La belleza del dolor cuando las puertas se cierran
La poesía de Ileana Álvarez (Ciego de Ávila, 1967) tiene en su piel un dolor que me recuerda algo de mi propia vida. En sus versos fluyen las imágenes difíciles y hermosas de su ciudad. Su verdad es la verdad de muchos, una verdad que asfixia.
Soy de los que se estremece ante poemas tan inmensos, tan limpios y contundentes. Hay que sangrar como Ileana para entender mejor este tiempo de cicatriz y lejanía. La realidad, cuando se asume desde la voz virtuosa, irrita, cuando se plasma sin mirar atrás, corre el riesgo de permanecer oculta.
Quienes acerquen su mirada a estos poemas, descubrirán una voz auténtica, madura, universal.
Ileana Álvarez. Poeta, ensayista y editora. Graduada de Filología. Máster en Cultura Latinoamericana. Ha publicado los poemarios: El agua tampoco resiste los grilletes (Ed. Fidelia, 1990); Libro de lo inasible (Ed. Capiro, 1996, premio “Fundación de la Ciudad de Santa Clara”); Oscura cicatriz (Ed. Ácana, 1999/Ed. Ávila, 2002, premio “Emilio Ballagas”); El protoidioma en el horizonte nos existe (Frente de Afirmación Hispanista, México, 2000); Los ojos de Dios me están soñando (Ed. Letras Cubanas, Colección “Pinos Nuevos”, 2001); Desprendimientos del alba (Ed. Ávila, 2001, premio “Raúl Doblado”); Inscripciones sobre un viejo tapete deshilado (Ed. Vigía, 2001, premio “América Bobia”); Los inciertos umbrales (Ed. Sed de Belleza, 2004/ Ed. Benchomo, 2009, premio “Sed de Belleza”); Consagración de las trampas (Ed. Ávila, 2004, premio “Eliseo Diego”); Trazado con ceniza (Ed. Unión, 2007) y el libro de ensayos Dulce María Loynaz: La agonía de un mito (Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Juan Marinello, 2001, premio de Ensayo “Juan Marinello”). Ha sido incluida en varias antologías en Cuba y otros países. Realizó la antología de poesía femenina Cuarto creciente (Ed. Ávila, 2007). Escribir la noche fue finalista del premio “Nicolás Guillén” y obtuvo la Beca de Creación “Dador”.
HE TENIDO QUE APRENDER A SOBREVIVIR
He tenido que aprender a sobrevivir con este miedo
y sólo debo parecerles a todos un agujero vacío en la pared.
me he llenado del húmedo aliento de la noche.
ella, como una mujer lasciva, sorbió hondo
y me brindó a cambio su amarga voluntad.
yo aprendí como la noche a andar en círculos.
no sin dolor transité bajo una lluvia y un sol sin misericordia.
mientras mis pies se amorataban, un viento interior
me convidó a levitar por encima de la mano del hombre.
mas no alcancé a comprender la locura que encierra toda verdad.
arribé al principio de mi vida.
en el instante mismo de asir las sílabas que me perpetuarían,
contemplé la muerte temprana.
si todo ha de escapar —como ya dijo el relámpago— cuando descubre
su definición mejor, si todo es despedida y crepúsculo
nada espero pues.
queda, apenas, un último perdón:
este rasgar de mosca
sobre las estrías de mi sombra.
PALABRAS DE UNA POETA MENOR DE LA ANTOLOGÍA
yo no puedo, alejandra, escribir la noche.
como a ti me atormentan las palabras, el peso esencial
de las sílabas sobre la llaga abierta.
tú tomaste la ternura por el cuello
y yo ultrajo la rosa que me salva.
en sus aguas me diluyo sin llegar hasta el fondo.
el miedo me posee
y quisiera ocultarme como una niña
en el laberinto de los espejos,
en la semejanza esparcida por la lila que se deshoja
y la muerte de una mujer que la contempla.
también he de morir de cosas así
y nunca nadie suspirará ante esta revelación.
ahora tengo la misma edad en que lograste asir para siempre
las monedas del sueño, las monedas de oro del sueño,
la otra realidad donde el silencio es tentación y promesa.
expulsabas las estaciones de tus huesos
y parís te cubría con el humo del opio,
con los versos de octavio, con los años sesenta.
en 1993, yo juré con un grupo de amigos
arribar al nuevo milenio bajo la tour eiffel
o morir intentándolo. no lo logré. ninguno lo logró.
nuestros pasos de hoy día, son los pasos de sombras.
treinta seis años que apenas dicen, de la mosca,
sus huellas sobre la página en blanco:
la nulidad que me define.
me espanta la sencillez con que alcanzaste todo
tras una sobredosis de seconal.
seconal,
seconal...
palabra que apenas ahora encuentro hermosa
en su agudeza perenne,
un repique rompiendo todos los ventanales,
las luces de la ciudad,
imagen atada a las asociaciones imposibles
de tu cuerpo con el mío.
escribir la noche, escribir el alma con todos sus demonios,
el vacío de los ojos, el horror de la pérdida,
escribir al otro que dentro de sí nos huye.
escribir,
escribirte,
escribirme...
cómo transmitir a la piel del tigre este temblor de cuerda floja,
las líneas de mis manos que saltan
y se enroscan alrededor de mi nuca,
la humedad de mis interrogantes, de los atardeceres
donde escuché en éxtasis el ruiseñor de teócrito,
trazo con rabia estas palabras. la rabia... cómo ofrendarla.
qué semejante soledad, amiga, nos signa con tanto ardor.
quisiera besar tus labios surcados por el aliento
de todas las imágenes hurtadas al fuego de la zarza,
acariciar la luz de tus pechos
bajo la noche que poseíste. quisiera lanzarme
desde la niebla de mi siglo a tu siglo no menos niebla, asistirte
con el resplandor del horizonte tras la tormenta,
en el cuarto oscuro donde ya nadie vendrá a rescatarnos.
los días son una red de triviales miserias.
comparte, alejandra, el frasco apretado contra el pecho,
las chispas de seconal olvidadas, la furia.
yo padezco como tú el mismo miedo,
como tú la misma esperanza.
DESPUÉS DE LA LECTURA DE PEDALEO DE FRANCIS
he descubierto que en un verso mi esposo me mata
y en otro evita matarme pedaleando sin rumbo la ciudad
mohosa hasta los cimientos. el aire —dice— me salvó del disparo,
lo salvó también a él de la misma bala rebotando en su nuca.
no sabe que yo leo sus poemas con orgullo
y no es porque el mismo verso donde se exorciza
logre acallar, extraerle filo momentáneamente a la idea
de matarme y matarse, sino porque me hace visualizar
con un sonido mínimo, verdades que me alivian.
balbucea: “entre los hombres más grandes
y los más pequeños sólo caben circunstancias”.
sabe que vamos conquistando el olvido
y eso tendrá una inmensa ventaja: en esta vida
nadie nos juzgará por nuestros actos.
puedo sobrevivir a su odio momentáneo, incierto,
mientras oculto al olfato de mis espigas
la herida del disparo que no me regaló,
que fluye, indetenible.
puedo sobrevivir al hecho de que napoleón, miguel ángel,
los héroes sin nombre lo sostengan en el andamio
de la cotidianidad y no aparezca yo, sobre otro andamio
aún más endeble, brindando yacimientos como cuerdas.
puedo sobrevivir al dolor de que solo cargue en sus espaldas
los sacos herrumbrosos de mis gritos
y no mi cuerpo intacto como una bandera blanca
sobre su cuerpo en llamas.
y no mis manos deteniendo la avalancha de tanques
con que nos amenaza el tedio de la provincia,
el polvo de sus muros corrompiéndose
bajo la inclemencia del prójimo,
del hambre y de la desnudez de la provincia
y sus trenes amargos, siempre a destiempo.
y no mis hijos blondos,
hijos naciendo desde antes de mí,
otorgándonos la verdadera inútil trascendencia.
no puedo sobrevivir al mazo del olvido,
a la ausencia de la cierva blanca contra el horizonte,
meandros soñados bajo la misma pureza.
no se puede sobrevivir a los signos que abandonan una primavera
con miedo adolescente.
cuánto puede pesar un parque roto en la memoria,
los juramentos derramándose
junto al azafranado olor del flamboyán.
el roce de tus manos en mi asombro,
en la redondez de la angustia.
hay que sufrir mucho para volver a aquel perfume
y encontrarlo intacto en la memoria.
he descubierto que mi esposo me mata en uno de sus versos
o que pedalea la ciudad para no recibir en su nuca
el rebote del disparo que no me dio,
mi esposo que intenta un día de estos
sentarse a su lado, por fin solo, y conversar,
aun así, cuando leo en sus venas,
los túneles me descubren otros mundos vedados.
NOCHES BLANCAS DEL EMIGRANTE
1.
arrastras un cuerpo por siglos macerado
en la humedad de la provincia
que nace como estación de paso.
alzas el rostro sobre la costumbre:
a la distancia de un cantío
como un raíl de tren se tiende la llanura.
volteas el rostro y te ves a ti misma:
una niña tenue, con el asombro en flor
que pretende aspirar la inmensidad que la rodea.
te ves a ti misma huyendo del gajo quebrado
en la penumbra del hogar.
sientes los huesos doblarse bajo un almendro,
bajo el rojo y el verde intenso de sus frutos.
el rojo y el verde que te signan el albor.
2.
arrastras un cuerpo violado por los demonios que lo habitan,
en las noches blancas no encuentras el letargo de la clemencia.
deslizas el alma por los atajos de la reminiscencia:
un columpio se mece en el abandono.
el dolor regresa.
y ya el dolor no es bruma.
nada es igual.
en la verja oxidada, tu madre,
remolcando su pierna izquierda, su corazón,
ha puesto a secar la ropa con musgo de los que partieron:
pero pueden más los zarzazos que se le pegan al caer el sol.
la sal puede más.
3.
sobre el sillón en que dormían los abuelos de tu abuelo,
embadurnas los ojos con el fango de los antepasados.
son los espíritus que velan los estigmas de la ausencia
cuyos puntos infinitos cosen tus días, los ladrillos del sueño,
las torres y los sótanos tatuados bajo la piel,
el vientre de la ceiba por donde te sumergiste
hacia el mundo invertido de los sueños.
4.
dibujas una miniatura medieval
entre las manos del que todo ha visto.
aquí, al centro del país, tu centro,
el espejo cóncavo donde armonizas
espantos y ternuras que en ti florece,
piedra mínima donde vislumbras todo abismo,
cumbres del imposible.
allá el norte de la esperanza,
el misterio que no te es dable develar;
sur perdido de la candidez, árbol rancio,
y el sabor de la almendra
inagotable entre labios hoy resecos;
el este y el oeste, miedo que dibuja la cruz,
la salvación.
5.
luego el viaje,
los muertos en el morral hacinando límites,
los recintos que achicaron tus ojos,
la rosa sobre el estanque
y la rana sobre la rosa que se desfleca ante el peso de la armonía,
que bebe el aliento de la adolescente fea y anhelante.
la partida
y las noches espesadas en el silencio
donde ocultas el marasmo de la duda, los juramentos,
las emanaciones del miedo,
las promesas ante una virgen de cartón
que ya nadie mira.
6.
la incertidumbre
y los muertos descansando sobre tu médula,
tornados costra en tus huesos,
ya por sí ensombrecidos en el néctar de la tradición.
la interrogante, ¿la respuesta?
y los muertos, sus propias tentaciones
que se acurrucan en el pecho como un disparo de 35 mm.
ausencias que descubren la ciénaga del corazón,
el dolor adentro que te empina y protege
de la espina mayor de no sentirlo:
del olvido.
7.
tendida sobre la tez brumosa de una ciudad ajena
procuras reunir los fragmentos de carne desperdigada
en el smog de la indiferencia, las gotas de saliva
que aún te quedan tras dar de beber
a los que te patearon con ganas el aliento.
acuclillada bajo la noche alba sientes la desazón del infinito,
el alivio de la esferas.
bajo tanto prodigio, nadie te sabe.
te deslizas como una lombriz sobre el pantano.
ahora te yergues y tus ojos miran el después de la aurora
y es como saborear soledades distintas, más humanas.
algo late en el fondo de ti,
en los subterráneos de tu ciudad interior:
horizontes de insospechadas transparencias,
territorios donde acoger el asombro de una estrella,
la redondez de la fruta entre tus labios,
las pupilas de una niña
moldeada con el barro de tu carne.
8.
más allá de los agujeros,
otro almendro germina.
más allá despiertas tú.
sobre el aguijón,
creces tú,
de nuevo.