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Juan Manuel Planas, el Julio Verne de la narrativa cubana

Cira Romero, 09 de diciembre de 2011

La historia de la literatura, a escala universal, recoge cientos de escritores, incluso de excelentes escritores, que fueron científicos en las más diversas especialidades, sobre todo en la medicina. En este campo citemos solamente un extranjero, el narrador ruso Antón Chéjov; y un cubano, también narrador, Miguel de Carrión. A esa lista habría que añadir el nombre del provecto cienfueguero Juan Manuel Planas y Saínz (1877-1963) figura que reúne, diría que armónicamente, varias profesiones: geógrafo, ingeniero electricista, agrimensor, poeta y novelista, si acaso la de escritor llegara a constituir una profesión.

Estoy obligada a dar algunas imprescindibles referencias biobibliográficas de este inquieto hombre de ciencias. Se graduó de bachiller en 1895 en el Instituto de Santa Clara —recordar que en aquellos años la entonces provincia de Las Villas, como las cinco restantes, solamente contaba con este nivel de enseñanza en las respectivas cabeceras provinciales—; en 1896 colaboró en La República Cubana, editada en París, y fue corresponsal en Europa, entre 1897 y 1906 de la revista Cuba y América, fundada en Nueva York por el cubano Raimundo Cabrera, con el propósito de responder a los intereses de la emigración. En la Universidad de Lieja, en Bélgica, obtuvo en 1906 el título de Ingeniero Electricista y al año siguiente lo revalidó en La Habana. Entre 1910 y 1914 fue profesor de francés en el Instituto de Pinar del Río; en 1913 se graduó de agrimensor. Estuvo entre el grupo de fundadores de la Sociedad Geográfica de Cuba, presidida por él entre 1928 y 1936, cargo también ejercido en la Sociedad de Oceanografía de Cuba en el año 1943. Perteneció a la Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales y al Ateneo de La Habana, así como a la Academia Nacional de Ciencias de México, a la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística y a la Association des Ingenieurs sortis de l’Ecole de Liege, entre otras instituciones de elevado prestigio. Por si fuera poco, en 1945 obtuvo el título en la Escuela Profesional de Periodismo «Manuel Márquez Sterling. Fundó varias revistas científicas —Cathedra, Boletín de la Sociedad Cubana de Ingenieros y Revista de la Sociedad Geográfica de Cuba. Colaboró en otras revistas cubanas como El Fígaro, Havana Yacht Club, Bohemia, Revista Bimestre Cubana y Carteles. Viajó por Estados Unidos, España, Francia, Inglaterra, Holanda, Bélgica, Suiza y Alemania.

Publicó varios títulos, curiosos por su diversidad temática. Así, Determinación del rendimiento de las máquinas electrodinámicas de corriente continua (1907), Introducción a la oceanografía (1943), Accidentes de aviación y algunas de sus causas ignoradas (1948), Consideraciones sobre los atributos de la soberanía cubana: la bandera, el escudo, el himno y la moneda (1951) y un título donde, evidentemente, aúna inquietudes: La ciencia y el arte: los factores del éxito (1955, 1957). El mundo de la imaginación, sin dudas afín a mente tan “renacentista”, lo condujo por la poesía y por la novela. De la primera publicó, en 1920, el libro Rompiendo lanzas, ignorado totalmente en nuestras historias literarias, aunque recibió la atención crítica de Emilio Roig de Leuschsenring. Allí reunió casi cuarenta poemas, algunos dedicados a su natal Cienfuegos, y otros nacidos de su estancia europea. Así, en el titulado «A Bélgica», ofrendado a amigos muertos durante la Primera Guerra Mundial, leemos en algunas de sus estrofas:

Otra vez, otra el poderío
de falange extranjera te reduce;
y, en vértigo de horror, entre cadenas,
de nuevo convertida en pobre esclava,
se acrecientan tus penas,
y libertad reclamas, ya perdida,
llorando a un tiempo libertad y vida.

Publicó cuatro novelas: La corriente del golfo (1920), considerada por algunos estudiosos—no así por Roberto Friol, que le concede el mérito a En busca del eslabón. Historia de monos (1888), de Francisco Calcagno— como la primera novela de ciencia ficción científica escrita en Cuba, La cruz de Lieja (1923), Flor de manigua (1926) y El sargazo de oro (1938, 1959). La corriente del golfo aporta a la narrativa cubana de la década del 20 otra manera de novelar no practicada por ningún narrador cubano hasta entonces, en el sentido de la manera de imbricar lo histórico, lo científico y la ciencia ficción. Planas había sido un contumaz enemigo de España y ubica su obra en el año 1895, en plena confrontación bélica de este país con Cuba, y desde esa toma de posición entreteje una trama que si bien podría calificarse de disparatada: sacar de su curso la corriente del golfo, más conocida por su nombre en inglés Gulf Stream, desviándola por medio del levantamiento de un muro de piedras en el estrecho de la Florida, con el fin de que las frías aguas que la caracterizan llegaran a Europa, en particular a las costas españolas, y provocaran un intenso frío en ese país. Pero además, sobre esa muralla se levantaría un ferrocarril que permitiría la unión de Cuba con los Estados Unidos. El autor coloca su proyecto en manos de una denominada «Gulf and East Coast Works Co.», que no esconde sus propósitos anexionistas hacia la isla, idea que, se infiere al leerla, era del agrado del autor. Antonio Maceo, incluido como personaje en la novela, se muestra dudoso de proyecto tan inusitado.

La estancia en Lieja de Planas fue decisiva para escribir La cruz de Lieja, novela que posee cierto interés desde el punto de vista de cómo el autor maneja el parecido físico de dos personajes para crear una atmósfera de cierta tensión e intriga. Los sucesos acontecen en vísperas de la Primera Guerra Mundial. Dos Luis Herlinger concurren y se enfrentan en la novela, uno real, el otro quizás imaginado, creando situaciones confusas y hasta peligrosas, aunque el final es feliz. El autor no pudo desprenderse en esta obra de sus conocimientos de química y de metalurgia, y al ser Lieja una zona de Bélgica eminentemente minera, la obra penetra en ese mundo a través de digresiones que entorpecen el desarrollo fluido de una trama que no deja de tener interés.

Flor de manigua se desarrolla en la ciudad natal de Planas. El nudo dramático gira en torno a un joven rico, Ernesto Sánchez, enamorado de Natalia Solvillo, una habitante de un desolado cayo, que el autor llama Cayo Aroma. Encuentros de la pareja en un cementerio abandonado, personajes que existen pero... no existen, tormentas, héroes a la manera de los antiguos cruzados, el espíritu del indio Guanaroca, brujas y leyendas, todo matizado, como en La cruz de Lieja, con los conocimientos científicos del autor, que ahora se amplían a los de náutica. En esa atmósfera, casi siempre marinera, aunque algunas escenas ocurren en La Habana, los diálogos resultan ágiles y fluidos y capta con bastante solvencia la atmósfera universitaria de la década del 20, cuando el protagonista cursaba estudios en ese centro capitalino. El amor de la pareja, como es de suponer, no llega a consolidarse, pues la joven muere «virgen y mártir» y es sepultada en las arenas de Cayo Aroma.

El sargazo de oro
lleva como subtítulo «El vellocino verde». Título y subtítulo, unidos a las inquietudes científicas de autor, ayudan a develar, casi por instinto, el contenido de la novela: en la cayería norte de la isla se ha descubierto un vegetal marino que, una vez procesado, se convierte en oro. A través de treinta y ocho capítulos se desarrolla esta historia que roza la ciencia ficción, a pesar de los intentos del autor, sobre la base de sus propios conocimientos, por probar la verdad, irrefutable a su juicio, del «descubrimiento».

En tanto hombre de ciencias, Juan Manuel Planas condujo su obra narrativa por los derroteros antes esbozados, enriquecidos por su fértil imaginación. Pero es preciso hacer notar que el autor poseía eso que tan fácilmente se denomina “don de la narración”, algo difícil de alcanzar, pero que él, sin ser un modelo precisamente a imitar, logra con cierto perfil de dignidad. Ello se aprecia, como se mencionó antes, en el manejo de los diálogos y en la creación de atmósferas. Para conseguir esta última se aproxima como una fuente constante de modelo a imitar a Julio Verne, novelista muy cercano a él por razones que no son necesarias comentar por lo obvias, y sobre el cual escribió un folleto titulado Los horizontes de Julio Verne (1957), que en sus orígenes fue una conferencia dada por Planas ese mismo año ante los miembros del Círculo de Amigos de la Cultura Francesa. No se detiene en la obra literaria del autor de 20 000 leguas de viaje submarino, sino en plasmar de qué modo los adelantos de la ciencia, que por entonces ya se constataban, habían sido previstos, en su momento, por el francés.

No he tenido acceso, lamentablemente, a su folleto autobiográfico 35 años de mi vida, ni tampoco al ya mencionado La ciencia y el arte: los factores del éxito. Estoy segura que muchos aspectos de interés habrá en ambos. En tanto, contentémonos con tener entre nosotros a un desconocido Juan Manuel Planas, émulo y admirador de Julio Verne. Planas es, a mi modo de ver, nuestro Julio Verne criollo.