Luis Gonzaga Urbina, el poeta mexicano que recorrió Cuba
“Periodista y poeta con singulares aptitudes” califica el crítico cubano Raimundo Lazo al escritor mexicano Luis Gonzaga Urbina, cuyo retrato aparece en la portada del semanario El Fígaro en su edición del 21 de marzo de 1915. Por aquella fecha ya Urbina está en Cuba pero no en La Habana, sino en el Campamento de Inmigración ubicado en el villorrio de Mariel, cuyas calles recorre, dialoga con los vecinos y cultiva amistades entre la humilde gente de allí.
Escribe una colección de once sonetos agrupados bajo el título El poema del Mariel, fechado en marzo de 1915 y dedicado “a mis amigos los pescadores”:
Amigos, dadas vuestras toscas manos; las quiero
para esconder en ellas mi débil mano suave,
que sentirá las gratas impresiones del ave
que descansó al abrigo del peñón costanero.
Se hallaba el poeta en sus 50 años (nació en 1864) y era ya uno de los autores mexicanos más importantes del período transicional entre el romanticismo y el modernismo, en plena madurez estética y cualitativa. “Habla con entusiasmo, matizando su pensamiento con metáforas admirables y frases bellas”, apunta el joven crítico Bernardo G. Barros, secretario de redacción de El Fígaro, que lo acoge y le abre sus páginas.
A Luis Gonzaga Urbina lo acompañan dos compatriotas del ruedo de las artes: el compositor de la muy popular canción Estrellita, no otro que Manuel M. Ponce, y el violinista Pedro Valdés Fraga.
A los tres los arrastra a la emigración la situación política del México de la segunda década del siglo XX. En Cuba sienten la solidaridad, el contacto sereno y cordial de los colegas de la Isla, quienes se esfuerzan en atenuar las penurias económicas y añoranzas espirituales de los recién llegados.
Se promueven actividades culturales que los mantienen ocupados y les proporcionan medios de subsistencia. En el Conservatorio Nacional Hubert de Blanck recita Urbina sus poemas, mientras Ponce y Valdés Fraga interpretan música compuesta por ellos. Conferenciante, narrador y cronista de serena prosa, Urbina coloca sus trabajos en El Fígaro, El Heraldo de Cuba y otras publicaciones, y en los sectores intelectuales se le reconoce de inmediato el talento y mérito acopiados.
Reside el poeta en una casa de huéspedes habanera, en las esquinas de Prado y Virtudes, cuyo ambiente describe en estos versos:
Este es soldado, aquel teósofo,
este tahúr, artista aquel,
y un comerciante, y un filósofo…
¡Si es una torre de Babel!
También viaja por el interior del país. En noviembre participa en los festejos del municipio de Camajuaní, actual provincia de Villa Clara. Escribe en Cuba El glosario de la vida vulgar, con palabras introductorias de Amado Nervo, publicado en Barcelona, en 1916, texto en el cual abundan los trazos autobiográficos. Imparte clases y va dejando su huella de poeta por todas partes. En abril de 1916 atenúa su soledad la presencia de la esposa, que lo acompaña por algún tiempo. Posteriormente él partirá hacia Madrid. Y se conoce que en otras varias ocasiones se detuvo en La Habana en breves tránsitos de España a México y viceversa.
Luis Gonzaga Urbina murió en Madrid en 1934. Su cadáver fue reclamado por México, donde se le enterró en la Rotonda de las Personas Ilustres.