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Mar y Pesca en Baracoa

Fernando Padilla González, 02 de septiembre de 2011

Recientemente fue presentado un nuevo número de la revista Mar y Pesca, a propósito de los festejos por las cinco centurias de la Ciudad Primada de Cuba. En presencia de destacadas personalidades de la cultura, representantes de los gobiernos provinciales y personal diplomático acreditado en la Isla, tuvo lugar el emotivo acto que evocó aquellos días del año 1511, cuando Diego Velázquez fundó la villa de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa. Sin embargo, los orígenes de este singular paraje de la geografía cubana comienza con la denominación, en voz aruaca, de «Baracoa», toponímico controvertido que para algunos significa “existencia de mar”, mientras para otros es, simplemente, “tierra alta”. A su bahía arribó Cristóbal Colón el 27 de noviembre de 1492, el almirante de la mar que no dudó en nombrarla Puerto Santo.

Cuenta la historia que “debido a lo poco propicio de los vientos y lluvias intermitentes, Colón y su tripulación hubo de permanecer en aquella protegida y hermosa rada, dedicándose a menesteres poco grandiosos pero muy necesarios: lavar la ropa. Probablemente el agua de lavado de aquella jornada, con el jabón de la época, constituido por una mezcla de grasa de cordero, ceniza de madera, sosa cáustica y sal, fuese la primera agresión al medio ambiente cubano por parte de los europeos”.

A la ciudad llegó el cacique taino Hatuey, procedente de Quisqueya, con las noticias de la mala obra de los hombres del Viejo Mundo, el mismo que interrogó al religioso minutos antes de ser abrazado por las llamas de la hoguera: “¿Y esos hombres blancos también van al cielo?”, al recibir la afirmación del sacerdote, replicó sin pensarlo: “entonces yo no quiero ir a donde esos hombres vayan”.

El ejemplo del nativo dominicano caló hondo en el cacique baracoeso Guamá, quien desde fecha bien temprana ofreció la más digna resistencia al genocidio de la conquista y colonización española. Baracoa sufrió, además, de las rapaces incursiones de los malhechores de la mar, hasta la construcción de los fuertes Matachín, de la Punta y el castillo de Seboruco, dignos homenajes en el desafío perpetuo a corsarios y piratas.

Tras la Revolución Haitiana arribaron a estas tierras los colonos franceses, responsables del fomento de nuevas técnicas para el cultivo del café, la extracción del aceite de coco y la siembra del plátano. A ellos se debe el auge comercial de su puerto, por lo que el 20 de septiembre 1838 se le concede a la villa el escudo de ciudad, con la inscripción latina: OMNIUN CUBE URBIUM EXIGUA TAMET SI TEMPORE PRIMA FERENS. (Aunque pequeña entre las ciudades de Cuba, eres sin embargo la primera en el tiempo). Vinculada a pasajes de nuestra historia de independencia, Baracoa acogió al Padre de la Patria Carlos Manuel de Céspedes y al Titán de Bronce Antonio Maceo, en plenas gestas de liberación nacional.

Por todo ello y más, el número 389 de la revista Mar y Pesca está dedicado a la vasta historia y rica cultura de la primera villa fundada en nuestro país. Con una exquisita factura en su diseño, la publicación recibe al lector en sus primeras páginas con la entrevista realizada para la ocasión a Alejandro Hartmann, Historiador de esa ciudad, quien fuera laureado en fecha reciente con la Encomienda de la Orden del Mérito Civil de España que confiere el monarca de la nación peninsular.

A la pregunta «¿Qué representa para usted ser el Historiador de esta ciudad al cumplirse 500 años de su fundación?» Hartmann responde: “Un historiador debe ser un hombre dotado de vocación y de un método científico para hurgar en las fuentes bibliográficas y no bibliográficas de la Historia, para lo cual debe leer mucho e investigar más. Pero para el historiador de una ciudad hay una fuente insustituible de información viva y permanentemente cambiante, que son sus pobladores”.

Acerca de las características geográficas de su paisaje natural, tan bello como abrupto, ahonda “Baracoa, la primera en el tiempo”. En prosa amena se deslindan las peculiaridades del viaducto de La Farola, compleja obra de ingeniería asentada en el macizo montañoso de Sagua Baracoa y que da acceso por tierra a la Ciudad Primada, otrora comunicada únicamente por mar y senderos angostos trazados por los campesinos de la zona.

Mencionado en su Diario de navegación por Cristóbal Colón como “montaña alta y cuadrada que parece isla” se encuentra El Yunque, elevación formada presumiblemente por la acción erosiva de las aguas del río Toa, el más caudaloso de Cuba. De igual manera, entre anécdotas y curiosidades se introduce el tema de la Cruz de Parra, el símbolo más antiguo de la cristiandad en América; lo insólito y exquisito de la cocina baracoesa, así como de la amplia biodiversidad de su foresta, hábitat para un sin número de especies de la flora y la fauna con altos índices de endemismo.

“Baracoa, el mar y su huella” es otro de los artículos que indaga sobre la importancia vital del mar y los ríos que la circunda o atraviesan. En el mismo sentido se encuentra “La fiesta del tetí”, trabajo que aborda elementos muy propios, que dibujan la urbe sin necesidad de mencionar su nombre. Ellos forman parte de su cultura y son la pesca del tetí, mítico pececillo, y las singulares formaciones conocidas como tibaracones. Para culminar con la saga que rinde homenaje a los cinco siglos de historia de la villa, se presenta “El honor entró por Duaba”, ensayo historiográfico que recoge con minuciosidad las vicisitudes del desembarco de Antonio Maceo y sus hombres por aquella región oriental de Cuba en los inicios de la gesta necesaria de 1895.

No obstante, otros tópicos de interés nos deparan las páginas de Mar y Pesca. Los efectos devastadores del cambio climático para los ecosistemas marinos y litorales costeros; la proeza humana en la realización y puesta en servicio del Canal de la Mancha; la atractiva historia que se debate entre el mito y la realidad del hombre pez de Liérganes; la fehaciente presencia de los astilleros Chullima en la bocana del río Almendares, así como la huella en Cuba trazada por el multifacético patriota canadiense Pierre Le Moyne D´Iberville, harán al lector “navegar a toda boga” por la vastedad del universo marítimo —hostil y fecundo— conquistado por el hombre.

Por su parte, la sección Esperando la picada, depara reseñas bien concebidas sobre la vida y la obra del compositor Sergio Vitier y la faceta insondable como escritor de otro Sergio, este de apellido Corrieri. En la misma nota nos regala “Zaida, develando historias”. Más allá de la búsqueda de lo entrañable, o de una mirada al exterior para desentrañar códigos impuestos por la sociedad, Zaida ha hecho de su existencia un manantial cristalino que dibuja, graba o pinta. Llena de recuerdos minuciosos de su natal Villa Clara, en los que recrea montes, ríos y lomas, esta artista capta sobre el papel o tela imágenes como reflejos de sus tristezas, alegrías y amores. 

De especial interés resulta el trabajo “El arte de la imitación a escala”, que recoge una antigua tradición marinera y habanera, pues antes de emprender viaje por los mares del mundo, los navegantes practicaban un característico ritual: acudían al Templete y encomendaban su alma a la virgen del Pilar, situada en la cima de la Columna de Cagigal; se hincaban de rodillas en la Ermita del Santo Cristo del Buen Viaje y por último, echaban en las aguas de la bahía una pequeña embarcación, la cual impulsaban a la margen opuesta, en dirección al santuario de la Virgen de Regla.

La cordial relación existente entre los pescadores y el sabio cubano Felipe Poey y Aloy, es otro de esos artículos que se agradecen, pues evocar la humildad y sabiduría de un hombre que consagró su vida al estudio de la naturaleza cubana y en especial a la marina, es siempre un regocijo. Poey es no solo fue un científico, sino un gran escritor que dejó plasmado en letra impresa sus pesquisas biológicas, y tuvo la osadía bien lograda de incursionar en la poesía y participar en las actividades de varios de los liceos artísticos y literarios que existían en la ciudad decimonónica habanera.