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Luis Yuseff: escribir poesía es siempre un acto de reconciliación

Jesús Dueñas Becerra, 01 de febrero de 2012

El prolífico poeta y narrador Luis Yuseff (Holguín, 1975), miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), dialogará con nuestros lectores acerca de su fructífero quehacer poético-literario en la Isla y fuera de ella.  

En el momento actual, mi entrevistado se desempeña como editor principal de Ediciones La Luz, donde ha compilado la obra de escritores jóvenes; volúmenes incluidos en los tomos Memoria de los otros (cuento) y El sol eterno (poesía).

En el 2004, dio a la estampa los siguientes títulos: El traidor a las palomas; Vals de los cuerpos cortados; Yo me llamaba Antonio Boccardo; Esquema de la impura rosa y Golpear las ventanas.

En el 2007, publicó Salón de última espera; en el 2009, Los silencios profundos, mientras que, en el 2010 vieron la luz La rosa en su jaula  y Los frutos de Taormina.

Poemas suyos aparecen recogidos en varias antologías, revistas y periódicos de Canadá, Perú, El Salvador, Honduras, México, Nicaragua, España y Nueva Zelandia.

Ha recibido varios premios: De la Ciudad de Holguín; Premio Alcorta; Premio Anual de Poesía América Bobia y Pinos Nuevos (todos conferidos en el 2003); Premio Calendario (2005); Premio Nacional de Poesía Adelaida del Mármol (2008).

Con sumo gusto, le cedo la palabra al laureado intelectual holguinero Luis Yuseff.
 
¿Cuáles fueron los factores motivacionales que lo llevaron al campo de la poesía, género literario cultivado por José Martí, el bardo mayor de la patria grande latinoamericana?

No sé por qué extraños caminos ha llegado a tu pregunta José Martí, porque asociándolo como lo has hecho a mis inicios en la poesía, tengo obligatoriamente que detenerme en él. Cuando éramos niños, mi hermana y yo teníamos en el patio de la casa un pequeño busto de yeso y una bandera que nuestra abuela materna había pintado sobre un lienzo viejo.

Recuerdo que cada mañana, con tremenda solemnidad, íbamos hacia la endeble asta y allí la izábamos; después buscábamos alguna que otra florecilla silvestre y era la ofrenda diaria a aquel «Martí» de facciones prácticamente borradas, que algunos meses después terminamos por perder definitivamente, luego de una inundación: el raquítico río de la ciudad había entrado durante la noche como un ladrón miserable en el patio, y se había llevado a nuestro «héroe». Considero esa […], como una de mis primeras pérdidas.

Pero ni siquiera el autor de «Los zapaticos de rosa» me acercó lo suficiente a la poesía por esos años. Creo que era un niño demasiado normal, a no ser por la idea obsesiva de la muerte que superé rápidamente; además permanecía muy ocupado con mis peces y en los laboratorios.

Tuve que llegar a la adolescencia, donde es conocido que ocurren cambios bio-psico-socio-espirituales importantes, para entonces mi espíritu se debatía entre el amor a las Ciencias Exactas y a las artes, en general.

Ahora evoco que, en aquella época socio-histórica, la televisión transmitía un spot dedicado a la genial poetisa y escritora Dulce María Loynaz. Mi madre me hizo reparar en aquella anciana de aspecto venerable que hablaba de la poesía con […] desazón y misterio. Busqué sus versos hasta dar con «Eternidad», lo transcribí y llevé a casa.

Estuve leyéndolo hasta aprenderlo de memoria. Yo quería escribir cosas similares. Ahora puedo decirte que nunca lo he logrado. Ese fue mi descubrimiento real de la poesía. Después vendrían Luis Cernuda, Konstantino Kavafis, César Vallejo, Gastón Baquero, Saint-John Perse, y el Apóstol y su Diario de Campaña.

Perdona la digresión, pero hace algunos años visité Playita de Cajobabos y pude encontrar en aquel bosque al fundador del periódico Patria que escribía en las páginas de su diario, y también al Martí entrañable, «a flor de piel», de Froilán Escobar… Creo que eso también es la poesía.

Ahora, siendo honesto conmigo y con mis circunstancias, puedo decirte que jamás he escrito un solo verso en un estado ajeno a la angustia […], pero —contradictoriamente— he llegado a ella convencido de que el solo acto de pensarla o de escribirla, servirá para algo. Si no para los otros, al menos sí para mí.

Tengo mis costumbres del diario, que consisten en volver a la música que me edifica, que me hace mejor ser humano. Y algo similar hace conmigo «la escritura del poema». La llegada de la poesía. Así escribo hoy, y así lo hice, allá por los duros años 90, mis primeros versos, como diría la Premio Cervantes de Literatura 1992, «escritos sin rigor de talla, cuajados solo para darles camino a la pena». Nada conservo de esa cosecha emotiva, pero aún mi madre me dice que eran «los mejores». Tal vez sea ella quien tenga la razón, y no el subsiguiente arrebato de estilo y cuidado que terminamos imponiéndonos los escritores.

¿Qué es para usted escribir poesía y si es cierto que los versos brotan del alma como fluye el agua cristalina por los ríos subterráneos del espíritu humano?

Escribir poesía siempre es un acto de reconciliación. Esperar el momento de «escribirla» es inquietante. Y sentirse abandonado por ella es un acto de vanidad, porque siempre está ahí, a nuestros ojos; pero a veces la ceguera del espíritu es superior a cualquier otra limitación humana. Yo no sé de dónde fluyen los versos, pero seguro si puedes estar que traen «noticias del atroz invierno», y también de lo luminoso que vive en «la patria sonora de los frutos».

Algunos críticos y periodistas culturales opinan que los mejores psicólogos no son aquellos que reciben formación académica, ni siquiera los psicoanalistas con orientación ortodoxa o lacaniana, sino los poetas y escritores. En su autorizada opinión, ¿hasta dónde es cierta esa afirmación o no y si es solo el resultado de una mera especulación intelectual de mis colegas de profesión?

Bueno, de una cosa estoy avisado, y es de que la mayoría de los poetas han acudido, al menos una vez, a algún psicólogo o  psiquiatra. Y el que no lo ha hecho es por descuidado. Eso habla bastante de lo tribulado que pueden ser los espíritus creativos.

De lo contrario, cómo explicar tanta vida trunca; pienso ahora en Alejandra Pizarnik, Cesare Pavese, José Agustín Goytisolo, Alfonsina Storni, Paul Celan, Delmira Agustini, Anne Sexton… y del otro lado del espejo, las largas vidas de Jorge Luis Borges, Olga Orozco, Tomas Tranströmer (el más reciente Premio Nobel de Literatura), y entre nosotros, la propia Dulce María o el casi centenario Ángel Augier.

Como ves, la nómina de un lado y de otro está bien servida. Ahora, pienso, que mejor es no desautorizar a los profesionales de la salud mental, porque si bien es cierto que los poetas —en su mayoría— poseen una «sabiduría natural» también es verdad que solemos carecer de sentido práctico para poder aprovecharla.

¿Cuáles fueron los autores que más influyeron en usted en sus primeros balbuceos poéticos y qué consejo o recomendación concreta les haría a los «pinos nuevos» que muestran interés por incursionar en ese género literario, al que, según el Héroe de Dos Ríos, se debe amar y respetar.  

En buena medida la lista anterior ilustra mis lecturas iniciales y te orienta sobre la naturaleza de mis re-lecturas. Claro, sumo otros: Eliseo Diego, Federico García Lorca, Oscar Wilde, Walt Whitman, Jacques Prévert, Arthur Rimbaud […].

No niego que hay poéticas que doy por superadas, y no por despreciables, sino porque me aportaron en su momento todo lo que debían y creo que supe aprovecharlas. Pero hay lecturas a las que me gusta volver y también autores que han aparecido de pronto con la promesa de convertirse en amigos memorables, «re-leíbles». Para esos me gusta tener siempre a mano una taza de café. Creo que mi cuidadosa voluntad de dejar para ellos la casa abierta es la única recomendación realmente atendible que pudiera hacerles a los «pinos nuevos» y mi más auténtica muestra de amor y respeto hacia la poesía.

En fecha reciente, usted antologó y prologó un poemario, presentado en el popular espacio El Sábado del Libro. ¿Cuáles fueron los indicadores estético-artísticos y teórico-metodológicos empleados para seleccionar a los poetas que integrarían dicho volumen?

La isla en versos. Cien poetas cubanos, fue publicado por Ediciones La Luz. La idea surgió, primero, para celebrar el aniversario 25 de la Asociación Hermanos Saíz, y segundo, evocar el centenario del poeta, escritor y dramaturgo Virgilio Piñera, que se cumplirá en el 2012. Por eso, la alusión de nuestro título a su poema fundamental «La isla en peso».

Los cien poetas incluidos nacieron todos después de 1970 y los textos escogidos —de alguna manera— tienen incorporada la «insularidad», unos de manera directa, otros se acercan tangencialmente. Pero todos reflejan la «cubanidad», que también es la inclusión de la condición de «criatura de isla».

He podido encontrar en el periplo que me ha llevado a varias ciudades del país durante los tres últimos meses para presentar ese libro, a varios poetas que me dicen que nunca pensaron que estuvieran escribiéndole un poema a la «insularidad»; pienso que esa es la mejor prueba de asimilación de una condición que genera una cultura.

No me gusta que La isla en versos. Cien poetas cubanos, sea entendida como una muestra definitiva del más joven panorama literario cubano. Esa nunca fue la intención de Yanier H. Palao, quien trabajó la selección conmigo. Dijimos que incluíamos a cien poetas, no a «todos los poetas jóvenes cubanos», porque hay algo más, solo aparecen en ella los escritores que, en el momento de su conformación, radicaban en Cuba y eran miembros de la AHS.

Y digo «en el momento de su conformación», porque el hecho de ser incluidos no era, tampoco, un compromiso de permanencia en el terruño; de lo contrario, estaríamos negando uno de los afluentes más poderosos que sostenemos los cubanos (a veces sin darnos cuenta) como idea y conformación del sentimiento de «insularidad», y es el fenómeno casi siempre doloroso del éxodo.
 
Lo que sí puedo asegurarte es que aspiro a la publicación de un volumen mayor, que de seguro despertará las mismas perspicacias que este, y que incluya a todos, donde quiera que estén, en New York o en Punto Fijo, pero siempre convocados por los versos de Virgilio Piñera: «Las eternas historias de los negros que fueron/ y de los blancos que no fueron/ o al revés o como os parezca mejor/ las eternas historias blancas, negras, amarillas, rojas, azules […]».