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El intranquilo Tranquilino Sandalio de Noda

Cira Romero, 11 de octubre de 2011

En la actualidad, Guanajay es un municipio de la recién creada provincia de Artemisa. Antes perteneció a la de Pinar del Río. Precisamente en un sitio llamado Cafetal de Guanajay nació, en 1808, una de las figuras menos conocidas de la literatura cubana, Tranquilino Sandalio de Noda —quizás, entre otras razones, porque nunca publicó libros— mas su multifacética vida estuvo, de un modo u otro, ligada a las letras.

De niño estudió agrimensura, aunque no obtuvo el título hasta 1832. A los 14 años ya había levantado varios planos de algunos parajes de su provincia natal, donde, se dice, crece el mejor tabaco del mundo, en particular de Vuelta Abajo. Posteriormente, haría lo mismo con la zona cercana a la de su nacimiento, con la finalidad de promover su mejora cultural y material. Un cafetalero francés de gran erudición, de apellido Dubois, asentado en el área, huido de Haití cuando la revolución estalló en ese país, le facilitó el acceso a su biblioteca privada. Allí se impregnó de muchos conocimientos. En 1829 ya era socio de mérito de la Sociedad Económica de Amigos del País, que premió varios de sus trabajos, unos relacionados con el cultivo del café, otros sobre cómo mejorar los caminos y hasta una curiosa Memoria sobre el modo de exterminar las bibijaguas.

Sus conocimientos avanzaron por los caminos más diversos: historia, ciencias naturales, matemáticas, literatura, filología, agricultura, geología y arqueología. Solo, sin la guía de preceptor alguno, aprendió lenguas como el hebreo, el griego, el latín y hasta varios dialectos africanos, además del francés, el inglés y algo de alemán. Fue maestro de instrucción primaria en escuelitas rurales, pero ello no le impidió desplazarse a sitios por entonces tan inhóspitos como la Ciénaga de Zapata, para dar a conocer el estado en que se encontraban los embarcaderos. A él se debió la idea de establecer una línea de barcos que, destinados al comercio, recorriera todo el sur de la provincia de Pinar del Río. Promovió la creación de industrias, trabajó en favor de la implantación en Cuba del sistema métrico decimal y proyectó caminos. La Sociedad Económica de Amigos del País, que lo tenía en gran estima, propició que en 1849 viajara a Yucatán para realizar investigaciones agrícolas.

Su vida se vio ensombrecida cuando fue acusado de traidor por algunos cubanos, pues en 1851 le entregó a las autoridades españolas un mapa con la descripción topográfica y militar de la zona por donde se suponía ingresara a Cuba, en afán bélico contra la metrópoli, el controvertido Narciso López. En recompensa, se le nombró oficial primero de la Comisión de Estadística.

Fue un activo colaborador de la prensa. Publicaciones como El Labrador, Diario de la HabanaMemorias de la Sociedad Económica de Amigos del País, El Artista, Anales de la Junta de FomentoFaro Industrial de la Habana, entre otras, recogieron sus colaboraciones, tanto las científicas, como las literarias, pues hombre de tan amplio abanico de inquietudes no podía sosolayar la práctica de la escritura artística. Las firmaba, en ocasiones, con el seudónimo Aristo o con su segundo nombre, Sandalio.

En 1842 publicó en la prensa sus «Tradiciones cubanas», adelantándose a las que, en forma de libro publicara años más tarde, en 1911, con igual título, Álvaro de la Iglesia (1849-1940), y también relatos históricos con perfiles novelísticos y algunos poemas. Se le atribuye un artículo dedicado al drama Hernani, del francés Víctor Hugo, cuya primera representación, en 1830, había dado lugar a una verdadera batalla entre clásicos y románticos. También se consigna su trabajo titulado «Del eclecticismo en la literatura», un elogio en verso sobre el escritor portugués Luis de Camoens, el famoso autor de Los Luisíades (1572), y ensayos sobre varias de las especialidades científicas antes aludidas. Le escribió, en versos latinos, un epitafio al poeta cubano Ramón Zambrana, esposo de la insigne poetisa romántica Luisa Pérez  que después de haber contraído nupcias, siempre firmó Luisa Pérez de Zambrana. También tradujo la novela romántica Rosalía, de la francesa Ana de Essors y los dramas de Voltaire Adelaide Du Guesclin y La mort de Cesar y, en colaboración con su hermana, los poemas del legendario bardo escocés Ossián.

Dejó inéditas varias obras, ya seguramente perdidas, como el «Atlante cubano», dedicado a la agrimensura, un «Atlas matemático, físico y político» y dos diccionarios, uno de lenguas africanas y otro ¡siboney! ¿Cómo lo lograría si, como se sabe, habían sido prácticamente arrasados tras la conquista y colonización de Cuba? También ha quedado, cualquiera sabe dónde, su novela  El cacique de Cayajaba, título del que se desprende un claro sabor indígena, así como un tratado de topografía y hasta un sistema para la enseñanza de la taquigrafía.

Inquieta apreciar que un quehacer tan vasto en hombre tan singular no quedara reflejado más que en revistas y en periódicos. Sin embargo, su nombre y su labor no fueron ignorados. En el siglo XIX recibió la atención de estudiosos como Francisco Calcagno, José María Dau y Esteban Pichardo. El primero, a su muerte, le ofrendó una sentida nota necrológica en el periódico El Siglo, como también hizo Dau, en el propio periódico, con dos trabajos donde reunió referencias biográficas. Pichardo, en su obra Geografía de la isla de Cuba (1856), le dedicó amplio espacio al enjuiciar su labor como geógrafo. En el siglo XX pudiera hablarse de una verdadera explosión de hombres de ciencias y de letras que le dedicaron trabajos y hasta folletos. Así, Felipe Zapata, en sendos trabajos publicados en la revista Cóctel, enjuició sus aportes metodológicos en las diferentes disciplinas científicas en las que se volcó; el periodista Rafael Soto Paz lo enjuicia en un artículo para Bohemia titulado nada menos que «El primer sabio cubano». Posteriormente le dedicaría otros como «El caso Noda y el día del agrimensor». Quien más lo ha estudiado ha sido Juan Febles Cordero, a través de los trabajos «Balance del indigenismo en Cuba» (Revista de la Biblioteca Nacional José  Martí, 1950), «En busca de un personaje», «Serenidad final de Noda» y «El caso Noda», aparecidos los dos primeros, en 1951 y 1952, en el Diario de la Marina, y el tercero en Bohemia, en 1953. Con prólogo de Mariano Aramburu, Armando Guerra publicó en 1924, en la imprenta de La Moderna Poesía, el estudio titulado Un prócer humilde. Tranquilino Sandalio de Noda. Esbozo biográfico y contribución histórica. Y así, sucesivamente, nombres como los de Emeterio Santovenia, Luis Felipe Le Roy y Gálvez, Mario Sánchez Roig —publicó en forma de folleto, en 1942, su conferencia «Un sabio olvidado. Tranquilino Sandalio de Noda y Martínez»—, Justo de Lara (seudónimo de José de Armas y Cárdenas) y Jorge Quintana («El caso Noda»,  Bohemia, en 1953) le dedicaron diversos estudios.

Hay un detalle que me ha llamado la atención. Varios de los autores antes citados utilizaron en los títulos de sus respectivos trabajos el sustantivo «caso». ¿Como interpretarlo? ¿Cómo extrañeza, como novedad, como suceso, como azar, como novedad, como acontecimiento, como algo digno de estudio médico, etc., etc.? Creo que todos serían posibles para interpretar a esta figura tan llena de aristas, tan dada al estudio variado, quizás hasta de manera asistemática, como si viviera en pleno renacimiento europeo. Todo es posible.

En la actualidad, su nombre poco o nada dice no ya en el campo de la literatura, donde los aportes por él legados están aún por descubrir en las páginas de las revistas y periódicos del siglo XIX, donde dejó colaboraciones que pocos o nadie hemos leído hoy. Tampoco en el de las diferentes disciplinas científicas en las cuales, no hay dudas, dejó aportes importantes o, al menos, sembró inquietudes que, en su momento, no fueron pasadas por alto, pues los reconocimientos recibidos de la Sociedad Económica de Amigos del País, la más alta institución cubana de dicho siglo, no fueron pocos.

Pero la capital provincial de Pinar del Río lo recuerda en un Museo de Historia Natural que hoy lleva su nombre, situado en una casa situada en la calle  Martí número 202, esquina a Comandante Pinares. El inmueble no puede pasar inadvertido para nadie. Es un amplio palacete construido entre los años 1909 y 1914, por el médico pinareño Francisco Guash Ferrer, con la ayuda de dos albañiles. Constituye una de las primeras joyas del eclecticismo en Cuba y en América. Para su construcción se emplearon los recursos económicos del galeno y se alcanzó una total armonía en una convergencia inusitada de estilos: columnas egipcias, pórtico hindú, ojiva árabe y capitel dórico. El Palacio Guash —así se le conoce— adorna el patio con dragones, hipocampos y otras figuras que recuerdan un parque jurásico. En su interior se advierte la presencia de mosaicos vidriados. Sus finas agujas góticas suturan el techo, como una muestra más de grandeza y unicidad en medio de la más absoluta diversidad. La fachada, de noventa metros, se enriquece con figuras de la fauna y mitológicas y hasta una columna egipcia donde se observa al faraón con su corte.

Tan abigarrada como, al parecer, fue la vida de Tranquilino Sandalio de Noda, literato y científico, que lo mismo leía del hebreo, que del francés, el palacio que hoy ostenta su nombre rinde homenaje a un hombre irrepetible.

El caso Noda sigue esperando por nuevos acercamientos. Nunca residió en La Habana. Ligado siempre a zonas, por entonces eminentemente rurales,  falleció en San Antonio de los Baños en el año 1866, la posteriormente conocida como tierra del humor —patria chica de dos connotados exponentes de la gráfica de ese carácter, Eduardo Abela y René de la Nuez —  y de los buenos cantores como  Silvio Rodríguez.

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