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Lola Rodríguez de Tió, puertorriqueña y cubana

Cira Romero, 25 de octubre de 2011

Cuba y Puerto Rico son
De un pájaro las dos alas,
Reciben flores o balas
Sobre el mismo corazón...

Muchos confunden la autoría de estos versos —muy repetidos— que forman parte del poema titulado «A Cuba» y algunos han pensado que pertenecen a José Martí.

En realidad,  la autora es  Lola Rodríguez de Tió, nacida en San Germán, Puerto Rico, en 1863, y fallecida en La Habana en 1924. La composición forma parte del volumen titulado Mi libro de Cuba (La Habana, 1893), prologado por Aniceto Valdivia, más conocido por su seudónimo Conde Kostia. Los cuatro versos citados funcionan en el libro a modo de exergo y esa emotiva manifestación de hermandad entre ambas naciones, de historia colonial muy similar, los ha incorporado de manera definitiva a nuestra tradición patriótica oral.

Fue Lola, sin dudas, una patriota. Debió abandonar su tierra a causa del despotismo español, pero antes dejó allí publicados dos libros: Mis cantares (1876) y Claros y nieblas (1885), que contiene un juicio crítico de Cecilio Acosta, el venezolano amigo de José Martí, dedicado a la oda de la poetisa titulada «La vuelta del pastor», escrita en 1879. Allí valora «lenguaje, estilo poético, dicción, imágenes, ritmo, pausas métricas, pausas de sentido, pensamientos, epítetos, todo está en su regla, en su oportunidad y en su puesto: es un trasunto de la estética, porque es un producto feliz del numen; y asiste uno a su lectura como a ver una pieza de galería artística».

La poetisa viajó por muchos países hasta radicarse finalmente en Cuba. Aquí desarrolló una intensa vida cultural. Fue una de las fundadoras de la Academia Nacional de Artes y Letras, recibió una medalla con el busto de Bolívar, otorgada en América a los escritores de renombre, y desempeñó el cargo de inspectora de escuelas privadas de la isla. Eficaz colaboradora en revistas culturales, su nombre figuró en El Fígaro, Letras, y El Hogar. Antonio González Curquejo la incluyó en su Florilegio de escritoras cubanas (1913). Dejó un libro inédito de poesías, «Claros de sol», y un voluminoso epistolario con escritores y artistas americanos y europeos a través de más de treinta años.

La poetisa recibió la atención de los críticos de su época y hasta hubo cierta polémica cuando el Conde Kostia prologó su citado Mi libro de Cuba, pues el también crítico Emilio Bobadilla, más conocido por su seudónimo Fray Candil, ácido e hiriente con su pluma, al leer dicha introducción, cargada de un lenguaje ampuloso y florido, lo llamó «puercoespín de la literatura».

Rodríguez de Tió se inscribe en nuestra poesía, junto a nombres como Aurelia Castillo de González y Nieves Xenes, en cuyas composiciones comienza a advertirse cierto cambio de signo estético entre el epigonismo romántico y ciertos brotes, muy débiles aún, de nuestro modernismo. No hay dudas de que en los versos de Lola vibra una singular cubanía de temas, sentimientos y de escenarios, como puede leerse en su poema «Saludo a Villaclara». Leamos un fragmento:

Villaclara, de improviso
llego al calor de tu hogar,
y ya comienzo a cantar
este hermoso paraíso.
Hoy mi buena suerte quiso
que se cumpliera mi anhelo,
y vengo a posar el vuelo
en la espléndida comarca
que tanta belleza abarca
bajo su radiante cielo.

Mas no hay en el conjunto de su obra una realización estética tan plena, que justifique la arrebatada conclusión de Kostia de declararla «primera poetisa de la América Española». Sin embargo, su obra, de acento romántico, posee además un aliento cercano a cierto clasicismo, lo cual contribuye a que sus composiciones tengan una acertada corrección, gravedad expresiva y una armónica relación entre el yo de la poetisa y su entorno, lo cual se justifica mucho más cuando sabemos que vivió en una permanente rebeldía contra el gobierno español, tanto en su isla de nacimiento, como en Cuba.

Como la camagueyana, Gertrudis Gómez de Avellaneda, tiene un poema titulado «Al partir», escrito, dicen, apenas el barco la alejaba de las cosas de su isla natal, en tanto que el de Lola está elaborado «por encargo de un amigo». He aquí un fragmento:

Si tienes con mi amor mi vida entera,
si sabes que te adoro y que me adoras,
y eres del alma mi ilusión primera
¿por qué sufres mi bien y por qué lloras?

¿Quién se puede oponer a mi albedrío?
¿Quién puede a mi pasión ponerle tasa;
si sé que tu cariño es todo mío
porque en mi propio corazón se abrasa?

Le  dedicó sentidas composiciones a  cubanos ilustres, como Felipe Poey, destacado científico especializado en peces tropicales, pero cultivador también de la literatura. A su muerte, ocurrida en 1891, le dedicó un poema donde leemos:

Ornad la tumba del egregio anciano
que hoy aclama la patria su elegido,
por la Ciencia y la Gloria ya ceñido
con diadema inmortal de soberano.

No muestres, Cuba, tu dolor en vano,
ante el disco del astro sumergido;
no se pierde en las ondas del olvido
el sabio augusto, el Dumeril cubano!

No hay que esculpir en bronce ni en granito
el  eterno blasón de su grandeza,
que en tu Fauna animada es infinito;

Él brilla de la flor en la pureza,
En el ave, en el pez... ¡Su nombre escrito
Perdura en la feraz naturaleza!

«Autógrafo» es la composición que abre su obra Mi libro de Cuba. En ella está condensado su amor a una patria estimada por ella universal, especie de bien común al alcance de  todos:

Yo no me siento nunca extranjera:
En todas partes hogar y abrigo
Amplia me ofrece la azul esfera;
Siempre mis sienes un seno amigo
Hallan en una u otra ribera,
Porque la Patria llevó conmigo.

Este sentido personal y omnipresente de la patria, es uno de los rasgos más sobresalientes de su quehacer poético, y como la suya de nacimiento estaba oprimida por la presencia española, a ella, personificada en su hija, llamada precisamente Patria,  dedicó sentidos versos, escritos en Caracas, en 1878:

Si supieras, mi Patria
lo que en mi alma tengo
para ti, correrías
de mi boca a saberlo.

Solas estamos, hija;
Tu padre está muy lejos;
Pero con mi cariño
Nada echarás de menos.

La patria oprimida, el hogar, los hijos, el esposo ausente, por razones políticas, fueron los motivos preferidos de esta poetisa inscrita por derecho propio en nuestras letras. Los salones literarios cubanos más reputados la hicieron suya y a Cuba ofreció lo mejor de sí misma. Se negó a regresar a Puerto Rico, pues vio, con tristeza, que su patria permanecía en otras manos. Tampoco, la complació la aparente libertad de la tierra cubana, tras el fin de la guerra, pero aquí decidió estar el resto de sus días, pero sin olvidar que:

Cuba y Puerto Rico son
de un pájaro las dos alas 

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