Carmen Serrano Cuello: Matices del silencio, tangencias con la nada
«La añoranza, el tiempo ido, el ejercicio de recordación, sosiegos y desvelos…», se le antojan a Eugenio Marrón Casanova claves con las que acercase, en franco diálogo, al poemario Concierto para arrullar a un árbol (Ediciones Extramuros, La Habana, 2011), de la poetisa y filóloga Carmen Serrano Coello, quien ha decidido cortejar (nos) —acaso como «constancia de vida»—, con toda la fuerza que ampara la palabra, sus maromas para musitar este concierto de cincuenta y siete poemas, que subrayan un tono introspectivo en la voz sosegada de sus hablantes líricos.
Pero más que introspecciones, entre estos acertados atisbos de Eugenio, encuentro de común que cada uno de ellos se puede bien mirar a través del silencio como aglutinador de esas voces, esos acuerdos de melancolía que alcanza la poetisa, esas estaciones temporales que en su poemas testifican las conductas interiores de sujetos líricos que se nos presentan «con los ojos alados volando hacia el asombro», de quietudes y empeños que airean, en definitiva, el itinerario de su pensamiento. Apuesto por el lecho del silencio, donde su poesía crece.
¿Qué sobreviene cuando el dialogar con la realidad queda incitado, si se desvanece el «yo hablante», en el tiempo en que bulle ese silencio íntimamente callado? Sería aventurado impulsarnos a priori. Nos dice Michael Foucault en El pensamiento del afuera: «Sin embargo, nada menos seguro: pues si en una experiencia semejante de lo que se trata es de ponerse "fuera de sí", es para volverse a encontrar al final, envolverse y recogerse en la interioridad resplandeciente de un pensamiento que es de pleno derecho Ser y Palabra, Discurso por lo tanto, incluso si es, más allá de todo lenguaje, silencio, más allá de todo ser, nada». Este es un poemario, por tanto, que parte de las entidades del infinito interior, voz armónica que su autora transgrede en pos de sus preguntas y respuestas para hacernos saber que la poesía es asimismo ese vergel donde anidan voces que sufragan y alimentan el silencio, no el de la página, sino el que se agazapa en la luz o la sombra del Ser. No se me ocurre otra manera de explicarme y acudo a la propia autora: «invado el cuerpo alarmante del silencio / para buscar en la arenilla de la pérdida / algún rastro que detecte un suspiro, una queja, / o visiones con seres olvidados».
De modo que su silencio la provee de ciertas e intangibles materias que le imprimen matices de muy diversas facturas a sus versos; lo presumo, sobre todo, cuando en el poema “Aunque sueñe despierta (siempre) con el príncipe”, nos dice: «estoy disgregada entre un aire de memorias, fuego de soledad, y lluvia de silencio».
Más entrados en el poemario nos refiere otra muestra de estos matices que les comentaba:
La placidez augura aceptación o rezo,
y entre el desequilibrio de la estampa fallida
levanto la voz, los brazos, la premura
para alcanzar el sitio que resguarde
a la pequeña aldeana que duerme en el lecho del silencio.
O como cuando busca su tajada de alegría y se agazapa, y ¿despistada?, nos dice: «Le tiendo una emboscada en la hora del silencio». Pero, ¿qué es la alegría si no lo intemporal que se escurre en el lapso sigiloso de un verso?
Y esa otra confidencia que se le hace huella de mutismo y la inquieta en los versos:
PERO EN OCASIONES
La voz del silencio me atormenta,
[…]
Me grita soledad, mudez de compañía,
decaimiento…
Su diálogo, pues, con la página nos permite atesorar imágenes que se encajan en el paño del texto como la combustión del quehacer que la inviste, que le agita la voz interior:
y une las letras nómadas que subsisten inquietas,
tuerce la nulidad del oficio que interrumpió aquel logro y sale
a entrampar posesiones, a quemar su mordaza
y a cantar,
a cantar.
Y canta al Amor en sus tres tiempos, el amor debajo de las postillas, el amor tónico y el amor de saciar el silencio –en definitiva-: «Hoy, solo canto un sonsonete para que la voz / me mitigue el silencio».
Ciertamente, como nos dice Carmen, el hombre es una piedra de conflicto y en sí mismo es relevante quedar alumbrados en ese espectro que recogen sus poemas, sus materias petrificadas en las páginas de este cuaderno potente, patente de ese rumor que solfea brisas a la sombra de un árbol al pie del que se sienta Carmen Serrano «a devorar semillas de la luz».
Una franja de evocaciones denotan estos poemas que se aferran por aprehender esos subterfugios que nos roba el tiempo del baúl de la memoria. La poetisa nos lleva sensitivamente hasta una y otra inmediatez, con un sentido de la realidad que se torna brújula hacia el espacio confeso que le reserva a sus versos, sitio en el que habitan reminiscencias que rescatan objetos, restos de un universo que no está sino en el decurso del tiempo, por sus recuerdos —sus imágenes— respirando por la fuerza evocadora de la palabra. Aquí la distancia se hace sublime. Experiencia temporal. Constancia de vida.
Un poemario donde se aviene una relación interesante de las ventanas del tiempo, en el que pasado y presente no se yuxtaponen como consecuencia del embate, el transcurrir, sino que es la huella la que alimenta ese coexistir, la huella hilvanando lo franqueado y lo concurrente, correlato que rescata y palpa la memoria del sujeto y nos la devuelve en las páginas perceptibles de su concierto como con-secuencias que alimentan el vicio «de observar el horizonte», porque ese es asimismo otro derrotero de la bitácora de este libro: atisbar ajenos costados de su época, de su uni-verso.
Un poemario en el cual diversas y profusas fugacidades del yo cohabitan, el que nace y muere («cantando la misma melodía»), el que hace el itinerario y cruza umbrales, el que lleva sediento el rumor de sus semejantes con la culpa sopesada en la intemperie, el de la disyuntiva im-precisa, el que sueña y se afiebra, el que se desorienta, el que cree y crea, el intrépido, el que triunfa, el que viene y va apagado, el desnudo de polvo y el que lo acumula por paredes, el crónico, el que se ve a sí mismo en el páramo del otro, el que se comparte y el que se pregunta: «Qué resuelve el poema, el que asecha el horizonte, el esotérico, el que divaga, el que (se) extraña, y la que suscribe un índice como el de este concierto para arrullar a un árbol».
Intuición e imagen se recogen de su lectura, contraseñas de un estado interior impregnado de eficacia emotiva que, a manera de frutos, solicita una lectura celosa, que apacigüe al tiempo y lo copule, que ensurque al espacio y lo requiebre, que derrame el murmullo majestuoso enunciando los límites del silencio en orgánico hiato con el interior — siempre cómplice— del lector «cuando el domino» (de la poesía) «sube su peldaño».