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Señales mixtas: Escenas norteamericanas de José Martí

Caridad Atencio, 25 de enero de 2012

Cada vez que me adentro en los sutiles intersticios de la obra literaria de José Martí  estoy más convencida que para él, como también pensaba Aristóteles, todos los géneros de la literatura eran géneros de la poesía. Piénsese  al examinar la afirmación anterior en sus Escenas Norteamericanas, que comenzó a escribir y a publicar a principios de la década de los ochenta del siglo XIX en diversos periódicos latinoamericanos, donde los poderosos y complejísimos basamentos de su conformación dan fe de una pensadísima estrategia, del despliegue titánico de una concepción del mundo. Piénsese, más allá de sus innegables garras contextuales en que su «condición de texto autónomo dentro de la esfera estético–literaria no depende ni del tema ni de la referencialidad, ni de la actualidad. Ya se ha dicho que muchas de las crónicas modernistas, al desprenderse de ambos elementos temporales, han seguido teniendo valor como objetos textuales en sí mismos. Es decir que, perdida con los años la significación principal que las crónicas pudieran tener para el público lector de aquel entonces, son discursos literarios por excelencia».1¿Qué subyuga entonces a un lector contemporáneo? ¿Qué lo motiva a un nuevo develamiento de lectura? En mi caso no es otra cosa que aquello que Proust denominaba esa señal de transformación que el pensamiento del escritor hace sufrir a la realidad, es decir, el estilo.2

Muchos de los estudiosos profundizan en la naturaleza especialmente híbrida de la crónica finisecular modernista, viendo en ella por ejemplo «el lugar que la literatura ocupa en el periódico», el espacio de la «información, la tecnología y la racionalidad mercantil y la crisis de la experiencia en la cultura de masas», la zona donde se impone una «revisión de las divisiones establecidas entre «arte y no arte, literatura y paraliteratura o literatura popular», o el objeto del traspaso «del discurso metonímico e informativo». Yo prefiero enfocarlo desde una perspectiva más bien sincrónica, que intenta y logra entrar en el texto, buscando las vías de una recepción digamos que contemporánea y actual. En tal posición percibo a estas recias construcciones de sutilísimos y delicados detalles como pertenecientes a una suerte de no-género, a un canon metamorfoseado que aún enarbola las bases de su condición. Un  locus difícil de denominar. Un espacio proteico que asimila lo ya depurado y ya cristalizado de los géneros literarios tradicionales, y elide otros aspectos, pongamos por caso los conceptos establecidos de belleza, la objetividad, cierta retórica al uso. En fin, parece que todo lo que no está es lo que impide el despliegue de una mentalidad abierta y ávida. Pues, como decía René Char,  a propósito de otro grande, respetaba lo que una tradición tiene de constructivo. También englobaría a estas Escenas en algo que denominaré intergénero, pues es obvio en ellas la simbiosis y transformación de los géneros literarios tradicionales. Se mezclan en un orden invisible la noticia, el suceso, los giros ensayísticos, el relato, el poema, el ingrediente dramático por supuesto y en ocasiones, hasta la crítica, por no mencionar a veces la presencia del artículo de corte científico. Su prosa también hilvana retratos,3 entrega en forma de carta algo que trasvasa el espíritu impresionado y contenido de la crónica, son kilométricas epístolas, al decir de Darío, que roban, sin hacerlo ver, a los procedimientos narrativos, que insuflan todo de una emoción que sería un pecado no denominar poética, junto a la naturaleza plástica y cinematográfica de la prosa, en el presente ensayo descrita y estudiada. Parece que las Escenas de Martí han sumado por el milagro del ingenio las cualidades que Rodó adjudica a la crítica: se confunden el arte del historiador, la observación del sicólogo, la doctrina del sabio, la imaginación del novelista y el subjetivismo del poeta.

Así como por el arte creamos una realidad que reproduce a la otra, con la pretensión de sus dimensiones, y la verosimilitud de sus espacios, tendencias y motilidades, estas escenas lo van poseyendo todo con sutiles texturas, como si la pupila fuera un ojo pensante al tiempo que una pantalla de cine, alcanzando las puntadas del ensayo, lo compacto de la viñeta, la multiplicidad y multiambigüedad del punto de vista, en pocas palabras, lo que nace de la especial suspicacia del escritor. En las crónicas no sólo podemos hablar de interpenetración genérica, sino también de la transgresión de todas las reglas genéricas. La hibridez del ‘género’ que crea Martí es impresionante.

Todo se puede unir, mezclar. Cualquier hecho puede llevar, lleva a otro; los lazos buscados y los enlaces involuntarios de la psiquis dibujan el estilo. Martí en las Escenas parece distinguir tres esferas concéntricas de generalidad: la del carácter, la del lugar común moral, la del arte, y precisamente, la de la crónica como género.4

Leyendo estas páginas tan atenidas, tan imbuidas, comprendemos que «la coexistencia estética  de muchas maneras implica rigor»,5 que el arte es todo ficción y cada vez más busca crear una realidad artificial que sea más real que la realidad, 6 que, si miramos al fondo, no vemos sobre todo el instinto social, ni el don de poetizar una realidad, sino el profundo afán humano, el afán de develar una realidad que contiene aquel, las razones más secretas de su proceder. Lo que le preocupa es el hombre, los móviles humanos.

Puede afirmarse entonces que en las crónicas norteamericanas de Martí hay un equilibrio entre humanismo y artificio, y que se concibe el lenguaje como objeto con densidad y profundidad histórica.7 Pues pienso como Alfredo Roggiano, que Martí es más un hombre de estilo que un estilista. El crítico afirma que mientras que el estilista no busca al hombre, sino la belleza, el hombre de estilo se vale del lenguaje para expresar un contenido que ha vivido ineludiblemente.

La crónica de Martí, y por extensión la crónica modernista, es un espacio de pugna estética donde el escritor al tiempo que padece el poder de la prensa, la manipula, la utiliza extendiendo sus límites a una concepción genuinamente literaria.

Como bien decía Unamuno, el problema del estilo es no tenerlo. Semejante  contrasentido, al ser aplicado a las crónicas norteamericanas, nos lleva a pensar en la textura estilística tan distendida de estas, donde puede hablarse de una especie de variedad proyectiva, de abundancias que cubren recurrencias, junto a la «intensidad enigmática de una prosa altamente acumulativa».8 La escritura martiana postula «el valor de la palabra que se desvía de la norma lingüística y social»9 y sus crónicas norteamericanas responden al proceso que se gestaba en el seno de la literatura hispanoamericana finisecular: el repliegue en la noción de estilo, a un tiempo cediendo y conteniendo el paso a la tecnologización para conformar una zona intelectual legítima. El singularísimo escritor devenido en cronista ve «que la vida no tiene un secreto distinto que el estilo: el sacrificio. «Saberse sacrificar es el precio del éxito duradero en todo».10

Al concebir sus inusuales misivas  para periódicos latinoamericanos siempre tuvo presente que «escribir es una manera de llegar a la profundidad del ser».11 Como afirmó de Edison alguna vez, él también ironiza a los novelistas, «pues las mejores ficciones de aquel momento “son sus inventos”»: sus cartas, crónicas o escenas, tejidos más bien enmarcados en el no-género. Martí decía que la poesía alcanza el horizonte con un golpe de vista. Esto es lo que él propiamente consigue en las Escenas Norteamericanas.


[1]  Susana Rotker. Fundación de una escritura: Las crónicas de José Martí. Casa de las Américas, 1992, La Habana, p. 136.
 
[2]  «El estilo es el medio de trabajo que  diferencia al escritor,  como el color al pintor, de otras prácticas sociales, institucionales, que usa la lengua como medio. La estilización es una de las marcas de la especificidad mediante la cual la literatura, siguiendo las normas del régimen de la especialización, busca delimitar un territorio propio y una función social insustituible. La estilización paradójicamente individualizadora se convierte en un mecanismo institucional». Julio Ramos. “Maquinaciones: literatura y tecnología” en Desencuentros de la Modernidad en América Latina. (Literatura y Política en el siglo XIX) Fondeo de Cultura Económica, México, 1989, p. 173.

[3]  En la escena publicada en La Nación el 7 de diciembre de 1886 y titulada “Las elecciones de otoño – Escenas de elecciones...”. O. C., T. 11, p. 91, refiriéndose a Blaine, Martí introduce un retrato del político advenedizo, y un poco queriéndolo quizá, describe un prototipo social de muchos espacios y de todos los tiempos. Eso es lo que me seduce de Martí. Ese hablar siempre más allá, esa espesura del mensaje, que al borrar los apellidos de las realidades  las deja translúcidas, trascendentes, grabadas. Es común en sus semblanzas de grandes hombres que la prosa tome las honduras del ensayo, confundiéndose a veces el pensamiento del biografiado y el juicio de Martí.
 
 [4] Por  cualquier semejanza  ver Jean Paul Sartre. “Nathalie Sarraute y la Antinovela” en Tropismos, Instituto Cubano del Libro. 1970, p. 55.
 
[5]  Leo Brower. “Leo Brower: estrictamente universal” Entrevista ofrecida a Marisel Caballero, revista Temas, n. 8, 96 – 101, oct. – dic. , 1996.
 
[6]  Reflexión concebida a partir de una idea de Fernando Pérez sobre el cine. Ver “Swite Habana. La película anormal de Fernando Pérez”, El Caimán Barbudo. N. 315, marzo – abril 2003, p. 4.

[7]  Ver Aníbal González. Ob. Cit. P. 220.
 
[8]  Julio Ramos. Maquinaciones y Literatura...” Ob. Cit. , p. 196
 
[9] Ob. Cit, p. 168
 
[10]  Fina García Marruz. “El tiempo en la crónica norteamericana de José Martí” en Temas Martianos, 3ra serie, C.E.M. y Artex, 1995, La Habana, p. 186.
 
[11]  Marguerite Yourcenar. Confesiones de Escritores. Narradores, Lib. Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 1996, p 164.