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La ebriedad de los sobremurientes

Alberto Marrero, 21 de enero de 2012

Hoy publicamos un cuento de la poeta y narradora Polina Martínez Shviétsova (Camagüey, 1976), que tal vez algunos lectores ya hayan leído y otros no. Todo depende de si alcanzaron a comprar La Gaceta de Cuba o de si alguien tuvo a bien prestársela en su momento. “17 abstractos de una agenda” se titula este relato que en el año 2006, se alzara con el Premio de cuento de la referida revista. El texto conmocionó desde un inicio. Hubo, como siempre, opiniones muy favorables y otras no tan indulgentes. La generalidad lo calificó de texto raro, con un lenguaje que oscilaba entre lo poético y lo soez, salpicado de palabras en ruso y en otros idiomas, con abundantes referencias culturales y filosóficas, fragmentario. Por razones personales que no vienen al caso, el relato de Polina me resultó cercano, tan cercano que lo disfruté, a pesar de la angustia y la desolación que se perciben en cada comentario, aparentemente aislado uno de otro, en una agenda de esas que muchos usamos para escribir a vuela pluma las ideas que nos vienen de pronto a la cabeza, las sensaciones que arrastramos en nuestro deambular diario, para que no se pierdan, para dejar constancia de que existimos bajo el peso de múltiples paradojas y desatinos, a veces felices, a veces desobedientes, a veces confundidos o simplemente condenados. La ebriedad de la no nacionalidad,  dice Polina, sobremurientes en lugar de sobrevivientes, hibrides que no se deja definir en ocasiones, seres que llevan dos mitades en perpetua oposición.


El tema del desarraigo no es nuevo en la literatura. De hecho, la literatura cubana escrita en el exilio refleja esta problemática con harta frecuencia. Pero no por abordado, aquí o allá, deja de ser atractivo. Polina es audaz en la manera de narrar, transgresora, irreverente y al mismo tiempo eficaz. Lo que dice y cómo lo dice llega y perturba, abre escotillas que permanecían cerradas, ilumina. Su obra no es para lectores lerdos, esquilmados, deseosos de que le pongan historias en la mente sin tener que hacer esfuerzos para desentrañarlas. No por casualidad, dos años después de alcanzar el premio de La Gaceta de Cuba, obtuvo otro todavía más relevante por su carácter internacional: el Premio Iberoamericano de cuento Julio Cortázar con el relato “Skizein (Decálogo del año cero)”. Ha publicados también dos poemarios: Gotas de fuego (2004) y Tao de azar (2005), ambos por la Editorial Unicornio.

Los invitamos a leer esta propuesta de Fabulaciones y, en caso de que ya lo haya hecho, a una nueva lectura que, a mi juicio, merece este relato.

 

17 ABSTRACTOS DE UNA AGENDA


1.
Hibrides de la doble nacionalidad. Sobrevivientes sin contexto ni ontología. Aguas tibias entre el fuego del ser y el hielo de la nada. Espuma infinita de la poesía a mitad del desierto. Pamyla, protagonista.

2.
Voy montada en una vieja camioneta americana y me pregunto:

—¿Qué sentiré después de hacer el amor? Nos dirigimos hacia el central Hershey. No el de Pennsylvania, sino su hermano gemelo construido aquí, el Camilo Cienfuegos. Ando con mi agenda a cuestas, aparte de mi casa-maletín que hoy no pesa tanto. Es un día que me concedo para no pensar y tratar de ser una gente normal. Pero igual no puedo evitarlo y me pregunto:

—¿Qué sentiré después de hacer el amor?

3.
Voy montada en una vieja camioneta rusa y ya no me pregunto nada. A mi alrededor, la gran marcha patriótica del 13 de junio: el pueblo da gritos en apoyo a una reforma constitucional. El dolor es franco y silencioso. La incomunicación, la poesía de mis fábulas que trato y no sé contar, el delirio: todo  apuntado en esta agenda, pálido testigo de mis aventuras de eslava en una isla de fuego helado, donde recojo los restos de su naturaleza muerta con hongos de vaquería.

El mundo me sabe a plástico reciclado y soy una fritura de sol, cruxificada en la pureza que conduce al olvido, anunciación de la muerte. No debe ser fácil eso de gritar virtudes cuando la olla solo convierte al picadillo de soya en vapor de gas. Y sin dinero. Nada. Ni pinga. ¿Dónde habré perdido mi pañuelo con garabatos árabes impregnado en Eau de Cannabis?

Creo que Cortázar habla de una poética de la esponja y el camaleón. Lo anoto. Esponja: figura de una porosidad milimétrica y fragmentaria, de una realidad intersticial. Camaleón: figura de la confusión, el
caosmos, y la alteridad legada desde y hacia épocas oscuras. Lo medieval.


4.
—¡Hola, Vlady! Al fin te cojo despierto.

—No jodas más y pasa, Pamyla.

Un cassette de música eslava: Zolotoe koltso. Y todo era un magnífico reguero, círculos de oro y volutas de humo verde piramidal.

—Oye, ¿no habías dicho que no te gustaba el nombre de Brandy para ser, tú, un personaje en mis cuentos? Pues he decidido cambiártelo por el de whisky, ¿qué tal?

—No, consorta. whisky tampoco me cuadra. Mejor ponme vodka, que es más fuerte y daña menos el pieschien.

—¿Tú estás seguro? El whisky es de lo mejor.

—Coño, el vodka puede llegar hasta 99 grados. Los campesinos rusos hacían uno de papa podrida, y se daban tremendas curdas para cosechar más rápido y volverlo a fermentar.

—Da, da. Toman para comer y comen para tomar. Bueno, está decidido, Vlady. Te pongo vodka en todos los cuentos que escribiré.

—O mejor ponme Stepan Razin, el rebelde. O el soldado Suvórov. O el general Kutúzov. O Vlásov. Consorta, ¿tú sabes algo de alguno?


5.
—Hola, ¿ustedes son polovines?

Me dirijo al grupo con timidez desafiante. Estamos en Tarará, donde el embajador de Ucrania ha organizado un buffet. Uno de ellos gira 180 grados y me ataca:

—¿Y tú quién blíat eres?

—Yo, Pamyla Shvietsova. Me cago en tu madre. ¿Y tú?

Pero el embajador ya retoma la palabra por el micrófono y nos insta a todos a rezar y brindar.
Luego llenamos nuestros platos con deliciosos bocadillos de importación. También me sirvo un cubalibre mientras recreo la vista con el grupo que bebe y mastica alrededor, mi atacante incluido.
Al final, repitieron de punta a cabo los himnos nacionales de cada país, y entonces, por las bocinas sonó una voz que todos reconocimos:

...naplisya ya pianiym, tepier ya pianim ne doido ya... do doma napilsya ya... piamiyn tepier... ne doidu ya do doma...

Y así fue hasta la medianoche. Con las canciones perdidas de Vladimir Visotsky, Víctor Tsoy, y hasta de los músicos de Bremen. Todo de lo más alucinante y genial.

—Eres mi matriushka psicópata, eres mi matriushka psicópata  –inexplicablemente me repetía el muchacho que me atacó.

Después llegamos a ser grandes amigos. Casi amantes.

Después grandes enemigos. Casi amantes también.

—Osezno de las nieves –en ambos casos le decía yo a él, porque su nombre resultó ser Misha al final.
Es el "alma eslava", supongo. Y lo anoto de un tirón en mi agenda, en olvidados caracteres cirílicos.

6.
Todos me observan caer en un trance inesperado. Río a carcajadas. Me sudan las manos y el resto del cuerpo también. Con deseos de quitarme la ropa, la memoria y los sentimientos.

Siento un nuevo brote, una oleada irreal, un éxtasis. Lo tengo que escribir todo inmediatamente. Alguien me lo va dictando desde el fondo mismo de la cabeza:

—Veo un cuadro donde los componentes son: Pamyla, yo + Caluff, el libanés + Pasha, el ruso. El cuadro adquiere una dimensión virtual y, más que color, siento la envergadura de lo que nos ocurre. Yo, atrapada entre dos. Desnuda. Tengo la costumbre de desnudarme donde quiera. El libanés desnudo avanza con todo su peso sobre mi cara, mi cuello, hasta llegar al pecho. Los absorbe y dibuja con su lengua la figura que yo me imagino en ellos. Marca con sus dedos rayas de tigre obsceno sobre mi piel, mientras yo grito y su trenza, poco a poco, logra penetrar en mi concha. Veo en sus ojos el sueño que se desliza como un soplo del espíritu. Atrás está Pasha, con su boca de labios carnosos, dando lengua en mi nuca, por mis hombros y a todo lo largo de mi espalda. Recrea su finura con una tenue fiereza que emana de su hombría. Arranca de mí un gemido de fuego naciente, para luego hincar su trenza en mi rosa oscura, mojada entre dos montañas de carne blanca, nevada. Gimo entre las dos trenzas. Ambas perforan mi cuerpo voluptuoso como si fueran serpientes de humo. Son únicas en sus dobleces. Mi carne es perfumada por la miel y la leche que destilan con fuerza. El eco de la noche es el incienso que desprende una niebla de algas. Sólo nosotros somos el amor hecho universo dentro de la vida, en alma y cuerpo. Yo les otorgo, en una especie de estruendo violeta, el choque entre la nieve y el desierto: es como un velo, un vaho...


Entonces ellos me aguantan, como si hicieran un gesto desesperado que la nostalgia no puede vaciar. Por eso busco la magia en el crepúsculo, en cualquier otra parte: "la vida está en otra parte", me viene una  metáfora de Kundera y yo la anoto. Y anoto también: "la memoria poética del ser amado". Y entonces doy gracias por escrito, por esclarecer el sentido mi última duda.

En las bocinas, Moonspell me penetra con un “Tenebrarum Oratorium” de su Erotic Compemdyum.

En el diccionario, la palabra "erótico" se queda sin etimología, es puro significaos: flauta hecha con tibia de exiliado, cuyas notas esgrimen su llanto en el silencio, baile en el espacio que toca el tambor carnal de la libertad, sinónimo sonoro de la resurrección.

—Pamy, ¿estás bien? ¿Ya te bajó la presión? –me hablan desde la página en blanco.

Es una de mis criaturas, pero no logro reconocer quién.



7.
Pamyla, un deshielo. Corte transversal de esa víscera llamada el alma. Lobotomía. Abrir huecos en los personajes. Rebanando momentos de azar, venturas, habitaciones solitarias de este lado del océano, y el amargo sabor de las patrias y sus olores: respuestas sin preguntas y no viceversa. Un sin fin. Un fondo de colores tañidos por exégetas, maestros y mesías que nunca aceptaron su cruenta realidad.

8.
—Iba a dibujar a dios y se me botó la tinta –me digo con lágrimas en la oscuridad y no bailo.

Estoy ciega, como Björk. Y me falta la voz rajada de un zeppelín de plomo en "Since I've been loving you", Led Zeppelin. Y me falta Igor. Y entonces lo recuerdo en la distancia. Era un kniaz alado, con
bicicleta y guitarra, un músico de Bremen atrapado bajo el demasiado sol.

Siempre llegaba con su levedad, su perfil a lo Dante Alighieri, el hijo de dios en sus ojos, un ángel de Lérmontov.  Igor se desprendía de lo real. Un aguilucho imposible de no adorar. El antónimo de la
belleza no es la fealdad. El diccionario es un arma inútil para escribir. Elegir una belleza sin mierda es como jugar en mundo kitsch, casi un instrumento para vocear a las masas, pero ¿vocearles qué? Sólo
la fealdad nacida del alma y vuelta creación será auténtica. Sólo Igor lo es.

"No todo me es odioso en el cielo; no todo en la tierra, detestable", la sentencia de Pushkin como anuncio del destino trágico de Igor. La promesa rota como un vidrio. El hallazgo de un enorme cuchillo de empuñadura medieval, para poner a prueba el corazón mismo de nuestra entrega. Mi pánico, y su terrible y súbita decisión, evaporándose entre la hierba aspirada y un disco de plástico de 1972: "Since I've been loving you", mi voz rajada como la de una muchacha llamada entonces Robert Plant y ahora Björk. Una época cuyo tiempo de un solo acorde se nos agotó.

—Iba a botar la tinta y me salió dios –me digo sin lágrimas en la oscuridad y ahora sí bailo.


9.
—Sionista, asesina, criminal, imbécil, pridurka: ¡si le arrancaste la muela, ya mataste al cangrejo...! –me cogió po rel cuello Fedia a mitad del sueño.—¿Cómo aprendiste a nombrar así? –fue lo único que se meocurrió. Desperté, y hasta pasado un buen rato fue como si Fedia no hubiera        
muerto. Como si su cuerpo no pendulara todavía en la soga, reloj sin  manecillas ni tiempo.


10.
—Acere, si Dostoievsky estuviera aquí –se me ríe en la cara Dima–, la humanidad estaría perdida.

—¿Todavía más...? –le digo muy seria.—Y no es dramatismo ruso de dos kopeks. Ni un remake de Tarkovsky hecho por el ICAIC. Ni el método de Stanilavsky aplicado al folklor nacional. Ni el suicidio de Mayakovski con su pasaporte ensangrentado de la CCCP. Ni la muerte de Trotsky contada por  Sudoplatov. Ni las torres del Kremlin derribadas por un Boeing 9/11 de American Airlines.
—¿Y entonces –le increpo a Dima, molesta– qué pinga es...?

Dima sólo calla. Es pura teoría, nunca tiene los pies en la zemlya: por momentos me recuerda el baile final de Fedia.


11.
Idea I: en un baño público, las aguas "frías, turbias y mansas" que nos dan por las rodillas. Idea II: las aguas infectas donde flotan condones y heces, con hilillos de sangre y coágulos negros como hogazas de pan. Idea III: un pan abierto como un corazón infartado, el mapa de todas las rusias recortado por dentro y comido por una hormiga-león llamada Piotr.

 

12.
Otra vez rendida bajo el candil. Es mi asidero mágico, como tal vez le gustara a Fromm. Otra vez lo simultáneo me hace sentir como una pelota de volley, en un partido preolímpico entre Cuba y la URSS, con el océano Atlántico y todo el siglo XX perdido entre las redes. Otra vez la perpetua línea discontinua, diciéndome que en la portada de mi primer y único libro: "Skizein". Pushkin se sentará entre John Lenin y Vladimir Ilich Lennon en el parque de 15 y 6: con tremenda pajmelia y todavía disparatando de arte, filosofía y sociedad civil. Otra vez demasiado despierta bajo el candil, anotándolo todo por si acaso.

13.
Oyendo en los audífonos a la banda Antiloop, los biznietos de Moby Dick: estoy muerta de hambre y cansada. Ida. Mis ojos vagan y en el gentío se topan con los de Ilya, que se da cuenta de mi estado de coma y me estrecha entre sus brazotes de abedul, donde aflora una sonrisa como si no nos odiáramos en realidad.

Me cuenta que ha tenido conmigo un extrañísimo déjà-vu. Que me ha visto ya antes como una serpiente o algo anfibio o nostálgico.

Entonces me enseña una foto de Anna, la escritora que en uno de sus libros me dedicó un "yo entraré en tu alma sin solapín".

No entiendo el sentido total de la escena: Antiloop, Herman Melville, Ilya, los abedules, Anna, ¿es posible volver a nacer, pero por primera vez? ¿Cómo no tener que estar siempre de regreso, sin antes asegurarme un pasaje? ¿Quién que no haya nacido aún me sabrá entonces leer?

14.
En el cine ponen Goobye Lenin, un filme alemán. Desde las butacas, oímos los gritos afónicos del Osezno Misha, desgañitándose como en el Estadio Olímpico de Moscú. Está eufórico, no sabemos por qué. La acomodadora lo apunta con su linterna y amenaza con hacerlo expulsar. Misha le mienta la madre en ruso y también en ruso amenaza con quemar aquel cine de mierda si no lo dejan en paz.
—Mir, mir, mir, mir, mir, mir –repite en voz de falsete.

La acomodadora sonríe y se retira. Lo deja descansar en mir: pensará que es un chiquillo de mierda. Misha permanece ahora en silencio, con la cabeza de Lenin volando en helicóptero desde Berlín hasta los
cristales miopes de sus espejuelos. Hace muecas. Nadie en el grupo lo nota, pero yo sé que él se muestra eufórico para no echarse a llorar.

"Goodbye Misha", escribí esa noche en mi agenda.


15.
Idea IV: El espejo nos ve y nos dice "parecen una pareja de recién casados, tan desnudos". El espejo refracta nuestra imagen. Nos grita con la voz de Moisés a los judíos: "no oímos, porque Él fluye desde su
pedestal, con la mira revivida de la muerte". Por mi parte, yo soy la AuTorah, la autoridad que ha escrito el Viejo Testamento y después tres veces lo denigró.

Idea V: Un cuervo vuela, negándonos la esencia escrita en las Tablas de La Ley. Nos aplasta con meprobamatos caídos del cielo, en los que cuelga nuestro destino como un desierto: destierro inmóvil y errante.
Existe un riguroso gato que duerme en mi azotea. Ando de vuelta a las llamas de la infancia y soy discípula de Freud, Lacan, Deleuze, con alternancias de Pasha, Igor, Dima, Vlady y el Libanés.
Idea VI: Recojo mis corceles sin herraduras. Los caballos piafan en los jarrones de invierno del Ermitage. Es la sangre con que alimento el ghetto donde habitan la brisa o la bruma o la grieta de sueños de
una gótica intelectualidad. El crucero Aurora da cañonazos a las nueve de la noche. La tumba de Sofía está en un sótano apócrifo de la Catedral de La Habana. Se me agotan las entrañas en el santo suplicio.
Ahora me preparo y beso una cruz de madera rústica. Es un mal día para quien sólo sea una palabra en el desierto y sus latidos desgarren el abismo. El papel vacío cabe en mi pulmones y no hay causa primera para empezar a narrar. Callo.


16.
Voy montada en una vieja camioneta cubana y el chofer me pregunta:

—¿Me la quieres tocar? –sin mirarme–. Si me la tocas, te doy cien rublos de la CCCP.
El hombre maneja con una mano, la izquierda. Con la derecha me enseña su pinga. Es pleno día y bajamos por 26. A la altura de Zapata, nos desviamos. El cementerio corre entonces tras los cristales. Al fondo, los modernos edificios habitados y el monolito piramidal de la Plaza.
Parece una película. Yo asumo que lo es. El falo del chofer me recuerda los 180 metros de chimenea de una termoeléctrica al norte de La Habana, izada como un asta sin bandera de cara al mar. El tipo tiene un falo muy feo, se parece a él. Pero el conjunto es hermoso.

No le respondo nada. Él tampoco insiste. Nos acercamos a un semáforo y lo veo tapársela con la camisa. Se inclina hacia mí. Lo dejo. Me susurra algo en la oreja y me extiende su tarjeta de presentación. La leo al vuelo. Es de Sovexportfilm, una empresa fantasma. Definitivamente, vivimos en una película rusa. De guerra o de amor, no sé. Igual en el semáforo de pronto me bajo sin decirle adiós.
El hijo de puta me pareció un pobre tipo al final. Si de verdad me hubiera pagado, entre la pena y el asco tal vez yo se la hubiera podido tocar.


17.
Ebriedad de la no nacionalidad. Sobremurientes del hipervínculo y la ideología. Socialipsistas remando en un iceberg que parece un caimán.

Aguas volcánicas o albañales que buscan regurgitar en el mar.

Cortocircuito y chispa voltaica entre dos cromosomas en black & white.

Alma esclava, libérrima: steppenwolf. Recortería de imágenes.

Bisutería de personajes. Tiempo cero para narrar. Lo insípido e indoloro de cualquier patria doble: respuestas sin preguntas y no viceversa. 17 instantáneas fuera de foco. 17 abstractos de una agenda.
17 primaveras rotas de una sola pedrada y que ninguna esquirla se llame nunca Pamyla: agonía de protagonista. Telón.