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Sin miedo a la letra impresa

Cira Romero, 01 de diciembre de 2011

Teodoro Guerrero y Pallarés (La Habana, 1824-Madrid, 1904) aportó todo su tiempo, o gran parte de él, a la escritura. Fue, sin dudas, un grafómano.  Su bibliografía, entre narrativa, teatro —comedias, dramas y zarzuelas—, poesía y algún género que se me pueda escapar, traspasa los cincuenta títulos. Hoy es nadie. Pero, ¿quién es el que se hizo ocultar muchas veces tras los seudónimos Juan Diente, Tomás García Piñeiro, Goliat, Mr. Papillon, Juan sin miedo, Tadmir el Medyched y Fanny Warrior?

Desde joven, comenzó a colaborar en la prensa, sobre todo en el Diario de la Marina y en Faro Industrial de La Habana; junto con el canario Andrés Avelino de Orihuela fundó  la revista Quita Pesares (1845), subtitulada «Biblioteca extravagante, escrita en sentido burlesco y diabólico», donde aparecieron trabajos de otros autores, y también suyos,  de corte costumbrista, además de crítica literaria, poesías y notas sobre las modas. Colaboró en El Siglo, Gaceta de La Habana y Juan Palomo. Hacia 1857 se trasladó a España, pero regresó en 1869. Ocupó el cargo interino de presidente de la Audiencia de Camagüey. Posteriormente alternó su residencia entre  Madrid y La Habana,  siempre vinculado al periodismo y al desempeño de cargos oficiales.

La fecunda labor literaria de Guerrero, desarrollada y publicada entre las capitales citadas, se inició en la  española, en 1843, con la aparición de la novela La copa de ron, a la que siguieron más de veinte obras en este mismo género, algunas con varias ediciones, como la titulada Anatomía del corazón (1856), cuya tercera edición—llegó a alcanzar ocho— aparecida en La Habana en 1857, se acompaña con una carta-prólogo de Gertrudis Gómez de Avellaneda. El breve texto de la autora de Sab, casi desconocido hasta los días actuales, dedica no mucho espacio a justipreciar la obra; sin embargo, resulta una especie de declaración de sus principios literarios. Después de apuntar que ha leído «con mucho placer» la novela, confiesa:

... que he perdido gran parte de mi afición a esta clase de obras, y muy particularmente a las modernas, de que nos inunda la nación vecina [se refiere a Francia], y de las que existen entre nosotros no pocos imitadores. ¿Por qué no he de ser franca con V.? He cobrado hastío a esos cuadros, más o menos recargados, pero siempre antipoéticos, de las miserias humanas y de los vicios de nuestra actual sociedad. [...] Poeta antes que todo, yo amo lo bello, y aunque sepa por desgracia, que no siempre lo es lo verdadero, siento repugnancia invencible por esas anatomías, cuando solo se hacen para presentar asquerosidad. Imagine V., pues, si el título de su libro debió ser para mí simpático y atrayente, y comprenderá lo mucho que digo en su favor al asegurar que lo he leído con gran satisfacción.

La Tula valora el tratamiento dado por Guerrero a los personajes femeninos y felicita al autor por no seguir el camino transitado por autores por ella nombrados, como Víctor Hugo y Honorato de Balzac, que se regodearon en presentar seres «que ellos brutalizan a fuerza de querer prestarles energía». Admira al cubano porque no rinde culto «a lo feo, que tanto domina en la mayor parte de las novelas modernas» y porque «las pasiones que juegan en la de V. no están desfiguradas ni envilecidas: buenas o malas, se presentan siempre como verdaderas». Desvanecido el «miedo» de Gertrudis ante la posible «impropiedad» de la novela, el lector de hoy leerá en sus páginas el almíbar de las pasiones, las escaramuzas de salón entre marqueses y condesas y un tratamiento desvaído de la moralina burguesa con títulos nobiliarios adquiridos por obra del correr del dinero.

Sus Cuentos de salón. Madrid por dentro. Cuadros de la vida cortesana, aparecidos en La Habana en 1865, están acompañados también de una carta-prólogo, ahora de carácter semifestivo, debida a  Juan de Ariza, quien se encarga de subrayar cómo Guerrero ha aprisionado en estas narraciones toda la gracia de las «pizpiretas que venden flores o aguas y panales en el Prado, más o menos emperejiladas y alegres, regalando guiños y sonrisas como medio de vender mejor sus mercancías y de adquirir más parroquianos».  En estos cuentos, el autor, cual si tuviera un escalpelo en la mano, examina, desenmascara, y dibuja la faz de un Madrid que bien conoce, especie de máscara social que todos ven, pero nadie siente en su más íntimo palpitar.

Las huellas del crimen (1879), subtitulada «Novela cubana», la publicó en Puerto Rico. Concebida con la estructura propia del folletín, se desarrolla alternativamente en el campo, en medio de una exuberante vegetación tropical, y en la ciudad. Es una historia de amor, de odio y de venganza, saturada de escenas donde la policía se ve precisada a intervenir en más de una ocasión, mucho más cuando un crimen se ha perpetrado. Lo más curioso que presenta esta obra es la presencia de personas reales, como la escritora Virginia Felicia de Auber (Véase en este misma columna el artículo «Una coruñesa conquista a la intelectualidad cubana») y los poetas José Jacinto Milanés y José Fornaris, así como alusiones a periódicos como El Regañón. Al final del texto aparece un vocabulario de nombres que forman parte de la variante cubana del español.

Como se aprecia,  fue la novela el género que con mayor ahínco y relativa fortuna cultivó Guerrero. Dentro del panorama de la narrativa cubana de 1868 a 1898, que disfrutó de la publicación de dos obras emblemáticas del siglo XIX: Cecilia Valdés o La Loma del Ángel (1882), de Villaverde,  y Mi tío el empleado (1887), de Meza, además de Lucía Jerez o Amistad funesta (1885), de Martí, y Leonela (1893), de Nicolás Heredia,  la obra de otros novelistas menores, entre los que pudiéramos incluir a Guerrero, se afilia a un historicismo unido a un profundo subjetivismo para tratar de acercarse a la realidad. Muchos autores mixtifican la historia, bien buscando otros contextos o llevando sus creaciones al plano de concebir héroes convertidos en mitos, aunque ninguno haya trascendido como tal. Ese mérito solo le cupo a la mulata Cecilia Valdés. Encontramos en las obras de estos autores, menguados intelectualmente, mucho tono declamatorio y contradicciones de marcado carácter ideológico, enmarcadas dentro de un patrón creativo aferrado al ya declinante romanticismo, aunque percibamos la influencia de Balzac y de Zolá. Aparecen novelas que no dudo en calificar de morbosas, como La dalia negra del cementerio de Güines (1875), de Valentín Catalá; y de otro cariz, como Sol de otoño (1894), de Miguel Garmendía y Adoración (1894), de Álvaro de la Iglesia, autor de unas Tradiciones cubanas (1911), aumentadas en ediciones posteriores, escritas a semejanza de las Tradiciones peruanas, de Ricardo Palma.

Las novelas de Guerrero de estos años, si bien no se desentienden de la crítica social, se aferran a modos foráneos, como sucede con la titulada El escabel de la fortuna (1876), desarrollada en España. Allí se ponen en juego la «honorabilidad» de la aristocracia monárquica, la intelectualidad ganada por el espíritu burgués y la politiquería al uso, pero siempre con mucha cautela por parte del autor, pues no puede olvidarse que en Cuba el mambisado luchaba en el campo de batalla contra las tropas españolas.

En poesía su aporte fue menor, pues solamente publicó el volumen Totum revolutum (La Habana, 1846) y Antonio López Prieto lo cita, de paso, en su antología Parnaso Cubano (1881). Tiene una obra escrita en verso entre él y Ricardo Sepúlveda, titulada Pleito del matrimonio (Madrid, 1880), donde intervienen como jueces, letrados y testigos «distinguidos escritores», como Ramón de Campoamor entre los más conocidos, que resulta de una singular gracia.  El juicio lo abre el propio Guerrero con el «Acto preparatorio», donde leemos:

Acta. — En la villa del Oso,
Patrono del Niño-ciego,
A veintiséis de diciembre
Del año mil ochocientos
Setenta y dos, con un frío
De seis grados bajo cero,
En el juzgado de paz
— ¡paz, tratando de Himeneo!
Compareció don Ricardo
De Sepúlveda, soltero,
(se pone el de, que no se usa,
Para completar el verso),
Acompañado de un hombre,
Celibatón marrullero,
Al cual por llamarse Andana
Eligió para hombre bueno;
Y dijo haber demandado
A don Teodoro Guerrero,
Casado y propagandista,
Mayor de edad y de cuerpo,
Para que al punto prometa,
Bajo formal juramento,
No hablarle de matrimonio
Y desistir de su empeño,
Pues de tarde y de mañana,
En la calle, en el paseo,
En su casa, en el teatro,
En el café y en el templo,
Le aturde con sus sermones,
Le enoja con sus consejos,
Siempre en su tenaz porfía
De alabar el casamiento.

En teatro fue casi tan prolífero como en la novela. Solo a modo de ejemplos: Siglo XVIII y XIX (1851), comedia original en un acto, la zarzuela Los jardines del Buen Retiro (1854), La escala del poder (1855), drama en verso, y La cabeza y el corazón (1861), comedia en tres actos y en verso, representada en el habanero teatro Tacón en noviembre de 1861, son algunos de los muchos títulos dados a conocer.

Pero hizo más. En 1848 publicó en Madrid un Diccionario filosófico del amor y las mujeres y en 1873, no se sabe si en Madrid o en La Habana, una monografía titulada La mujer en Cuba. Sin dudas, el tema femenino lo atraía.

El ir y venir editorial de Teodoro Guerrero entre Madrid y La Habana fue intenso. Su quehacer no  fue omitido por Max Henríquez Ureña en su acucioso Panorama histórico de la literatura cubana (1963), donde señala que su producción «es de escaso valor, aunque abundante y celebrada por el público de gusto fácil, y apenas podría tenerse en cuenta en la historia literaria, ya de España, ya de Cuba». Tampoco se pasó por alto  en el Diccionario de la literatura cubana (Tomo I, 1980) y en  la Historia de la Literatura Cubana (Tomo I, 2002) publicada por el Instituto de Literatura y Lingüística «José Antonio Portuondo Valdor». Nada, que Teodoro Guerrero, al menos en su época, se hizo sentir, y sentir bien, aunque como el personaje de Lucía, de Anatomía del corazón, «su voz sea un melindre de opaca coloración».