Limpiar las sombras negativas
La mirada de un escritor es definitivamente indiscreta, y no podría ser de otra forma. Si no explorara en entresijos la existencia humana en sus múltiples contrastes y extravagancias irresolubles, la literatura fuera un bodrio irrelevante, un pastiche de imágenes que no revela lo invisible, o mejor, lo secreto que nos rodea.
Cuando me adentro en un relato de ficción trato de captar lo subyacente, lo que en apariencias no está dicho, sin obviar la calidad del lenguaje y la imprescindible carpintería de la cual hablara García Márquez. En la historia escondida está la clave de la forma del cuento (la tesis es de Piglia). Así pensé después de leer varias veces “Hasta no sostener los cigarrillos”, de Jorge Ángel Hernández Pérez (Villa Clara, 1961), narrador, poeta y ensayista, cuya impronta en la literatura cubana ha cobrado cada vez más nitidez en las últimas dos décadas con títulos como: Los graduados de Kafka (2008), La luz y el universo (Premio José Soler Puig, 2001), El callejón de las ratas (2004), entre otros.
El cuento que hoy proponemos a nuestros lectores pertenece a la antología Caminos de humo, selección de Redys Puebla, publicada por la Editorial Oriente en el 2009.
Una persona espera la llegada de su amante para asistir a un concierto. Durante todo el día ha resistido el deseo de fumar para evitar el olor del cigarro en sus labios. Prepara espaguetis, saca las ropas de su hombre del closet; luego se baña pensando que el agua «limpia las sombras negativas». El cuento transita sin caídas, logra atrapar al lector y compartir la zozobra de esperar a alguien que se desea hasta el delirio. Revela nuestro interés por agradar y seducir, o alejarnos de los demonios de la soledad. Sin aspirar a graciosas moralejas, el autor parece decirnos cuanto necesitamos del otro; aunque ese otro a veces nos traicione y no entienda, o subestime, los pequeños sacrificios que a diario hacemos, para alcanzar la armonía, el equilibrio en nuestras relaciones.
Alberto Marrero
Hasta no sostener los cigarrillos
Jorge Ángel Hernández
Habíamos decidido ir al concierto. Me abstuve de fumar en todo el día, para que nada del olor del cigarro quedara entre mis labios. Regresé mucho antes del curso de italiano y preparé espaguetis, con queso rayado y una salsa a base de catchup, vino seco, vita nuova y una pizca de miel. Sabía a delicia, y también la miel pura demorada en los labios. Mientras el agua bullía en su faena, hundí en el maletín la cajetilla de cigarros. Saqué su ropa del closet; una camisa de listas azules muy intensas, su pantalón más oscuro, sus medias de dibujos celestes y unos calzoncillos pulcros. También puse un pañuelo de cuadros verdeazules encima de la cama. Y lustré sus zapatos brasileños. No fumaría, aunque lo deseara tanto.
Los espaguetis se abrieron con nobleza. Qué suerte, me dije, recordando que los últimos se hicieron una pasta insufrible. Hacía calor y las radios del barrio se peleaban por llenar el espacio. Quería freír además algunos plátanos, aunque el aceite era poco y no podía demorarme indagando a quién comprarle. Mucho le habían gustado los últimos que le hice en grasa pobre. Iríamos al teatro por primera vez, no de la mano, desde luego, pero sí juntos, conversando, reconociendo que el espacio entre ambos se mezclaba. Apuntaría en mi mente los detalles, no sólo sus criterios, seguramente acérrimos, implacables con todo cuanto osara detenerse más allá de su gusto, sino cada uno de sus guiños, los mohines del rostro, miradas, chispas de placer suavizando los pómulos. Cada gesto quedaría en mi memoria para siempre, grabado como un verso al que se acude sin temor al cansancio.
Bajaba un agua constante por la ducha. Con el chorro, los humores de la dura jornada se esfumaban. También las evidencias de la molesta nicotina de ayer.
—El agua es eterno sinónimo de vida, —le diría, si estuviera delante, mirando mis maniobras. —Limpia las sombras negativas y ayuda a levantarse del cansancio, a andar siempre de nuevo.
Cubrí mi cuerpo de jabón un par de veces, sin confesarme que demoraba el ritual con la esperanza de que pudiera descubrirme así. Escuché un trajinar junto a la puerta y se agitaron mis músculos debajo de la espuma, una vez más avivada poro a poro. No eran sus pasos delante del llavín, sino un niño rescatando su pelota extraviada, evadiendo el peligro de los autos. Me incriminé pensando que cada señal se preña de sentido cuando somos los reos de la expectativa.
Mi toallón rezumaba olor a limpio, como el suyo, sumergido en suavizante de pompas aromáticas. Lo había colgado al alcance de su mano mientras el mío quedaba olvidado en la gaveta, también con la secreta esperanza de pedirle que me lo alcanzara. La desnudez es un imán difícil de evadir, pensaría sin decírselo. Una trampa dispuesta a agazaparse en la memoria.
Dejé mis saltos de cama en medio de la puerta, para que los usara al regresar al cuarto, siquiera unos segundos. Imaginé sus motas rosadas encima de sus pies como una de esas trampas que predice el futuro y lo siembra en la memoria viva. En la radio del fondo un periodista daba detalles de los preparativos del concierto y ofrecía en exclusiva un diálogo arrancado al artista en un alto del ensayo. Se declaraba seguidor de Pedro Luis Ferrer en la guaracha y aseguraba que la popularidad le había llegado sola, sin buscarla, sin siquiera imaginar que estaba allí. Era un buen trovador, me dije, simpático en escena y deudor de los mejores aciertos del maestro. Sus letras arrastraban algo más de fondo: la picardía con sentido.
—¿Piensa usted desprenderse de esas deudas y tomar riesgos propios para sus próximas producciones discográficas? —lo interpelaría si estuviera en el rol del periodista.
El tiempo iba adquiriendo rumores de peligro, golpe a golpe en la aguja secundaria. Una hilera de sombras deslizaba sus macabras guarachas del reloj a mi pecho. El humo de un cigarro en la penumbra me hubiese ayudado a atemperar la espera.
—Llegaría tarde —me dije—, ajeno como siempre al curso elemental del tiempo. ¿Iría de todas formas?
No esperaba una obra a la que no pudieras llegar en plena trama, sino un hatajo de canciones que la radio difundía con su habitual monotonía. Habíamos elegido la noche de concierto, en el teatro; que por primera vez nos viesen juntos, desencadenar al fin la reacción de la farándula. Y atarnos luego a la ronda de descargas, sin separarnos para nada, aunque no nos tomásemos del brazo. Lo decidimos ambos, no importaba que a partir de mi idea, mi deseo. Era el momento de decirles que su tan proclamada libertad se resentía con prejuicios demasiado evidentes, que no vencían una ruptura a fondo. Pero el tiempo avanzaba con mandobles de simples aventuras. Insobornable el minuto cuando se multiplica en imágenes borgeanas.
Repasé la camisa, el pantalón, los calzoncillos, las medias, el brillo en los zapatos. Oculté en otro sitio la peligrosa caja de cigarros. Fui a la cocina y comprobé que aún mantuviesen calor los espaguetis.
—De mi parte —intenté consolarme—, todo sigue en perfecta garantía. No podrá colocarme ni un reproche. No cederé en la lucha por ser únicamente yo.
Cuánta fuerza atesorada en mi interior para esta noche. Le miraría a los ojos al más tachonado de los intachables, al más Satán de los satíricos. Me bastaba con verlo junto a mí, anunciando siquiera de esa forma los tiempos que vendrían, revelando los encuentros que habíamos escondido. Atendería apenas a los jóvenes, dispuestos a elogiarme, a inflar con huecas frases mis glorias ya vencidas. Y al final, si lo pidiesen, como siempre, recitaría sólo para sus ojos ese poema que escribí años antes de que él mismo naciera. Cada imagen de nuevo para él, eco a eco en los vellos, sacudiendo las rimas su epidermis hirsuta. Seríamos centro del chisme por más de una semana. Y plenos al amarnos cada vez, al regresar. Tal vez, a qué no admitirlo a fin de cuentas, podría abstenerme de fumar una semana.
—Seguramente aparece a toda prisa —intenté consolarme—, y con feliz sonrisa me dice que prefiere dejar la comida para luego. Se ducharía de golpe y saldríamos al fin.
Serví un plato de espaguetis, los rocié con la salsa y los batí en el queso. Estaban deliciosos. No quedarían así recalentados, en la madrugada. Me serví un poco más, por pura gula. Fui luego al cuarto y comencé a vestirme, dejándome llevar por la costumbre, cada arruga cubierta con paños relucientes, cada surco del rostro lustrado por afeites. Siempre he sabido maquillarme de manera que todos se admiren del perfil natural de mi silueta. En minutos apenas lo termino y nadie reconoce los esfuerzos de fondo. Un trabajo perfecto, como el que había hecho al esperarlo, con la cena y la ropa de salir. Como el que seguiría siendo la comidilla de la falsamente liberal farándula, conservadora en el fondo como nadie.
—Es difícil la vida —me dije, regiamente vestida delante del espejo, lista para dejar las miradas de una pieza al entrar al teatro—; es peligrosa aún para quien jura haber sido feliz a cada instante.
Dejé, de todas formas, su ropa encima de la cama, esperando por siempre; y los saltos con sus motas rosadas delante de la puerta del baño. Inspiré por última vez el silencio de la casa y solté el aire despacio al vapor de los rincones. Los televisores sustituyeron a las radios en la invasión insoportable del espacio. Supe, sin decírmelo, que era el momento de encajarme una dosis de calmantes y colocar a toda voz el disco azul de Horacio Guaraní; y fumar, esperando el flashazo hasta no sostener los cigarrillos.