Martín, Diego: Cerebro cognoscente. Un modelo para su estudio, Editorial Academia, La Habana, 1975.