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Los poemas de Eclipse de violetas

Kaly Smith Llanes, 02 de noviembre de 2011

Hay poemas que traspasan tiempos y espacios. Hay otros que llegan emergiendo de la tempestad y la bruma, como nacidos de una llaga interior que consume. Eclipse de violetas posee estas dos envidiables condiciones. Poemario que conmueve y hace sucumbir rápidamente al lector. El poder seductivo de este, radica en los versos que suenan a palabras cotidianas, solo que, desbordadas de intuición y sentimiento.
 
Eclipse de violetas, entrega de la Editorial Sanlope de Las Tunas, en 2009, huele a otras épocas. Sus páginas están llenas de evocaciones a lugares lejanos, por eso es fácil presenciar una quema en la hoguera, la sensual invitación de Eva a Adán, a Penélope que teje o a Ariadna que desovilla aquel hilo solitario. Todos los tiempos y espacios convergen en esas páginas, porque existe una zona preferida, la fronteriza entre la tierra y el mar: la costa. El mar permite que los horizontes se desplacen y convida al viaje, ritmo vital, libertad, pero también lugar incierto, posibilidad de naufragio, movimiento incesante, ruta perdida. Y los personajes que habitan o visitan las costas son tan múltiples y contradictorios, como la extensión de aguas que la surcan. Pescadores, vigías, marineros todos se someten a extrañas fuerzas, provenientes del agua o de la mujer.
 
En estos poemas, una imagen se repite: la mujer. Ella devasta para luego crecer a su paso. Las dudas la acosan e increpa incesantemente a sus semejantes o a Dios. Pero este último carga con las culpas, porque no arregla asuntos perdidos. La mujer cuestiona, y las preguntas son bandadas de pájaros que caen de un poema a otro, tienen el rumbo dirigido a su cuerpo desnudo. La figura femenina, reina del eclipse, se enseñorea y conoce de estrellas, brota de la espuma como Venus o Yemayá, y vuela con las alas que les roba a otros.
 
El dolor del abandono, el romance de las ventanas nocturnas cerradas, y la música de pasos en la acera, ya no saben a los poetas de antaño. Heredia, Milanés, Luaces, Zenea y Casal, han abandonado a Tania Pérez Arcos, la dejaron a su suerte para que construyera una poesía muy suya. Tania tiene de ellos y de allende los mares. Es cortejada por Neruda quien le susurra al oído, como canto de caracol, porque conoce el mar, el puerto, la tristeza y los engaños. Y para huir de los fantasmas, ella sube a tierra firme, pero allí las luces, las calles y la noche conspiran para tragarse a los ausentes y debe volver a huir. En la fuga ha dejado atrás un castillo de arena imperecedero. En él sobreviven meses olvidados: «septiembre», «octubre», «noviembre». De la ropa también tuvo que desprenderse, y desnuda, con la llaga interior que la consume, siembra violetas. Desnuda igualmente deja que la amen, que la toquen, que la posean. Termina devorada pero no extinta, porque de su semilla de flor amanecen horizontes a los que partir en extraños veleros.
 
La nueva partida la lleva a sucesivos naufragios, cual Ulises. Y como persistente busca. Búsqueda de lo desconocido, porque lo que más se cree conocer es lo más incógnito que existe. Entonces una punzante angustia invade las páginas de este poemario, una angustia humana: la pérdida. El recorrido por las fronteras, por tierra adentro y el recorrido íntimo, no han sido capaces de descubrirle a la autora qué es lo que falta. El lector se acerca y siente, padece el mismo desasosiego. Tampoco encuentra lo faltante, solo queda parado ante un laberinto por desandar. Porque ella llega, abriendo su pecho como puerto, cantando motivos comunes a cualquiera. El laberinto, espacio desconocido, engulle a todo el que busca algo en estos poemas, y cuando finalmente enseña su salida, el lector extraviado en sus propias elucubraciones se doblega ante su dolor y el ajeno. Es posible descubrir en sus versos los dolores personales del lector, porque ante una rima aparentemente simple, la espontaneidad dio lugar a una construcción concebida como enredadera. Todo se imbrica en esta poesía e incluso, los encabalgamientos adquieren una singular belleza que no escapa a ningún ojo ni al sagaz del estudioso ni al de un lector que solo desee sumergir las manos en la fina espuma de estos poemas.
 
A la deriva o en la hoguera, Eclipse de violetas esconde algunos de los mejores poemas cubanos contemporáneos. Se hace imprescindible la lectura de estos versos, porque hay en ellos mucho de nosotros mismos. Viajes, deseos, antigüedad y salitre, habitan cada página. Alquimista de palabras que huelen al sereno de la playa, Tania crea un mundo franqueado por una delicadeza femenil que como canto de sirena atrae, pero no a una muerte segura, sino a una lectura innegable. Desbordando amor, sufrimiento, se entretejen décimas y sonetos que a veces son abismo y otras, cielo.