Julio Cortázar, algo más que un autor visitante
Julio Cortázar es uno de los escritores latinoamericanos más leídos. La crítica lo acoge además como uno de los más trascendentes del siglo XX. Y algunos lo sitúan en el catálogo de los grandes innovadores en el lenguaje literario, junto a otros “monstruos” como Jorge Luis Borges.
Pero tales consideraciones pertenecen más al terreno de la crítica especializada que al que aquí nos concierne: su huella en La Habana y su condición de amigo de varios autores cubanos.
De estatura muy elevada, rostro que permaneció siempre joven, barba oscura, Julio Cortázar jamás pasó inadvertido entre los cubanos. Era un escritor digamos casi de culto, cuando arribó como jurado del género de novela del Premio Casa de las Américas de 1963. No era su primera visita, sino la segunda, y acerca de ella escribió en 1967 Roberto Fernández Retamar este comentario:
Ha declarado que no asiste a congresos ni forma parte de jurados, con una sola excepción: los de la Casa de las Américas, de Cuba: su Casa. La otra vez que estuvo en Cuba ya fascinó y fue fascinado. Se llevó consigo la crónica Alegría de Pío del otro gran argentino vivo –Che Guevara–, e incitado por ella escribió su admirable cuento “Reunión”, donde evoca el desembarco, a finales de 1956, de Fidel Castro y sus hombres, venidos en el yate Granma.
Cortázar estableció nexos ya de por vida con Casa de las Américas, disfrutó de las noches habaneras e hizo amigos en Cuba, pero no solo se detuvo en la capital, sino que anduvo por el interior de la Isla. Por cierto, en ese mismo año de 1963 apareció su gran éxito editorial, la novela Rayuela, que lo convirtió en un clásico de la literatura argentina y latinoamericana.
La relación de libros de Cortázar es extensa. Pero nos detendremos en algunos de sus títulos más conocidos, entre ellos la colección de cuentos Bestiario, de 1951; Historias de cronopios y de famas (1962) y la novela Libro de Manuel, que alcanzó el Premio Medicis de 1973, cuyos derechos autorales donó como ayuda a los presos políticos en Argentina, aunque su relación de títulos incluye además: El perseguidor y otros cuentos, de 1977; Queremos tanto a Glenda, de 1980, Deshoras, de 1982 y muchos libros más, entre los que se cuentan poesía y teatro. Sin olvidar el trabajo que desempeñó como traductor literario de figuras del relieve de Gilbert Keith Chesterton, André Gide y John Keats, y los textos que escribió para historietas y letras de tangos.
Permítaseme reproducir una minihistoria de uno de sus cronopios, seres por él inventados y que lleva por título "Historia": “Un cronopio pequeñito buscaba la llave de la puerta de calle en la mesa de luz, la mesa de luz en el dormitorio, el dormitorio en la casa, la casa en la calle. Aquí se detenía el cronopio, pues para salir a la calle precisaba la llave de la puerta”.
Prosiguiendo con el tema de las estancias habaneras de Julio Cortázar, que fueron varias, en 1967 conoció en esta ciudad a Ugné Karvelis, de nacionalidad lituana, con quien vivió diez años en París.
En 1976 se hallaba nuevamente en La Habana y confesaba que “he aprovechado bien las tres semanas que llevo en el país. Y después de una ausencia de casi cinco años las diferencias que he podido encontrar son muy grandes y profundamente positivas para mí”.
Amigo y simpatizante entrañable de los cubanos, dijo en una ocasión:
“Estoy muy satisfecho de mis conversaciones con los intelectuales y artistas cubanos. Me da la impresión de gente que está viviendo muy intensamente la experiencia revolucionaria. Que no solamente no se quedan al margen sino que, en la medida de sus fuerzas, participan lo más posible”.
Cortázar murió en Francia (donde vivió buena parte de su vida), el 12 de febrero de 1984, a la edad de 70 años y en Cuba se celebra anualmente en su honor el Premio Iberoamericano de Cuento que lleva su nombre.