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Involucrar al lector

Alberto Marrero, 05 de septiembre de 2011

“La mente es un laberinto de sorpresas”, me dijo un amigo en una conversación sobre literatura y otros asuntos digamos existenciales, por no decir terrenales. La frase no tenía nada de extraordinaria, incluso me pareció hasta trillada. Sin embargo, leyendo “Su tabaco”, el cuento que traemos hoy al espacio Fabulaciones, y cuya autora es la conocida poeta, narradora y periodista Marilyn Bobes, la recordé por la extrañeza que me produjo el texto y porque me di cuenta que, aunque manida, la expresión era una puerta abierta a la especulación, al sobresalto, a la caída incesante. La historia es contada con sencillez y aparente transparencia, por un narrador omniciente que brinda los elementos necesarios de la trama. No hay un conflicto ni tampoco un descenlace visibles. Digo esto porque un lector no avezado puede creer que todo tiene que ocurrir ante sus ojos, sin comprender que también en su cabeza la historia puede tomar disímiles cursos y encontrar un sentido. La fantasía, en este caso sexual, de una mujer, revela notas inquietantes, asociaciones imprevistas, matices de la conducta humana que van más allá de lo sabido, o de lo que creemos saber. La literatura es eso: una manera subversiva de revelar, de descubrir, lo que mi amigo llamó, los laberintos de la mente, con toda su reserva de sorpresas.

De forma acertada, Marilyn experimenta con su manera de contar, trata de romper fórmulas y coordenadas ya visitadas por ella en otras narraciones, sin desertar de un estilo que ha madurado a fuerza de trabajo persistente, talento y un fervor, casi religioso, por la literatura. Su obra abarca más de ocho títulos de diferentes géneros, todos de indiscutible y ascendente calidad, entre los que sobresalen sendos premios Casa de las Américas por el libro de cuentos Alguien tiene que llorar (1995) y la novela Fiebre de invierno (2005). Los invito a disfrutar de esta historia contada sin melindres, no exenta de humor, con una evidente intención de involucrar al lector, de hacerlo cómplice.


SU  TABACO
A Antón Arrufat y Naty Revuelta, por sus entusiasmos

Lo que más le atraía de aquel hombre era su tabaco. Un Cohiba largo y no tan grueso, de etiqueta sobria, lista  para ser colocada en su anular en el momento de la divina ceremonia. Le gustaba imaginarse vestida de blanco : él entrando a la iglesia con el  tabaco todavía sin estrenar y sobresaliente del bolsillo del  smoking y, una vez en el altar, ver deslizarse aquel rótulo por uno de los dedos de su mano blanca, angulosa y delicada como son casi todas las manos de las adolescentes perezosas. No podía resitirse a la seducción de un hombre que fumaba el mejor puro del mundo y repitía en su  oído: Corolas del otoño el humo comenzando/ alas y muerte si la mano empieza/ a imponer cuidados, a doblar abejas/abejas en pañuelo de agua dura.

Aquella cita de Lezama la llevaba al éxtasis, hacía que se humedeciera su entrepierna y la hacía imaginar el cigarro oloroso jugueteando con su himen intacto, acariciando su vagina mientras la mano se movía  incesante desde el otro extremo, penetrándola con el fetiche. Por eso entendía a Mónica y el jugueteo que había sostenido con el Presidente  en la Sala Oval de la Casa Blanca. Que no le vinieran con cuentos: entre un pene y un Cohiba, era preferible este último,  bien encendido o, mejor, apagado. No había peligro de contaminación y las capas de tabaco resultaban lo suficientemente duras y, a la vez, lo suficientemente blandas como para proporcionar un placer diferente al  de un pobre glande convencional que carecía de las poéticas implicaciones percibidas como el súmun de sus inconfesables fantasías sexuales.

Claro que él no podía imaginarse que lo que más la atraía era su tabaco. A muchas personas a las que visitaban les repugnaba el olor, tosían y abrían discretamente las ventanas después del consabido sorbito de café. Era el momento en que su hombre sacaba del bolsillo el objeto de su única adicción. Cortaba con su cortaperilla la punta más afilada del puro y encendía con lentitud  el otro extremo, auxiliado por un elegante mechero de gas.

Todavía no sabía cómo iba a confesarle que quería perder su virginidad  con aquella especie de consolador improvisado. Pero en algún momento tendría que cumplir su deseo más recóndito y convertirse en Mónica Lewinsky aunque él no fuera el Presidente Clinton, sino un simple escritor de éxito que se ganaba la vida como profesor universitario y empleaba sus derechos de autor comprando tabacos Cohiba: Nada de Montecristos ni Romeo y Julieta, sino Cohiba, el tabaco que fumaban los hombres con clase. Sabía que él le  llevaba más de veinte años, pero la haría  su mujer. Ella no permitiría que lo hiciera algún improvisado. Despreciaba a los imberbes noviecitos de sus amigas quienes les ocasionaban el irresistible dolor al que se referían las que ya no eran vírgenes y habían pasado semanas con el ardor del desgarramiento y la cistitis posterior a la desfloración. El tabaco no podría hacerle daño. Quería recordar para siempre de su noche de boda El humo letargo del contorno, el labio reluciente, como decía Lezama.

Lo que más le atraía de aquel hombre era un aditamento que se le adhería al rostro como la nariz al sujeto de Quevedo (Érase un hombre a una nariz pegado). No sus ojos de aquel azul inmisericorde ni su cabello de africano transculturado, ni siquiera su pretendida ingeniosidad repleta de citas y frases bien memorizadas que hacían suspirar a sus compañeras mientras él impartía lecciones a todas las que, como ella, estaban sedientas de cultura y del título que las convertiría en licenciadas en Literatura Hispanoamericana. Ni siquiera  se hubiera fijado en él si no lo hubiera visto en la pequeña plaza universitaria encendiendo con tanta dedicación aquel lujurioso apéndice.

Definitivamente: lo que más le atraía de aquel hombre no era el hombre.¿Quién lo necesitaría si no fuera por su tabaco?.
 

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