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La caverna en la mitología cubana

Gerardo E. Chávez Spínola, 13 de enero de 2012

La caverna fue clásico refugio de los primeros humanos. Sitio donde se conservó el primer fuego; donde el hombre pudo sentirse a salvo de la lluvia, del frío, del trueno y las fieras. Allí junto a las llamas, se transmitieron por vez primera, al mágico vuelo de la palabra -de bocas a oídos- los relatos destinados a convertirse en primeros mitos y leyendas. En las oquedades de la tierra fue, también, donde el hombre se reencontró en el ambiente oscuro, húmedo y tibio, simulador del vientre materno, y allí por primera vez halló el silencio, la paz y la posibilidad de entrar en el misterio del sí mismo.

Es la caverna mitologema universal. El mitologema puede verse como la condensación práctica de un discurso simbólico, que brinda inmediato sentido de significaciones analógicas con expresa concentración potencial, teniendo la capacidad de evocar valores indiferentes al espacio y al tiempo. Se convierte así el mitologema en algo trascendente a la prosa cotidiana y magnífico incitante a la asociación.

A través de diferentes épocas, y por siglos, los mitos antropogénicos de muchos pueblos han sido asociados al mitologema de la caverna. En la tradición mitopoética universal, la caverna tiene multitud de símbolos. Para algunos pueblos está conectada con la muerte, y para otros, con el nacimiento. Para algunos es recinto de lo diabólico y lo malvado, mientras que, para otros, lo es de lo sagrado y adorado.

Como vía dispuesta por la naturaleza para llegar a las entrañas de la madre-tierra, es, a la vez, la caverna útero geoprogenitor, concretado con la idea de “salida/entrada al otro mundo”, como también de concepción-nacimiento y reposo final. Las más antiguas civilizaciones tenían esta manera de ver la caverna. Así la adoptaron los primeros cristianos. En el sistema de creencias del cristianismo, el mitologema de la caverna es frecuente: La cueva es el lugar del nacimiento de Jesús, según el evangelio apócrifo de Tomás y no pocas veces continúa en escenas del niño sagrado en pesebres dentro de grutas, así como las Santas vírgenes aparecen frecuentemente relacionadas con alguna oquedad natural.

Desde el punto de vista místico, la caverna es el sitio donde el hombre tiene mejores condiciones para lograr su tono de ajuste con la naturaleza y por medio de este, conquistar el encuentro consigo mismo, con su “yo interno”. En el ámbito simbólico, es también la caverna ideario de la oscuridad (la ignorancia), como la luz lo es del conocimiento. Es por eso que, en no pocas mitologías, hay guardianes (simbolizan los tabúes, las reglas) en las bocas de las cavernas involucradas, ya sea porque son entradas al inframundo, o accesos a lugares de unión madre-tierra con padre-cielo.

Varios de los grupos humanos que habitaban en el archipiélago cubano antes de la llegada de los colonizadores españoles acostumbraban a realizar enterramientos funerarios en cavernas y sus mitos estuvieron también muy ligados a éstas.

Los mitos y leyendas contenidos en la memoria colectiva del pueblo cubano, incorporan de manera insistente este mitologema universal, haciéndole tomar carta de ciudadanía y manteniéndole presente en las tradiciones mitopoéticas del folclor, a todo lo largo y ancho de La Mayor de las Antillas. Muestra de ello brinda esta somera e inacabada selección temática, extraída del Catauro de seres míticos y legendarios, como tópico de investigación en ciernes.

La caverna en los mitos y leyendas del aborigen cubano

Para los grupos aborígenes cubanos llegados al territorio insular a través de las Antillas Menores,  que tuvieron contacto con los escasos cronistas de las expediciones colonizantes, Iguanaboina, era la caverna donde habían nacido el Sol (Hullón) y la Luna (Maroya), así como los gemelos Boinayel (el cemí de la lluvia) y Marohu (la sequía).

Para los primeros habitantes de la isla llamada por Cristóbal Colón, La Española, de donde se cree arribaron los últimos grupos arauacos a Cuba: “al principio de la creación había dos cavernas ancestrales, Cacibajagua y Amayauna, donde habitaban; en la primera los arauacos en la segunda, los sin valor (no arauacos)”. De ambas, solo se podía salir de noche. Esta versión del mito cuenta que a Macocael (el carente de párpados) le fue encargado sacar a los hombres de esta situación, pero falló en su intento.

En la otra versión, conocida como el mito de Guagoniana, que viene de la parte de la mencionada isla, donde ahora está Haití, se cuenta de dos cuevas en las elevaciones de Cautá, en la cual moraban los hombres primeros. Macocael (también Macacoel), custodiaba la entrada, pero fue sorprendido en un descuido por Hullón, imponiéndoles a los hombres a causa de aquella falta, el castigo de quedarse sin mujeres. Aunque algún tiempo después, apremiados éstos por la urgencia, solicitaron la ayuda del pájaro carpintero, reverenciado como Inriri Cahubabayel, quien se encargó de abrir el sexo a ciertos seres asexuados y retornaron a los días felices.

Entre los personajes míticos de aquellos aborígenes que habitaron lo que ahora serían las provincias más orientales del Archipiélago Cubano, estaba Mautiatihuel, el cemí hijo del alba, cacique de la región imaginaria del amanecer, encargado de avisar a los primeros hombres que Maroya retornaba a la caverna Iguanaboina y también anunciar la llegada de Hullón, por tanto, debían regresar a la espelunca originaria, pues el permiso para estar afuera caducaba. A Mautiatihuel se le representaba en el interior de las grutas, como sol radiante o como “dos-en-uno”, a la vez Sol y Luna.

Ha estado la caverna presente también en muchas de las leyendas aborígenes, como las de: Orelia y Guanarí, que se desarrolla a orillas del río Mayabeque, donde el cruel Larino arrebata la vida a Guanarí, pensando adueñarse de la fiel Orelia, pero ella sale en busca de su amado para encontrarle, ya cadáver, en la misma caverna donde de inmediato se privó del vivir la desdichada indocubana; o lo sucedido antes de la fundación de la villa de Trinidad, en la actual provincia de Cienfuegos, donde el cacique tenía una linda hija, llamada Caucubú, que tuvo la desgracia de ser escogida en concubinato por un mandante español, sin contar conque el corazón de la hermosa aborigen latía por Naridó. Pero ella logró escapar y refugiarse en la cueva “La Maravillosa”, aunque de poco le valió, puesto que en represalia fueron muertos su padre y su amado.

La caverna en las leyendas de la religiosidad popular

“El diablo de La Cantuja”

Esta leyenda trinitaria, afirmaba que durante los primeros tiempos de esta villa, había una cueva llamada “La Cartuja”, de la cual creían era la boca del infierno, por donde el satánico personaje entraba y salía a su antojo. Cuando Lucifer se enamoraba de alguna doncella de la localidad, enviaba huestes demoníacas para apoderarse de su alma y conducirla hasta sus dominios, donde la hacía su mujer. Así lo hizo con Maniai.

Se cuenta que a pesar de los esfuerzos exorcistas del cura de la villa, el cuerpo de la joven, después de un irreverente espectáculo demoníaco, fue a parar a “La Cartuja”, donde nunca nadie pudo encontrarla.

“El Cristo de la Cueva”
 
Durante el primer tercio del siglo XIX, en la ciudad de Matanzas, existió un rico hacendado, nombrado don Pedro. En su hacienda había crecido una esclava, que ya era adolescente y hermosa, a quien llamaban Isabel. De toda la dotación, la más querida por su amo.

Tenía el acaudalado señor a su hijo Fernando estudiando en la capital. Durante unas vacaciones en la hacienda, a la bella Isabel se le encargó llevarle al señorito el desayuno, lo que trajo por consecuencia, candentes retozos mañaneros y la preñez de la mimada esclava. Cuando la alegría del sexo inflamó su vientre de ébano, Isabel huyó de la casa y se refugió en la cueva del Indio, cerca del abra del río Yumurí, donde desvalida y solitaria clamó desesperada a Dios por ayuda. Sobre la cabeza de la parturienta ocurrió el milagro: una negra cruz apareció de pronto incrustada en la roca, y en ella, con sus brazos abiertos, la imagen de Jesús. Con los primeros llantos de la criatura, el Cristo, sobre los negros maderos desapareció, hundiéndose con la cruz en la roca.

Furioso, don Pedro mandó a ensillar su caballo, luego de enterarse donde se refugiaba la consentida. Látigo en mano, hizo su entrada en la cueva. Al verlo, Isabel comenzó a pedir perdón, mientras se protegía entre sollozos la cara con sus bracitos, presintiendo el primer latigazo, cuando una extraña y refulgente brillantez brotó de la pared de la caverna. La negra cruz emergía de la roca. El crucificado esta vez desclavó sus manos, para extender los brazos protectores sobre Isabel y su criatura.

El acaudalado señor regresó llevando a Isabel y su cría a grupas, en su propia bestia. Liberó madre e hijo, y les envió a una de sus fincas, tomando la decisión de adoptar al niño como hijo suyo.

“Los demonios del vodú ”

En las cuevas habitan los demonios del vodú. Para los practicantes y sacerdotes de estos rituales, tal como se ejercen en Cuba, existen tres figuras demoníacas: djab, lugán y demón; los dos primeros son muy parecidos, pero el último es “otra cosa”, mucho más terrible y maléfico. Afirman ellos que, debido a la malignidad de las fuerzas convocadas durante el rito demoníaco, los miembros de la comunidad asistente deben ir adecuadamente protegidos y comportarse cuidadosamente.

“La cueva de la Loma del Júcaro ”

También en una caverna, conocida por “la Cueva de la Loma del Júcaro”, en el año de 1925, en Holguín, se realizó el hallazgo de un ídolo de madera, al cual denominaron Taguabo, y otro de piedra al que llamaron Maicabó, por medio de los cuales Alejandro Reyes Atencio, más conocido en la región por Nando, estableció el basamento de una secta religiosa, que perduró por más de treinta años. Fueron para los pobladores de dichas tierras, los númenes a quienes habría de rogarse para el buen desempeño de las benefactoras lluvias, o el retiro de las siniestras sequías.

La cueva en las leyendas y narraciones del folclor popular

“La cueva del indio triste”

Narra esta leyenda un viejo cazador de venados que se perdió en el monte, mientras iba cabalgando desde Juragúa, al poblado de San Jerónimo, en la actual provincia de Cienfuegos. En su desespero, encontró un trillo angosto que se adentraba en el monte, por el cual llegó a una precaria vivaquera de guano, en la cual se encontró con un indio desnutrido, viejo, de cara triste y completamente desnudo, que venía de la espesura, con un tronco para leña en sus hombros. No hablaba español este sujeto, pero comprendió su situación. Tomó de las riendas el personaje a la bestia y le sacó hasta un lugar conocido, desde el cual pudo regresar el extraviado. Aseguran los lugareños, que cuarenta años después de la aventura de aquel que lo viera por primera vez, se encontró una cueva con los restos de techumbre de guano y algunos objetos reconocidos como indocubanos, donde también se hallaba el esqueleto de un indio, que se cree fuera aquel.

“La cueva de los monos”

Es conocida en la actualidad como “Cueva Número Uno” de Punta del Este, en la semidesértica y apartada región del sureste de la Isla de la Juventud, (antes “Isla de Pinos”). A principios del pasado siglo XX, le llamaron “Cueva de los monos”,  a causa de una familia que allí vivaqueaba. Sobre el extraño comportamiento del mencionado grupo humano, se contaban los más turbadores relatos, pues no se dejaban ver habitualmente y los motivos de sus misteriosas apariciones daban origen a fantasiosas murmuraciones. Posteriormente la caverna fue ocupada en 1920, por el incivilizado Antonio Isla. Aunque leyendas más recientes, han expuesto curiosas fabulaciones sobre raras y nocturnas apariciones de un hombre con rostro negro y brillantes ojos.

“El rapto de la Pelúa de Morón”

Esta leyenda narra la desaparición de un haitiano que cazaba jutías en el lomerío del espeso monte cercano al poblado, que, en aquel entonces, estaba enclavado donde hoy se encuentra la ciudad de Morón. Este individuo estuvo perdido por toda una semana, sin que nadie pudiese dar fe de su paradero. Cuentan que hizo aparición en el pueblo a todo correr, la piel blanqueada del miedo y los ojos más que abiertos del terror. Relató que había estado prisionero de “una monstruosidad”, la cual describió, como “mujer cubierta de pelos”, que bien podría medir entre 7 a 8 pies de altura. Describió el susodicho, como fue introducido a la fuerza en una cueva por esta “pelúa”, quién colocó con gran agilidad una enorme piedra obstruyendo su entrada.

La mencionada dama salvaje, lo alimentaba a diario con abundantes plátanos maduros que ella misma recolectaba. Cuenta además, que le pisoteaba los pies intencionalmente, para que no pudiera escapar de la espelunca. Aunque siempre quedó a la imaginación de los oyentes, a qué dedicaban su tiempo dentro de la caverna, el secuestrado y la secuestradora, pues nunca fue relatado este aspecto por el aludido.

“Felipe Blanco, el tapiador de cuevas”

Por el año 1830, la llamada Isla del Tesoro (después Isla de Pinos, actualmente Isla de la Juventud) con su escasa población y carente hasta ese entonces de atención por parte de la metrópoli, era cubil de piratas y evadidos de la justicia. Felipe Blanco fue un conocido vecino, nacido en dicha ínsula, en la finca La Cisterna, en el año de 1834, donde prosperó como ganadero. Se cuenta que tenía la costumbre de apostillar sus afirmaciones con la frase: “que lo digo yo”.

Desde 1868 al 78 la guerra de los mambises contra la metrópolis se recrudecía. El gobierno español, si no fusilaba a sus prisioneros, les enviaba a la mencionada Isla. la mayoría vivaqueaba en las cuevas y grutas de la geografía insular, sin techo, cama, ni comida. El alimento lo conquistaban por las noches, sacando yucas de algún sembradío, matando una ternera, o un cerdo de corral. A las quejas continuadas de los vecinos, las autoridades españolas ordenaron a los terratenientes que tapiaran todas las cuevas.

Felipe Blanco, afectado quizá por estas depredaciones y tal vez hasta temeroso de la represalias del mando militar español, procedió a tapar estas oquedades y tocó la causalidad que se destacó de entre todos por su meticulosidad en la encomienda, cuando estaba en plena fama el rítmico sucu-sucu, que se reconoce hoy como expresión musical típica del guajiro pinero. Lo que le llevó a la fama al ser objeto de una tonada que le convirtió en leyenda. Desde entonces, se escuchaba por doquier: “Ya los majases no tienen cuevas / Felipe Blanco se las tapó / se las tapó, se las tapó, se las tapó / que lo vide yo”. La historia fue contada y recontada de las más variadas maneras, para al final perderse en uno de esos vuelos que la palabra acostumbra, de una boca a un oído, perdurando solo el estribillo del famoso sucu-sucu. Después solo se conoce que este personaje falleció el 2 de julio de 1917, a los 87 años, en la misma isla de las cuevas que ayudó a sellar.
 
Una caverna de ciencia ficción

Pero la caverna continúa presente en la actualidad, señoreando en el universo confabulante del cubano que habita el tiempo presente, donde una inquietante investigación nos lleva hasta “La cueva de Ambrosio”, enclavada en la región de Varadero, en la provincia de Matanzas, lugar en el que el licenciado Carlos Andrés García Rodríguez, escultor, cineasta y apasionado investigador de la criptosemiótica, o sentido oculto de los mensajes del arte rupestre, ha decodificado algunas de las pictografías plasmadas por manos aborígenes en sus paredes, desde tiempos pretéritos, mediante rigurosos métodos geométricos y el empleo de programas digitales.

Aquí la caverna, lugar sagrado, se torna en archivo de secretos expedientes, nunca hasta hoy revelados por la ciencia. En estos pictogramas se encuentran reflejados artefactos totalmente fuera de época y lugar, como lo eran maquinarias, variadas armazones y mecanismos de tecnología muy superior a la etapa histórica de los indocubanos, pero sin duda vistos por aquellos aborígenes y manifestados a su manera, con limitada comprensión, pero inusitado y sagaz realismo. Aunque existen las acostumbradas discrepancias, entre los diversos grupos de especialistas sobre tal interpretación, la tesis del temprano paleocontacto cubano, causa sin duda lógicas perturbaciones, ante la posibilidad real de una investigación que puede remover las bases de la historia, tal como la conocemos hoy día.

Ya sea contenida simplemente como elemento atrayente en la ambientación del relato, formando parte de la trama principal, a veces incluso como protagonista en sí misma, la caverna ha permanecido desde siempre en los más impresionantes y misteriosos relatos del folclor cubano. De manera que el mitologema de la caverna pervive en la memoria colectiva del pueblo, desde la primigenia Iguanaboina que trajesen consigo espiritualmente los taínos llegados de “La Española”, hasta “La cueva de Ambrosio” con sus pictografías del paleocontacto cubano, que inevitablemente proyectan nuestro pasado, al futuro.

Fuente

Rivero Glean, Manuel y Chávez Spínola, Gerardo: Catauro de seres míticos y legendarios en Cuba, Instituto de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana “Juan Marinello”, La Habana, 2005. ISBN: 959-242-107-2.

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