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María Luisa Milanés, la poetisa 

Cira Romero, 27 de diciembre de 2011

Verbo viril y enérgico fue el de María Luisa Milanés (1893-1919), nacida y fallecida, respectivamente, en Jiguaní y en Bayamo, antigua provincia de Oriente. Trágico fue el final de una vida cegada por mano propia a los veintiséis años. No dejó libros publicados, pero su nombre ha adquirido cierta relevancia en nuestra literatura, justamente por el tono de su poesía, no suscrita a elegancias formales, sino preferentemente dada a un tono doloroso, que irradia de sus versos con un poder comunicativo capaz de transmitir un estado de sensibilidad muy especial, como si se hubiese refugiado en esta frase de José Martí: «Tengo miedo de morirme sin haber sufrido bastante».  
 
Muy pequeña pasó a residir a Bayamo e inició sus estudios en el seno de su hogar. Más tarde los continuó en el colegio Juan Bautista Sagarra, en Santiago de Cuba, en el Colegio Francés, y más tarde en el Sagrado Corazón, de La Habana. Regresó a la capital de la actual provincia de Granma y se volcó a la poesía, no solamente para escribir la propia, sino para traducir a poetas ingleses y franceses. Dominó también el latín. A los diecinueve años contrajo matrimonio en contra de la voluntad del padre, general del ejército mambí y hombre acaudalado de la zona bayamesa. Al parecer, su elección había recaído en un caza fortunas y ello fue el inicio «de sus desventuras, de sus tormentos y de sus dolores infinitos». Fue entonces que acarició la idea del suicidio, pero antes de empuñar el revólver y apuntar hacia su vientre, destruyó gran parte de su obra.  Seis días duró su agonía. Falleció el 9 de octubre de 1919. Dejó inconclusa su «Autobiografía». Como homenaje póstumo, la revista manzanillera Orto recogió en su número correspondiente al 31 de mayo de 1920 numerosos poemas de su autoría. Anteriormente algunos de ellos habían visto la luz bajo el seudónimo Liana de Lux.
 
María Luisa Milanés se adscribe a la poesía cubana que, en cierto modo, comienza a abrir las puertas al modernismo cubano, aunque su voz ha sido ubicada por los estudiosos en un período de transición que desembocaría en este movimiento. Ella no comparte sensibilidades artísticas con figuras femeninas como Mercedes Matamoros (1851-1906) y Nieves Xenes (1859-1915), poetisas sufrientes también de la derrota amorosa, pero sin llegar al paroxismo emocional de la Milanés. La Matamoros vivió en permanente espera de que un  periodista de tercera línea, Antonio Miguel Comoglio, diecisiete años menor que ella, visita asidua a su casa de Guanabacoa, le dijera alguna palabra de amor albergadora de alguna esperanza. Jamás la pronunció. Su poesía es dolorosa, no exaltada. Sin embargo, saltó la fuerte barrera moral prevaleciente en su época con los reconocidos sonetos que conforman «El último amor de Safo», que causaron estupor en la sociedad habanera finisecular. La Xenes experimentó una pasión, nunca correspondida, por el orador autonomista José Antonio Cortina, y al fallecer este en 1884 dejó de hacer vida literaria. Su verso es de tono más apegado a lo romántico. Si a ellas unimos a la modernista Juana Borrero, también desventurada en amores, tendremos el cuarteto perfecto de autoras cubanas que a finales del XIX cultivaron, cada una en su personal tesitura, una poesía de muy personal decir, donde subyace, de modo diferente, el amor en sus diferentes convulsiones espirituales.  
 
En la de María Luisa Milanés afloran los tonos de la desesperación, de una tragedia ajena a la literatura, pero convertida por ella en arte a través de  algunas de sus composiciones, como la titulada «Abundancia interior», escrita en agosto de 1918, cuando sufría, junto a  los devaneos del esposo, las recriminaciones de un padre que parecía decirle al oído la consabida frase «Yo te lo advertí». Se expresa así en este poema:

En convulsión terrible
Interiormente, está mi ser entero,
Con el hondo pesar y la añoranza,
Con el dolor tan fiero
De aquel que habla de amor  y de esperanza
Y oye que le contestan hablando de dinero.
 
Las lágrimas que vierto en mi agonía
Son de un sabor tan raro y tan amargo
Como la sensación de cruel letargo
Que me invade, angustiosa, intensa, fría.
 
Desde que nací navego por los mares
Profundos y revueltos del dolor,
Siempre tropiezo el odio
Jamás encuentro amor.
 
¡Consecuencia maldita
De un acto de placer
Que nos trae a sufrir
Llorar y padecer!
 
Ya con dolor profundo
En blasfemia y en queja, en risa, en llanto
Me pregunto entre tanto
¿A quién le pedí yo venir al mundo?

Ante este dolor descarnado, real, sufrido, se pasan por alto algunos descuidos formales de la autora gracias a la fuerza de su temperamento, reafirmado en el poema «Cuando una mariposa», donde brota su voz acusadora, incriminatoria, como dedo censurador ante quien la despreció:

Cuando las mariposas doradas del recuerdo
Traigan a tu memoria tu cobarde vileza
Mi pesar silencioso y mi enorme tristeza;
Cuando las mariposas de fuego de la gloria
 
Hayan rozado alegres mi cabeza precita,
Iluminando un nombre y aclarando una historia;
Cuando las mariposas azules de añoranza
Te vuelvan del pasado la oscura lontananza,
 
Trayendo a tus oídos con una crueldad loca
Los conceptos vertidos por tu infamante boca;
Cuando las mariposas de un cruel remordimiento,
 
Negras y silenciosas vayan a ti, indecisas,
Yo pasaré serena, olvidando tu infamia,
Alumbraré mis pasos con mis tristes sonrisas!

El yo lírico modelado por la Milanés es diseñado por ella misma en la medida en que, como en un devenir hacia la sima del alma, encuentra sus raíces en lo más íntimo de su ser, acompañado siempre por su propia naturaleza sensitiva de mujer culta en medio del provincianismo local, que debió haber visto en ella a un ser turbador, ajeno, trasgresor de los buenos  consejos, mucho más del paterno, especie de cacique local que veía en su propia hija el símbolo de la no realización, según sus personales convenciones, tan distantes de una María Luisa turbadora, frenética de amor y, a la vez, despechada. Su poesía, aparecida en algún que otro periódico local, siempre bajo seudónimo, debió, quizás, de avergonzarlo, pues estaba en juego su gallardía de severo padre de familia, paradigma social digno de imitar. Su hija se convertía, pues, en una burla a sus concepciones patriarcales de familia, de hogar, quizás hasta de religión.  
 
El poema «Todo pasa en el mundo» sintetiza el sentido voraz de una expresión siempre colocada en los límites mismos de la desolación y la tristeza, pero su voz no se proyecta lenta, al modo de la Matamoros o la Xenes, sino más bien cercana a la de Juana Borrero, también pasional, anhelosa carne de revelaciones. Dice Milanés en esta composición:

Todo pasa en el mundo, todo sigue...
Todo se pierde al fin en el profundo
Vórtice destructor que nos persigue...
Todo lo deja el tiempo en su carrera.
 
Todo lo gasta el mundo en sus vaivenes,
Todo lo acaba la fatal quimera
De estar deseando siempre nuevos bienes...
Mata el amor la posesión soñada;
 
Muere el deber, si lucha una pasión;
Huye el saber, veloz, en retirada,
Para ahorrarse fatigas y aflicción.
 
Y en esta vida tan cansada y vil
Acabamos al fin por retirarnos
A la egoísta torre de marfil.

María Luisa Milanés experimentó el dolor de la traición, del engaño, quizás hasta de la burla y las murmuraciones de una sociedad que reprobaba sus impetuosidades verbales, su no silencio al verse apartada del corazón del hombre escogido. La muerte fue el único camino encontrado por ella, pero no creo le haya sobrevenido esa decisión en un acto de furia incontrolada, sino fue algo meditado, sopesado por ella. Prueba de ello es su poema de significativo título, «Epitafio», expresión de una rotunda voluntad:

Quiero una piedra blanca y no pulida
Sobre la tierra que mis huesos cubra,
Sin cruz, que una muy grande arrastré en vida.
No quiero que ninguno se descubra
Al detenerse ante la tumba oscura
De quien murió de angustias y amargura.
Ni un nombre, ni una fecha, ni unas flores
Quiero sobre la piedra, ni oraciones,
Ni llantos ni recuerdos, mis amores
Que olviden, y también mis aflicciones,
Los que en la vida vieron en voltario
Giro mis pasos por la senda umbría...

Como lo expresa la propia poetisa, transitó por la vida con una cruz «muy grande» y solamente pide silencio en torno a su tumba: «allí ni un comentario», dice, pues muchos debió haber habido en torno a ella.

María Luisa Milanés sintió herido su corazón de mujer en medio de una sociedad que reprobaba el grito de las humilladas. Por eso prefirió tomar el camino más rápido y, a la vez, más doloroso: el de la muerte. La poesía cubana perdió una voz prometedora, pero las circunstancias avasallantes del entorno y las presiones familiares fueron más fuertes que su temperamento. Quizás no quiso luchar, o no pudo luchar. La mano la condujo entonces a tomar el arma y a dispararse un balazo, un solo balazo, en su vientre joven y virgen aún de otros seres.