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¿Por qué La Habana no está en la esquina de mi casa? Cartas de Juana de Ibarbourou a  Mariblanca Sabas Alomá (II)

Zaida Capote Cruz, 18 de octubre de 2011

Mariblanca Sabas AlomáPero entremos en materia. La colección de cartas manuscritas dirigidas a Mariblanca Sabas Alomá por Juana de Ibarbourou, atesorada en los fondos del Instituto de Literatura y Lingüística se inicia, cronológicamente, con una recomendación brevísima de Tacuarí. Sólo le dice: “Te recomiendo mucho, para que escribas y hagas escribir sobre él, este libro de un gran amigo y coterráneo. Pronto te envío carta larga. // Interesa por “Tacuarí” a críticos de tu país”, y al margen, en un adelanto de lo que sería habitual en sus cartas: “Te pido esto porque el libro es buenísimo y hay que difundirlo”. Escribir en los márgenes, sobrescribir incluso, es práctica frecuente en la correspondencia de la poetisa uruguaya: su avidez de comunicación y de cariño, de la protección que significaba para ella confiarse en Mariblanca, se muestra en la gran profusión de notas, anotaciones marginales y postdatas.

Hay varias cartas sin fecha, entre las cuales una nos parece de singular interés por la confesión de un amor secreto. Quizás, tomando en cuenta las referencias a un pañuelo que la cubana le había enviado como regalo, podría datarse en 1937, pues Juana alude ya a la enfermedad de su esposo y al desastre económico de su casa. Allí le confiesa a su amiga lejana, medio en clave, la existencia de un amor irrealizado:

Luego, estas cosas dolorosas de mi casa (la gran enfermedad de él) apagaron el resplandor. Y lo mío, lo único mío, fue haciéndose más sombrío, pero no menos dichoso. Él ya exigía todo y yo no podía arrojar mi casa, mi casa en desastre económico, por la ventana, para ser feliz, cerrando los ojos a todo.
Tú quieres saber cómo se llamaba: Carlos. No hay hora del día que no rece este nombre, Marita, con desesperación, con remordimiento; qué sé yo, ya, confiarme.

Otra de las cartas sin fecha, seguramente de 1952, poco después de la estancia de Mariblanca en Uruguay, revela dos de las constantes de ese diálogo. Pasa de la añoranza por la amiga ausente a tratar con ella temas del mundo literario, en un tono cordial, completamente confiado:

¿Qué haces, Mary muy querida? ¿Cómo se te porta el fauno? Aquí, la casa parece saqueada. Le falta luz y aire. Le falta tu presencia, Mary, que es luz y aire para mí. Me había hecho el propósito de ir a Cuba en abril o mayo. Esto me consolaba y me ayudó, en las primeras horas, a ser fuerte. Ahora se nos levanta una muralla que me deja desolada. Parece que de la Embajada –y por boca de la futura Embajadora- ha salido una noticia pavorosa, que ya está festejando con la risa de los chistes sabrosos, medio Montevideo. Laura Cortina fue avisada por Rosa Conde de que diez mujeres “importantes” del Uruguay serían invitadas oficialmente por el Gobierno de Cuba para su cincuentenario -¡Vieras la lista!

Juana misma había sido invitada por Dulce María Loynaz —por entonces presidenta de la Academia de Letras—, para hablar sobre Martí en enero de 1953 y, una vez frustrada esa posibilidad, se abre la de viajar más adelante. A propósito de esa invitación, es posible que Dulce María le ofreciera a Juana su hospitalidad y esta, sintiéndose más cómoda con Mariblanca, la rechazara amablemente. Quizás se refieran a la autora de Jardín estas duras palabras, aunque el encontronazo quedó, al parecer, feliz, o al menos educadamente resuelto:

Esa señora me escribió una carta muy dura, resentida, agresiva y altanera. El que no aceptase su egregia hospitalidad le cayó como un rayo erizado de clavos. Le contesté pacientemente, serena, muy digna, desde luego, y me volvió a escribir completamente amansada. Aquí se comenta en forma aguda el desplante comunista de Gabriela. Para mí es cosa nueva. No sabía que nadaba en esas aguas. Pero dicen que también en otras… Y en otras… Ya que hace política, ¿cuál es su verdad?

Su obsesión por Cuba asoma una y otra vez, fervientemente, en cada una de las cartas: «¡Como pensar en mi Cuba! Agradécele por mí a los que han tenido esa idea, y dales cualquier pretexto presentable. ¡Qué puedo hacer yo en ningún lado del mundo, ahora!» dice en la carta que hemos fechado en 1937, antes aludida. Y en una misiva de 1939 expresa: «Cómo me gustaría ir a Cuba, estar en tu casa, vivir unos días a tu lado. Pero aún no es posible, Negra. Tengo deudas sagradas a que hacer frente, antes que este tardío sueño de enfrentarme con el esplendor de la vida» y más adelante, en esa misma carta: «ya ves, Mary, qué poderosamente rica soy con el fiel cariño de todos ustedes. Cuba me tira como si fuera cubana neta en exilio. Ha de llegar un día… Yo ya sé que el tiempo tiene alas (Pongamos también que tiene infalibles motores). Iré”»

Unos años más tarde, en 1953, al referirse a la segunda invitación de Dulce María: «Me había hecho el propósito de ir a Cuba en abril o mayo. Esto me consolaba y me ayudó, en las primeras horas, a ser fuerte». En otra de ese mismo año, añade: «Yo iré a Cuba, Mary. Tal vez este año. Lo sueño. Iré con el favor de Dios». Tales planes para reunirse con sus «cubanos del alma» reaparecen constantemente en la correspondencia. Claro, a veces se queja del medio intelectual montevideano y pregunta ansiosa por su espacio añorado, «¿En Cuba son así los escritores? ¿Es la misma miserable ´condición humana´ del libro de Malraux?». Podemos imaginar qué contestaría a esto Mariblanca. Su amor por Cuba es infinito, y pasa, claro, por el entrañable afecto que le profesa a su amiga del alma: «Dame enseguida noticias tuyas, Mary. Y de Cuba. De Cuba que es mía también porque es tuya». Esa intensidad se percibe en cada una de las cartas de Juana de Ibarbourou, en cada declaración de fe, en cada proyecto siempre postergado:

Mary mía; Mary del aire de mi casa; Mary de todos los rincones de mi casa; Mary de nuestra sangre; Mary del sueño en paz de mi madre… Mary, iré a Cuba (este es mi consuelo de tu ausencia y la extensión del continente). Pero no en las fiestas de abril, Mary. Sería un terrorífico tira y afloja con todas las gentes que quieren ir prendidas de mi vestido. Iré calladamente después, a estar con mi familia, a conocer Cubita bella, a estrecharle emocionada las nobles manos del Presidente, a darle de rodillas, en su santuario, las gracias a la Virgen de la Caridad, madre de milagros).

Su amor por Cuba transita los largos años de cuyo transcurso da fe esta correspondencia, y permanece invariable hasta luego del triunfo de la Revolución. En carta de 1960, confiesa: «Tú sabes como quiero a Cuba. Tú me enseñaste a sentirme cubana. Noche a noche rezo por la felicidad de esa patria, como sigo rezando por la salud de Fidel». El destino de Cuba la desvelaba permanentemente, justo antes del fragmento citado anteriormente, declaraba la incertidumbre de la hora y sus aprensiones:

Cuando Fidel pasó por Montevideo —una locura nacional— me hice llevar al aeropuerto, ya muy enferma. Ese poema que te adjunto, es la emoción de ese día inolvidable. Julito (tu Quique, Mary) se quería ir a Buenos Aires tras él. Es tal su magnetismo, su fuerza de caudillo, su atracción milagrosa, que enloqueció a todo el mundo. Ah, que no vaya a traer a América el comunismo soviético. No sé qué piensas al respecto, pero yo tiemblo pensando por mi parte, que eso pudiera suceder y que Fidel, el héroe por excelencia, el jefe que ha de quedar en nuestra historia rodeado de la adoración colectiva, pudiera errar, pudiera equivocarse o mancharse.

Y concluye, esperanzada, pidiendo noticias frescas y veraces a su hermana del alma:

Dime cosas verdaderas de Cuba y de Fidel. Las cosas se saben a medias o mal. Estoy orgullosa (y agradecida) de la conducta de nuestro Ministro de Relaciones Exteriores hacia Cuba, en la reunión de Cancilleres de Costa Rica. He visto que ahí ocupa esa cartera, brillantemente, Raúl Roa. Martí proteja a esos muchachos.

He ido repasando la pervivencia de su amor por Cuba, la inquietud por los sucesos políticos de cada momento, expresa también en sus comentarios al que llama «el loco suicidio de Chibás» o en las recomendaciones a Mariblanca para solicitar respaldo al gobierno de Fulgencio Batista, en 1952, quien le causara buena impresión en una visita que hizo a su casa de Montevideo a fines de los años cuarenta. Al parecer, ignoraba Juana la carta que Mariblanca había dirigido en octubre de 1934 a Batista en la cual lo trataba como su adversario y que decía así:

Adversarios somos usted y yo desde que usted, dándole la espalda a la revolución del pueblo de Cuba, escuchó el canto de las sirenas y puso las fuerzas de que disponía al servicio de la Embajada yanqui y del Gobierno de la reacción, ese que tantas veces lo injurió, lo amenazó, lo calumnió y lo combatió sin piedad y sin escrúpulos.
[…]
Nosotros tenemos la obligación de salvar a Cuba del caos y de la anarquía, tenemos la obligación de evitar nuevos derramamientos de sangre. Por encima de todos los agravios, por encima de todas las ambiciones personales, por encima de nuestro amor propio y de nuestro particular interés, está el pueblo de Cuba, está la historia.


(Continuará)