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Presencia interior de José Ángel Buesa en la obra poética de Domingo Alfonso; apuntes para un ensayo.

Marta Lesmes Albis, 25 de octubre de 2011

En 1958, en la revista Poesías aparecieron unos versos rimados, de una cálida pero perturbadora sencillez: “Vi su senda a lo lejos / y abandoné la mía / siguiendo sus reflejos / La noche era tan fría / y el calor de su tienda / llamarme parecía / Y al cabo de la senda / vi como se volvía / triste nada su tienda, / y mi noche más fría” (“Solo”). Apenas con veinte años y con saber ya lo que era la poesía, al menos había sido tocado por ella, aún Domingo Alfonso exhibía en sus versos la indecisión de los que se inician y van perfilando sus tópicos esenciales. El tema del desamor, del falso cortejo, establecería en lo adelante, en su obra, las coordenadas de un modo realista de hacer poesía, dolorosamente amorosa. Similar tono se hallaría en “Espejo” y en “Muchacha de mil hombres”, del mismo año. Ya estaban en “Náufragos de noche”, anterior en dos años, donde la idea del amor fatal, del vivir azaroso, de la fragilidad de ambos, casi está enmascarada, pero cargada de una gran fuerza expresiva y sugerente:

Refieren que a los náufragos de noche
Vagando a la deriva por la sombra
Surge de pronto como claro broche
La lumbre de un fanal que los asombra


Y que bogan, la vista en el distante
Fuego que triza el nebuloso abismo
Y ya cerca, la torre fulgurante
¡Se esfuma como mágico espejismo!

Has sido el faro cruel de mi naufragio:
He perseguido tu lumbrera falsa
Y aún conociendo del fatal presagio
Persigo tu fulgor, desde mi balsa.

Luego de los primeros balbuceos en los que, si no predominante, el tema del amor fatal es recurrente, aparecería su primer libro: Sueño en el papel, de 1959, del cual estos primeros poemas serían excluidos o sustituidos, condenados a vagar en el limbo del olvido.

Recientemente, Domingo hizo la siguiente afirmación:

Cuando la rueda del destino, en una de sus vueltas imprevisibles, hizo de José Lezama Lima, en estos primeros años del siglo XXI, el poeta supremo de Cuba, tendiendo a la vez sobre José Ángel Buesa una especie de cortina de invisibilidad (por motivos, a mi juicio, de índole mayormente extraliteraria), se cumplió un designio caprichoso (a mi modo de ver), pues sesenta años atrás, en tiempos de plena popularidad de la poesía neorromántica, nadie lo hubiese podido prever.

En todos aquellos poemas estaba latente lo que daríamos en llamar el taller de José Ángel Buesa, la fragua donde Domingo Alfonso forjó la obra que de su mentor semeja y difiere. Su deuda con Buesa no necesita ser descubierta por la crítica, pues el propio Domingo la reconoce. Poeta de gran arraigo popular que vio estigmatizada y relegada su obra, Buesa aportó a Alfonso determinados principios estéticos que, quizás, quienes lo tenían por poeta espontáneo o ingenuo no le concederían. Los más esenciales: concisión, veracidad, elegancia, perfección. Ya el propio Domingo confesaba que su maestro, sin ser un teórico en el sentido completo de la palabra, poseía principios fundamentales: búsqueda de la concisión, de la elegancia, de la palabra precisa, no estéril. Todos ellos, para lograr la sintonía del poeta ―encargado de imprimir a la escritura la fuerza capaz de seducir― con los lectores, esos seres dispuestos a dejarse llevar por el encanto de las palabras y un mensaje asequible.

Como consumación y no como proyecto, este primer libro vería la luz bajo la tutela de Buesa. En el prólogo, al presentar a la entonces joven promesa de la poesía cubana, se manifiesta lo cercano de ambos credos poéticos: “en la obra de Domingo Alfonso, se determinan distintas proyecciones, formales y conceptuales, de ingenua comunicación directa o de referencias metafóricas laterales, de filtradas delicadezas galantes o de inquietud social, en esa cambiante variedad de estímulos que es quizás el más representativo exponente del hombre de hoy y de su conflicto cotidiano”.

En Sueño en el papel convergen el neorromanticismo y el conversacionalismo característicos de la poesía cubana que sería definitoria en los años sesenta. Las huellas más visibles de esas dos maneras de ser de la poesía cubana de la segunda mitad del siglo XX aparecen en el libro en propiedad de uno de los principios más señalados de su autor, el de la depuración, la búsqueda de la perfección de los elementos formales de imprescindible arraigo para lograr esa fuerza expresiva que habrá de consolidarse con la poderosa manifestación del sentimiento, garantía de contar con lectores gustosos y agradecidos de su obra. Al referirse a Poemas del hombre común, José Triana expone ideas que anunciaban lo que confirmaría la obra posterior: “Alfonso expresa una sensibilidad, un dominio y una destreza en el uso del idioma. Desde el primer poema hasta el último encontramos esta constante y, casi afirmamos, su perfección […] Todos los poemas fluyen, se mueven como un todo orgánico, sin posibles caídas”. A partir de su primer libro, la obra de Alfonso manifestará esa constante esencial.

Con reunir los elementos primordiales del neorromanticismo y del conversacionalismo, Domingo Alfonso no parece, sin embargo, encajar en el concierto de la generación de los años cincuenta. Eduardo López Morales, en su conocido prólogo de aquella memorable antología homónima, ya lo advertía: “Si la llamada poesía conversacional fuera la piedra de toque de esta generación […] ¿es que todo el conjunto de poemas de Domingo Alfonso, acaso el más ortodoxo practicador de estos modos, es encajable en este tipo peculiar de lenguaje?”. Las coordenadas de la paradoja son señaladas por el propio prologuista: el poeta es, a la vez, ortodoxo y peculiar. ¿Cómo explicar tal disyuntiva? No hay más remedio que volver a Buesa, a su amable recomendación de lectura, donde está la respuesta. Buesa fue examinando el trayecto inicial de su joven seguidor que, aún al momento de su primer libro, si bien no puede desentenderse del todo de la métrica expresión en la que se formara, ya ostenta un oficio de equilibrio y de proyecciones formales y conceptuales muy personales. También advierte Buesa las que, en lo adelante, serán señales permanentes en su obra: ingenua comunicación directa, referencias metafóricas laterales, filtradas delicadezas de galante y expresiones ásperamente crudas, más de inquietud social, creo yo, que de la pasividad burguesa que le atribuye. En resumen: Alfonso no llega a concretar su estilo y es por eso que, en la disparidad formal o conceptual de sus textos, Buesa explica aquello que sería definitorio de su poesía, lo cual justifica por qué los libros de Domingo Alfonso pueden leerse como uno solo, por qué un libro encabalga perfectamente con otro y por qué siempre nos parecen iguales y, a la vez, diferentes.

El poeta nos ha confesado sus preferencias dentro de la vertiente generacional donde su obra está inscrita; no esconde su inclinación hacia la poesía de Rafael Alcides, Manuel Díaz Martínez, Rolando Escardó, Luis Suardíaz y Roberto Fernández Retamar. Interesante sería indagar en esas interrelaciones.

Las fuentes propiciadoras de la creación poética de Domingo Alfonso están dentro de la propia poesía. En tal sentido, su biblioteca personal es amplia, y diversa como su poesía misma. Walt Whitman, Pío Baroja, Langston Hughes, Carlos Drummond de Andrade. Orientado por Buesa, lee en su juventud una larga serie de autores, muchos de los cuales eran publicados en las páginas de aquella revista titulada Poesías donde aparecen sus primeros textos. Sus lecturas formadoras llevan memorables firmas de la poesía hispanoamericana, como Manuel Gutiérrez Nájera, Leopoldo Lugones, Herrera Reising, Andrés Eloy Blanco, Antonio Machado, García Lorca, Santos Chocano, Gabriela Mistral, Evaristo Carrión. Sin embargo, me confiesa que, de la poesía cubana de mediados del siglo XX, nadie ―le parece― ha podido superar a Eugenio Florit.

Nótese la presencia de autores modernistas en dicha biblioteca. Este hecho nos remite a la melancolía como remanente del modernismo que también le llegaría reelaborado por Buesa, por no hablar de ecos de un romanticismo decimonónico, aderezado con las nuevas tendencias en el gesto zeneísta de su poema “Aquí”. Sueño en el papel es un título de melancolía que encierra otros tópicos afines como la tristeza y la añoranza. Hay aliento melancólico en “Nuestro abuelo”, en “Yo no quise” y “Noche de plegarias”, en su soneto “Yo nací hace miles de lágrimas…”, iniciado con el verso “Esta mujer, que amo… y no me ama”, y hasta en poemas de inquietud social como “Ya vienen los obreros del ingenio” y, por supuesto, en “Melancolía”.

Ahora que la poesía de José Ángel Buesa parece ocupar de una buen vez su lugar dentro del tractus de la creación poética cubana (frase cara a uno de sus más sistemáticos estudiosos contemporáneos), es saludable recordar la deuda que voluntariamente contrajo con ella Domingo Alfonso, si bien ―debe ser remarcado― con el desentendimiento y hasta la fina alevosía del buen discípulo. A recordarlo están destinadas estas breves palabras.

Leonardo Depestre Catony, 2019-11-10
Leonardo Depestre Catony, 2019-10-16