Cecilia Valdés o la Loma del Ángel se esfuma de un concurso literario
Hoy no quiero detenerme en un escritor poco conocido. Al contrario, mi mirada descansará en uno de los autores más reconocidos de la literatura cubana de todos los tiempos: nuestro Cirilo Villaverde (1812-1894), quien, junto a Ramón Meza (1861-1911) integra el binomio cumbre de la narrativa cubana del XIX con sus novelas Cecilia Valdés o La Loma del Ángel (1882) y Mi tío el empleado (1887), obras, a mi juicio, de un modo u otro complementarias, al mostrar desde diferentes ángulos la conformación histórica, política, económica y social de la Cuba decimonónica. Pero antes aludamos a que, a escala mundial, la presencia de concursos literarios bajo las más variadas denominaciones —certámenes, juegos florales, torneos, etc. — nace casi con la misma literatura desde su fase oral y, paulatinamente, ha ido perfeccionándose y ganando o perdiendo, según se mire, entre prestigios y desprestigios, pues bien se sabe que al juzgar, en este caso un texto literario, pueden aflorar tantos elementos objetivos y subjetivos, que podría dar lugar hasta la elaboración de un ensayo, también, por supuesto, falible.
En Cuba, nuestra aún joven literatura se encaminó por estos difíciles vericuetos, quizás desde el año 1793, cuando la Sociedad Patriótica de la Havana, más conocida como Sociedad Económica de Amigos del País, convocó a través de las páginas del Papel Periódico de la Havana a un evento de esta naturaleza, pero sobre temas versados en asuntos agrícolas, industriales y referidos a la construcción de caminos, por entonces necesidades prioritarias para el desarrollo del país. En esa misma dirección, años más adelante, la propia institución premió, de José Antonio Saco, su relevante texto «Memoria sobre la vagancia en la isla de Cuba», publicado en 1832.
La década del treinta del XIX cubano, en lo que a literatura se refiere, fue aún de tanteos, de inseguridades, de vestigios neoclásicos y de presencia romántica. Bajo esta última influencia se convocó, en 1834, a un certamen literario, conocido como «Aureola poética», en honor de Francisco Martínez de la Rosa, a la sazón jefe del gobierno español. El torneo, presidido por el humanista italiano Pablo Veigla, contó con la participación de poetas destacados y el jurado designado otorgó el premio a las octavas tituladas «La Siempreviva», debidas a Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, nombre imprescindible de nuestra escalada romántica.
Asimismo, la creación de instituciones culturales, como los liceos, existentes en todas las capitales provinciales, las escuelas, la Universidad de la Habana, creada en 1728, la cada vez más prolífica prensa y las asociaciones gremiales, entre otras muchas, iniciaron la práctica de convocar concursos literarios, sin abandonar la iniciativa de auspiciar convocatorias a temáticas más emergentes y «útiles», por entonces adjetivo grato a los cubanos y españoles acaudalados, por las potenciales riquezas encerradas en él. Citar, sin omitir nombres, además de a Plácido, a otros ganadores en materia de letras, sería una labor ingente, pero solo a manera de ejemplos, digamos los nombres, mayores y menores, de algunos premiados en diferentes concursos, como los de Federico Milanés, Emilio Blanchet, Joaquín Lorenzo Luaces, Ramón Vélez Herrera por su «Oda al cable submarino», Idelfonso Estrada y Zenea, Luis Alejandro Baralt, Enrique José Varona, Emilio Bacardí, Aurelio Mitjans, Aurelia Castillo de González, Eliseo Giberga y Ramón Meza, cuya novela Carmela (1887) fue laureada en unos juegos florales convocados por la Sociedad Provincial Catalana Colla de Sant Mus. Se puede continuar el listado, tanto en la República como después de enero de 1959, hasta llegar a la actualidad, pero no es necesario. Cuba tuvo, tiene y tendrá concursos literarios, siempre más para bien que para mal. Es un riesgo necesario y ha dado lugar, en muchas ocasiones, a la aparición de obras imperecederas, en tanto otras también laureadas han pasado al olvido.
La elaboración literaria de la novela cubana, por antonomasia, del XIX cubano, nuestra Cecilia..., fue bastante complicada. Emergió primero como cuento, cuando aún la narrativa insular estaba en proceso de formación, a través de las páginas de la revista La Siempreviva (1838-1840), dirigida por Antonio Bachiller y Morales, José Victoriano Betancourt y José Quintín Suzarte. Allí apareció, en dos partes, en 1839, y en ese mismo año vio la luz el tomo I en la Imprenta Literaria. Antes de debutar con la que se convertiría en un verdadero monumento literario insular, Villaverde había colaborado, también con narraciones, en Miscelánea de Útil y Agradable Recreo, La Cartera Cubana y El Álbum. En las páginas de estas revistas habían aparecido «El ave muerta», «La peña blanca», «El perjurio», «La cueva de Taganana», « Engañar con la verdad», «El espetón de oro» y «Excursión a Vueltabajo», entre otras composiciones nacidas de su aún temerosa pluma. De manera que Cecilia..., digamos que en germen, figuró en la citada revista y ese mismo año en formato de libro. Pero entre estos dos textos, que podríamos llamar preliminares, y la que aparece en Nueva York, en 1882, por la imprenta El Espejo, transcurrió un largo espacio de tiempo durante el cual Cirilo no siempre tuvo condiciones para continuar su obra.
No es esta la ocasión para establecer las comparaciones entre estas sucesivas «Cecilias»: personajes que aparecen en la primitiva y después no están en la final, nombres cambiados, alteraciones espaciales y un largo etcétera denotativo de, al fin y al cabo, un lento, pero no siempre sostenido trabajo en el transcurrir temporal. Para comprender este proceso tan dilatado, es preciso aludir, aunque sea de manera abreviada, a la propia vida del autor, no siempre exenta de dificultades. Así, desde el año 1846 se hizo sospechoso al gobierno del Capitán General, Miguel Tacón por sus ideas separatistas.
En 1848, debido a su participación en una conspiración gestada en Trinidad y Cienfuegos, fue condenado a presidio por la temida Comisión Militar Ejecutiva y Permanente. Al año siguiente logró escapar y embarcó hacia los Estados Unidos. Radicado en Nueva York, trabajó como secretario de Narciso López y colaboró en numerosos periódicos, además de profesar el magisterio con la enseñanza del español. Regresó a Cuba en 1858, al amparo de una amnistía concedida por el gobierno español. En La Habana dirigió la imprenta La Antilla y colaboró en algunas publicaciones periódicas. Regresó a los Estados Unidos en 1860. En Nueva York trabajó en La América y fundó, con la colaboración de su esposa, la patriota Emilia Casanovas, un colegio. Al estallar la guerra en la isla en 1868, fue miembro de la junta revolucionaria establecida en Nueva York. Tradujo al español varias obras, entre ellas, se dice, Los miserables, de Víctor Hugo. Volvió a Cuba en dos ocasiones: en 1880 y a finales de 1886. En este, su último viaje, fue agasajado por algunos escritores, como Ramón Meza, Manuel de la Cruz, Vidal Morales y Morales y Julio Rosas (seudónimo de Francisco Puig y de la Puente).
En medios de tantos avatares laborales y patrióticos escaso tiempo le dedicó a la escritura de su laboriosa novela. En carta a José Gabriel del Castillo, fechada en Nueva York el 11 de mayo de 1873, le comenta: «Además de esta enfermedad crónica [se refiere a su falta de puntualidad en responder las cartas] estoy enredado en la composición de una obra de imaginación que hace más de treinta años comencé a escribir», en una presunta alusión a Cecilia Valdés. Le confiesa a este amigo, en carta posterior: «La pereza moral y material me agobia y arruina. No puedo concentrar mis pensamientos» [...] «Me cuesta trabajo escribir», le dice. Pero, finalmente, logra terminar su novela. Tuvo la precaución, antes de emprender la publicación del original, de revisarlo y ello le trajo el beneficio de que «Reduje en un tercio el M.S. [manuscrito] de mil cien páginas», le comenta a Julio Rosas en carta del 8 de mayo de 1884, dos años después de haber aparecido la obra.
Para la impresión de la novela, hecha en la propia imprenta donde Villaverde trabajaba como editor —no estaba dedicada a prensar obras literarias, sino mercantiles y comerciales— hubo necesidad de comprar «una fundición y tomé un cajista exprofeso para componer la obra y así se gastaron seis meses», le expresa al propio Rosas en carta de septiembre de 1883. Pero cuando la obra estaba en un proceso de impresión que hoy llamaríamos «arte final», entonces denominado electrotípico, Villaverde tuvo noticias de que en Matanzas el liceo de la ciudad había convocado a unos juegos florales en cuyas bases se establecía la admisión de novelas que trataran sobre «la buena sociedad cubana». Entusiasmado, remitió un ejemplar al también novelista, de origen dominicano, Nicolás Heredia, entonces secretario de dicha institución, quien devolvió el envío, sin ninguna explicación, «so pretexto, cuenta Villaverde, de que el plazo para las admisiones había expirado». Pero lo cierto es que Heredia también concursaba, y, cuenta nuestro autor, «creyendo quizás que la suya correspondía a este título [de reflejar la sociedad cubana] y la mía no, negóse a extender el plazo aunque Cecilia impresa era más fácil de leer y examinar. Impresa ya la mía, hice que le regalaran un ejemplar en mi nombre al paso que la suya me costó tres pesos en Matanzas». En efecto, la pieza ganadora fue Un hombre de negocios (1882), de no muy abundantes méritos literarios.
En carta a Rosas de julio 17 de 1884, e expresa: « ¿No ha leído usted Un hombre de negocios de Nicolás Heredia? Fue premiada en los Juegos Florales de Matanzas; pero en mi concepto no merecía ni el accesit que obtuvo, aunque está bien escrita. No suena en La Habana». Villaverde supo posteriormente, como se lee en una carta suya a Rosas del 21 de agosto de 1884 que «ese Heredia es hijo de un excelentísimo señor dominicano (ya muerto) del propio apellido, que hizo armas contra los cubanos en la guerra de separación. No podía, pues, simpatizar conmigo, admitir mi novela en el certamen, ni decir palabra sobre ella en el Diario de Matanzas de que es director».
Una vez salida de las prensas, la venta de Cecilia Valdés o La Loma del Ángel fue lenta y hacia 1885 su autor apenas había podido recuperar el costo de impresión, que fue de cien duros, debido a los pocos ejemplares adquiridos por el público. Escasa fue también la aparición de reseñas críticas. No obstante, Villaverde tuvo una satisfacción: «Mi Cecilia le ha gustado mucho a Máximo Gómez y ayer nada menos le remití a Nueva Orleans 4 ejemplares que me pidió». Posteriormente el autor, en espera de poder realizar una segunda edición de su obra, comenzó de nuevo a revisarla, labor que, al parecer, dejó inconclusa, pues eran muchos los pesares arrastrados en su inquieta vida. La muerte lo sorprendió en la ciudad de Nueva York el 23 de octubre de 1894.
En la actualidad, Cecilia Valdés, traducida a varias lenguas y llevada a la zarzuela, al teatro y cine, es obra magna de nuestra literatura de todos los tiempos. Cecilia, en tanto personaje, se mantiene como el único mito literario creado por un escritor cubano, mientras que Un hombre de negocios apenas ocupa el espacio que merece en nuestro ámbito cultural.
Nada, que en materia de concursos no hay nada escrito que convenza. Pero sigamos concursando. Otras Cecilias quedan por descubrir.