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Una metáfora del desamparo

Alberto Marrero, 17 de octubre de 2011

Cuando terminé de leer Nadie llama de la selva de la narradora, poeta, ensayista y profesora Mirta Yánez ( La Habana, 1947), me vino a la mente no solo la indudable referencia a la novela de Jack London, sino también un verso de Charles Bukowsvki: La historia de la melancolía nos incluye a todos.
 

Un perro que espera el regreso de sus amos, en el portal de una casa vacía, antigua y despintada,  es el foco en torno al cual  Mirta hila una historia que, en mi opinión, constituye una metáfora del desamparo. El desamparo como signo de lo inevitable y del dolor por lo que pudo haber sido si la vida no fuese una perenne paradoja, un contraste de luz y sombra, un estar y no estar. Al mismo tiempo, revela una suerte de homenaje al que espera, aunque en el fondo sepa o intuya, u olfatee, que nada ni nadie ha de llegar.  Esto que digo podrá parecer una reiteración de ideas conocidas. En realidad, hace ya mucho tiempo que nos debatimos en un torbellino de ideas conocidas. Sin embargo, me atrevo a decir que la autora encuentra la manera de inquietarnos, de trasmitirnos el desasosiego de lo cotidiano con sus incongruencias y verdades a medias, de hallar un paralelismo angustioso entre un perro abandonado y  una anciana casi ciega, cuya hija vive en Argentina, de donde le manda medicinas y jabones que  Hortensia (ese es el nombre de la anciana) comparte solidariamente con la vecina.  Este relato que hoy ofrecemos a nuestros lectores, pertenece al libro de cuentos  Falsos documentos, publicado por la Editorial  Unión en el 2005, y que obtuviera el Premio de la Crítica. En este cuaderno (como en toda su obra narrativa), Mirta explora disímiles zonas de la existencia, con una mirada a veces rayana en lo filosófico y una dosis de poesía que la eleva por encima  de cierto realismo chato y difuso, de cuyos ruidos es recomendable alejarse.


Alberto Marrero
 

Nadie llama de la selva


El perro había quedado atrás. Quizás no se llamaba Buck, aunque tampoco leía periódicos, así que no sospechó nada. La casa fue cerrada y el jardín se detuvo tras una cerca de dos metros de altura, cubierta a tramos por una enredadera. El perro estaba de pie en el portal, vigilante, con las orejas enhiestas y en actitud de espera. Desde la calle no se le podía distinguir mucho. Desde la ventanilla del ómnibus se veía no sólo al perro, sino el sello oficial que clausuraba la casa.

El perro era blanco, con algunos mechones oscuros en el pecho y en el lomo de pelo corto y lustroso, bien cuidado. En los primeros días se afirmaba en las cuatro patas con seguridad y altivez. No olfateaba el viento ni se movía, simplemente esperaba. La casa era una de esas añosas de El Vedado, ya despintada y con aires de decadencia. Sin embargo, el jardín se notaba verdecido y daba muestras de haber sido podado en fechas recientes. El soplo de abandono que se iría posesionando de todos sus recovecos, todavía no había borrado la memoria de las manos que una vez lo atendieron.

Al cabo de unos días, el perro continuaba en igual posición, al lado de la puerta principal. Sin duda no quería moverse para ser el primero en notar el regreso de quienes él sabía que tenían derecho a entrar en la casa y reanudar la vida, la única vida que el perro había conocido. Se mantenía en su sitio, con la misma expresión orgullosa, confiada, aunque su bella estampa comenzaba a deteriorarse. Podría pensarse que estuviera ya impaciente, había dejado de gustarle el juego, como broma ya bastaba.

Una semana más tarde, el perro acusaba algún desconcierto. ¿Qué pasaba? ¿Qué podía haber hecho mal? ¿Por qué sus amos, sus dioses, no regresaban? Seguía de pie y mirando fijamente hacia el punto exacto por donde había visto a su familia por última vez, pero ya con cierta inquietud y fatiga, con toda certeza también hambre y sed. No le importaba mucho, en realidad, la falta de alimento. Ni tan siquiera no poder entrar a su cubil predilecto, hacerse un ovillo, suspirar y dormirse con el corazón en calma. Toda su pequeña cabeza estaba concentrada en entender a qué se debía aquel castigo que no creía merecer.

El perro no había oído hablar de Buck, así que no se sentía un héroe. No había visto nunca nieves, ni trineos, ni ventisqueros, ni aquellas eran las heladas comarcas del Klondike. Nadie le había pegado nunca con un palo. Cuando paseaba por el barrio lo llevaban con unas cómodas correas que más bien lo hacían sentirse protegido y ni siquiera tenía idea de que otros perros como él podían matarse a mordidas. Esta era la casa donde había vivido siempre desde que lo trajeron como cachorro. Detrás de la puerta sellada quedaron sus escondrijos, su pozuelo de agua y el cacharro de comer. Aunque todo eso era lo de menos. ¿Por qué lo habían abandonado?

Quince días después permanecía aún de pie, con resignación, como víctima de un error incomprensible. Pero el agotamiento terminó por acorralarlo y se vio obligado, a pesar suyo, a reclinarse contra la puerta. Se le cerraron los ojos y soñó. Soñaba que la familia regresaba, la casa se llenaba de voces y ruidos conocidos, las ventanas se abrían al sol de la mañana y se despertó gozoso, dando un ladrido que se transformó en silencio y en jalones de ira. Se sintió engañado, furioso, de nuevo estaba allí la pesadilla de la casa cerrada, del jardín que se secaba como su propio cuerpo. Ya no se preguntaba qué había hecho mal, sólo quería que el castigo terminara.

Pasado un tiempo, tenía un aspecto miserable, aunque se mantenía todavía mirando hacia al mismo lugar. Las orejas alertas eran el único residuo que quedaba de su prestancia de los primeros días. Tenía el cuerpo enjuto y consumido, el pelo viscoso y la mirada vidriosa. La espera estaba llegando a su fin y algo parecido a la piedad, al perdón, entraba en su leal corazón de perro. Ellos, sus dioses, sabrían por qué lo habían hecho.

Hortensia, la mamá de Julia, vivía en el último piso del edificio vecino a la casa del perro. La escalera no tenía bombillos y Hortensia había ido perdiendo la vista, así que no salía nunca y sólo se sentaba en el balcón a escuchar los sonidos de la calle. Hortensia, como Buck, tampoco leía periódicos. Le hubiera gustado escuchar el radio, sus novelones, como decía Julia, pero estaba roto hacía mil años. Antes de que se muriera, Manchita era su compañía. Hortensia le daba los buenos días, la regañaba y, a veces, le conversaba sus problemas. Con Manchita la existencia transcurría más entretenida. Hortensia la extrañaba tanto, qué se le iba a hacer, si ya no podía ni con ella misma, dime tú, cómo cuidar de otro perrito. La vecina que la ayudaba de vez en cuando nunca hablaba mucho, tenía sus propias tribulaciones, y gracias que venía a airear la casa y a traerle los mandados de la bodega. A Hortensia le daba hasta vergüenza molestarla y pedirle que, por favor, le leyera las cartas de la hija que, de tanto en tanto, llegaban de la Argentina. Cuando Julia le mandaba uno de aquellos paqueticos con jabones y la medicina para el corazón, Hortensia le regalaba los jabones a la vecina. Le hubiera gustado también escuchar la voz de Julia, pero, ave maría santísima, mira que las llamadas de ese lugar tan lejano eran caras. Y pasaban los años, y seguían pasando los años, en espera de que vinieran tiempos mejores. Bendito sea el cielo que la medicina y los jabones nunca le faltaban. Y, por suerte, estaba casi ciega, así que no podía distinguir al perro.

Un mes más tarde el perro ya no estaba. No lo habían vencido las nevadas, ni los lobos, ni el hambre, sino aquella tristeza que le impedía hacer otra cosa que seguir cuidando la casa y esperar, solitario, el regreso.

 

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