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La poesía de Raúl Doblado del Rosario

Tropos, 20 de enero de 2012

 La poesía de Raúl Doblado del Rosario es una de las aventuras líricas más interesantes de las surgidas en los años setenta en Cuba. Tiene todos los ingredientes característicos de la época, pero le suma una vibración única, que convierte su expresión en un testimonio y una profecía de su contexto y su propio destino. La autenticidad de su palabra es incuestionable, y el temblor profundo de su experiencia humana, jubilosa y triste, reflexiva y sensual, se respira hondo en sus piezas líricas, escritas con una dramática transparencia. El «nosotros» de su momento histórico, tan saturador de lo escrito entonces, no se convierte en sus versos en estereotipo o vacuo emblema, sino que adquiere una carnalidad en que el amor y la muerte se funden para el tránsito al porvenir. Instante llegará en que, liberadas ya de todo prejuicio las fuerzas de análisis, se entrará también en la espesa creación de aquel período para ver y alzar lo que expresó con dignidad artística y humana. Indudablemente, entre lo más cernido, se encontrarán algunas piezas erigidas por la sensibilidad de Raúl Doblado. Pero donde tendrá sitio inalienable es en dos áreas que la promoción a la que perteneció recuperó para la poesía cubana desde lo hondo de las provincias: la vida rural donde transcurrieron sus orígenes, con todo su dolor, complejidad y esperanza; y el ejercicio de la poesía como una intuición estremecida del paso hacia la muerte. En ambos aspectos, con una sencillez tremenda, escribió líneas escalofriantes, de una desnudez y verdad rotundas. Podía pasar del himno comedido a la elegía lacónica, de la febrilidad a la nostalgia del amor, del paisaje que tanto amaba y al que regresaba como Anteo para cobrar nueva fuerza, a la angustia de lo que se marchaba ya destruido en el horizonte por la irracionalidad humana. Su poesía crecía hacia lo élego, aunque no dejó de cantar jamás, hasta el último instante, la nutrición y celebración del amor.

Roberto Manzano

Raúl Doblado del Rosario (Ciego de Ávila, 1946-La Habana, 1986). Poeta, promotor, narrador. Fundador, junto a su hermano Ibrahím Doblado, también poeta, promotor y narrador, del movimiento literario institucional en la región de Ciego de Ávila a principios de los años setenta. Antologado en diversas muestras de poesía en Cuba y en el exterior. Recibió numerosos premios por su creación. En 1975 se trasladó a trabajar a La Habana como asesor literario. Un año antes de morir vio publicada su colección lírica Casa del viento. Una selección de su obra realizada y prologada por Carmen Hernández Peña, con igual título de su cuaderno édito, fue publicada por Ediciones Ávila en el 2007. Perteneció a la tendencia lírica conocida por poesía de la tierra.



EN EL OJO INTERIOR


Nocturnos candelazos
han veteado de negro la sabana.

El arado devela caracoles,
arrugados plomos de la guerra
y alguna moneda colonial:
el olor a surcos
siembra el aire de raíces finas.

Repletas de centenes
las botijas, especies de otras eras,
y agresivos marcianos
visitan a mi hermano bajo el sol.

Una nostalgia humana
se mueve entre el efluvio de yerbas curativas.
La antigua bonanza de las hojas de salvia
suaviza la tarde…

…infancia, cuánto reino
en el ojo interior de la memoria.



ENTRE RAMAS SECULARES


1

Nací en una casa perdida entre las ramas.
Apenas cobija a la intemperie,
tenía un fogón siempre encendido
y un desmóntese usted para cada viajero.
Un suelo de tierra apisonada
que mi madre blanqueaba de ceniza
y puertas y ventanas siempre abiertas.

Nací en una casa perdida entre caminos
que cruzan la sabana
y rescatada de la soledad del mundo
por la unión de mis padres.
Sus maderas son polvo entre la hierba,
pero los dedos del amor la dibujan
para que no se pierdan en la neblina.

2

Busqué tras el arado
pedazos de la historia,
las antiguas monedas
que la herrumbre roía.
Con el surco en los ojos
atravesé el verano.

Estuve un siglo entero
con un roble en el puño.
Auscultando la lenta
rotación de los astros.

3

Deposité la mano sobre el temblor del plátano
y palpé la sazón de los racimos.

Allá en los barracones los haitianos
me mostraron las plantas que dan la vida o matan,
la magia de la miel y las especies,
la armonía del hombre con su cuerpo,
los mensajes del alma en el tambor.

Crecí entre los haitianos
y cada atardecer morí un pedazo
viendo que se fumaban el recuerdo y la vida.

4

La infancia fue una diana.
Música del monte y de los vientos.
Escudriñar el bosque, fugarse con las garzas,
beber el arco iris,
el frescor de las ácanas metiéndose en la vida.
De noche en las arecas
millares de cocuyos libando el palmiche
prendieron para siempre mis pupilas:
corrí, canté, soñé,
y en los sudores malignos de la fiebre
la mano de mi madre puso albahacas y ternura.

5

Bajo las purísimas lunas de diciembre
llamaban las guitarras.
Y yo buscando un ritmo, un astro, una mujer.
Al mediodía flotaba una mujer
y entre los cocuyos cruzaba una mujer
que me ocultaba a la mujer real.

Rabiaron las guitarras, acerqué mis ojos a unos ojos
y se encendieron las lunas de diciembre.



INVIERNO LEJANO


En las hojas dormidas de las cañas
el sereno es cristal:
asombra a los mayores que están desorillando
el lindero que señala su dominio
imaginario
donde un incendio tenaz como las horas
va trocando los pastos en pavesas,
los pastos de la triste esperanza.

Sus palabras aluden a otra tierra
que se ha quedado atrás, entre los bosques
tupidos del comienzo,
o que aguarda en el recodo del futuro,
feraz y acogedora,
con entrada de piedras o concreto
entre hileras de pinos
hasta la casa blanca
de cal y cal.

Pero sus hachas no respetaron al dagame
que se alzaba en un reto a la extinción,
ni cuidaron las palmas,
ni regaron las flores
—sólo candela y cañas—,
y ahora siguen ahí, como salidos
de ese instante que rehúyen y posponen.

Fue taparse los ojos, atesorar sabanas,
decir la tierra es mía y no esperar el eco.
Era el viento del odio. Fueron
sueños muy altos y cercas divisorias
y los ojos perdidos.

…no advirtieron a tiempo, y ya el invierno
se ha ceñido, total, sobre sus vidas.



EN EL OJO DEL POZO


La edad inmemorial del pozo
guarda un recelo de emboscadas
en la maraña donde empieza la manigua.

En sus aguas siempre renovadas,
después de la fatiga de la carga,
bebió savia el mambí.

Pozo, advertencia de los labios de la madre,
guarida secreta del güije,
negro ojo en el vientre de la tierra.

Ahora, en el mediodía,
vienen a abrevar hombres y bestias
y sobre el brocal abierto
inician una ronda las tojosas.



LA VUELTA DEL ROCÍO

Para Ale y Osmel

En la suave textura de las hojas
la frescura del alba
se ha cuajado en gotas pequeñísimas.

Amanecen heridas por el sol
sobre la hierba tierna
y entre fosforescencias
se van evaporando.

Yo quería cogerlas
y se me hacían agua entre las manos.



NINA

 A mi madre

Pálida y mínima, mi madre
transcurre hacedora en la cocina.

Yo no quiero saber qué de años domadores
le impusieron la comba de la espalda
ni qué tiempo duro o muerto
le bloqueaba los cauces del cariño.
Ella era tanto sentimiento a borbotones
que no supo hacerse fuente para darlo.
Es como esos mangos de áspera corteza
que nos sorprenden cuando llegamos a la pulpa.
Y aunque suele escurrirse del abrazo
entrega lo mejor en ademán de ajiaco,
de cal o de fricciones.

Ahora mismo puedo imaginarla
deshollinando el techo de humo y telarañas,
barriéndole hojarascas a la tarde
o blanqueando las paredes de palma.

Atrás la turbulencia y la miseria
le han puesto los años a bien consigo misma
y mi madre, brasa y aliento,
se desliza trajinando en el bohío,
sabiamente acoplada a su vejez sencilla.



JOSÉ GABRIEL


Aún te agarras a la vida por la pipa, José Gabriel.
Ya eres un montón de piel sobre los huesos
y apenas se te entiende lo que hablas,
tú que nunca aprendiste bien el español.
Te has ido quedando solo, Joseíto.

¿Dónde están tus compañeros de valla y bembé?
¿Por qué ya no pulsas el tambor?
¿Qué se hizo de la negra que dormía en tu hamaca?
Ni en patuá me respondes.
Se hicieron miel en esta tierra.

Te fuiste silenciando en cada zafra
hasta yacer contra el negro barracón,
simbiosis de hombre y pipa,
sopor y atardecer en la mirada.

Tal parece que fumas
los últimos recuerdos del vodú:
es el último rito.

Te aduermes, te vas quedando solo,
estatua ya que una época modeló con barro humano
y la noche te regresa a Puerto Príncipe
como siempre anhelaste, Joseíto.



IBRAHÍM


Oye el cuerno de caza y su mensaje.
Gracias por la punzante astilla
que me lo arrancó.

Amansando lagartos transcurría
el dilatado tiempo de tu infancia
cuando yo vine a dividir tus caracoles.

Dibujando mapas en la tierra
te encontró la adolescencia sin escuela.

Fuimos distintos.
Aquella pobreza compartida
no era capaz de aunarnos en el trillo
y ni la sangre, hermano,
fue coyunda suficiente para atarnos.

Lenta, dispar, torcidamente maduramos
sobre el cabo curtido de la guataca,
el vaivén del machete
o entre golpe y golpe de hachas.

Fibra de caguairán,
tu tallo resistió los rigores
y volvió a retoñar.
Ensillaste entonces tus caballos blancos,
diste filo al machete
y comenzaste a desbrozar tu propio monte.

Ahora vas abriendo brecha en el bejuco,
matas la mala hierba, siembras,
abonas el camino que transitas.

Hermano, qué alegría la del sinsonte cuando aprenda tu canto.

Hoy me allego al monte donde talas,
pero no entro. Respeto su umbría.
El monte es gesta y comienzo.
Callo a su vera y escucho los rumores.
Allá dentro labras tú,
astilla como yo descendiente
de ébanos, robles y ácanas.

Hoy me allego al monte donde talas
y me envara el silencio que crece entre los golpes.
Huele a corteza herida,
a horno en la madrugada.

He venido a ofrecerte mis brazos.
Explícame la solidez de las fibras unidas,
el instinto que mueve las raíces en la noche del barro,
la resina que empalma,
el resumen de astillas que empinas
en la verde alegría del tallo.

Hermano, la poesía es un vínculo superior a la sangre.

Y en el grávido instante que transcurre
entre golpe y golpe de hachas
oigo rumores de vuelos,
siento crecerme,
duele el centro del pecho
y se me llenan los ojos de astillas.



MUERTE ME LLAMA


Al extremo violento de la cuerda
ella tira de mí
mientras resisto: la tierra,
más fuerte que mi fuerza,
acoge mi raíz:
del equilibrio entre ambas
dependerá la flor,
el hijo, el canto, el ave,
pero yo, limalla entre dos polos,
me resisto a un destino de limalla:
levanto la cabeza al cielo puro
y me apresto a saltar sobre sus fibras.



EL OTRO FRÍO


Madre, tengo frío en los pies.

Llueve con furia desde la mañana
y tengo los pies mojados
y la casa está sola.
Me pesan los brazos y las piernas
y quisiera dormir, pero no puedo.

Y ya me pesa el ánimo.

El agua ha entrado por la puerta
y chapoteo de uno a otro muro
sin saber qué haré.
No hay aroma de café sino un antiguo
vencido olor a moho.
Siento sabor a tierra entre los dientes.

Qué me han hecho, madre.

Tengo frío en los pies.



CASA DEL VIENTO


Mi muchacha es clara como el vino.
Corre entre los pinares
y se sofoca y ríe.
No es linda,
pero es lindo mirar cómo destella:
por eso no me importa que pequeña y frágil
sienta fatiga de subir la cuesta:
ella es fuerte,
porque cuando la beso borra el mundo.



REINO A PERDER


Madre,
de tu cálido reino me desterró la lucha
y sobre órganos jóvenes y sueños que chispeaban
fui al tráfago del mundo
a conocer, a amar, a que me hirieran.

Hoy te busco y no estás.

Y clamo por tus parches, tus caldos, tus ungüentos,
pero nadie responde.

No hay retorno al regazo. Sólo el camino
interminable, abrupto,
y una jarra de fuego para apurar la vida.



ADIÓS DESDE LA ORILLA


Fue ayer tal vez que andaba
con un verso en los labios.
Era el fragor, el canto:
revelarse la vida
por el fondo brumoso del poema.
No dejar que muriera
el niño que rimaba en el silencio
viendo abrevar los bueyes,
y era tanta inocencia.

Después, fuego en mis ojos
que te siembra y te cala:
filos, tambores, balas.

Habrá también la flor, la niña
que cruza feliz por el traspatio
bajo una lluvia fina.
Meter un alma, dos,
un mundo en la blancura de las páginas:
trocar la flor de sangre
en que el mundo se muestra.
Vaciar la jarra y luego
                                     ir serenos
al poema profundo de la muerte
con un verso en los ojos.



PRIMER REGRESO


Al patio polvoriento,
luz y aroma
de un tiempo de aguinaldos encendidos,
he vuelto y no descubro
la antigua gracia ineludible de las cosas
sino un sordo silencio en ascuas.

El viento y el tiempo
mueven las flojas pencas
y ni un canto de pájaro responde.

Esto es lo que quedó de tanta espiga.
Éxodo paterno a una vejez sin nombre.

Polvo, sólo polvo
del antiguo poema de las manos
entre la tierra amada.



EL ÚLTIMO REGRESO

Para Ibrahím Doblado

Me trajo la nostalgia.

Esta es la neblina que rompió mi pie,
las maderas del horno trocándose en aromas,
el brocal del pozo abandonado
donde tiro una piedra
y un golpe seco responde en el vacío.

La niebla me rodea.

Soporto viejas ganas de derrumbar canteros,
de machacar flores,
y es un vidrio molido el que mastico,
aquel sabor de tierra entre los dientes.

Me siento en un pedrusco.

Aquí mi padre hacía un alto
para decir la anécdota y la décima,
empinarlas en el humo del tabaco.
Aleteaban las sábanas
que mi madre prendía en la tendedera.
Saltaba Marianela en los canteros
para el beso detrás de los arbustos…
¿En qué viento andarán esas ternuras?

Todo es húmedo y frío este diciembre.
Hasta el pozo tiene olor a tumba abierta.

A qué guerrero de mi corazón invoco ahora,
ahora que mi padre
debe haber muerto en un lugar lejano,
incumplido y solo,
y mi madre, rota,
no haya hombro de hijo donde apoyarse.

Un viento de nostalgias me devasta.
Alas de mariposas, secas, se hacen polvo en mis manos.
Los terrones se quiebran con un sonido interno.

Tierra de mi piel y de mi muerte:
no habré de retornar.