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Los dioses de Padrón

Teresa Fornaris, 21 de noviembre de 2011

Me concederé una licencia para admitirme sentenciosa. Y aunque la frase anterior comienza a augurar lo venidero, llegaré sin preámbulos a lo que nos ocupa: la casualidad no existe. Un evento primero, la consecución de otros, y aquellos que ni siquiera pensamos conectados, terminan por detenernos y asombrarnos «¡Cómo hemos llegado aquí!».

Regresaría a la pregunta, a la duda que asalta todo origen:

Conocí a Juan Nicolás Padrón en algún momento del ya lejano 2005. Yo trabajaba como especialista nacional de literatura en la Asociación Hermanos Saíz —inevitable en la memoria o en el quehacer de casi todos los escritores de esta isla— intentando armar para los demás —y para mí— el tan socorrido mapa literario. Ahí estaba Padrón. Lo llamé con el respeto y la cautela de un principiante, para que impartiera un curso de edición a los jóvenes de los proyectos editoriales con que cuenta la Asociación.

Con su acostumbrada afabilidad aceptó y ajustamos todos los detalles para cerebrarlo a finales de ese año, en Cienfuegos, con su bahía encantadora y la confluencia con un taller para aprender a hacer libros artesanales.

Como suele suceder con las «causalidades», muy lejos estuve de imaginar cuántas líneas íbamos trazando, cuántas redes invisibles se tendían. Además de la amistad entrañable con Padrón, por aquellos días comencé a hilvanar un largo discurso, unas prosas apasionadas y díscolas, que resultaron premiadas —qué coincidencia— en la ciudad natal de Juan Nicolás; y me dio luego el placer de acercarme a un libro suyo.

La llegada de los dioses, publicado por Letras Cubanas en su colección poesía es, sin lugar a dudas, un libro de misterios. No se trata de la metáfora inasible o la poética del misterio ontológico del hombre, sino de los misterios cotidianos. Es un libro para los vivos y los muertos, el límite de la luz y la sombra, el que hecha por tierra las «casualidades».

Con una arquitectura sencilla pero elegante, sensible, mas no sensiblera, los poemas que aparecen en este cuaderno revelan las insondables complejidades del instinto: algo pasa por nuestro lado, sentimos un ligero aire, un aroma, miramos… y no hay nadie. Escuchamos el crujir de los muebles en la noche, imaginamos que alguien en la casa se ha levantado… pero todos duermen.

Lejos de los adornos innecesarios del lenguaje, Padrón devela una poesía clara, transparente, de ambiente coloquial. Su modo de enfrentarse a temas universales recuerda la manera en que nuestros pueblos originarios, de América o de África, vislumbraban la muerte, el azar, los ancestros.
 
Sin embargo, los poemas de Juan Nicolás no son afectados ni luctuosos. La chispa de la curiosidad, el humor diáfano, la ironía, brilla en ellos. Su vocación de maestro le hace inevitable la enseñanza, no como doctrina o sentencia de un ente superior, sino con la naturalidad de quien conversa, de quien deja un apunte inteligente para hacer pensar al que lo escucha.

Con esa misma claridad La llegada de los dioses muestra lo escatológico como parte de la vida. Centrado en experiencias personales, extrasensoriales, Padrón, revela hechos aparentemente inexplicables, que no por cotidianos dejan de tener un basamento filosófico —y hasta científico— aun cuando permanecen fuera de nuestra consciente intelección.
 
Pocas veces ha quedado tan bien ilustrado un libro. Con dibujos de Duchy Man en la cubierta y en los interiores, los misteriosos dioses del poeta redoblan su dimensión. Predominante en líneas trazadas con exactitud y elegancia, las imágenes complementan de modo cabal las páginas de este volumen.

Será que esto ya lo he vivido, o como ha dicho Juan Nicolás: «Este lugar ha sido recordado / por mí en otra ocasión». Será que mis palabras han ido labrando otras redes invisibles que ahora mismo no podremos apresar. Será que alguien o algo a nuestras espaldas nos ha hecho llegar hasta este punto. En ese caso, el lector deberá asegurarse: buscar el libro y descubrir sus propios dioses.