José Antonio Portuondo (1911-2011). Centenario del nacimiento de un criollo ilustrado
No está a la sombra de la luz. Es la luz. Muchas razones avalan esta afirmación. José Antonio Portuondo fue un intelectual digno, un hombre comprometido con su tiempo, un formador de generaciones de estudiantes universitarios, interesados en las disciplinas humanísticas en las universidades de Oriente y de La Habana, y en algunas norteamericanas, un diplomático al servicio de su patria. Impulsó en Cuba el estudio científico de la literatura y de la lingüística y también de la novela policial revolucionaria, y nos legó obras de imprescindible consulta para los estudiosos de nuestras letras. Por todo eso, y mucho más, este cubano culto, distinguido, conversador impenitente, conocedor de José María Heredia y de Dante, de Plácido y de Heine, de Faulkner y de Soler Puig, de Picasso y de Jay Matamoros, de Martí y de Carlos Marx; versado también en pelota, fiel, como es natural, al equipo de Santiago de Cuba, su tierra natal, y admirable en tantas cosas más, merece nuestro eterno recuerdo, mucho más cuando arribamos al centenario de su nacimiento.
Si hoy no disfrutamos del placer de tenerlo físicamente, podemos experimentar el gusto y la satisfacción de saberlo vivo en una obra que comenzó a forjar cuando era un estudiante del colegio Dolores y hacía sus primeros intentos mediante pequeños ensayos, cuentos y poesía de corte negrista en revistas y periódicos de las entonces provincias de Oriente y Las Villas. En 1933, con apenas veintidós años, la Revista Bimestre Cubana, dirigida por Don Fernando Ortiz, le abrió sus páginas para publicar su trabajo “Pulso y onda de un libro de versos”, dedicado al volumen Pulso y onda (1932), de Manuel Navarro Luna, en el cual ya demostraba su conocimiento de la filosofía marxista para juzgar el fenómeno literario. Allí expresaba que «el arte es una superestructura condicionada por el fundamento económico», y daba su aplauso a un libro como el comentado, donde se resume «toda la tragedia intensa, desgarradora, de la inquietud burguesa [...] Hurgó en su propia entraña desgarrada y nos trajo un manojo de cantos, forjados con los cantos que se helaron en las gargantas impotentes». Antes de doctorarse, en 1941, en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana, estudios que debió interrumpir durante un lapso de tiempo debido al cierre de nuestra Alma Mater ordenado por la tiranía machadista, había desarrollado una amplia labor cultural a través de la radio, por entonces el único medio capaz de llevar adelante un proyecto con cierto grado de masividad. Los espacios “Hora cubana de cultura popular”, compartido con su gran amigo Lino Novás Calvo, el Instituto Popular del Aire y la “Hora ultra”, esta última bajo los auspicios de la Institución Hispano Cubana de Cultura, fueron tres valiosos empeños a los cuales les dedicó todas las energías de su intranquila juventud. Unido a ello la fundación de revistas o su participación en ellas: Baraguá, Mediodía, Gaceta del Caribe, al lado de figuras como Mirta Aguirre, Nicolás Guillén, Ángel Augier y Carlos Rafael Rodríguez fueron perfilando su activa participación política desde una posición de izquierda, mantenida por más de sesenta años de vertical vida militante.
Recibir lecciones de teoría literaria con Alfonso Reyes en El Colegio de México, tener la oportunidad de disfrutar de una beca Guggenheim y de codearse con eminentes profesores universitarios en diferentes centros de ese nivel en los Estados Unidos, lo situaron en una posición privilegiada en cuanto a conocimientos se refiere. Pero cuando logró ocupar una sólida posición en la Universidad de Pennsylvania, se requirieron sus servicios en una nuestra, la de Oriente, y a Cuba regresó sabiendo que, si bien se perjudicaba económicamente, el deber estaba en su tierra. Por entonces había publicado Angustia y evasión en Julián del Casal (1937), Proceso de la cultura cubana (Esquema para un ensayo de interpretación) (1938), El contenido social de la literatura cubana (1944) y Concepto de la poesía [y otros ensayos] (1945), entre otros títulos. Su bibliografía continuaría enriqueciéndose con el transcurrir de los años con nuevos títulos, entre ellos José Martí, crítico literario (1953), El heroísmo intelectual (1955), La historia y las generaciones (1958), Bosquejo histórico de las letras cubanas (1960), Estética y Revolución (1963), La ciencia literaria en Cuba (1868-1968) (1969), Astrolabio (1973), Capítulos de literatura cubana (1981), Martí, escritor revolucionario (1982) y Ensayos de estética y de teoría literaria (1986).
Paralelo a esta labor, asumió la dirección del Instituto de Literatura y Lingüística, que hoy lleva su nombre, y fundara en 1965, bajo las premisas de estudiar la literatura cubana y el español hablado en Cuba. Además, fue vicepresidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, presidente de la Sociedad Cubano-Mexicana de Relaciones Culturales y representó a Cuba en numerosos congresos internacionales.
A la labor que desplegó a lo largo de tantos años se superpone, a mi juicio, una mayor: la de maestro, del aula, que lo fue, pero, sobre todo, su magisterio ejercido a través de la comunicación oral. Escuchar una conferencia de José Antonio Portuondo —raramente la escribía, sino la improvisaba, con apenas unos apuntes tomados a vuela pluma— era asistir a un verdadero ejercicio donde se desplegaba conocimiento sin pedantería, sobre todo, irradiando cubanía, una cubanía tan auténtica que resulta inimitable. Portuondo demostró su ejemplaridad intelectual utilizando un verbo elocuente, que propiciaba un eficaz traslado de ideas a sus interlocutores.
Aún no se han aquilatado, en su verdadera dimensión, sus aportes al establecimiento de una teoría literaria hispanoamericana, teoría, por demás, aún en vías de conformación definida a partir de utilizar consciente y creadoramente los estímulos que le brindó el mexicano Alfonso Reyes. Portuondo le dio a los estudios teóricos literarios una orientación nueva, al prolongar también la reflexión de José Carlos Mariátegui y de Aníbal Ponce, escritores que asumieron el marxismo como vía para examinar la vida intelectual contemporánea. Con razón, ha afirmado el chileno Nelson Osorio, que su libro Concepto de la poesía constituye «una de las obras más significativas para comprender la etapa actual de la teoría y la crítica literaria en Hispanoamérica»; en tanto que Roberto Fernández Retamar, al prologar esta obra en una edición aparecida en 1972, afirmaba:
En la fidelidad al marxismo-leninismo de José Antonio Portuondo; en su constante atención a nuestras letras, a nuestra cultura, a nuestra historia; en el rigor y la coherencia de sus mejores estudios literarios; en su asimilación crítica desde una perspectiva nuestra, de conceptos y métodos novedosos entonces —que Portuondo supo ni aceptar de modo indiscriminado y colonial, ni rechazar mecánicamente, dando un ejemplo válido más allá de nuestras fronteras—, tienen los jóvenes estudiosos revolucionarios latinoamericanos —y no solo ellos— algunas de las mejores lecciones de este maestro digno de haber continuado a hombres como Mariátegui y proyectar su tarea hacia el porvenir.
Una importante línea de trabajo que desarrolló fue la de su visión de la crítica hispanoamericana, plasmada en textos como La emancipación literaria de Hispanoamérica (1975), donde se recogen trabajos como “Situación actual de la crítica hispanoamericana” (1949) y “Crisis de la crítica literaria hispanoamericana” (1952). Particular relieve alcanza el ensayo iniciador del volumen, titulado “Literatura y sociedad en Hispanoamérica”, en el cual analiza el carácter del proceso cultural latinoamericano bajo la constante de su rasgo “ancilar”, como diría su maestro Reyes, colocado la mayoría de las veces al servicio de la sociedad. «No hay escritor u obra importante»—dice— «que no se vuelque sobre la realidad social americana, y hasta los más evadidos tienen un instante apologético o criticista frente a las cosas y a las gentes». De Sor Juana Inés de la Cruz a Gabriel García Márquez, la realidad americana ha sido plasmada en letra impresa. Denuncia apasionada, hipérbole, el gusto por lo sensual, la delectación barroca, combinados a veces con la palabra cortante o la sobria exposición, van conformando el proceso literario del continente en un diálogo enriquecedor y apasionante. Así lo advierte Portuondo en sus meditaciones, formuladas desde una perspectiva renovadora, que busca definirse bajo las condiciones de conocimientos nuevos y asentada en el estudio de los escenarios concretos, históricos y sociales, de la producción literaria. Sus propuestas críticas descansan en una visión más totalizadora, más continental y, por ende, menos local, del fenómeno literario, y hacen énfasis en su esencial unidad. De esta manera, contribuyó a hacer de los estudios literarios una disciplina de conocimientos nuevos, capaz de crear una conciencia integradora de perfil netamente latinoamericano como respuesta a las necesidades de nuestra América.
Posiblemente el tema que más lo atrajo fue el de José Martí. Sus estudios en este orden han alcanzado, a juicio de Fernández Retamar, «uno de los más altos niveles no solo en nuestro país, ni solo en nuestro continente, sino en el mundo todo». Sus obras citadas, a las que podrían agregarse numerosas charlas y conferencias sobre el Primer Cubano, representan un quehacer sostenido y actuante. “Meditar sobre Martí”, expresó en Martí, escritor revolucionario:
[…]resulta tarea ineludible para todo cubano dado a un quehacer político o literario. El creador y el crítico, el historiador y el teórico literarios tropiezan, a cada instante, con el ejemplo martiano; el político no puede eludir la presencia constante de la acción y del pensamiento de quien encarnó, como nadie, la conciencia nacional, y aun la continental, de nuestra América, de quien quiso contribuir, con la independencia definitiva de Cuba, al ‘equilibrio del mundo’. Lo sabían ya los protagonistas burgueses de la república semicolonial, surgida por obra y gracia de la intervención imperialista, que pretendía inútilmente frenar el impulso libertador. Martí fue entonces víctima de torpes maniobras diversionistas, encaminadas a desfigurar la imagen del lúcido luchador revolucionario, mostrado a las masas como un ente vulgar, como santo inimitable o inofensiva y paciente estatua de mármol.
Frente a esas visiones, Portuondo proyecta no otro Martí, sino el Martí integral, rotundo: el escritor revolucionario, el crítico, el poeta, el periodista, el forjador de ideas sociales. De esa manera, a lo largo de los años, fue elaborando una imagen coherente y viva de José Martí, rica por sus aportes interpretativos y por brindar una visión amplia y renovadora de esta figura.
Portuondo fue un lector voraz de la novela policial, y trabajó en función de su mejor comprensión desde que en el año 1947 publicó su estudio En torno a la novela detectivesca. Para él, «la novela policial es [...] un género popular de literatura que aprovecha la realidad emocionante, iluminadora del crimen, para mostrar el poder superior de la razón humana y revelar las miserias de la sociedad contemporánea, del orden social vigente [...] Nueva novela de caballería en nuestra edad de la decadencia capitalista». El desarrollo que el género alcanzó entre nosotros a partir del año 1971 le debe mucho a su gestión personal, y autores como Luis Rogelio Nogueras y Guillermo Rodríguez Rivera le rindieron homenaje al incluirlo como personaje en su novela El cuarto círculo (1976), bajo el nombre de doctor del Pino, «un hombre de algo más de sesenta años, de tez rozagante y blanquísimos cabellos», que lee a los clásicos del marxismo, a Martí y novelas policiales.
José Antonio Portuondo aunó en viva y actuante comunión sus criterios estéticos, ideas sobre la cultura, historia, la cátedra universitaria, la investigación y teoría literaria. Como ser sensible y de hondura mayor asumió la comprensión más llana del hombre unida a los más trascendentales momentos que le correspondió vivir. Fue intelectual de entendimiento, de explicación para sí y para los demás, y no pudo sustraerse desde el sitial de su espíritu de hombre siempre contemporáneo a la posibilidad de abrirse al mundo que inexorablemente se ensanchaba. No fue un solitario, no fue hombre de gabinete. Se impregnó de su tiempo, de su época, que es esta, la de todos. Fue, es, luz, y como pocos nos abre, en tanto escritor, un nivel de esperanza.