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Sobre Robreño: Como me lo enseñaron, te lo enseño

Jorge Tomás Teijeiro, 13 de octubre de 2011

Eduardo Robreño Deupy, nacido en La Habana, en 1911, recorrió durante su fructífera vida intelectual muchos caminos: asesor teatral, investigador musical, abogado, profesor, periodista, conversador ameno.  Publicó en diarios y revistas y luego recopiló en libros, resaltando lo anecdótico, lo visto y oído  en su tránsito por las calles de la capital.

Robreño no inventa, pero sí escoge, hasta encontrar aquello que otros no hallaron o soslayaron por considerarlo intrascendente, como si lo mirara con una lupa analítica.  Quizás lo insignificante para la ciencia histórica le resulta imprescindible ,y precisa los detalles esclarecedores, sobre todo cuando se detiene en una esquina de La Habana, en una calle, en un sitio y transita por ese lugar durante décadas, como si viajara en una cubanísima máquina del tiempo.

Sin ser un humorista «clásico», Robreño nos sorprende con una frase, un dicharacho, un cubanismo, que son  simiilares a los confetis en un carnaval folklórico.  Y que solía emplear, incluso, como títulos de sus libros, tales como: Cualquier tiempo pasado fue… (1979), Como me lo contaron, te lo cuento (1981), Como lo pienso, lo digo (1985) y Del pasado que fue (1998). 

Ejemplo de su apreciación de detalles curiosos que pudieran hacernos reír o sonreír, es cuando se refiere al barrio de Arroyo Apolo, del que nos dice:

(…) este típico lugar en que sus calles agotan el santoral: Santa Emilia, Santa Catalina, San Mariano, San Indalecio, San Francisco, San Leonardo, San Benigno, San Luís, Santos Suárez (aunque de este último “su santidad” es discutida).

Motes, apodos, alias

Robreño parecía conocer los nombretes con que fueron mayormente conocidos las relevantes figuras públicas o personajes populares que deambulaban en la etapa republicana.  Veamos a continuación algunos ejemplos.

Pote: llamaban así a José López Rodríguez, dueño de la Moderna Poesía y de un banco comercial,  por su manida afición a toda clase de potajes.

Ratón: sereno de pito de auxilio y revólver vizcaíno que debía su mote a lucir un copioso bigote negro, que daba la sensación de un roedor pegado sobre su labio superior.

El Sultán: mestizo alto y de buena presencia, elegantemente vestido, con un solitario de varios quilates en el meñique de su mano derecha (proxeneta del barrio de Colón).

Polilla: vendedor de libros ambulante, hombre de algunos conocimientos, pero destruido por las drogas.

Ojito: criollo que más veces fue procesado por disparos y lesiones, hombre de extrema peligrosidad. ¿Lo llamarían así  porque donde ponía el ojito ponía la balita? .

Mayajigua, Cafunga y Preciosillo: motes de los tres choferes de la piquera del café Vista Alegre, situado en Belascoaín y San Lázaro. 

Chistes improvisados por él

Tiene Robreño su vis de “repentismo” cómico, pues improvisa un chiste donde uno menos se imagina.  Como los siguientes:

—Aunque no aspiro a “meterme el público en el bolsillo”, sí aspiro a que éste introduzca mi libro en él, pues esto sería prueba de que fue adquirido y pagado.

—(…) el desaparecido Félix Soloni, que de La Habana y sus costumbres sabía «hasta donde el jején puso el huevo» (en el supuesto caso que el ovíparo minúsculo realizase esa función reproductiva en alguna calle habanera).

—Y es que en efecto, en cuanto caían cuatro gotas se inundaban los Cuatro Caminos, como si bastara una sola gota, para cada uno de esos caminos. 

Anécdotas y situaciones que mueven a risa

Sobre su vida personal y el disfrute de la vida familiar nos dice:

(…) la infinita satisfacción que supone acostarse a lo largo del portal de la casa para que los nietos hagan lo que les venga en ganas (y algunas de estas ganas no son precisamente inodoras).

Nos cuenta también lo que sucedió a un cantante conocido como «el Mexicano», que amenizaba (a su manera) las tertulias del restaurante El Ariete, ubicado en San Miguel y Neptuno.  Pero que sea el propio Robreño quien nos cuente:

Pertierre le consiguió (al Mexicano) una plaza de vigilante de la policía para mejorar su situación económica.

Tan acostumbrado estaba a su ambiente, que una señora que sintió temor de penetrar sola en su casa, hubo de decirle:

—Vigilante, acompáñeme.

—¿Qué va a cantar?  –-fue la respuesta del Mexicano

Eduardo Robreño nos narra, además,  muchas situaciones donde participaron personajes de la política de la etapa republicana, tratando de desentrañar sus verdaderas intenciones y propósitos.  Véase a continuación lo que ocurrió en el «banquete de la victoria».

Se celebraba el triunfo presidencial de Alfredo Zayas y al término de los postres repartieron puros, unos donde aparecía el sello con la efigie del recién electo presidente y otros con la del vice José Miguel Gomez.  Entre ambos existía una connotada rivalidad, por lo que al escoger su tabaco, José Miguel tomó uno con el retrato de su contrario, diciendo: «A Zayas yo le doy candela» Viendo y oyendo lo anterior, Zayas, por su parte, escogió uno con la figura del otro y sentenció: «A José Miguel me lo meto en un bolsillo».

Los lances de Arturo el Gordo

Siguiendo las reglas de una redacción impecable, el autor nos describe a este personaje con sus cualidades y sus defectos, tanto físicos como morales, hasta precisar que Arturo Lorenzo (que así se llamaba) era de paso lento, pesaba más de doscientas libras y que se trataba de un criollo dotado de gracia e ingenio,  que le daba lo mismo… «Juana que su hermana« “ocho que ochenta”, “chicha que limoná”.  Y luego lo pone en movimiento, como actor principal de una película y describe cómo actuaba éste con sus interlocutores para salir airoso, o casi airoso, de trances difíciles.

He aquí algunas de las situaciones de Arturo el Gordo:

Anécdota primera. Asiduo a las tertulias literarias del café Alhambra, Arturo el Gordo presentó, en cierta ocasión, como suyos, unos lindos versos ajenos. Don Joaquín Robreño que lo escuchó atentamente, lo increpó indignado, argumentándole que esos versos eran la primera décima de« El vértigo», la gran composición de Núñez de Arce. 

Arturo, sin inmutarse, replicó: 

Verdad que resulta una gran casualidad, que hayamos coincidido Núñez de Arce y yo!

Anécdota segunda. El personaje de marras asistía todos los días al Frontón Jai-Alai a realizar apuestas de dinero.  Una noche le prometió al pelotari Erdoza: «¡Si ganas te regalo cincuenta cocos!», pues con su triunfo, el Gordo se embolsaría mucho más.

Efectivamente, Erdoza ganó y, ya vestido en traje de calle, fue a ver a Arturo para reclamarle su ofrecimiento.

Arturo llevó entonces al pelotari vasco al conocido café Europa de La Habana Vieja, y estando parados frente a la cantina, le señaló unos depósitos llenos de cocos que de la parte de adentro había y le dijo: —Escoge los cincuenta que más te gusten!

Anécdota tercera. Según Robreño, es esta la más sabrosa de las situaciones de Arturo el Gordo.  Sucede que, una noche,  a policía sorprende a varios ciudadanos jugando al póker, entre los que se encontraba «nuestro héroe». Por supuesto, cargaron con todos para el precinto y al día siguiente fueron de cabeza para el Juzgado Correccional acusados de “juego prohibido”.

Al ser interrogados, todos y cada uno de los acusados se defendieron como gato boca arriba, para lo cual argumentaron que no estaban jugando.  Las excusas iban desde que habían ido a saludar, hasta que pasaron por allí a dar un recado.  Según sus declaraciones individuales… ¡nadie estaba jugando!

Cuando, por último, llegó el turno para declarar a Arturo el Gordo, así se manifestó:

—Yo estaba en ese lugar… ¡JUGANDO!  Sí, señor juez, yo estaba jugando, pero como habrá podido apreciar, el único que estaba haciéndolo era yo.  Estaba jugando… ¡AL SOLITARIO! Y eso, que yo sepa ¡no es un juego que esté prohibido!

Observador contumaz

Se fijaba Robreño en aquellas actitudes de ciertos personajes que tenían su peculiar filosofía de la vida y luego resumía en hechos concretos y risibles.  Tal es el caso del cartero llamado Joseíto, poco amante de la «pega»,  quien consiguió que le asignaran el Malecón habanero entre las calles de su recorrido, pues era la única vía que tenía casas en una sola acera.  O la conducta de Juan, el dulcero, que instaba a los fiñes a orquestar su berrinche:  ¡A llorar, muchachos… para que les compren dulces!

O los detalles singulares, como cuando los estudiantes de la universidad untaban de jabón las paralelas de la empinada cuesta de la calle San Lázaro,  frente a la Colina, lo cual los hacían resbalar y les dificultaba subir dicha pendiente.  Con respecto a esto, Antonio María Romeo, «el mago de las teclas» compuso un danzón que decía en su montuno: «Jabón en la línea… no hay motor que adelante… ni pa´tras ni pa´lante».    

En los libros de Robreño encontramos también, la narración de otros acontecimientos de aquella etapa, sucesos menos risibles y más trágicos.  Pero, allí donde le fue posible, resaltó la picardía del cubano –-Azpiazu me dio botella y yo voté por Varona— su alegría de vivir y su esperanza de un futuro mejor.  Y así lo consigna Robreño con su puño y letra: «El cubano actúa en todo momento sin perder su característica esencial: su humorismo inconfundible».