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 ¿Pasa algo?

Alberto Marrero, 23 de noviembre de 2011

“Café, sueños, un futuro habitable”, del narrador, poeta y ensayista Daniel Díaz Mantilla (1970), se titula el cuento que presentamos hoy en el espacio Fabulaciones.

Este autor  posee  una obra significativa en el panorama literario del país. Las palmeras domésticas (cuento), Premio Calendario de 1996); en•trance (noveleta), Premio Abril de 1997, y Regreso a Utopía (novela), publicada por la Editorial Letras Cubanas en el 2007, constituyen una muestra indiscutible de su tenaz labor, convencido de que la literatura es una larga y paciente resistencia y un adentrarse cada vez más en eso que Malraux llamó «la condición humana».

El relato es una mirada a la rutina de una pareja, a ese transcurrir sin regocijos ni sobresaltos, al ciclo inalterable (el socorrido círculo vicioso). Uno de los personajes (en este caso la mujer) se hace las eternas preguntas que nos desangran: ¿Qué es la felicidad?, ¿quién juzga a Dios?, y otras no menos penetrantes. El ser amado ahora es un bulto a su lado que al despertar, a su vez, pregunta: ¿Qué hora es?, ¿pasa algo? Este cuento estremece por la tensión e intensidad logradas sin aspavientos. Estremece porque en él bulle la vida con sus angustias, desvelos e irremediables discordancias. Estoy seguro de que nadie, o muy pocos, escapan a la tentación de observar su cuarto cuando amanece, en medio de la oscilación entre levantarse o seguir en la cama, y de repasar, por unos minutos tal vez, el sentido de su existencia. No pocos también, nos hemos preguntado si el frenesí del amor se mantiene, o ya deriva en confundir al ser que un día adoramos con un bulto cotidiano.

Alberto Marrero

                                        
Café, sueños, un futuro habitable

Daniel Díaz Mantilla

Carmen abre sus ojos y el brillo solar impregna sus pupilas. Un segundo atrás todo era calma, silencio que el mar poblaba sin término de letanías. Un segundo atrás flotaba en penumbras, consciente a medias de la mañana, con los párpados cerrados y las olas disolviendo en laxitud el rumor de la calle. Ahora el día estalla en los cristales y cae sobre las sábanas sacándola del sueño, iluminando con intensidad inusitada esa otra dimensión de su existencia.
    «Demasiado calor», piensa. Se ha cubierto la cara como para retener un poco más la noche; y aunque el sudor rueda por su piel y la incomoda, prefiere el calor a ese brusco erguirse en la vigilia. «Transitar de la paz a la prisa en un instante, sin escalas, es dejar atrás una parte de sí», piensa, e imagina un halo que se esfuma, una estela sobre el verde oceánico donde su cuerpo flota otra vez en plena calma. Pero el calor persiste y Carmen rueda sobre el colchón, casi con furia deseando que este despertar sea todavía otro sueño.
    Se incorpora, aparta el cerquillo de su frente y mira afuera. Un cielo incontestable y limpio como la felicidad la acoge: «¿Qué es la felicidad?», se pregunta y ese remanente de sonrisa en sus labios comienza a borrarse en el hastío de amanecer de nuevo al mismo ciclo: trabajar, trabajar, envejecer lentamente sin esperanzas de cambio. «¿Y quién puso en mí la ilusión —quisiera inquirir—, no trajo Pandora en su caja también la esperanza?»
    —Ya basta —murmura recogiéndose el pelo en un moño.
    Mira en el espejo esos vellos demasiado oscuros que han empezado a crecerle en las aréolas. Con desgano se palpa recordando su sueño: Algo, una mano tal vez, le acariciaba los muslos desde abajo, el sol quemaba su piel desnuda sobre el agua. Después la mano se hizo diente, fue el oleaje y la confusión, su cuerpo hundiéndose en profundidades de asfixia y esa sensación de ser arrancada de golpe.
    Mientras recoge su bata recuerda que hubo placer en ese ahogarse, su carne maltratada por las olas, rota a dentelladas, llenándose de un líquido cálido.
    Con los pezones erectos, excitada a medias y a medias harta, mira el bulto yacer sobre la cama. Hubo días que ese bulto sació su alma. Entonces el horizonte parecía alcanzable, despertar era fundirse en un abrazo largo con la vida. Se amaban y el tiempo fluía en claridades estables, pero esos días pasaron.
    Se viste, observa al bulto respirar ajeno y se va hasta la cocina.
    Mecánicamente vierte el polvo en el filtro, llena el tanque de la cafetera y enciende la hornilla. Piensa en los años que ha perdido en esa inútil sucesión de actos sin trascendencia, viviendo como sonámbula entre paredes que el sol y la humedad cuartean, como sonámbula viendo en la pantalla los rostros de los actores saltar de una telenovela a la siguiente, envejeciendo. «Treinta y dos años», piensa y coloca la cafetera sobre el fuego.
    Tantea los bolsillos de su bata, extrae un cigarro y lo prende. Se recuesta a la meseta, fuma achicando los ojos, ansiosa, y mira la llama azul del gas quemar sin humo. Treinta y dos años, y de ellos diez aquí, soportando el embate de interminables tormentas, las horas cayendo a su espalda como el mudo hilo de polvo en un reloj de arena, muda ella misma, la carne ya apagada en lento desconsuelo.
    Un río negro mana por el ojo del surtidor y llena el vaso. La habitación se carga de un aroma dulce. Carmen sirve el café, sorbe de su taza e intenta no pensar. «¿Qué sentido tiene todo esto?», se pregunta apagando la hornilla.
Sus ojos recorren el esmalte pringoso de la cocina, los quemadores oxidados.     En un gesto brusco abre al máximo las llaves. Luego vuelve a recostarse, fuma y sorbe su café dejándose ir. El reflejo de la bombilla irradia en su taza.
    «La vida es dura —se dice—, demasiado dura», y recuerda esa mole sobre el colchón, vencida y lamentable, tan distinta hoy de aquel que alguna vez, hace tanto, describiera para ella un futuro hermoso y habitable. Quisiera no culparlo, pero el llanto anega sus ojos y esa gota que baja por su mejilla lleva concentrado en sí todo el cansancio, todo el desamor que los aparta.
    «Dios juzga a los hombres por las lágrimas de sus mujeres —piensa secándose los ojos—, ¿pero a las mujeres cómo las juzga?»
    Sonríe con tristeza observando las paredes despintadas, los platos amontonados en el fregadero.
    —¿Y quién juzga a Dios? —murmura todavía.
    El gas brota con un silbido leve. Carmen cierra los párpados, apoya su cabeza mareada en las baldosas y sueña un mar profundo, frío, solitario.
    Despierta al fin. El brillo solar impregna sus pupilas encegueciéndola. Un segundo atrás todo era calma, silencio que el gas poblaba de interminables letanías. Ahora ese bulto yace a su lado en el colchón, exánime.
    Ella se levanta sin ruido, pero el bulto gira sobre las sábanas:
    —¿Qué hora es? —pregunta.
    Carmen se viste sin mirarlo. Él se incorpora a medias, bosteza y le sonríe.
    —¿Pasa algo?
    Silencio. Ella respira hondo y termina de arreglarse, estudia su imagen en el espejo, recoge sus llaves, su cartera, y se marcha.
 

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