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Adiós a las almas, de Carlos Esquivel

Alberto Marrero, 15 de septiembre de 2011

No es la primera vez que dos personajes reales (en este caso ambos escritores) son utilizados para montar una historia de ficción. Ernest Hemingway y Gastón Baquero se ven envueltos en un accidente de tránsito y luego en una singular apuesta. Después de leer el cuento, uno se dice que bien pudo ocurrir lo que el autor nos narra desde la verosimilitud, con diálogos certeros y un sentido del humor que no roza el chiste ni la burda parodia. He ahí la literatura, o mejor, las posibilidades que la literatura tiene para crear otra realidad que, si bien solo existe en el texto, no deja de cautivar al lector. Carlos Esquivel (Las Tunas, 1968) es un prolífero poeta y narrador, cuya obra goza de reconocimiento dentro y fuera de la Isla. Con su libro de cuentos Los animales del cuerpo obtuvo el premio José María Heredia en el 2000. En el 2011 publicó su primera novela titulada Un lobo, una colina. El cuento que publicamos hoy  es inédito y se titula “Adiós a  las almas”, en evidente alusión a la novela del gran escritor norteamericano. En él, Carlos hace gala de sus habilidades para contar historias con eficacia, sin la trampa de los lugares comunes, con un poder de fabulación (y de asociación) que lo singularizan dentro de la narrativa actual de nuestro país. Un leve roce de autos, dos personajes que discuten, se acaloran y después se retan en un duelo a puro whisky, uno de ellos con la aparente ventaja de no haber bebido hasta ese momento, sirven de pretexto al autor para acercarse a la figura del gigante de Illinois y de Finca Vigía, a través de los ojos de un poeta cubano que "derribó limites". El lector se verá atrapado en La Habana de los años cincuenta, con sus "bares impasibles", en medio de referencias lo mismo al béisbol que a la cultura universal, impaciente por saber quién ganará la apuesta entre dos monstruos de la literatura.                                                

                                                       
Alberto Marrero, 1 de septiembre de 2011

ADIÓS A LAS ALMAS
Carlos Esquivel

Le contaré cómo conocí a Ernest Hemingway.  Si es que puede llamársele así a los que nos juntó una tarde y parte de una noche. Un borrachín y  fachendoso, es lo que dice casi todo el mundo, y sagaz, no lo dudo, nadie lo duda. El auto en el que yo viajaba por una de esas callejuelas animosas de la Habana Vieja, por una casualidad tan remota, se impactó (prefiero utilizar eso y no chocó, porque el choque me parece más catastrófico, más de espectáculo, y lo que sucedió con mi auto no rebasaba un simple roce, o algo más, un accidente que cualquier perito llamaría menor, sin daños trascendentales, etc., y que ni siquiera alarmó a curiosos, sabiendo lo de noticiero que es una ciudad como La Habana) contra el suyo, y casi apuesto que él conducía ebrio, su estado natural, su look de trópico. Chapurreaba el español, pero sus insultos los dejó caer en su idioma (que era a partes iguales verbal y de gestos). No callé. Ningún puto yanqui me ofendería. Me amparaba en los peores registros de la peor gentuza que aldea cualquiera hubiese visto, y escuchado. Por suerte apareció un policía; por suerte para mí, aclaro, porque aunque se tambaleara, estaba hecho de cobre, o de hierro, además, yo era quien lo había dañado, no excluyendo, mucho menos a simple vista, a la del policía principalmente, la posibilidad de que el violador elemental de alguna ley de tránsito era quien vociferaba en inglés. A mí me acompañaba un joven empleado del Instituto de Lingüística, o un estudiante de periodismo, no recuerdo con total exactitud, y aunque era un enclenque de un metro setenta, se le plantó a Hemingway con aire bravucón y le ripostó en su idioma, que yo conocía, por supuesto. Le dijo quien yo era, un poeta derribando límites. Dos escritores en una ciudad como esta lo que tienen que hacer es beberse una copa juntos, no pleitearse por asunto tan minúsculo como un rasguño a ese auto que seguro él cambiaba todas las semanas, o todos los meses.  Lo demás es final de película argentina: el iracundo Ernest, el sabiondo musculoso de Illinois, se transformó en un apacible pastor de ovejas en un rancho nevado de Missouri o en el dócil reportero del Kansas City Star, me invitó a que celebráramos el accidente, todos los días no se brinda por, o a razón de, un accidente de tránsito. Según él, en atropellado y emborrachado discurso, el destino había elegido con suspicacia este acontecimiento para unir dos almas (y que quienes lo escuchaban perdonaran la osadía y el narcisismo) a favor de un futuro pródigo en accidentes más creativos, y su sonrisa era igual a la de esos míticos vaqueros de las peli western que yo detestaba y aún detesto, y a favor de esta prostibularia y querida Habana, que era su paraíso perdido, con escritores que chocan entre sí por puro azar, con chicas más calientes que el horno de una de sus abuelas, con policías tan feos como este (señaló en medio de su burla al agente que como es fácil de entender ni se inmutó, ajeno a ese idioma raro que estos extraños extranjeros hablaban con exagerada bondad después de unos minutos de altercados), una sonrisa más y premió al policía con unos cuantos pesos para que cerrara sin papeleos, no ha pasado nada, y bebe por Formental, le dijo en español (el nombre era musical y por eso no lo olvidé, pertenecía a un exitoso jugador de béisbol cubano que triunfaba o intentaba triunfar en las Ligas Mayores de los Estados Unidos).

—Roberto Formental. Muchos jonrones en las temporadas acá, pero en las grandes, donde había que darlos, nada, se le aflojaban las piernas. Igual que a Roberto Ortiz.
—A los tipos como Ernest hay que preservarlos lejos. Fíjate que dije “preservarlos”. Quiere decir que deben estar de tu lado pero a unos cuantos metros de distancia.
—¿Lo admiró usted? Como escritor le digo.
—La moda era admirarlo, pero yo no creo en las modas, digamos algo más simple, o más sutil, yo lo preservé.
—A mí no me molesta, los había mejores en su generación. Lo veo como uno de esos boxeadores que no saben pelear, que no tienen técnica, ni esgrima, que son lentos, premeditados, y, sin embargo, poseen la virtud de un golpe, todo radica en un golpe, con un golpe se termina todo, fulminan con un recto o con un gancho. Así se ganan muchas peleas.
—No lo creo igual, sabía escribir, y boxear, para colmo. El problema era el sentido que le daba a sus prioridades, lo primero siempre era la atmósfera, lo segundo sus personajes, después venía lo demás. Pero aún no he terminado mi historia completa con él. Para Hemingway debía haber siempre rivalidad, un to fight a duel, porque todos eran sus contrincantes, ni suponer que cruzaría golpes en un ring con el macizo yanqui, ahora no estuviera tan campante, tan orgulloso de mi historia. Tampoco pescas en el golfo o cacerías en las costas de Matanzas,  nada. La pelea era a whisky limpio, y el sitio de combate era uno de esos bares impasibles de la Habana Vieja. Y apostábamos, claro, era su idea. Si yo lo sobrevivía, que era por lógica la última posibilidad de la tierra, me quedaría con un cuento que había escrito días antes y que nadie, excepto su esposa del momento, conocía. El cuento se llamaba "Pont des Arts", y era, por varias razones, un cuento admirable. La primera, porque desplazaba el orden de prioridades de su técnica, la segunda porque hablaba de Paul Celan, a quien probablemente conoció en uno de sus últimos viajes a París. La tercera, y la más importante, es que, por vez primera, Ernest escribía una historia profética, sin saberlo, claro, algo que, casi veinte años después de su suicidio, se convertiría en una cruel realidad: la muerte de Celan en el río Sena.
—Qué curioso. Una lástima que ese cuento se desconozca. Lo imperdonable es que no lo puso jamás en uno de sus libros.
—No podía, por una razón demasiado simple: perdió la apuesta, perdió su cuento.
—¿Venció al gorila blanco?
—Exacto, y peor. ¿Sabe qué yo llevaba al riesgo, cuál era la ganancia de Papá?
—Lo imagino, pero era difícil no aceptar el riesgo, lo insultaba entonces, y cuando se ofendía dicen que era más brutal que uno de esos toros que él vio en Madrid.
—Para mí era una lucha de opuestos, personas unidas por un dislate crónico, por una aventura exhibicionista. La lucha de opuestos es la lucha del uno contra él mismo. Lo que hago es intentar comprenderme, o defenderme, pero sé que tengo una diminuta y arbitraria razón, como la picadura de esos filósofos de buhardilla que se esconden en adicciones tecnológicas. Me preguntará que sentí, qué fue lo que más sentí. Peligro. Y que el mundo no estaba girando, que no había velocidad, que mi vida se estaba soportando, o moviendo, como en una escena en cámara lenta.
Ballet moriendi.
—Había que aceptarlo, era irremediable, contra las obsesiones de Ernest sólo se le podía interponer el recurso del azar. Nada más. El muchacho que me acompañaba, involucrado como ayudante en una investigación sobre cierta cantante de ópera cubana fallecida sin mucha trascendencia en Los Ángeles, quería creer que aquello era una de las tantas bromas que afamaban la lúdica y aventurera vida del autor de “Islas en el Golfo”. Cuando se convenció de lo contrario, con gestos de lástima, de conmiseración, me deseó mucha suerte. Y la iba a necesitar, porque en la camaradería del destino tendría yo a mi única aliada.
—Fue un combate encarnizado, me imagino. Decenas de botellas de whisky, una piscina de alcohol en el aire. Y al final gana usted por nocaut técnico.
—Esa no es la única forma de ganar, ni por mucho la más certera. Sería un espectáculo comparable al de los gladiadores que vencían en el Circo romano. El flameante ganador zambullido en la gloria y en las tripas festivas del homenaje. Pero nada de eso. Esto no lo supo siquiera el muchacho que me acompañaba, para quien yo me convertí en un héroe enciclopédico y de película. Gracias a Dios, las pocas veces que lo vi, después de aquel día, intercambiamos fugaces cumplidos, promesas de algún almuerzo campestre, tragos flotando, pero todo no fue más allá de una espesura creciente y solidaria, de una lluvia convertida en olvido.
—Quizás Cioran tenía razón, las pesadillas no solo ocurren en el infierno.
—Yo creo que el infierno está en todas partes, por eso es que las pesadillas siempre están cerca de nosotros, al acoso de nuestras impotencias. Ernest impuso otra regla: mientras bebiéramos teníamos que callarnos, ninguna palabra, el que hablara perdía por descalificación. Un combate de media hora y las botellas serían costeadas por él. El barman se mostraba obsequioso y hasta bromeó  con la idea de que me daría el tiro, o el golpe de gracia, no recuerdo bien sus palabras. Yo comenzaba con una ventaja ineludible y que contra otro rival pudiera antojárseme como lujosa, Ernest ya tenía dentro de sí, en sus venas, una apreciable cantidad de alcohol. Pero esa ventaja podía convertirse en un error de cálculo, en un falso síntoma de victoria. Por mi mente circuló el hecho de que el propio escritor jugara con esa carta de estrategia: hacerme creer que su estado tambaleante me haría creer dueño del triunfo. Mi verdadera ventaja no era otra que la de saber que él no conocía cuáles podían ser mis ventajas. Suena enrevesado pero me consuela el hecho de que a pesar de irreconciliables diferencias a Ernest y a mí nos atrapaba el mismo y definitivo gusto por un whisky rancio y azucarado que no hacían en Escocia sino en Irlanda. Además, reconozco del mismo modo su inviolable afán de caballero, su honor, quizás, trágico, porque al saberse derrotado y entregarme aquellos papeles martillados por las letras frescas de su máquina de escribir, me abrazó en un mar de lágrimas. La escena era inolvidable y conmovió a los otros borrachos que nos rodeaban, igual al barman y al muchacho, que hasta pensé en no aceptarle su cuento, en dejar la resolución del pleito como un débito a mi favor, una al estilo de hoy por mí, mañana por ti, pero me arrinconé en mi jolgorio interior y supuse que el destino, esta vez, hacía las trampas para mi bien.
—El destino o usted, supongo.
—Hay algo que me favoreció de manera sustancial: la música. Una coincidencia más que simple. Me encantan las zarzuelas, las de Vives, las de Guridi, y algunas de Torroba. A Ernest le parecían deliciosas, un condimento especial, y nos unía también el jazz, el de los negros adiposos y bullangueros que pululaban en Louisiana y California. Qué más puede pasar, todo estaba a mi aire, porque mi rival se tambaleaba sin haber sonado la campana para comenzar el primer round.  
—Y comenzó el combate.
—Pero ese combate no fue más allá de lo que yo me ideaba. Un par de copas y Ernest era un legajo de vaquero. Cayó fácil. Vencí a Ernest Hemingway y jamás me he jactado de ello. Ahora sí, tuve deseos de contarlo. Será que me estoy poniendo viejo, será que se me está terminando el tiempo.
—Señor Gastón Baquero, ¿cree que va a encontrarse con Ernest allá arriba, que continuarán el duelo?
—Ya nuestro duelo terminó. Él, seguro, querrá revancha, y yo no pienso dársela. 

Elaine Vilar Madruga  , 2019-12-04
Elaine Vilar Madruga, 2019-11-22
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