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José Victoriano Betancourt: costumbrista de ojo avizor

Jorge Tomás Teijeiro, 26 de enero de 2012

Nació en 1813, en Guanajay, municipio que pertenecía a la provincia de Pinar del Río, actualmente  provincia de Artemisa, pero desde muy pequeño fue trasladado a La Habana para facilitarle sus estudios.  En esta ciudad cursó la enseñanza primaria y luego la preparación superior en el Seminario de San Carlos.  Se graduó de Bachiller y posteriormente de abogado.

A los 13 años de edad ya despuntaba como poeta con su soneto «A Isolina» y la oda «La rosa del Almendares», ambos incluidos en una antología.  Como poeta participó en varios eventos.  En verso también escribió su pieza teatral Las apariencias engañan, comedia de carácter en un solo acto, estrenada en Matanzas en 1847.

En 1838, con 25 años de edad, inició su carrera como escritor de costumbres cuando publicó en La cartera cubana su artículo «El enamorado». Posteriormente fueron muchas sus colaboraciones en El faro industrial, El artista, Diario de La Habana, La aurora de Matanzas, Flores del siglo, El liceo de La Habana , entre otros.

Sus trabajos fueron incluidos en tres importantes antologías del siglo XIX cubano: Los cubanos pintados por sí mismos (1852), Tipos y costumbres de la Isla de Cuba (1881) y Artículos de costumbres cubanas del siglo XIX (1974).

Se le atribuye a este autor un gran poder de observación sobre las características y comportamiento de los personajes de su tiempo, que van desde profesionales, como los que se movían alrededor del foro —a quienes logró perfilar en su trabajo del bufete que instaló junto a su amigo Anacleto Bermúdez—, hasta los más marginados en aquella sociedad, tales como los negros curros del Manglar y los ñáñigos, que no habían sido tomados en cuenta por otros autores.  Y a partir de su escrutinio, es notable la forma en que logra plasmar su comportamiento, tal cual lo haría un artista de la plástica.

Chucho Malatobo

En Chucho Malatobo, José Victoriano Betancourt hace gala de pericia y logra tipificar —como haría un naturalista con un recién descubierto espécimen— a uno de aquellos seres seleccionables para un artículo de costumbres. Se trata en este caso de un hombre que fue criado «a sus anchas» por sus padres, que desaprovechó, además, la educación que se le proporcionaba y que en vez de llegar a ser «don Jesús» terminó siendo un «don Nadie».

¡Y cómo hace burla el autor en este corto artículo de situaciones que mueven a risa, pero al mismo tiempo educan al lector sobre lo bueno y lo malo! He aquí cómo narra Chucho Malatobo su bautizo:

(…) el sandio de mi padrino arrojó muchos medios a la turba de mataperros que le persiguieron desde la iglesia a mi casa, cantando en coro el Juye que te juye, juye Pepe.

Sobre lo anterior les comento, que en el primer cuarto del siglo XX persistía la costumbre de que el padrino arrojase medios a los niños pobres, aunque el estribillo ya había cambiado y era el siguiente: Padrinito de Carraguao, tira medios pa´ los finaos. Aunque la más importante obligación del padrino era, que durante el sacramento del bautismo, rezara correctamente el Credo, so pena de que su presunto ahijado quedara «judío» , es decir, no cristiano.

Y para caracterizar al padrino nos dice:

¡Oh!, mi padrino se portó a las mil maravillas sin embargo de que era un hombre tan tacaño, que no daría un grano de maíz al gallo de la Pasión, aún cuando tuviese cien fanegas.

Fue criado Chucho en el Callejón de Bayona, y nos explica que «mis padres tenían muy desarrollado el órgano de los callejones» y era, según afirma «el encanto de mis progenitores y el barrabás de mis vecinos». Y aún no tenía siete años cuando…

Sabía jugar mates, trompos, papagayos, tusar un pollo, apedrear a los vecinos, ponerle vejigas a los perros y cáscaras de nueces en las patas a los gatos, y todo eso de pura afición, sin apremio ninguno, lo cual es de celebrarse.    

Según nos relata José Victoriano Betancourt, el mentado Chucho Malatobo fue un desastre en la escuela, donde comenzó con nueve años y simultaneaba su asistencia a la misma con…

(…) estaba suscrito en el matadero para ir a pinchar las reses destinadas al consumo, era el jefe de la expedición de mi barrio para ir a robar mangos los domingos a la quinta del Obispo y para ataques nocturnos a las negras que vendían vaca y bollo en la plaza del Cristo (…) a los diecisiete años me quitó papá de la escuela, porque decía que el maestro no me enseñaba bien, y advierto que estuve en más de veinte.

Y casi al final de su relato este personaje reconoce que su destino podría haber sido otro de haber tomado por otro camino:

(…) si hubiera sido abogado como papá quería, estaría hoy en grande, pero me criaron con toda mi leche y el amor de papá y de mamá me han reducido al estado en que hoy me encuentro.

Mofándose de la solterona


En sus artículos críticos y moralizadores, el autor intercala sus pinceladas que mueven a risa.  Veamos algunas de ellas en su artículo La solterona:

— Cuando el Criador, con su fiat de su omnipotencia hizo al mundo, cuando completó esta gran obra creando al hombre, a su imagen y semejanza, la solterona no estaba en su soberana mente.  La solterona es pues, una aberración (…) es protesta de carne y hueso contra el multiplicaos del Criador, monja profesa en la regla de San Abúrreme.

—No pertenece a ninguna de las cuatro reglas de la aritmética social, porque ella, ni suma, ni resta, ni multiplica, ni parte (cuidado con poner «pare» por «parte» señor cajista).

—También pudiera considerársele como pariente de las auras tiñosas, porque, como estas, se halla en todos los lugares donde hay muerto (…) acecha los amoríos del barrio como el caimán a la jicotea; muda de color como el lagarto; roe la honra ajena como el ratón el queso;  su sombra hincha como el guao.

(…) concluido el enjabelgamiento del rostro, que por lo blanqueado parece cara de muerto dada de cloruro, pasa a la sección de los lunares de quita y pon, verdaderos judíos errantes, que tan pronto están junto a las cejas como al lado de la nariz o en medio de la barba; trampas microscópicas que ella emplea para ver si cae algún zorro solterón en ellas.

—Tres son las épocas de la mujer.  A los quince, desprecia; a los veinticinco escoge y a los treinta, arrebata: los cuarenta son las termópilas del matrimonio.

Metiéndose en la boca del lobo

Nos dice José Victoriano Betancourt que el costumbrismo no debe limitarse a lo más alegre.  En ese sentido afirma:

(…) la paleta del escritor de costumbres debe contener todos los tintes, desde el color de la aurora hasta el fortísimo negror de la noche: su pincel debe trasladar con exactitud en animado lienzo, desde las grotescas imaginaciones de Goya, hasta la sublima idealidad de Rafael.

Y para hurgar en los terribles aspectos de aquella sociedad, no vacila en penetrar en uno de los lugares más peligrosos, donde se hallaban «los curros del Manglar, famosos en los anales de Jesús María por sus costumbres relajadas y sus asesinatos, que han hecho temblar más de una vez a los pacíficos moradores de extramuros».

El autor describe escenas terribles, pero es nuestro propósito soslayar todo lo que linde con el sufrimiento, mostrándoles a ustedes, queridos lectores, algunos aspectos donde el pincel del artista se moja de risa.  Veamos estos fragmentos:  

—Tocó y salió a abrirle un mulato de gigantesca talla, con media nariz menos, y tan mal carado, que bastaba verle para sin escrúpulo de conciencia recetarle diez años de presidio con retención, por vía de corrección paternal.

—(…) se lamaba Francisco Prieto, alias Pájaro Verde (…) yo sentí que mis cabellos se enderezaban como leznas, al repasar sobre mí el señor Verde, ladrón famoso que sólo tenía a cuestas seis asesinatos, cuando cayó en manos de la justicia.

—Y yo, sentado e inmóvil parecía un bajo relieve de la pared.

—Caracol, vaya a otra paite con la casa.

—Y de vez en cuando, uno de aquellos bribones echaba el guante a una negrita de aguardiente que se levantaba en el centro de la mesa (casi exhausta por lo mal traída que estaba entre tantos bellacos) y dándole un amoroso beso, la entregaba al compañero más vecino, con la fórmula «ande la conga», que obtenía por respuesta: «siga la conga».

Así, con sus críticas, a veces extremadamente severas y otras, jocosas, José Victoriano Betancourt expone virtudes y defectos de su entorno, en esos trabajos típicos del articulismo costumbrista de una época, donde algunos pensaron que con reprimendas podría resolverse el dilema social.  No obstante, fue simpatizante de la causa independentista y sus dos hijos se unieron a la lucha iniciada por Céspedes, cosa que no le fue posible a él hacer personalmente.