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Rebaños: pastoreando en el absurdo

Osmel Almaguer Delgado, 17 de octubre de 2011

Rebaños, de la poeta habanera Zurelys López Amaya, es un libro de laboratorio. En su interior se reproduce, a una escala fiel y microscópica, el país, la vida de cada uno de sus miembros.

La lectura es, en efecto, ontológica. Somos rebaños y, según la autora, esta es una verdad tan irrebatible como el propio dogma que le inspira. Así lo aseveran las ovejas, el camino, la lluvia, el sol y el barranco, como elementos simbólicos conformadores del universo recreado.

La voz, en estos textos, brota, sin embargo, del interior del rebaño. En ella se hace legible nuestro propio y silencioso sufrimiento, ocasionado muchas veces por el remordimiento que provoca la pasividad, estado este que a su vez nace del miedo. Terror de actuar en el momento preciso.

El cansancio es la huella en el camino. Hastío de esa «hierba verde y seca por momentos». Es entonces que llegamos percibir la dimensión existencial del drama abordado.

La oveja es una alegoría perfecta. Mamífero semi-doméstico que lleva miles de años sirviendo al Hombre. Luego, si somos el rebaño ¿quién es el Hombre? El hombre no es otro que su propio disparate: la deshumanización como proceso de su evolución. La imagen misma de la desacralización.

POÉTICA Y LENGUAJE

El lenguaje empleado no se aproxima a los fenómenos por intuición, sino que más bien los ase con fuerza para luego colocarlos en un sitio previamente escogido por el pensamiento.

Imágenes certeras, complejas, ingeniosas y profundas se presentan interrumpiendo de súbito el cuadro bucólico. Pareciera entonces que el resto del poema comenzara a gravitar alrededor suyo, en pos de un momento revelador. Otros motivos tienen un corte más confesional, biográfico, vital: «el tiempo es el destino de la soledad hacia lo que luego nos parece infinito».

Dos zonas principales delimitan este libro, la primera de ellas, sustrato del mismo, consiste en tres textos medulares y enumerados, parcelados. La segunda, “El reflejo de los muros”, es la prolongación espacial de la otra, con un espíritu menos experimental, temático y específico, expresado a través de textos mayoritariamente en verso, con una carga lírica más intensa.

Mientras que la poesía de Rebaños (1ra zona) fluye con mayor facilidad, en gran parte gracias al hilo temático que la sostiene, en “El reflejo de los muros” el sujeto parece despojarse de todo lastre simbólico, para presentársenos en todo su patetismo. Crueldad como elemento de un mundo irremediablemente triste.

En Rebaños (1ra zona) van apareciendo, de forma reiterativa, algunas ideas. Recurso favorable debido a la intensidad creciente que aportan, reforzando ciertas impresiones que a la autora le interesa recalcar, y que, en sus momentos más felices, aportan nueva información o preparan el camino al desarrollo de otras.

En “El reflejo de los muros” se establece otro tipo de relación entre las cosas. Un perro, un poeta o un payaso, pueden ser parte del rebaño. No obstante, este segundo momento en la lectura nos deja ciertas imprecisiones, debidas, tal vez, a la incapacidad de la autora, o la nuestra, para lidiar y comprender la realidad tratada.

El discurso no es pretendidamente feminista, pero tampoco se propone ahogar la identidad latente del otro extremo de la pluma. El resultado es un aliento entre adolorido y maternal, que llega a emanar en ocasiones una calidez muy agradable.

El marcado acento político de la primera zona va cediendo ante la plasmación de subjetividades en la segunda. En hombre común, una sustancia menos armónica pero más cercana, comienza a fluir por las arterias de la hoja.

Zurelys López Amaya (La Habana, 1967), es también narradora. Ha publicado Pactos con la sombra (Poesía, Editorial Unicornio, 2009). Textos suyos figuran en revistas y antologías de Cuba y el extranjero. Es miembro de la UNEAC.

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