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Jesús Masdeu, novelista pertinaz 

Cira Romero, 20 de octubre de 2011

El bayamés Jesús Masdeu Reyes (1887-1958) se volcó, tanto en el periodismo, como en la novela. El primero lo empezó a desarrollar en su ciudad natal, hasta que en 1916 decidió probar fortuna en la capital, donde colaboró en El Día, Heraldo de Cuba, El País, La Discusión, Pueblo, Excelsior y Bohemia. Fue bibliotecario en la Biblioteca Municipal de La Habana, entonces en la calle Neptuno, y estuvo entre los fundadores de la escuela de periodismo «Manuel Márquez Sterling» Se ha dicho que alcanzó cierta relevancia como intelectual a partir de 1920, pero, al parecer, solamente la mantuvo hasta 1925, pues su compromiso con el gobierno de Gerardo Machado — había estado vinculado políticamente al régimen— provocó que  no pocos escritores le volvieran la espalda, mucho más cuando viajó a Estados Unidos para entrevistar al derrocado gobernante. Pero todo indica que su vocación era estar ligado, aun cuando fuera «a su modo»,  a las tiranías, pues hasta su fallecimiento, el 2 de febrero del citado año 1958, ocupó un puesto, un oscuro puesto casi seguro, en la oficina de publicidad del Palacio Presidencial. Nada trascendente, pero no tuvo una vida precisamente gloriosa, aunque como otros, algunos escritores como él, y quizás todos por necesidad, se vieron obligados a adoptar posturas similares, hasta simuladoras. Nadie sabe.

La novela fue el género de su preferencia. Publicó tres: La raza triste (1924), La gallega (1927) y Ambición (1927). Se cita también la titulada Reyes sin nación, pero no ha sido localizada. Dejó inéditas nada menos que ocho, que se encuentran en su papelería personal, bajo la custodia del Instituto de Literatura y Lingüística José Antonio Portuondo Valdor. Se trata de las tituladas «La ambición», «El ensueño de los míseros», «Lotia (Diario íntimo de una muchacha)», «Mi mujer», «El miedo y la voluntad», «La querida», «Rutanio» y «Los vencidos», escritas entre 1912 1927. De ellas, la más interesante es la segunda, donde incursiona en los bajos fondos de una innombrada capital de provincia. Todas están mecanografiadas en original y copia y oscilan entre las 350 y 400 cuartillas, algunas con enmiendas manuscritas debidas seguramente al propio autor. En fecha reciente su familia ha hecho otras donaciones, fundamentalmente de recortes de periódicos que contienen comentarios sobre sus novelas publicadas, así como carnés vinculados a su vida profesional como periodista.  

En tanto novelista, Masdeu se incluye en el grupo de los que dieron a conocer su obra entre 1899 y 1923, donde mayorearon las figuras de Jesús Castellanos, Miguel de Carrión, Carlos Loveira, José Antonio Ramos y, desde España, Alfonso Hernández Catá. Su nombre queda más apegado a narradores de menor relevancia, como Emilio Bacardí, Raimundo Cabrera, Luis Rodríguez Embil, Emilio Bobadilla y Adrián del Valle, entre otros. En el hoy todavía imprescindible Panorama histórico de la literatura cubana (tomo 2, 1963), su autor, el dominicano Max Henríquez Ureña — que mencionó a todos o a casi todos los autores cubanos, desde antes de que pudiera hablarse con propiedad, de la existencia real de una literatura nacional— le dedica dos renglones: «Jesús Masdeu, que aunque descuidado en la forma y el método, ha planteado con claridad y energía hondos problemas sociales en La raza triste y otras novelas» En esas breves palabras, donde concurren elogio y crítica, Henríquez Ureña situó con precisión lo que puede estimarse como su gran logro: haber llevado a la novela problemas candentes de la sociedad cubana de su época.

Un lector avezado, también crítico literario, de sólida formación intelectual, como lo es Alberto Garrandés, no teme en afirmar que «Al periodista Jesús Masdeu se debió uno de los proyectos literarios más interesantes y mejor logrados de estos años», refiriéndose a la etapa que corre entre 1899 y 1923. Creo razonable el juicio emitido cuando se somete a una lectura cuidadosa no solamente sus tres novelas publicadas, sino las inéditas, aunque las que dio a conocer son, sin dudas, las mejor logradas. Confieso que cuando hace años leí por vez primera La raza triste, quedó grabada en mi mente lo que considero una de las escenas más tétricas de la literatura cubana: el protagonista, Miguel Valdés, negro de piel, posee sobre una tumba del cementerio de Bayamo a su novia, blanca y miembro de la aristocracia bayamesa. La escena, hija del más agotado romanticismo, no puede, sin embargo, pasarse por alto. La raza triste aborda el tema de la discriminación racial y el autor toma una postura defensora de la población negra. Sabiendo que tras la instauración de la mediatizada república este segmento no había recibido la igualdad que merecía, ubica su escenario entre 1902 y el alzamiento de los llamados Independientes de Color, ocurrido en el año 1912, grupo insurgente dirigido por Pedro Ivonet y Evaristo Estenoz, líderes de un partido de ese nombre. El movimiento, propiciado por la injusta política de desigualdad reinante, tuvo un programa social atendible: abolición de la pena de muerte, enseñanza gratuita obligatoria, apertura del servicio exterior para los negros, jornada laboral de ocho horas, distribución de tierras ociosas, etc. Las escaramuzas provocaron una gran tensión interna y los Estados Unidos, una vez más, enviaron refuerzos al gobierno para controlar el levantamiento, que en la provincia de Oriente alcanzó gran fuerza. Finalmente, tanto Ivonet, como Estenoz fueron aniquilados. A esos hechos está unida, aunque de manera oblicua, la novela, cuya trama se detiene en presentar con trazos fuertes, de un realismo a veces descarnado,  la transformación que sufrió la opulenta sociedad bayamesa, de linaje libertario, en relación con el negro, representado en este caso por el citado personaje de Miguel Valdés, primero aupado por esa sociedad a partir de sus logros personales, pero de manera paulatina despreciado y marginado de ella hasta que lo despoja de su propia vida. Esto, unido a los amores antes mencionados, inadmisibles en una sociedad rabiosamente racista, completa el cuadro presentado. Si bien el  análisis de Masdeu del problema racial fue epidérmico, pues no supo unirlo a los problemas sociopolíticos existentes, La raza triste queda como muestra de un momento doloroso por el que transcurrió la Cuba de entonces.

Otra arista diferente, pero no menos dolorosa, es la que trata en La gallega, vuelta a publicar en el año 2008, con motivo de dedicársele a Galicia la XVII edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana, en edición facsimilar auspiciada por el Consejo de Cultura Gallega, la Embajada de España y el citado instituto. Es su novela más conocida y mejor valorada. Aborda el tema de la emigrada española, gallega —recordemos que los cubanos, por extensión, llamamos gallegos a los españoles, quizás porque fue de Galicia de donde llegó a Cuba el mayor número de los que venían en busca de mejor suerte—  llegada a Cuba en busca de nuevos derroteros económicos. La dedicatoria del libro resulta reveladora: «Homenaje al dolor de las madres españolas y de todas las mujeres que han vivido la tristeza nostálgica del hijo que no volvió nunca».

Cuando Masdeu escribió La gallega era realmente penosa la lucha por la supervivencia de una masa, cada vez más creciente, de españolas llegadas, por lo general, al puerto de La Habana: sudorosas, cansadas de un largo viaje en tercera, hacinadas en camarotes sin ventilación, añorantes, quizás, de las ventiscas y los fríos aires de su provincia natal. La mayoría, en el mejor de los casos, terminaba como sirvientas en casas pudientes; en el peor, concluía en la delincuencia y la prostitución. Sin embargo, existen noticias documentadas de que muchas se organizaron  para enfrentarse a la desigualdad en que se encontraban en relación con las mujeres cubanas, en situación tan difícil como las vividas por ellas.

Al aparecer la novela en el año 1927, no pocas luchas se habían suscitado en la sociedad cubana en pro de la mejora de la mujer. En 1923 se había celebrado el Primer Congreso Nacional de Mujeres, donde se llevó a debate el asunto de las emigradas de diferentes nacionalidades; y en el segundo congreso, efectuado dos años después, se trató con mayor énfasis el tema de la emigración femenina proveniente de Galicia. Allí estuvo presente la mujer gallega con una propuesta de singular importancia: crear una casa de la mujer inmigrante, que les permitiera «derecho, apenas desembarque, a poseer un hogar de sólida honradez y protección, donde se le acoja cubriendo sus necesidades, bajo el Patronato del Congreso Femenino de Cuba».

Llorca, la protagonista, descrita por Masdeu como «Labradora ayer, detrás de los bueyes que rompían la tierra, a la zaga de los rebaños por las laderas de las serranías del Miño; criada hoy, en un país de aventuras y de indiferencia», fue una de esas inmigrantes. Fue ayuda de cámara de Eudosia, cuya falsedad e hipocresía  son muy pronto  puestas en evidencia por el autor. Llorca, en activa vida de servicio, pasea por una Habana deslumbrante, disfruta de las romerías organizadas por las sociedades españolas. Pero se desentiende de las advertencias  de Felicia, la mulata cocinera de la casa, que siempre la alerta en previsión de posibles peligros. Así, Llorca, la gallega, cae en los embelecos que le tiende su propia ingenuidad. Embarazada, solamente cuenta con la ayuda de Felicia, única compañía en su intento infructuoso de abortar. Rechazada por todos, es hasta detenida por la policía. En el vivac, tanto los periodistas como el juez, se compadecen de ella, al punto de ser liberada. Madre soltera, no tiene otra salida que recurrir al cónsul español en Cuba. En la antesala de su despacho conoce a otra inmigrante en situación similar, pero hasta la propia representación diplomática les da la espalda. Su camino de penas continúa hasta que, agotada física y moralmente, fallece de inanición.

Este rápido esquema argumental está salpicado de numerosas peripecias que no tienen otro propósito que mostrar los más variados estratos de la sociedad cubana, desde los desposeídos hasta los jueces, los periodistas —profesión tan bien conocida por el autor— y hasta las abortadoras inescrupulosas. Codicia, hipocresía, falsa moral, falta de respaldo del gobierno peninsular, eso, y mucho figuran en estas páginas dolorosas, muestras eficaces, al modo casi de testimonio, de la crueldad de la sociedad, donde solamente impera la ley del dinero y todo lo que con él se puede comprar.

Llorca es mujer y, como se ha expresado en el prólogo a la edición del año 2008, «ese es el mayor obstáculo a su felicidad». Masdeu no plantea en su obra cambios estructurales en la sociedad cubana, lo cual, por otra parte, hubiera sido inconsecuente con su propio modus vivendi, pero, al menos, da cuenta de uno de los fenómenos más crueles que aún persisten en las más diversas sociedades: el de la discriminación.

Sin dudas, La gallega constituyó un homenaje a la mujer española. Sus escasos méritos literarios no menoscaban su alcance social y convierten a la obra en un verdadero capítulo del dolor de las muchas que, aún hoy, circunvalan lugares diversos del amplio universo terrenal en busca de un mejor destino.

Su tercera novela, Ambición, la escribió para «exponer vicios fundamentales de la sociedad cubana», según expresa en el prólogo, y la dedicó nada menos que a ¡Gerardo Machado!, «que los ha combatido [los vicios] en sus raíces profundas».

Enrique Núñez Rodríguez fue amigo de Jesús Masdeu y de él nos dejó este testimonio en su anecdotario Gente que yo quise:  «Era un viejo lobo de redacciones cuando lo conocí, ya anciano, en el periódico Siempre, un rotativo sin importancia al servicio de Ramón Grau San Martín [...] gozaba de indiscutible prestigio entre sus colegas, quienes lo llamaban «El Decano»..

El prolífico Jesús Masdeu —once novelas en total, si contamos las inéditas—  apenas cuenta en la historia literaria cubana. Sigue siendo, razón de más, razón de menos, un olvidado, aunque tuvo la suerte —del lobo un pelo— de que su mejor y más comentada novela, La gallega, tuviera en fecha más reciente, como expresamos antes, una  segunda edición. Creo que su obra, vista de conjunto, como dijera Garrandés, constituye un proyecto de cierta homogeneidad temática en torno a la  incierta e inestable sociedad cubana de los primeros años de la república. Quizás pretendió ser el Balzac criollo—decirlo constituye casi una blasfemia de mi parte—  pero el realismo crudo de su farfullada prosa lo dejó en el intento.