La poesía de Margarita Lozano Parrilla
.jpg)
La poesía de Margarita Lozano Parrilla se vierte en la página como una sacudida que adquiere fluidez al ser leída. Nace de súbito, enhebrando lo que sucede en torno, y adquiere resonancias de otras aventuras expresivas, de otras circunstancias anteriores a su destino, o bien se borda con el vapor de lo que vendrá, de lo que se ensueña cuando el lápiz va dejando salir las líneas de la soledad. Se está solo con frecuencia, a veces en medio de la más tumultuosa compañía, y uno se detiene a palabrear con uno mismo, enterado ya de los episodios que cuenta la cultura y de los enigmas que nos trae el diario vivir. En muchas ocasiones todo el relato de la poesía no es más que una crónica de la compleja convivencia. El poema cuenta ese examen que le hacemos al destino, y que el destino nos envía como una intuición de la extraña madeja. Pero la poesía es un buen imán, benéfico, que orienta y cura, y deja a ver a los otros el senderillo por donde sube el espíritu hacia la nube más alta. También esto es divino, y es una de las cosas sacras que tiene su ejercicio, pues a través de ella pasamos nuestra mano por la mano de Dios. En esa caricia íntima que nos permite, al menos un segundo, adquiere sentido nuestra vida, y todo queda listo para empezar de nuevo la ruda faena de la existencia. La poesía de Margarita Lozano Parrilla está hecha de esos contactos, de carácter tremendo, en los que uno junta lo real y lo deseado en un solo haz de palabras.
ROBERTO MANZANO
Margarita Lozano Parrilla (La Habana, Cuba, 1985). Poeta, narradora y crítica. Licenciada en Comunicación Social. Textos suyos han aparecido en la revista Descants, de Canadá, y Amnios, de Cuba. Mención del Premio Nosside Caribe 2004.
ANTES DEL RETORNO
El encaje, antes, fue araña.
Fue la triste anatomía de una mosca.
La lupa en las entrañas del sonido.
La célula, la luz, la indiferencia.
La abeja murió del fuego de su propia miel.
En el panal de los dedos violentados.
El encaje fue un clavo a través del pie.
La resurrección en una espina caprichosa.
El velo antes de ser niña no fue.
No supo de la araña que tejía.
De la disección de una hebra de mentiras.
La célula fue un instante antes de vida.
Nos separa del círculo con su código mutante.
La llave, la rueda, la esfinge.
Los ojos prodigiosos de la arena.
Detrás del vacío, lo que fue Dios antes de ser.
INSUFICIENCIAS DEL CRÁNEO
La tierra mojada no conoce al verso
Ni a las sucias paredes de una celda.
No se levanta y echa a andar con su mirada de cierva ausente.
El origen no conoce la semilla
Ni el fonema
Ni los verbos en infinitivo.
No conoce de la astilla y la madera
Ni del clavo y la cruz.
Es por eso, tal vez,
Que paladeamos las raídas miserias,
Que buscamos entre los vidrios el polvo de los huesos.
Quizá por eso la palabra rosa nos devuelve el perfume.
Yo te ofrezco la pregunta
Que pende de mi piel y de mis vértebras,
Coagula en un instante los noes y las fugas,
La hermosura bestial de la materia.
Y tú dices: No sé.
Ambos vivimos con el mañana azul sobre la almohada,
Pero la tierra no sabe del humo y la pólvora
Ni de las claras cavernas de los cráneos caídos.
ALGUIEN MÁS
Cuando un poema comienza siendo triste
Se arranca del papel un giro de locura,
Se llena de escarcha la baba de los poros
Y las iniciales, para soplarle la nariz.
El poeta fue un niño que soñó ser alguien.
No llegó a convertirse en la persona que nombran los adultos.
Antes le llegó la muerte para nacer la vida
Y se enjabonó la nuca con archivos vacantes.
Al repasar las calles de la patria
No es su cuerpo el de un hombre,
No es el escaso valor de su apellido,
Sino un conjunto de mentes que le gritan: Poeta!
El infeliz que carga la palabra
Se asombra en su interior, se zarandea.
Por fuera la cáscara es tan limpia
Que no deja poner semillas en el huevo.
El poeta, llamado soñador,
Se conmueve ante su plato de harina,
Pero no llora las guerras.
Une en un papel con cara de tarántula
Su impresión sobre el hambre,
Los ombligos de un ave y la luna que habitaron los cantantes.
Ajusta con ligas de mujer un muslo descosido
Por la lengua prodigiosa de los hombres.
Ríe casi siempre, llora cuando no lo derribaría
Ni el suspiro de un pisapapeles sobre el error de su cráneo
Y el quizá de las palomas.
Prestémosle, nosotros los enfermos,
La llovizna de arroz que sostiene las muletas,
Las manos sin lavar, los callos del comercio
Y las islas que penetra el bombardeo.
Mordámosle la sien en ambos lados
Con la pupila blandiendo en la muñeca.
¡Que nazca, que nazca!
Aunque moramos en un campo de batalla permanente.
MUROS
I
Frente a la elástica
Blancura del silencio
Mido la brevedad del ser.
Con termómetros de luz
Palpo las cuencas vacías de las circunstancias.
II
De espaldas al reloj
Siento mi corazón latir.
Late mi voz
En la quietud de su ausencia.
El sonido del tiempo
Y de mi cuerpo
Se funden en una misma medida
Y no sé dónde se quedan los bloques del espacio.
III
Ambos palpamos la misma oscuridad.
Yo tengo mis órbitas celestes,
Tú buscas en la esfera la última caída.
Oculta aquí tus manos.
IV
Sentada bajo su lírica armonía
Ella contempla los muros.
Hay muros breves y muros lacios,
Antológicos e inciertos,
Hacedores de blasfemia,
Confesos sin pecado.
Y el muro simple y complejo
Que está allí porque le pertenece.
V
Frente a la sólida estructura del límite,
Desciendo.
Vuelvo a mi origen verbal,
A lo increado.
EPICENTRO
Esa sombra cóncava a lo lejos,
Ese momento azul sobre la almohada,
Es la palabra que respira
Lentamente de mi pulso hacia el papel.
No busco luces,
Que yacen como espaldas
En la memoria de un grito.
No son nada para mí
Los suspiros de una hoja
Que pudo ser arrastrada por el viento.
Pero escribo.
Aún cuando escribir
Sea el acto de repetir lo irrepetible,
De negar ―ferozmente― lo innegable,
Aunque claudique al desfallecer
Sobre los huesos de las palabras.
Observo mi pared llena de cruces
Y pienso en el reflujo de letras
Que mueren en la tinta.
Ato la primera imagen
Que no es suspiro ni letra,
Dejo que caiga al laberinto,
Que se asome con mi nombre hacia el abismo.
Hoy quiero un poco más
Esa cifra equiparada con su dosis receptiva de tristeza,
Miro hacia delante y hacia dentro de mí,
Más allá de la sonrisa de la esfinge
Está la línea delgada, divisoria,
Donde convergen los puntos de las voces palpables.
GRAVEDAD
A esta hora todas las niñas sueñan con ser princesas.
Tú también, aunque lo niegues,
Tienes tus juguetes guardados bajo llave.
También tú sabes
Que la noche tiene la respiración de un animal acostado.
Tus manos tiemblan de oscuridad
Mientras tu madre te cepilla el pelo.
Y es débil el cristal
Que alguien ha colocado demasiado lejos.
¿Quién guardó en el bolsillo tu táctil soledad?
Ahora aunque las palabras sean grávidas
Y no puedas sentir el gemido de tu sombra
Recuerda que está intacta la pradera
Que ha poblado de pájaros el idioma de tu mano.
LABERINTOS
Uno
En cordeles se unen los sucesos.
A partir de los primeros puntos
Surgen momentos aguantados por los nudos.
Las mayores inquietudes,
Pesadillas artísticas de un loco,
Se enganchan a esas barreras.
Lo complicado es pasar sin estorbarlas,
No caer hacia arriba.
Las líneas discontinuas marchan.
El Apocalipsis se torna un vendaval.
A ambos lados de una misma imagen
Somos a la vez los unos y los otros.
Dos
En medio de la noche, croan las ranas.
En medio de las ranas, croa la noche.
Autobuses castos se pasean
A través de ella.
La noche que mira con sus labios mudos.
Paciencia, no confías sino en ti.
El camino de llantas y de cifras
Que no quieres oír.
¡Calla, realidad!
Deja que mi mente sin exigir escoja.
Que se cumplan las sagradas escrituras
En versos y estrofas.
Calla, realidad,
No quiero oír el llanto del camino,
Que la voz de la noche no me lleve hacia ti.
DESLINDES
I
Tu sonrisa dibujada en la noche,
Una medialuna de bronce
O el eco de un susurro transformado en luz.
Revierto el paisaje de mi memoria
Donde tus manos cuelgan como paños mojados
Y el agua de la fuente se ríe de nosotros.
Guarda en mí la corona de laurel
Que arrebataste a los líricos griegos
Y el llanto de una sílaba rebelde.
Tú, que escribes en las sombras chinescas
Y evades la melodía de los cisnes,
Vienes hacia mí de las lindes a las lindes
Con una manzana de oro y un pavo real de ojos ciegos
Que picotea el dorso de mi mano.
Tu sonrisa es así,
Como galopar abrazada y olvidar la llovizna,
Contemplar el movimiento de unas hojas que no son de otoño
Y la lluvia con su monótona añoranza.
II
Ahora no puedo,
Pero después sí.
Ahora me cubro los ojos con espigas,
Insulto al árbol y arrebato al necio
La piedra de bordes afilados.
Me hiero y la diosa de brazos clasicistas
Me venda piadosa y cubre mi pecho con la piel de un leopardo,
Cazado en África por un periodista norteamericano.
Convoco el resplandor triste de la nieve,
La melodía del silencio
Y el grito de los sueños olvidados.
Cierro los ojos para secar las figuras geométricas
Y destrenzar las líneas de nudos invisibles.
Se derrumba la escultura de piedra
Que ensordece el delirio de un piano interminable.
Veo tu rostro en el café
Y las tardes (sin París) con aguacero.
Vierto la espuma en el río de siempre,
Las flores del jardín, los gritos del mantel.
Alguien pasa y saluda,
Repito la palabra que te hace pensar mi fantasía.
El cielo desoreja su silencio.
DESPERTAR
Amaneció y Dios había muerto.
Los hombres se acordaron de Nietzsche,
Lamentaron haber soñado tanto.
Era muy temprano y en el cielo
Aún quedaban los adornos de la noche.
Alguien sollozó en voz baja,
Pero todos lo olvidaron.
Los rosarios, las cruces y los rezos
Fueron a parar a la basura.
Junto a las ratas y los trapos sucios
Quedó la Biblia y su historia de alabanzas.
Murió Santo Tomás de Aquino y la levadura del pan.
Los hombres se abrazaron satisfechos,
Podían hacer su vida,
Libres de las culpas y el paraíso.
Dios había muerto, sí.
Y con él los sellos.
La prostituta de Babilonia,
Que bebía de su copa de infamias.
Aquella tarde llovió un poco
Y cada cual hizo lo de siempre,
Incluso el niño que todavía jugaba rayuela.