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Cinco latinoamericanos irrumpen en la vida cultural cubana a inicios del siglo XIX

Cira Romero, 15 de septiembre de 2011

La derrota española en la casi totalidad del vasto territorio al sur del Río Bravo, iniciada y extendida al continente en el primer decenio del siglo XIX —quedando solamente Cuba, Puerto Rico y las Filipinas en sus manos—  no significó el establecimiento de una inmediata paz en esas tierras.

Sobrevino entonces una época de anarquía, confusión, de luchas intestinas y hasta de ajuste de cuentas. No pocos de los residentes en esas áreas, aún sin una clara limitación fronteriza entre países, se vieron precisados a buscar asiento en otras áreas geográficas. Unos lo hacían intentando  encontrar  la tranquilidad hasta entonces no alcanzada, en tanto que otros debieron acudir a esa estrategia, muchas veces no deseada, debido a motivos políticos que los obligaban a alejarse de su lugar de nacimiento.

Cinco de esos hombres estuvieron entre los que, debido a razones públicas, debieron asentarse en otros lugares, y el sitio escogido, aunque transitoriamente, fue La Habana:  el guatemalteco Simón Bergaño (1721-1820), el peruano Manuel Lorenzo de Vidaurre (1773-1841), el ecuatoriano Vicente Rocafuerte (1783-1847), el argentino José Antonio Miralla (1790-1825) y el colombiano José Fernández de Madrid (1789-1830). El primero en llegar fue Bergaño, expulsado de su país hacia 1808. Posteriormente, hacia la mitad del segundo decenio del siglo, arribaron los restantes. Pero hubo un momento en que todos coincidieron en la entonces conmocionada isla, que vivió en ese lapso instantes de singular importancia polític ,debido al establecimiento, en dos ocasiones, del régimen constitucional en España  —1812-1814 y 1820-1823— significativos y bien aprovechados ambos, tanto por los criollos como por estos visitantes, hombres cultos y de ideas revolucionarias. Al menos dos de estos últimos se dieron fundamentalmente a la tarea de fundar periódicos, en virtud de la libertad de imprenta propiciada.

En 1809 Bergaño era colaborador en El Aviso. Papel Periódico de la Havana, sucesor del Papel Periódico de la Havana fundado en 1790. Sus trabajos en esta publicación, que tenía carácter oficial, pasaron sin penas ni glorias. En 1811 fundó y dirigió Correo de las Damas, junto con Joaquín José García, nuestra primera publicación dedicada al «bello secso[sic]» y sucesivamente  el Diario Cívico (1812-1814), en los cuales divulgó las doctrinas de Rousseau propuestas en su Contrato Social, El Patriota Americano (1811-1812) y El Esquife (1813-1814). La primera le proporcionó no pocos desencuentros con las autoridades eclesiásticas, debido al tono «ofensivo a la moral», de algunos poemas publicados. Finalizada esta publicación el 28 de noviembre de 1811, de inmediato, en enero de 1812, sacó a la luz El Patriota Americano, subtitulado «Obra periódica por tres amigos, amantes del hombre, la patria y la verdad». Además de Bergaño, firmante bajo los atrabiliarios seudónimos  Veristasphilo y Philalethes, lo acompañaron en la empresa José del Castillo (Patriophilo y Philopatris) y Nicolás Ruiz (Philantropo y Homophilo). Pero se sospecha que en la redacción del periódico intervino el entonces zar de la sacarocracia criolla, Francisco de Arango y Parreño, y su primo José Arango.

Si analizamos sus propósitos, resumidos por los editores en tres puntos esenciales—presentar materiales útiles y curiosos para formar una historia completa de la isla; dar a conocer trabajos sobre moral, política y literatura; y «que el mérito de las materias que insertamos, no dependa solo de las circunstancias», tal cual afirmaban— podemos subrayar su gran valor histórico como intento prospectivo de lograr la independencia de Cuba, amén de sus méritos literarios. En ella aparecieron, por vez primera, datos estadísticos referentes a Cuba, además de artículos sobre leyes, política, economía, moral, historia, comercio, filosofía y legislación. Además, reprodujo varios capítulos de una obra capital para la historiografía cubana: Llave del nuevo mundo, antemural de las indias occidentales. La Habana descripta: noticias de su fundación, aumentos y estado, de habanero José Martín Félix de Arrate.

Pero el incansable guatemalteco, mientras se esforzaba con El Patriota Americano, comenzó a lidiar con otro periódico, el Diario Cívico,  también  bajo su dirección, cuyo primer número apareció el 1º. de septiembre de 1812. Muy pocos ejemplares hay en Cuba de este periódico, pero en el  del 4 de diciembre se puede leer su lema: «Quiritis excubano vigilaboque pro vobis». Si bien Bergaño fue el principal redactor de este papel, también contó con algunos colaboradores. Constituye un verdadero récord  para la época el número de ejemplares llegados al público: 638. Cesó en diciembre de 1814.  

Concurrente con Diario Cívico fue otro papel, de escasa duración, del incansable Simón Bergaño y Villegas, al que se le atribuye ser el fundador del liberalismo en nuestra prensa: El Esquife, cuyo primer número apareció el 4 de septiembre de 1813 y se publicó hasta el 30 de junio de 1814.  Su lema era: «Mas corrigen las críticas festivas/ Que las serias y amargas invectivas».  

La estancia en la isla de Manuel Lorenzo de Vidaurre fue corta. Considerado sedicioso en Perú, no gozó en él de la estimación ni de los gobernantes ni de los revolucionarios, y si bien actuó como un ideólogo en su posición contra España, al parecer no pasaba de ser un reformista, razón que ha hecho de él el más polémico y contradictorio de estos visitantes. Una vez en la isla fue nombrado Oidor de la Audiencia de Puerto Príncipe—recordar que desde la salida de Santo Domingo de la tropa española, la Audiencia, radicada desde su fundación en la hermana isla, se trasladó a Cuba, específicamente a Puerto Príncipe, hoy Camagüey—, pero su desenvolvimiento en el cargo  atrajo las sospechas de las autoridades españolas. Publicó algunos trabajos de corte liberal en periódicos habaneros.

Vicente Rocafuerte, autor de obras de carácter político, jurídico y mercantil en pro del desarrollo de América, publicó en Cuba varios opúsculos, como Ideas necesarias a todo pueblo que quiere ser libre, con falso pie de imprenta en Filadelfia. Fue gran amigo de José María  Heredia. No se vinculó a la prensa surgida en esos años. Tampoco tuvo vocación por la poesía o la prosa narrativa, pero su importancia para la cultura cubana radica en la labor desplegada en pro de difundir el ideario independentista.

Fernández de Madrid, muy vinculado a los movimientos insurgentes en su Colombia natal, donde llegó a ser presidente del Congreso, debió huir del país debido a pugnas intestinas. Tras no pocos tropiezos, fue apresado por las autoridades españolas, deportado a Madrid, pero en la escala del barco en La Habana fue autorizado a permanecer aquí debido a su frágil estado de salud. Se vinculó también a la Sociedad Económica de Amigos del País y publicó diversos trabajos científicos apoyados en las necesidades materiales vistas en la isla, no atendidas, como era menester, por las autoridades españolas. Tuvo también discretas inclinaciones literarias, que canalizó a través de la poesía, y también del teatro, con una versión dramatizada de la novela Atala del romántico francés Chateaubriand, dedicada a Vicente Rocafuerte. A diferencia de  Miralla y Vidaurre, Fernández de Madrid y en alguna medida Vidaurre, sí se vincularon a facciones separatistas cubanas. Incluso Fernández de Madrid dirigió una de las células secretas de la Conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar, en la que estuvo comprometido también Heredia, y fue acusado, junto con Vidaurre, de cabecillas de dicho movimiento, razón que los obligó a abandonar la isla. Desde el extranjero, ambos continuaron trabajando a favor de la independencia de Cuba.

La circunstancia de haberse declarado en la Isla la libertad de imprenta al calor del establecimiento en España, por segunda ocasión, entre 1820 y 1823, de un régimen constitucional, decidió a José Antonio Miralla, a publicar en 1820 La Mosca, aparecido con el epígrafe  Con más acierto y vigor/ Que la severa invectiva, / Una crítica festiva / Corta el abuso mayor. Fue un periódico satírico que solamente dio al público siete números, ninguno de los cuales ha llegado a nuestros días, y solo se conocen por referencias eruditas de  investigadores como Joaquín Llaverías. La mayoría de las colaboraciones, según dice este estudioso, estuvieron dedicadas a censurar a las autoridades españolas y a propiciar la honradez en el entonces corrupto sistema judicial. Las poesías que incluyó eran de tono satírico- burlesco y todos los trabajos insertados aparecieron bajo seudónimo, manera muy habitual en aquellos años, donde se temía a la censura oficial. Así, allí escribieron La lechuza, El agraviado por la justicia y El reparón, entre otros muchos. Asimismo, La Mosca abrió sus páginas a los que desearan denunciar algún abuso:

AVISO AL PÚBLICO
Cuando quiera una persona
Algún abuso advertir
Puede sin miedo acudir
A la Mosca criticona.

Pero Miralles y Fernández de Madrid llegaron a un acuerdo: fundar en La Habana el diario político, científico y literario titulado El Argos. Apareció entre 1820 y 1821 y lo subtitularon «Periódico político, científico y literario». Fue creado, como ambos proclamaron en su número inicial del 5 de junio, «para escribir en el sentido de la democracia y de la independencia americana» e «influir en la política del continente y en especial de los habitantes de Méjico». Lograron publicar treinta y cuatro números, cifra, para la época, importante, cuando casi a diario aparecían en la capital, e incluso en algunas otras ciudades, nuevos periódicos que apenas lograban alcanzar los diez números. Publicaron artículos políticos, económicos y literarios, tomados de periódicos españoles en su gran mayoría. Además, aparecieron poesías de ambos —la de Fernández de Madrid, titulada «Las rosas» fue elogiada por el reconocido literato y gramático venezolano Andrés Bello—, así como trabajos de marcado carácter anticlerical, debidos a sus fundadores. Un autorizado investigador y bibliógrafo, Carlos M. Trelles,  consideró El Argos el primer diario científico publicado en la isla, pues tanto Vidaurre como Fernández de Madrid tuvieron una especial vocación por promover, en todos los órdenes posibles, el adelanto científico de la Isla.

Un importante historiador cubano  antes citado, Joaquín Llaverías, director durante muchos años del Archivo Nacional de Cuba, tuvo acceso en su momento a todos los números publicados de este diario, que hoy se ha convertido en una verdadera rareza, y quizás temiendo  el implacable paso del tiempo, despiadado destructor de papeles, incluyó en su obra Contribución a la historia de la prensa periódica los sumarios de todos los trabajos aparecidos en su más de tres decenas de números, como también hizo con La Mosca, de Miralles.

 Sobre  El Argos se refirió elogiosamente Domingo del Monte, y  Don Marcelino Menéndez y Pelayo expresó que en aquella época «descollaba entre todos».

Así, los dos inquietos José, Fernández de Madrid y Miralla, amigos de José María Heredia, nuestro primer gran poeta romántico, se convirtieron, junto con el guatemalteco Simón Bergaño, que los antecedió, en los tres primeros — y quizás únicos latinoamericanos— en fundar en el siglo XIX una publicación periódica en Cuba.  No fue, presumiblemente, hasta la aparición de la revista Casa de las Américas, en 1960, que un nuevo grupo de intelectuales de nuestro continente se vinculó a un proyecto que, desde entonces, pertenece no solo a esta Isla, sino a lo mejor del pensamiento continental y mundial. Para Vidaurre y Rocafuerte queda el agradecimiento de haber inculcado entre los nativos de la Isla los primeros fundamentos de la ya ansiada, aunque todavía en ciernes,  libertad de la opresiva metrópoli.